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El poder y el liderazgo: entre puestos y sobrecitos

El fenómeno del poder y el liderazgo han sido estudiados desde la Antigüedad por filósofos como Platón y Aristóteles. En la época del Renacimiento, durante el siglo XVI, por una figura como Nicolás Maquiavelo, autor de El Príncipe, un audaz tratado acerca de cómo se conquista el poder, como se conserva y como se pierde.

En el período contemporáneo, fue, a su vez, lo que estimuló el intelecto del gran sociólogo alemán, Max Weber; lo que inspiró al economista norteamericano, John Kenneth Galbraith, quien publicó en la década de los ochenta, su texto, Anatomía del Poder; y más recientemente, lo que atrajo la atención de Robert Greene, autor de un brillante y perspicaz trabajo, titulado: Las 48 Leyes del Poder.

Más recientemente, hemos visto la proliferación de publicaciones, como El Fin del Poder, de Moisés Naím; El Poder Suave, de Joseph Nye; y El Manejo del Poder, del destacado psicólogo y analista político dominicano, Leonte Brea.

Pero, al margen de la teoría, quisiera compartir algunas experiencias vividas acerca de cómo se percibe y practica, en determinados ámbitos, el fenómeno del poder político y el liderazgo en la República Dominicana.

El paraiso de Modesto Guzmán

En efecto, inmediatamente después del triunfo electoral de 1996, visité en su hogar al presidente Joaquín Balaguer con la finalidad de solicitarle nos indicara los dirigentes de su partido que él desearía formaran parte del nuevo gobierno a iniciarse en agosto de ese año.

El presidente Balaguer, con la clásica cordialidad que siempre le caracterizaba, escuchó nuestra petición y acordó conversar sobre el tema en una próxima ocasión.

Pero transcurrió el tiempo y no se produjo ninguna respuesta.

Así que volví a visitarle para que, dada la proximidad de la ceremonia de toma de posesión, nos precisara los nombres de los miembros del Partido Reformista que serían funcionarios del nuevo gobierno.

Las palabras del doctor Balaguer fueron las de que él había apoyado nuestra candidatura por razones estrictamente patrióticas, sin ningún otro interés particular, y que, por consiguiente, no sería necesario designar a ningún miembro de su organización política en un cargo público.

La respuesta me desconcertó.

Tenía la convicción de que hasta por razones elementales de gratitud, deberíamos contar con la presencia reformista en la nueva gestión pública.

Así pues, insistí de nuevo que nuestro triunfo se había producido, en gran parte, por su involucramiento personal en la creación del Frente Patriótico, y que, por lo tanto, la nueva administración gubernamental era tanto suya como nuestra.

No obstante, su reacción permaneció invariable. “Ningún reformista formará parte del gobierno que le tocará a Ud. presidir”, sentenció.

Y así fue.

Naturalmente, muchos dirigentes reformistas llegaron a inquirirme respecto a las designaciones en el nuevo tren administrativo, a todos los cuales tenía que indicarles que a pesar de nuestro deseo en esa dirección, el líder de su organización había dispuesto lo contrario.

De nuestra parte, tratábamos de entender las razones del doctor Balaguer para decidir la no integración de destacados miembros de su partido en el que sería denominado como el Gobierno del Nuevo Camino.

Las conjeturas no se hicieron esperar. Algunos sostenían que el líder reformista habría considerado que en aquella época éramos muy jóvenes e inexpertos , y que al poco tiempo el gobierno que nos tocaba encabezar se desplomaría, con lo cual no quería que su partido fuese percibido como responsable de la catástrofe que veía venir.

Esa fue la creencia albergada durante largo tiempo, hasta que varios años después de terminada la gestión gubernamental, Modesto Guzmán, uno de los pocos reformistas que logramos designar, y que figuró como Director General del Instituto Postal Dominicano, con rango de Secretario de Estado, nos contó su historia.

De acuerdo con Modesto, en aquella época él era el único reformista que podía llegar a la casa del doctor Balaguer y encontrar que los que allí atendían le abrían, en forma afanosa, las puertas de entrada, para que pudiera penetrar con su vehículo y aparcarlo en el patio del lugar.

Una vez desmontado, lo recibían como a un Dios en el Olimpo. Le dispensaban todo tipo de elogios y parabienes. Le vaticinaban grandes logros. Le pronosticaban una larga y prodigiosa carrera política.

Lo bendecían, y no faltó hasta quien le ungiera como seguro sucesor del líder.

Al escuchar esa historia, le pregunté a Modesto a qué se debía tanta lisonja. Me contestó: “Ah, a que era uno de los pocos funcionarios reformistas con capacidad para resolver. Por tanto, podía nombrar algunos compatriotas, repartir, de vez en cuando, algún dinerito; y satisfacer algunas de sus necesidades más urgentes”. Al oír todo aquello, le dije: “Modesto, pero Ud. con ese cargo vivía como en el paraíso”. Sonrió, y recuerdo que pronunció estas palabras: “Ud. ni se imagina”.

Con ese cargo, hasta el paraíso me quedaba chiquito. Es probable que dada su dilatada experiencia política, el doctor Balaguer, gran conocedor del alma humana, considerase que la multiplicación de los casos tipo Modesto podría llegar a convertirse en una erosión a su propia autoridad.

Los sobrecitos de Dajabón

El otro episodio se refiere a lo que aconteció durante una visita a Dajabón. Entonces realizábamos uno de los acostumbrados recorridos de Navidad por la provincia.

Llevábamos música, alegría y distribuíamos canastas de alimentos y golosinas a las empobrecidas familias.

Pero, además, se repartían unos sobrecitos amarillos, donados por empresarios amigos, que contenían algunos regalos para la ocasión.

El compañero Paulino Sánchez, que conducía el vehículo, se impresionó al ver la multitud que se abalanzaba sobre uno de los encargados de hacer la distribución, e hizo el siguiente comentario: “Presidente, pero Ud. ha visto como el compañero Pedro se ha convertido, de repente, en un líder. Le confieso que nunca había visto una multitud tan enardecida”.

Mire como toda esa gente se vuelca hacia él, Yo le riposté: ¿De verdad Paulino? ¿Ud. nunca había visto algo así? ¿Ud. cree que verdaderamente esa multitud le está aclamando? “Si, si, seguro, Presidente”, me respondió.

Entonces, lo miré y le dije: “Observe lo siguiente. Vamos a pedirle que le entreguen los sobrecitos al compañero Manuel Reyes, dirigente provincial, para que él continúe el reparto y a ver qué pasa”. Efectivamente, así ocurrió, y la muchedumbre rápidamente abandonó a Pedro y se desplazó hacia el compañero Reyes, quien empezaba a hacer la repartición de los sobrecitos.

De repente, Reyes se veía rodeado de la eufórica muchedumbre que hacía tan sólo unos instantes revoloteaba en torno a Pedro, cautivando la atención de nuestro conductor, el compañero Paulino Sánchez.

Entonces volví a dirigirme a Paulino, al que le pregunté: “Qué tal, qué le parece? Mire el gran líder que en cuestión de segundos se ha convertido el compañero Manuel Reyes, ahora encargado de repartir los sobrecitos”. No pudo contener la risa. Había aprendido la lección.

Con el transcurrir de los años, el cuento lo hemos repetido múltiples veces entre nosotros, tratando de recordar aquellos momentos de grandes experiencias junto al pueblo.

Pero lo más interesante es que tanto lo acontecido con Modesto Guzmán, como con la distribución de los sobrecitos de Dajabón, se pone de relieve una gran enseñanza de las ciencias políticas acerca del liderazgo y la teoría del poder.

Y es que el poder, que implica una relación entre gobernantes y gobernados, aparte del factor ideológico, de conciencia, hace referencia a otros dos factores: al poder de coacción o represión y al poder compensatorio, que es la capacidad para dar o distribuir.

Tomándole prestado a la teoría de la comunicación el conocido esquema de Lasswell, se afirma que el poder se traduce en la siguiente fórmula: Quién da Qué, a Quién, por Qué Medios, con Qué Efectos.

Eso fue algo que entendieron con mucha claridad, tanto mi amigo Modesto Guzmán, con su cargo en INPOSDOM, como Paulino Sánchez, con los sobrecitos de Dajabón, en su lúcida observación acerca del comportamiento de las multitudes.

Se trata de un fenómeno sobre el que no dejo de reflexionar.

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Una necesidad urgente

El año inicia con un saldo negativo en cuanto a la lucha contra la violencia hacia la mujer. Los lamentables casos de la joven Bibeyis Sierra Urbáez, de apenas 24 años; Francia Calderón Espiritusanto de 44 años; Luisa María Rodríguez de 26 años; Águeda Arileidi Then Durán de 39 años; y Santa Tejada, también de 39 años, son alertas que vuelven a llamar nuestra atención sobre la violencia contra la mujer.

A pesar de que el año pasado se registró la cifra más baja de feminicidios en 8 años, no menos cierto es que las mujeres en nuestro país aún no cuentan con un sistema de protección integral ante la violencia intrafamiliar y la violencia de género. No sabemos cuántas mujeres son víctimas de abuso por parte de su pareja y no acuden nunca a la justicia, por no confiar en esta o por no encontrar dónde protegerse; peor aún si tomamos en cuenta que una de cada tres mujeres en el mundo será víctima de abuso psicológico, sexual o físico en algún momento de su vida.

Algunos actores del sistema de justicia, actuales y pasados, han hecho énfasis en que la mayoría de los casos de violencia de género que son denunciados por las mujeres, no obtienen satisfacción en la justicia, debido a cuestiones procedimentales. Tanto el Ministerio Público como la parte afectada, reciben como un balde de agua fría la incapacidad del sistema de justicia, que por tecnicismos, deja libre a un agresor.

El año pasado, en noviembre, a propósito del Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, se presentó un proyecto de Ley consensuado que crea un sistema integral de protección a la mujer ante los casos de violencia de género. Además, la iniciativa de Código de Familia, que presido, procura mayor protección a la mujer cuando somete a su agresor a la justicia. Ambas iniciativas deben ser sancionadas y puestas en ejecución, para garantizar los derechos de las mujeres agredidas.

De igual manera, vemos las dificultades que se presentan a la mujer agredida cuando acude a los organismos de seguridad, quienes muchas veces no asumen con la urgencia necesaria los casos de violencia a la mujer que les son presentados.

La Organización Mundial de la Salud apunta que los factores de riesgo de violencia de pareja y violencia sexual son de carácter individual, familiar, comunitario y social.

Por eso, las Escuelas de Familia de Progresando con Solidaridad es una de las acciones que llevamos a cabo desde el Gobierno central para la prevención de la violencia contra la mujer. Se trata de un espacio educativo comunitario donde se reúnen de manera periódica las familias para compartir ideas, propósitos, actividades, experiencias y soluciones, en procura de contribuir de manera colectiva con el mejoramiento de la calidad de vida de los miembros y de las relaciones armoniosas con la comunidad.

Son tantos los factores que inciden en la capacidad de la mujer de ser un ente empoderado, que urge tomar acciones concretas para combatir estos males. El esfuerzo que se requiere para lograr tolerancia, respeto, aceptación y balance en las familias dominicanas, inicia por políticas de Estado que apunten hacia los factores que inciden en la violencia de género.

Es impostergable la necesidad de sancionar los instrumentos legales necesarios, promover más políticas de equidad de género, eliminar las barreras culturales que impiden que la mujer sea un ente empoderado, romper el círculo vicioso de la pobreza excluyente, promover los casos de mujeres de éxito, en fin, crear un ambiente de respeto y promoción de la mujer.

Las barreras que llevan a la exclusión de la mujer y a su sometimiento al yugo inexplicable de la exclusión y el abuso, deben ser destruidas y sustituidas por puentes que vinculen a la mujer con el desarrollo. Es una tarea urgente que ya no puede esperar más.

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Hay que ocuparse de la juventud

La juventud de hoy enfrenta grandes retos: la falta de educación (secundaria y terciaria); la necesidad de empleo digno e inclusión financiera, el crimen, la violencia y las drogas; la necesidad de espacios para el desarrollo social y la participación en los procesos políticos.

Los datos más recientes requieren de nuestra atención. Por ejemplo, del total de jóvenes que viven en pobreza extrema, un 62.7% no está inscrito en la escuela y no ha concluido estudios primarios ni secundarios, alrededor de 64 mil jóvenes entre 15 y 24 años. La tasa de culminación de los estudios secundarios se ubica en 47%, lo que concuerda con recientes estudios de la UNICEF (2012) y el Banco Interamericano de Desarrollo (2012) que indican que uno de cada dos adolescentes logra completar la secundaria. En toda la región, sólo el 11% de los estudiantes de secundaria opta por la formación técnico-profesional.

En nuestra región, América Latina y el Caribe, la tasa bruta de matriculación en educación superior se situó en 30% en el 2010, y en la República Dominicana, según datos del Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (MESCyT) fue de 34.1% en el 2011.

Un 85% de los jóvenes entre 15 y 24 años viven en países en vías de desarrollo, la mitad de ellos trabaja en el sector de agricultura, aunque cada vez más se mueven hacia el sector de los servicios, en la medida en que se eleva su nivel educativo. Otro dato preocupante es que el 40% de las nuevas infecciones de VIH a nivel mundial correspondían a jóvenes (15-24 años).

Además, existe una relación directa entre las situaciones sociales que alejan a los jóvenes de la educación y su participación en acciones delictivas. Los jóvenes sin hogar, los que han sido expulsados del colegio o los que han dejado de acudir a él […] “corren un mayor riesgo de experimentar con drogas a una edad temprana y de tener problemas relacionados con el consumo de éstas”, según informes de UNICEF.

El asunto de la participación de los jóvenes en los procesos políticos es una de las cuestiones que más preocupan, ya que necesitamos jóvenes líderes empoderados, para jugar un rol vital en su propio desarrollo y en el de sus comunidades, para lo cual requieren de las herramientas apropiadas, la información y la educación necesarias, para tener acceso a sus derechos y poder cumplir sus deberes.

De acuerdo a Naciones Unidas, se requiere un mejor entendimiento de lo que significa la participación de los jóvenes en los procesos políticos, de manera que los jóvenes participen en el diseño, la implementación, el monitoreo y evaluación de los instrumentos, estrategias y programas que implementa el Estado.

Por otro lado, está la amenaza constante del embarazo en adolescentes. Hay varios factores que inciden en la dinámica de la maternidad temprana en América Latina. La República Dominicana está entre los países con más alto índice en América Latina, ocupando el 5to lugar, con una tasa de 92 embarazos adolescentes por cada 1,000 mujeres.

Según la CEPAL 2013, en América Latina y el Caribe, la región más desigual del mundo en términos de ingresos económicos, la brecha de fecundidad entre las adolescentes de los sectores más pobres y las de los sectores más ricos, es muy alta. La misma brecha existe entre los jóvenes con menor nivel educativo en comparación al resto.

El gran desafío que tenemos es consolidar las condiciones para el pleno ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos de las y los jóvenes, para que el embarazo responda a una decisión libre y protegiendo su desarrollo en todo momento.

Otro tema para ocuparse es la promoción del acceso universal a internet, sin discriminación, equitativo y a buenos precios, para los jóvenes, lo que resulta sustancial para asegurar su inclusión social en el siglo XXI.

Otra de las razones que no permite el desarrollo pleno de nuestros jóvenes es la carencia de una nutrición correcta en su primera infancia. Está demostrado que la malnutrición tiene un efecto decisivo en la capacidad de educación de nuestros jóvenes y eleva las posibilidades de deserción. Por esa razón, hemos insistido en estrategias como “Cero Hambre”, con componentes para mejorar la nutrición de los niños desde su primera infancia.

Finalmente, las dificultades para la inclusión financiera de los jóvenes disminuyen la capacidad de los jóvenes de desarrollarse plenamente. Los jóvenes tienen 33% menos probabilidades de tener una cuenta de ahorros y 44% menos probabilidades de mantener relaciones financieras con instituciones formales. Normalmente, los jóvenes son excluidos del acceso a servicios financieros formales, por razones legales, costos de transacción, falta de referencias crediticias. Otro tema del cual ocuparse.

Don Bosco decía: “no hay jóvenes malos, solo hay jóvenes que no saben que pueden ser buenos”. Los jóvenes son pieza fundamental del desarrollo de un país, porque son la esperanza del futuro, razón por la cual deben ser nuestra mayor preocupación y ocupación.

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La carta de Bill y Melinda

Hace apenas unos días, el genio de la tecnología Bill Gates y su admirable esposa Melinda Gates, hicieron pública su acostumbrada carta anual, en la cual plantean algunos retos que enfrenta el mundo en la lucha contra la desigualdad y la pobreza.

La Fundación Bill & Melinda Gates, la organización no gubernamental más grande del mundo, es ejemplo de los grandes aportes que pueden hacer el sector privado y la sociedad civil, cuando se unen al Gobierno en el combate a los males que afectan a nuestras sociedades.

Este año, la carta anual de los Gates, estuvo dedicada a desmontar 3 grandes mitos que bloquean el progreso de las personas en pobreza extrema: el mito de que las naciones pobres están condenadas a la pobreza, el mito de que la ayuda extranjera es una pérdida de dinero y; el mito de que salvar la vida de personas en vulnerabilidad, llevará a la sobrepoblación del planeta.

En resumen, la carta de Bill y Melinda demuestra: 1) que la mayor parte de las naciones que eran pobres hace 30 ó 40 años, ya no lo son, y se han convertido en economías importantes que juegan un rol decisivo en el panorama mundial, son las llamadas economías emergentes; 2) que la ayuda que han prestado los gobiernos extranjeros a países en vías de desarrollo ha sido decisiva en la disminución de indicadores relacionados con salud y educación, eliminando barreras importantes para el desarrollo y; 3) que existe una relación directa entre la salud general de la población, la disminución de las tasas de mortalidad (especialmente la mortalidad materno-infantil), con la capacidad de generación económica que posee un país.

Los 3 factores que se han analizado en esta ocasión, requieren de nuestra especial atención como país. Por un lado, porque somos una nación que ha pasado recientemente al grupo de los países de ingresos medios, de acuerdo a los estándares internacionales, lo que resulta ser una razón de orgullo para nuestro país, pero a la vez un reto en la tarea de consolidar nuestra economía, los sectores que la conforman y su impacto en el desarrollo social.

Por otro lado, estos factores nos imponen la tarea de revisar la relación que existe entre los indicadores de desarrollo humano y los indicadores económicos de nuestro país.

Esto último es muy importante, porque nos permitirá analizar el impacto de nuestra matriz económica en los indicadores sociales, por ejemplo, cómo impacta en los indicadores de educación y salud, el aumento de la inversión en turismo. O cómo aumentan o disminuyen los indicadores económicos en la medida en que mejoran las condiciones de vida de los grupos vulnerables.

Somos conscientes de que el desarrollo económico, por sí solo, no mejorará los niveles de calidad de vida de nuestra población, por lo cual la labor que hemos emprendido de reorientar las políticas sociales hacia intervenciones integrales cobra cada vez más importancia.

Pero más que nada, la carta de Bill y Melinda propone una importante meta, a la cual hemos hecho referencia anteriormente: “crear un mundo donde la pobreza extrema sea la excepción y no la regla, y donde cada niño o niña tenga las mismas oportunidades, sin importar dónde haya nacido”. Bill Gates afirma que “para el 2035, prácticamente no habrá naciones pobres en el mundo”.

Leyendo esta parte de la carta recordé la obra “Viaje al Optimismo” de Eduardo Punset, donde también se demuestra ese avance que ha tenido el mundo en cuanto a ingresos per cápita, disminución de la pobreza, el impacto de las tecnologías en nuestras vidas. El hecho de que las cosas están mejor, nos permite dedicarnos a la tarea de seguir arreglándolas.

El camino que hemos recorrido para lograr la meta de eliminar la pobreza extrema y, yo agregaría, erradicar el hambre en nuestro país, ha estado lleno de obstáculos y dificultades, pero también de grandes ejemplos de personas que superan la pobreza y se montan al tren del desarrollo.

Como dicen Bill y Melinda, “si leemos las noticias cada día, tendremos la impresión de que el mundo está cada vez peor”, pero la realidad es que cada vez más los países se embarcan en un camino de progreso y desarrollo, donde se garantizan los derechos de los ciudadanos. Y es que donde hay derechos, hay justicia…y, como decía Confucio, donde hay justicia, no hay pobreza.

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Raza, ideología e identidad

Después de más de trece años de luchas sangrientas y devastadoras, la Revolución haitiana de 1791-1804, no sólo desembocó en la proclamación de la primera República independiente en América Latina y el Caribe, sino en el primer país en lograr la abolición de la esclavitud.

En la actualidad, se manifiesta gran respeto y mucha admiración hacia Haití por la conquista de esos logros, pero en su tiempo significó el no reconocimiento diplomático por parte de las potencias coloniales y, por consiguiente, su aislamiento internacional.

Esa situación, unida a la destrucción de toda su capacidad de generación de riquezas durante la etapa revolucionaria y la sucesión de dictaduras crueles e incapaces, han sido las causas fundamentales de que durante algo más de dos siglos las grandes masas del pueblo haitiano se hayan hundido en la miseria.

Pero, en todo caso, lo importante a rescatar es que la abolición de la esclavitud, al tiempo que suscitaba inmensos temores en los amos propietarios de plantaciones, generó grandes esperanzas en otros negros esclavos traídos desde África, que vieron en el ejemplo de Toussaint L’Ouverture, Jean Jacques Dessalines, Henri Christopher y Alejandro Petión, entre otros, un símbolo de redención y un ejemplo de que la libertad era un sueño alcanzable.

Luego de la epopeya haitiana, durante cerca de un siglo, otras rebeliones de negros esclavos se produjeron en distintas partes de la región, desde los Estados Unidos hasta Cuba, Brasil, Perú, Colombia, Panamá y las colonias inglesas y francesas del Caribe. Todos luchaban por reivindicar la dignidad humana.

En los Estados Unidos, el presidente Abraham Lincoln, durante la Guerra Civil que enfrentó a los Estados del Norte con los del Sur, abolió la esclavitud mediante el acto de Proclamación de Emancipación; y luego, en 1865, al término de la guerra, se ratificó a través de la décimo-tercera enmienda a la Constitución norteamericana.

De la libertad a la discriminación

Pero lo que aconteció en los Estados Unidos, como en otros lugares, es que luego de haberse proclamado la libertad de los esclavos, éstos no lograron insertarse plenamente en sus sociedades como seres libres, en razón de que eran segregados, discriminados y humillados por quienes seguían constituyendo el sector racial y social más poderoso desde el punto de vista político y económico: los blancos.

Eso, por consiguiente, dio lugar a que desde el mismo siglo XIX se originase una contienda orientada a mejorar la condición humana. A que los negros pudiesen asistir a las mismas escuelas y universidades que los blancos. A que pudiesen ser asistidos en los mismos hospitales, comer en los mismos restaurantes y montarse en los mismos autobuses; y en fin, a que se estableciesen oportunidades económicas y de justicia social en favor de los nuevos libertos.

En los Estados Unidos, por ejemplo, esas batallas por el reconocimiento a la plena integración a la sociedad de los descendientes de esclavos negros se extendió por cerca de un siglo, pues fue en el 1964 cuando el presidente Lyndon B. Johnson promulgó la Ley de Derechos Civiles, la cual eliminaba, desde la perspectiva legal, todo vestigio de discriminación.

Mientras tanto, durante esos largos años se fueron creando organizaciones fraternales, de ayuda mutua y cooperación para promover la identidad y la solidaridad racial. Se fundaron numerosas iglesias protestantes, y surgieron diversas organizaciones cívicas, artísticas y culturales para gente de color que servían de espacio de reflexión y apoyo a la causa de la integración.

En el plano internacional, hizo su aparición el llamado movimiento Pan-Africano, auspiciado por dos grandes intelectuales de raza negra: W.E.B. Du Bois, de Estados Unidos; y George Padmore, de Trinidad, que como en una especie de Alianza Tri-continental de la época procuraba incentivar las luchas de los africanos en sus tierras, así como de sus descendientes en Europa y las Américas.

En 1914, Marcus Garvey fundó, en Jamaica, la Asociación Universal para el Mejoramiento de los Negros, y seis años después, en 1920, ya tenía un millón de afiliados. Su objetivo era el de promover el retorno a África, así como el de crear un proyecto político que unificase a los pueblos descendientes de población esclava.

Se pensó en Liberia y en Sierra Leone como hogar para estas poblaciones; y en principio, muchos se sumaron a esta iniciativa. Albergaban el sueño de regresar al mundo de sus abuelos. Luego, sin embargo, comprendieron que los afro-descendientes ya formaban parte de una nueva realidad histórica y cultural y que el epicentro de sus luchas, en lugar de África, se encontraba en las tierras de América.

Pero la solidaridad racial promovida en el ámbito internacional era de tal magnitud que se creó un comité de lucha contra la invasión italiana de Etiopía, en el 1935, lo cual dio origen a la celebración de congresos de intelectuales, encuentros de activistas y a la elaboración de publicaciones donde se hacían denuncias contra el colonialismo y el imperialismo.

Se desarrolló el criterio de conciencia y dignidad de los negros. Se difundió la idea de auto-determinación, integración y separación racial. Surgió el concepto de nacionalismo negro, que consistiría en la creación de espacios habitacionales sólo para miembros de ese grupo étnico racial. Se organizaron cónclaves en distintas ciudades del mundo para promover la cooperación internacional en la diáspora africana y fomentar la cultura negra.

En fin, proliferaron movimientos artísticos que auspiciaron nuevos conceptos del gusto y de la estética. Se promovió la música jazz y el blues. Nació un movimiento cultural de extraordinaria influencia, como fue el Harlem Renaissance, y se constituyeron redes de intercambio entre escritores e intelectuales, como el creado entre figuras de la talla del novelista haitiano Jacques Roumain; y los poetas, Aimé Cesaire, de Martinica; Nicolás Guillén, de Cuba; y Langston Hughues, de Estados Unidos.

Independencia y Black Power

Por otra parte, luego de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, se desató un proceso, a escala planetaria, de lucha contra el colonialismo y las potencias imperiales de la época, que permitió el surgimiento de un movimiento en favor de la independencia, soberanía y auto-determinación de nuevas naciones.

En el caso específico de África, esa lucha se manifestó a través de movimientos nacionalistas, con fuerte identificación racial, los cuales fueron encabezados por grandes líderes que terminarían convirtiéndose no únicamente en los padres fundadores de sus respectivas naciones, sino en íconos internacionales de los pueblos en lucha contra el colonialismo, la opresión, la marginalidad y la discriminación racial.

Entre esos líderes se encontraban Kwame Nkrumah, de Ghana; Jomo Kenyatta, de Kenya; Léopold Senghor, de Senegal; Julius Nyerere, de Tanzania; y Amilcar Cabral, de Guinea-Bissau, quienes se apoyaron en la etnicidad, la religión y la lengua para alcanzar sus objetivos de erradicar la dominación colonial.

Esa ola de lucha contra el colonialismo clásico o tradicional, y en favor de la independencia, alcanzó la zona del Caribe a principios de los años 60, escenificándose las primeras confrontaciones en Jamaica y Trinidad.

En esos lugares, como en la otras islas de la región, había una notable influencia, además del movimiento independentista africano, del Black Freedom Movement en los Estados Unidos, que fue de donde salieron el movimiento moderado de los Derechos Civiles, encabezado por Martin Luther King Jr., y el Black Power, de carácter más radical, cuyas cabezas principales fueron Malcom X y el grupo de los Panteras Negras.

Todo eso coincide, a su vez, con las grandes batallas que libraba Nelson Mandela en África del Sur en contra del Apartheid, que era el brutal régimen de segregación racial empleado por la minoría blanca que gobernaba aquel país.

El intercambio, el apoyo y la solidaridad racial se practica entre todos estos pueblos en lucha, los cuales, aún después del éxito de sus contiendas, se mantiene, como expresión de un pasado común de oprobio y discriminación, así como de esperanzas e ilusiones compartidas hacia un mejor porvenir.

Eso es lo que explica la defensa colectiva que rápidamente se asume frente a todo lo que pueda percibirse como una virtual agresión a cualquiera de los integrantes de ese conjunto de pueblos surgidos al calor del combate contra la esclavitud, la humillación y la discriminación; y es lógico comprender, en el contexto de esas luchas épicas por la libertad, la admiración que suscita, como símbolo de redención, la Revolución haitiana, la primera en el mundo en liberar a los esclavos negros africanos de las cadenas de la ignominia y la opresión.

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La determinación de la nacionalidad es un derecho soberano de cada país

Debido a que en los Estados Unidos como en otras naciones del mundo prevalece el criterio de que todo el que nace en su territorio es nacional de su país, algunas personas consideran que lo mismo ocurre en la República Dominicana.

Sin embargo, no es así. En nuestro país, conforme a la Constitución del 2010, no podrán disfrutar de la nacionalidad dominicana aquellos que a pesar de haber nacido en territorio nacional son descendientes de extranjeros miembros de legaciones diplomáticas y consulares, así como de extranjeros que se hallen en tránsito o residan ilegalmente.

Así pues, la nacionalidad, por derecho de suelo o jus solis, no tiene lugar de manera automática en la República Dominicana. Para que sea posible, se requiere, además, la condición de que los padres de la criatura sean dominicanos o residan legalmente en territorio dominicano.

El que por disposición constitucional no se conceda en forma automática la nacionalidad dominicana a todo el que haya nacido en su territorio, ¿significa que la República Dominicana es un país racista o que ejerce la discriminación racial?

De ninguna manera, puesto que la determinación de la nacionalidad es un derecho soberano que corresponde a cada país de conformidad con lo que considere su interés nacional. Pero, además, la República Dominicana no es la única nación en el mundo que ha establecido límites o condiciones al jus solis.

Lo mismo ocurre en Suiza, Japón, Italia, Argelia, Turquía, Vietnam, Angola, el Líbano, Siria y Ucrania, entre otros países, donde por el solo hecho de nacer en su territorio no se dispone de su nacionalidad; y a pesar de eso, sin embargo, nadie los califica de racistas.

El mito del racismo dominicano

Pero si el presunto racismo dominicano no puede establecerse por las condicionalidades impuestas al ejercicio del jus solis, hay quienes, no obstante, lo han intentado fundamentar a través del argumento de la supuesta negación dominicana a su color racial y a sus raíces africanas.

Un reconocido investigador de la cultura negra y profesor de la Universidad de Harvard, como es el doctor Henry Louis Gates Jr., en el capítulo que dedica a la República Dominicana, en su libro, Black in Latin America, ofrece el dato de que en un censo federal de los Estados Unidos, el 82% de los dominicanos residentes en ese país respondió que eran de color indio.

Más aún, en una visita que hizo a nuestro país, pudo comprobar que al determinar su identidad racial, la generalidad de los dominicanos no sólo se describen a sí mismos como indios, sino que además han creado diversas categorías, como las de indio claro, indio oscuro e indio rubio o jabao.

Obviamente, como eso es algo muy singular que se encuentra profundamente enraizado en la cultura dominicana, y que tal vez para comprenderlo habría que ser parte o estar muy cerca de lo nuestro, aún para un intelectual del nivel del doctor Gates Jr., esta forma de identificarse del dominicano le resulta indescifrable.

Para el prestigioso especialista de estudios afroamericanos, el que nos identifiquemos como indios constituye una reivindicación de lo indígena, es decir, de la cultura Taína, para de esa manera no reconocer nuestras raíces africanas y, por vía de consecuencia, negar nuestra condición de negros.

Nada más alejado de la realidad. Aunque en términos semánticos lo parezca, al identificarse como indios, los dominicanos no procuran reclamar su pasado indígena, sino más bien reconocer su mezcla racial entre blanco y negro, que en lugar de llamar mulato, como también podría ser, han preferido utilizar el término indio.

Al referirse a estos temas, en su libro, La Noción de Período en la Historia Dominicana, una mente tan acuciosa como la de nuestro Poeta Nacional, Pedro Mir, alega que el término tradicional para designar el producto de la fusión de esas razas en nuestro país (negro y blanco), ha sido el vocablo trigueño, probablemente introducido por los españoles en razón de que en este país no se cultiva el trigo. El trigueño evoca el color dorado, que no blanco, de los trigales, y está sobrecargado de alusiones poéticas, que no afectan y más bien halagan la dignidad de las personas.

Los franceses llamaban a sus mestizos rouges, rojos, en Haití. Pero los mismos españoles impusieron en Cuba un término peyorativo e insultante: mulatos, derivado de mulo que es una bestia híbrida. De allí pasó a Haití, mulatre, con la misma carga peyorativa.

En Santo Domingo este vocablo ha sido rechazado en beneficio de indio que, a su vez, ha desplazado a trigueño, por el patrocinio oficial, como identificación en los documentos públicos.

De manera que en la tesis de Pedro Mir, al proceder a señalar nuestra identidad racial, los dominicanos decidimos no llamarnos mulatos, ya que podría implicar que se nos confundiera con mulos; y optamos, por el contrario, por la de indio, no por negación a nuestras raíces africanas, ni tampoco por evocación a nuestros antecesores indígenas, sino simplemente porque configuraba la nueva identidad que emergía de la mezcla de dos razas: la negra y la blanca.

Por consiguiente, no puede haber una actitud racista al considerarnos como indios, pues si bien en ese término no se hace referencia a las raíces negras africanas de nuestra cultura, tampoco se formula ningún señalamiento con respecto a los orígenes blancos de la hispanidad.

Lazos de solidaridad

Los primeros esclavos negros traídos al Nuevo Mundo llegaron a la isla de la Española a principios del siglo XVI, en la parte que es hoy la República Dominicana, lo cual nos permite afirmar que somos la cuna de las raíces africanas en América Latina y el Caribe.

Sometidos a condiciones inenarrables de explotación en los ingenios azucareros, los esclavos negros empezaron a resistir los mecanismos de opresión impuestos por la dominación colonial, y fue así como en el año 1522 se produjo en el ingenio de Diego Colón, en Nigua, la primera rebelión de esclavos negros en América.

Esa fue la primera manifestación de rebeldía contra la explotación y en favor del reconocimiento de la dignidad humana que se produjo en la historia de nuestros pueblos, y ocurrió también aquí, en lo que es hoy la República Dominicana.

Pero años más tarde, hacia 1532, se registra en nuestro territorio uno de los acontecimientos épicos más estremecedores de su tiempo, el cual se anticipa en más de dos siglos en anunciar lo que sería el futuro de la esclavitud negra en el continente: el de la lucha sangrienta por la libertad y la igualdad de los seres humanos.

Se trata de la rebelión de Sebastián Lemba y de unos 400 esclavos, que constituyeron lo que tal vez podría considerarse como el primer grupo guerrillero que operó en territorio de América Latina y el Caribe.

Sublevados en las montañas del Sur del país, Lemba y sus seguidores no sólo resistían a las tropas españolas, sino que las atacaban por sorpresa en distintos poblados, procediendo a liberar más esclavos e integrarlos a la lucha.

Durante cerca de quince años, mantuvieron una lucha tenaz e infatigable por la libertad, la justicia y el respeto a los derechos humanos, y si bien es cierto que al final fue capturado y ejecutado por las autoridades coloniales, el nombre de Sebastián Lemba, sin embargo, ocupa hoy un lugar de honor en la historia universal por haber sido el primero en resistir y encabezar un alzamiento prolongado contra la esclavitud negra en el continente.

Tanto la rebelión en el ingenio de Diego Colón como la sublevación de Sebastián Lemba, son episodios hermosos de nuestra historia, que nos hacen sentir complacidos de nuestras raíces africanas, y están ahí, como prueba irrefutable de que donde nació la lucha contra la explotación racial y la opresión colonial en América Latina y el Caribe, no puede haber un pueblo que se considere racista o que promueva la discriminación racial.

Por trayectoria histórica, por tradición cristiana y por sentimientos humanitarios, el pueblo dominicano es un pueblo fraternal, solidario y amistoso, respetuoso de la diversidad cultural y orgulloso de su propia identidad.

Y esto así, aunque en lugar de negros, blancos, mulatos o trigueños, nos sigamos identificando como indios.

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El talento de nuestra diáspora

La diáspora dominicana radicada en Nueva York, en la llamada “capital del mundo”, nos ha mostrado dos grandes ejemplos que son motivo de orgullo para nuestro país. Son ejemplos que se repiten en todas las ciudades donde se han radicado nuestros compatriotas, ya sea en Madrid, Boston, Miami, Buenos Aires o Bogotá.

Hablando en inglés y en español, la joven Lissette Ortiz, estudiante dominicana de Administración Pública en The City University of New York (CUNY), tuvo el gran honor de introducir al 42avo Presidente de los Estados Unidos de América, Bill Clinton, durante la reciente toma de posesión del nuevo Alcalde de Nueva York, Bill de Blasio.

El gesto es una muestra inequívoca de la agenda que el nuevo Alcalde tiene hacia los inmigrantes, el rol primordial que juega nuestra diáspora en la ciudad de Nueva York y el talento de los dominicanos que están radicados en Estados Unidos.

El otro ejemplo de orgullo y talento dominicano en nuestra diáspora, es la joven Kiara Molina, hija de dominicanos y estudiante en la comunidad neoyorquina de Harlem, quién tuvo a su cargo introducir al Presidente Barack Obama durante el anuncio del proyecto “Promise Zone”, que busca ayudar a comunidades con problemas económicos.

La joven Kiara hizo mucho hincapié en las enseñanzas de su madre y su abuela, quienes le han inculcado que “solo la educación te llevará a algún sitio”, y que está decidida a ir a la Universidad.

Un informe del censo del año 2010, de la Oficina de Estadísticas de los Estados Unidos, cifra en 1.4 millones de personas, el número de dominicanos viviendo en los Estados Unidos, la mayor parte viviendo en Nueva York.

Más allá del gran aporte que hace nuestra diáspora al país a través de las remesas, el envío de bienes y la provisión de algunos servicios, la promoción turística del país y las inversiones que realizan en sus ciudades o pueblos de origen, existe un importante aporte al desarrollo del país.

Debido a la capacidad de movilidad y conectividad de los ciudadanos en el siglo XXI, nuestra diáspora está en las condiciones de aportar conocimiento, tecnología, información y capacitación para el desarrollo de nuestro país. Hay muchos dominicanos de la diáspora que, como Lissette Ortiz y Kiara Molina, han podido formarse en importantes centros de estudios de Estados Unidos, y pueden contribuir a la innovación y al desarrollo en nuestro país.

En un reciente artículo de El País, se reportaba que en los países de la OCDE, el número de inmigrantes altamente calificados casi se duplicó en la última década, pasando de 12 a 20 millones de personas, provenientes en su mayoría de países en desarrollo, según un informe de la Unesco. “La emigración calificada impacta el desarrollo económico y social, y las posibilidades de generar innovación”, de acuerdo al estudio y al artículo de El País.”

En el informe de referencia, Javier Botero, experto en educación del Banco Mundial, afirmó que “con la globalización, la movilidad a nivel mundial es una realidad ineludible, y Latinoamérica tiene que aprovechar a la gente calificada que está fuera para trabajar en proyectos nacionales y ayudar también en la transferencia de conocimiento”.

Aprovechar el capital humano de nuestro país que está en el exterior debe ser parte importante de nuestra agenda de desarrollo hacia el futuro. Todo este talento puede servir para la generación de empleos de más calidad en nuestro país, para aumentar las exportaciones y mejorar la calidad del turismo, encontrar nuevas e innovadoras soluciones a los problemas que enfrenta nuestro país y elevar la calidad de la educación dominicana.

Nuestra diáspora, con sus capacidades y el amplio espectro de conocimiento que han acumulado, son pieza fundamental para los planes de transformación de nuestro país.

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Las Redes y Modernización de los Partidos

El proceso actual de la modernización del sistema de partidos se sujeta, de manera principal, al uso de Internet y Redes Sociales. Estos medios electrónicos permiten que la membresia partidaria se informe, comunique e interactúen; se crean condiciones excepcionales de participación y de ejercicio de democracia interna.

Los partidos necesitan comunicación masiva y de forma simultánea. La Internet y las Redes sociales son medios por excelencia para esa comunicación e interacción. Incorporar la tecnología implica generar la participación para el foro y el debate respetuoso, conceptual y enriquecedor de las ideas.

Estos medios electrónicos, apoderados para toda la membresia, resuelve para el PLD uno de sus aspectos más críticos y es la convocatoria por organismos y para todos los organismos. Los compañeros gastan sus minutos haciendolo por voz, pero hay que crearles correos, Twitter y Facebook a todos los miembros, en lo posible. Hacerlo para todos porque rompe otra debilidad partidaria y es que cada presidente de intermedio o de base anda con los demás en sus sobacos (ver Real Academia de la Lengua Española) y solo ellos pueden convocar.

Además, cada vez que el Comité Político o por mandato de la dirección nacional desea informar sobre decisiones lo tiene que hacer por los medios de prensa y la información llaga en ocasiones incompleta o con distorsión. El PLD no debe estar sujeto a terceros.

Las Redes Sociales son cada vez mas masificadas. En el año 2000 había una población de 500 millones de personas en el mundo con acceso a Internet; se estima que doce años después, enero 2012, alcanzó a 2.4 millardos (un millardo son mil millones). En los últimos tres meses del 2012 y principio 2013, accesaron mil millones en Facebook, 200 millones a Twitter y 5 mil millones de fotos a Instagran.

El país está en la vía de ese crecimiento de los medios electrónicos, especialmente en el uso de celulares, los cuales si son inteligentes tienen todas las aplicaciones de Internet y Redes Sociales. Se informa que en el año 2012 teníamos 4.1 millones de usuarios en Internet, con un 19% de crecimiento anual. La clase media, especialmente, está comprando por Internet y se da el dato de que se han hecho compras online en 2012 por un monto de US$737.7 millones.

El sistema de partidos políticos envejece en su funcionalidad estructural y se excluye en la medida en que se ausenta del uso de las tecnologías. No se trata de que se haga labor panfletaria en las Redes, sino que su membresia masificada se contacten entre si, lo hagan con sus dirigentes de todos los niveles y hagan presencia social.

Me he preguntado, por qué los partidos no utilizan, como todo un sistema instrumental, estos medios de comunicación e información?.

Es obvio que, ocasionalmente, los dirigentes los utilizan para hablar y no para oír; escribir, no leen ni responden cuestionamientos. Sus presencias son individualizadas y verticales, sin una relación directa y dialéctica. Se puede alegar con mucha razón que en las Redes Sociales, como en radiodifusoras, operan sicarios mediaticos; a esos, como sicarios, no se les debe mucha atención..

Existe un justificado prejuicio sobre uso de internet y las Redes Sociales básicamente por un componente de seguridad y hackeo. Pero además, porque se han evidenciado los controles de los EEUU sobre los súper servidores DNS, los cuales operan la red mundial. Las redes mundial operan con las fibras ópticas submarinas para los 13 DNS, enormes servidores, y los anycast que son sostenidos por la plataforma de internet.Todo a disposición del desarrollo de la información y comunicación del mercado global, la seguridad militar y, evidente, los controles de las sociedades. Se estimula el ingreso de la población mundial en Redes Sociales, Internet, celulares, periódicos digitales, radio y TV., etc., para su mejor seguimiento.

Los que operan las Redes y los servidores mundiales, se les atribuye haber provocado una “primavera árabe” y, en España y otros países, grandes manifestaciones bajo la denominación de ” los indignados”. La verdad es que en los EEUU se produjeron inicialmente algunas, pero es obvio de que fueron frenadas, desde las protestas frente o en áreas de Wall Street. Parecería que en EEUU no hay problemas sociales ni políticos.

Estos supuestos movimientos “espontáneos” en Europa, norte de Africa y Suramérica fueron articulados desde las Redes Sociales, las cuales pueden ser, a esos fines, mas confiables para sus gestores que los partidos políticos y las organizaciones de la sociedad civil. Sus acciones se realizan sin que los partidos y los gobiernos tengan tiempo para reaccionar. Las poblaciones parecen títeres.

Ciertamente fueron utilizadas para derrocar los gobernantes de Libia, Egipto y en España a adelantar las elecciones; congregar en grandes manifestaciones a españoles contra Rajoy, el actual Presidente de Gobierno español. En Brazil su Presidenta Dilma Rousseff, fue duramente atacada bajando su posicionamiento 30 puntos; luego se supo que su gobierno estaba sometido a espionaje electrónico por los EEUU.

La ausencia de los partidos en las Redes Sociales e Internet distancia su membresia entre si y provoca clientelismo en la búsqueda de acercamientos y proselitismo; alienta a que el dinero compre cargos y candidaturas, lo cual se dificulta si la presencia es masiva y de contactos y relación electrónica y en Redes, para divulgar propuestas y hacer convocatorias.

Por demás, esa ausencia los está llevando a perder el rol que juegan en el sistema democrático y a ser manejados por oligarquías partidarias que secuestran sus franquicias y hacen de esas organizaciones un negocio.

Finalmente, los partidos políticos han ido dejando atrás la participación para sus decisiones de su membresias y por tanto la democracia interna, lo cual se agrava ante el hecho de que los procesos electorales inducen y obligan a la masificación. El PLD debe preparar su inclusión de su membresia a las Redes e Internet, es lo que mas se parece a su estilo de comunicación desde su fundación que se propiciaba una relación desde arriba hacia abajo y de nuevo hacia arriba, como un elemento dialéctico.

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Dinamizar la política

En su más reciente obra titulada “El fin del Poder”, el reconocido académico y articulista de El País, Moisés Naím, realiza un interesante análisis de la dinámica del ejercicio del poder en un mundo que se ha transformado.

El poder, afirma el autor “ha cambiado de manos” y se encuentra hoy distribuido en una mayor cantidad de países, personas, organizaciones, corporaciones mediáticas, grupos de presión y demás sectores que conforman la sociedad. Tomando como referencia los sucesos de la primavera árabe, la crisis económica y financiera internacional y los cambios geopolíticos que ha experimentado el mundo en estos primeros años del siglo XXI; Naím afirma que “el poder ya no es lo que era; tal y como lo conocíamos, llegó a su fin”.

Es evidente que el ejercicio político en la actualidad enfrenta mayores retos que hace 10 o 20 años. Las agendas políticas están influenciadas por una gran multiplicidad de factores y circunstancias, que obligan a sus actores a ser verdaderos maestros del consenso. En definitiva, el poder en el siglo en que vivimos enfrenta un gran reto.

Y ese gran reto es para la política, es para la forma en que la sociedad se organiza alrededor de los partidos y para la legitimidad de los actores políticos en su labor de representar los múltiples intereses de la sociedad. Más aún, la redefinición del ejercicio del poder, tal y como lo plantea Naím, llama a una revalorización de la participación de los ciudadanos en la política, el rol de la oposición en la construcción de la democracia y, más que nada, el papel de nuestras instituciones en la regulación de la vida en sociedad.

En ese escenario, los partidos políticos deben someterse a procesos de reflexión, como el que ha realizado el Partido de la Liberación Dominicana en el VIII Congreso Ordinario Comandante Norge Botello. Procesos como este deben llevarlos a cabo todos los Partidos del sistema político dominicano, para que sirvan de escenario de discusión de los retos y desafíos que enfrentan como organizaciones.

La disciplina y la profundidad que ha mostrado nuestro Partido en la discusión de 15 temas sobre la vida política del PLD en la sociedad, resultan ser un buen augurio de que es una estructura política dispuesta a enfrentar los retos del ejercicio del poder en este siglo.

Tal y como lo planteamos en el artículo “Una ingeniería política para un mejor PLD” del pasado mes de Julio: “el proceso en el que se (embarcó) el Partido, resultará en una adecuación de sus estructuras partidarias a la realidad de un partido de masas, con el objetivo de continuar siendo un faro ideológico para los militantes, a la vez que una maquinaria electoral eficiente y eficaz.”

El PLD ha sentado las bases de la dinamización de la política en nuestro país, propiciando una necesaria reactivación de las estructuras partidarias más allá de los procesos eleccionarios. El momento actual, en el cual no hay elecciones hasta el 2016, es propicio para que las estructuras partidarias se reactiven en discusiones ideológicas, en la consolidación de los liderazgos, en el contacto con los anhelos y las necesidades del electorado, en la revisión de las estructuras partidarias y su idoneidad ante un nuevo escenario político.

Los procesos pendientes del VIII Congreso, tanto la elección de los miembros del Comité Central como la aplicación de las medidas adoptadas en la Asamblea General de Delegados, mantendrán ocupados al Partido de la Liberación Dominicana en un proceso de consolidación institucional, preparándose para los retos del ejercicio del poder.

Nuestra sociedad necesita la dinamización de los partidos para dinamizar la política, de una manera tal que sirva a la construcción de una democracia más sólida.

La forma cómo los ciudadanos participan de la política está cambiando, obviando, en algunos casos, las estructuras tradicionales. Es por ello que debemos reflexionar y poner en práctica nuevos métodos de relación entre los partidos, el gobierno y la sociedad; cuestión vital para la gobernabilidad y la consecución de los objetivos que tiene nuestro país a mediano y largo plazo.

Es necesario que los distintos partidos que conforman nuestro sistema estén en la disposición de dinamizar la política de la misma manera que lo ha hecho el PLD. Es sano para la democracia y es sano para el país. Las discusiones de los demás partidos también deben centrarse en el fortalecimiento de sus estructuras partidarias, de los órganos que conforman el Estado y, como ya hemos dicho, de la participación de los ciudadanos en la política.

Sólo así podremos avanzar en temas pendientes que son importantes para el país, como son la Ley de Partidos Políticos y los distintos complementos a la Constitución del 2010. Hay que dinamizar la política para que alcancemos el consenso de los temas que apremian a la Nación.

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Tribunal Constitucional y Derechos Humanos: Solución de un conflicto

En su informe preliminar, emitido luego de su visita al país, del 2 al 5 de diciembre del presente año, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos estimó que la sentencia del Tribunal Constitucional de la República Dominicana 168-13, estableció “una nueva interpretación para la adquisición de la nacionalidad de personas nacidas en el país que sean hijos de padres extranjeros en tránsito”… con lo cual, “personas que anteriormente habían sido reconocidas como de nacionalidad dominicana, fueron desnacionalizadas.”

Como resultado de ese razonamiento, la Comisión concluyó indicando que la sentencia del Tribunal Constitucional conlleva a una privación arbitraria de la nacionalidad; que tiene un efecto discriminatorio, dado que impacta, esencialmente, a personas de ascendencia haitiana; y genera apatridia en relación con aquellas que no son consideradas como nacionales por ningún Estado.

Independientemente de una consideración de fondo sobre los criterios vertidos por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y reiterados por otras instituciones de la comunidad internacional, cabría, desde la perspectiva jurídica, aclarar algunos conceptos e ideas que puedan contribuir, tal vez, a la búsqueda de una solución, que sin quebrantar los atributos de nuestra soberanía nacional, satisfagan los requerimientos del Derecho Internacional de los Derechos Humanos.

En tal virtud, es preciso indicar que el derecho o facultad de establecer los criterios de determinación de la nacionalidad de un país, los fija el Estado de ese país; y esto así, porque como bien reconoce la propia Comisión, la nacionalidad no es otra cosa que el vínculo jurídico que se implanta entre una persona y un Estado determinado.

Por consiguiente, en principio, el tema de la nacionalidad se corresponde, más bien, con las normas o el Derecho Interno de una nación, y no con las del Derecho Internacional; y al ser así, no existe un criterio de validez universal, aceptado por todas las naciones del mundo, acerca de las condiciones requeridas para ser nacional de un país determinado.

Esas son condiciones establecidas por cada país, en forma soberana, conforme a su mejor criterio e interés nacional, aunque, generalmente, sirven de referencia las reglas relativas al derecho de sangre ( jus sanguinis) y al derecho de suelo ( jus solis).

Las reglas del Derecho Internacional sólo encuentran aplicabilidad, en materia de nacionalidad, cuando atañen al reconocimiento y respeto de los Derechos Humanos, con lo cual puede surgir un conflicto o colisión de derechos entre la noción de soberanía nacional y la de respeto a la dignidad humana consagrada en diversos tratados internacionales.

OBLIGATORIEDAD DE LAS SENTENCIAS Y SOBERANIA NACIONAL
Una sentencia, en sentido estricto, al ser la resolución de una controversia, conflicto o disputa, que emana de un órgano jurisdiccional del Estado, como son los tribunales, constituye una expresión de soberanía de una nación.

En el caso de la República Dominicana, conforme al artículo 2 de la Constitución, “La soberanía reside exclusivamente en el pueblo, de quien emanan todos los poderes, los cuales ejerce por medio de sus representantes o en forma directa…”

Inmediatamente, en su artículo 3, nuestra Carta Sustantiva, precisa: “La soberanía de la Nación dominicana, Estado libre e independiente de todo poder extranjero, es inviolable. Ninguno de los poderes públicos organizados por la presente Constitución puede realizar o permitir la realización de actos que constituyan una intervención directa o indirecta en los asuntos internos o externos de la República Dominicana o una injerencia que atente contra la personalidad e integridad del Estado y de los atributos que se le reconocen y consagran en esta Constitución. El principio de la no intervención constituye una norma invariable de la política internacional dominicana.”

Para garantizar la supremacía de la Constitución, la defensa del orden constitucional y la protección de los derechos fundamentales, fue creado, mediante la reforma constitucional del 2010, el Tribunal Constitucional.

Conforme al artículo 184 de la Constitución y 31 de su Ley Orgánica, “Las decisiones del Tribunal Constitucional son definitivas e irrevocables y constituyen precedentes vinculantes para los poderes públicos y todos los órganos del Estado.”

Más aún, en su sentencia 158-13, al analizar el concepto de cosa juzgada constitucional, nuestro Tribunal Constitucional sostuvo:

“La cosa juzgada que se deriva de las disposiciones del referido artículo 45 de la Ley num. 137-11, en los casos de acogimiento de la acción directa de inconstitucionalidad, no tiene el típico alcance de la cosa juzgada relativa de los procesos civiles que sólo alcanza a las partes involucradas en dichos litigios, sino que se trata de una cosa juzgada constitucional; es decir, que por el carácter irrevocable e incontrovertido de las sentencias dictadas por el Tribunal Constitucional, en ejercicio de sus competencias constitucionales y legales orientadas a resguardar la supremacía y el orden constitucional, así como la protección efectiva de los derechos fundamentales, la presunción de verdad jurídica que se deriva de la condición de cosa juzgada, no sólo atañe a las partes procesales, sino a todas las personas públicas y privadas por la vinculatoriedad erga omnes de los fallos del Tribunal. Dichos fallos no pueden ser impugnados ante ningún otro órgano del Estado dominicano, de conformidad con las disposiciones del artículo 184 de la Constitución de la República.”

Al sostener las sentencias del Tribunal Constitucional el carácter de definitivas e irrevocables y ser vinculantes para los poderes públicos y todos los órganos del Estado, resulta inapropiado solicitarle al Presidente de la República, así como a cualquiera otra institución u organismo del Estado, que incumpla con su ejecución. Eso sería incitarle a violar la Constitución y las leyes de la República, lo que conlleva consecuencias penales.

¿QUÉ HACER?
En la búsqueda de una solución constructiva que permita conciliar la noción de soberanía nacional con la de respeto a los derechos humanos, hay que partir del principio de que la jurisdicción internacional no reemplaza o sustituye la nacional, sino que la complementa.

De esa manera, El Estado nacional conserva, de manera íntegra, sus atribuciones jurisdiccionales para conocer de los hechos y resolver por vía de sentencia. Es lo que ha hecho el Tribunal Constitucional, en una decisión que si bien puede ser considerada controversial, ya tiene la autoridad de la cosa juzgada constitucional, y, por consiguiente, la presunción de verdad jurídica.

Lo que procede ahora es aplicar las disposiciones del Decreto 327-13, dictado por el presidente Danilo Medina, en virtud del cual se instituye el Plan Nacional de Regularización de extranjeros en situación migratoria irregular en la República Dominicana.

Ese plan confiere la oportunidad de lograr algo sin precedentes en la República Dominicana, que es la de proveer un estatus de legalidad documental a todo extranjero que se encuentre radicado de manera irregular en territorio dominicano.

Para casos como el de Juliana Deguis Pierre, la accionante en revisión de amparo constitucional, el párrafo del artículo 8 prevé una solución. Es la siguiente:

“Para los nacidos en territorio de la República Dominicana hijos de padres extranjeros en condición migratoria irregular a quienes no les correspondía la nacionalidad dominicana conforme a la normativa vigente, le asistirá la potestad de acogerse a un proceso especial para la naturalización…”

En otras palabras, no quedan desnacionalizados.

Como consecuencia de la sentencia del Tribunal Constitucional 168-13, la República Dominicana no procederá a deportaciones masivas, nadie quedará en condición de ápatrida, a ninguna persona se le privará del acceso a los servicios básicos y todo el mundo será respetado en su dignidad humana.

Pero a la República Dominicana hay que respetarle su derecho soberano a decidir quiénes son sus nacionales, quiénes son extranjeros, quiénes son indocumentados y cómo se regulariza y establece un sistema operativo de identidad personal.

Hace cuarenta años, en 1973, la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos, en el controversial caso de Roe contra Wade, decidió legalizar el derecho al aborto. Esa decisión provocó la crítica airada de quienes consideraban que la Corte no reconoció, desde su concepción, los derechos de la vida humana fetal; o los que creían que la sentencia era ilegítima porque se desviaba de lo estipulado en la Constitución norteamericana, al extender el derecho al aborto a todos los estados de la Unión.

El 22 de enero de cada año, al conmemorarse la fecha del referido fallo, centenares de miles de ciudadanos estadounidenses se concentran frente al edificio de la Suprema Corte de Justicia para protestar contra una sentencia que consideran ha violado el más sagrado de los derechos fundamentales de todo ser humano: el derecho a la vida.

Sin embargo, a pesar de eso, a nadie se le ocurre pedirle al Presidente de los Estados Unidos que revoque la sentencia o incumpla con sus disposiciones.

Tampoco debería ocurrir en la República Dominicana.

Que las emociones no obnubilen nuestra capacidad para razonar. Busquemos entre todos soluciones inteligentes, pragmáticas y viables que nos permitan, al mismo tiempo, proteger nuestra soberanía nacional y rescatar nuestro prestigio internacional.

Que así sea.

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El PLD: Cuarenta años después

Hace cuarenta años, en 1973, que un día como ayer, 15 de diciembre, el profesor Juan Bosch y un grupo de jóvenes dirigentes, fundaron el Partido de la Liberación Dominicana (PLD).

Desde el momento mismo de su creación, quedó establecido que la finalidad de la nueva organización política era la de continuar la obra de Juan Pablo Duarte, con lo cual, al tiempo de fijar su relación de continuidad con la raíces de nuestra historia, se comprometía en una lucha permanente por la soberanía, la independencia y autodeterminación del pueblo dominicano, así como por su libertad, democracia, justicia social y dignidad como nación.

Pero, si bien, de manera formal, la historia del PLD empezó hace cuatro décadas, no es menos cierto que, al estar vinculada de manera indisoluble a la trayectoria política de su líder, guía y fundador, el profesor Juan Bosch, la misma se remonta a una época anterior.

A decir verdad, podría afirmarse que se inició treinta y cuatro años antes, en 1939, en Cuba, con la formación del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), del cual fue, junto a los doctores Enrique Cotubanama Henríquez y Juan Isidro Jiménez Grullón, uno de sus principales gestores.

A través del PRD, Juan Bosch intentaría, junto a numerosos otros luchadores del exilio, conducir la batalla contra la tiranía más cruel y sangrienta de América, en esos años: la de Rafael Leónidas Trujillo.

A través de varias expediciones revolucionarias, de la denuncia política permanente y de la búsqueda de aliados internacionales, aquella lucha se prolongó por más de dos décadas, hasta que con la muerte del tirano y el desplome de la dictadura en mayo de 1961, Bosch, al igual que otros líderes anti-trujillistas, retornó al país, colocándose al frente de lo que sería el primer esfuerzo de transición democrática en tiempos modernos en la República Dominicana.

Democracia, golpe y revolución

Ese esfuerzo de transición de un régimen dictatorial, autoritario, como fue el de Trujillo, a un gobierno democrático, representante de diversos sectores de la vida del país, escogido de manera legítima, respetuoso de las leyes y de las libertades públicas, quedaría coronado con el triunfo electoral cosechado el 20 de diciembre de 1962.

Luego vendría el período de los siete meses de gobierno; y en esa etapa, el profesor Juan Bosch, actuando siempre con el sentido amplio, abierto, democrático y tolerante que le caracterizaba, desplegaba todas sus energía para abonar el terreno donde aspiraba sembrar la semilla del desarrollo, el progreso y la prosperidad de la sociedad dominicana.

Pero en esa época, desafortunadamente, nos encontrábamos en el ojo del huracán de la Guerra Fría. Hacía pocos años, en 1959, había triunfado la Revolución cubana, que luego de la Invasión de Bahía de Cochinos, en 1961, su líder, Fidel Castro, había declarado socialista y aliada de la Unión Soviética.

El temor al comunismo y de que la República Dominicana fuera a convertirse en una segunda Cuba, reinaba en el ambiente. A Juan Bosch se le presionaba para que persiguiera a los líderes de izquierda del país, desmantelara sus actividades y clausurase sus locales.

Nunca lo hizo. Rechazó siempre tales presiones; y para eso se apoyaba en la fuerza de sus convicciones democráticas, en las que no se temía a las formas de pensar, y por el contrario, lo conducían a exigir el respeto a la pluralidad de las ideas y a la diversidad de las creencias, dentro del marco de la ley.

Pero la intolerancia existente para esa época, frente a una auténtica y genuina conducta democrática, sembró la desconfianza en determinados núcleos del poder económico y militar, provocó una erosión gradual del apoyo del gobierno de los Estados Unidos a su gestión y condujo a la formación de una coalición de fuerzas nacionales cuyo único objetivo era su derrocamiento.

Así se produjo el golpe de Estado de 1963, del cual conmemoramos este año, 2013, su 50 aniversario. Fue también, por supuesto, el fin del primer experimento democrático en la República Dominicana después de más de tres décadas de dictadura.

En su lugar se instaló, en forma despótica e ilegítima, el Triunvirato, cuya imagen, ya afectada por su naturaleza espuria, se hizo rápidamente añicos, por el fusilamiento de Manolo Tavárez Justo, el líder del Movimiento 14 de Junio, y la muerte salvaje de varios de sus compañeros, en el alzamiento de Las Manaclas, en San José de las Matas.

En reacción al golpe de Estado y al gobierno del Triunvirato, se fue gestando un movimiento cívico-militar que procuraba la vuelta a la constitucionalidad de 1963, sin elecciones, y al retorno de Juan Bosch al poder.

Ese movimiento fue lo que hizo posible el estallido de la Revolución de abril de 1965, en la cual se llenó de gloria el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, quien no sólo enfrentó, junto a sus compañeros de armas, con gran heroicidad, a las fuerzas contrarrevolucionarias, sino que se convirtió en el símbolo de resistencia a la agresión a nuestra soberanía que constituyó la ocupación militar de los Estados Unidos durante el gobierno del presidente Lyndon B. Johnson.

Esa ocupación militar norteamericana fue, de nuevo, la consecuencia del temor y de la equivocación, típicos en la época de Guerra Fría, de considerar que una Revolución democrática y nacionalista, que lo único que procuraba era la vuelta a un orden constitucional y legítimo, podría convertirse en una Revolución socialista.

Bosch y el pld

Ante una sucesión de experiencias tan traumáticas, en las que un indiscutible luchador por los valores y principios de la democracia y el Estado de Derecho, como había sido Juan Bosch, de repente se encontrase impedido de poder contribuir con su pueblo en la conquista de la libertad y la justicia social, le obligaban a tener que detener la marcha, reflexionar sobre su pasado, otear el horizonte y relanzar su lucha por nuevos senderos.

Fue lo que hizo en los años comprendidos entre 1966 y 1970, en los que desde su retiro en Europa, se dedica, con gran originalidad y creatividad, a interpretar, dentro de una perspectiva histórica, la realidad dominicana, latinoamericana y caribeña, para formular nuevas tesis políticas.

Es, en fin, la época en que conecta con la generación de la que formo parte, al escribir textos fundamentales, ya clásicos, como Composición Social Dominicana; De Cristóbal Colón a Fidel Castro, El Caribe, Frontera Imperial; El Pentagonismo, Sustituto del Imperialismo; y Dictadura con Respaldo Popular, entre otros.

Al elaborar ese conjunto de ideas, Juan Bosch consideró que necesitaba de una nueva organización política que estuviese a tono con sus renovadas formas de pensar.

En principio, consideró que esa fuerza política sería su propio Partido Revolucionario Dominicano (PRD); y para eso, incluso, formó círculos de estudios al más alto nivel dirigencial, tratando de impregnarle de nuevas energías y de posicionarla por nuevos senderos de orientación y participación política.

Pero, en el PRD, según su propio decir, encontró muchas resistencias. Se enfrentó a grandes obstáculos y dificultades. Sintió que boicoteaban sus iniciativas.

Observó, de igual manera, actitudes reprobables, conductas desviadas, oportunismo político, falta de ética, desorientación ideológica y una cierta fatiga para continuar la lucha popular.

En una época de fuerte resistencia frente a una contrarrevolución en el poder, lo único que parecía cautivar el interés de sus dirigentes, era participar en elecciones, que aunque fraudulentas, les generaban la ilusión de obtención de cargos, posiciones y prebendas personales.

Frente a eso, Bosch llegó a la convicción de que el PRD había cumplido con su papel histórico. Que no estaba en condiciones de volver a la Presidencia de la República acompañado de sus dirigentes. Que esa organización, para los fines que fue creada, ya había fenecido. Que él necesitaba una nueva organización política, la cual, apoyándose en el ejemplo de Juan Pablo Duarte y de los padres fundadores de la dominicanidad, fuese capaz de orientar y conducir al pueblo hacia la conquista de sus grandes anhelos y aspiraciones.

Ese fue el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), el cual, durante los últimos cuarenta años, ha gravitado de manera sensitiva en la vida nacional, y hoy, a pesar de las descalificaciones de sus adversarios, en base al trabajo, la abnegación y el sacrificio de sus miembros, forma parte del legado histórico y cultural de nuestro pueblo, y una esperanza, en constante renovación, para garantizar un mejor porvenir.

¡Por su gran obra y encomiable visión, Felicidades Maestro!

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Lo que nos enseñó Mandela

Siempre he sentido una profunda admiración por Nelson Mandela. Puede que sea porque durante mis años universitarios todos vivimos atentos a la desgarradora historia de aquel señor de un lejano país, donde se vivían diferencias raciales extremas. Desde aquella cárcel de condiciones inhumanas en Robben Island, la globalización nos llevó a identificarnos con alguien a quién no conocíamos, pero que sabíamos vivía una de las mayores injusticias del siglo XX.

La lucha de Mandela no fue por América Latina, mucho menos por República Dominicana, pero muchos sentíamos que sí lo era. Era la lucha contra la opresión, era la lucha por la diversidad, por la integración, por el respeto y el amor al prójimo. Como lo escribió el Presidente Barack Obama en el prólogo a Conversaciones conmigo mismo: “…Su sacrificio era tan grande que empujaba a gente de todas partes a hacer todo lo que pudieran en nombre del progreso humano”. Sin dudas, a muchos nos empujó a eso y a más.

Mientras estuvo con vida, mucho se escribió sobre Mandela y su legado. Y ahora que ha pasado a la eternidad, se escribirá aún más. Pero todos podemos coincidir en su gran legado de liderazgo basado en el respeto a las decisiones y a las posiciones de los demás. Era un liderazgo basado en el perdón incondicional y el amor infinito. Mandela nos enseñó a liderar con grandeza.

Hay muchos episodios de la historia de Mandela que son lecciones de su liderazgo. Pero hay dos en particular que, a mi parecer, son las que más ilustran ese legado.

El primero de ellos sucedió en 1985, cuando iniciaron los acercamientos secretos entre el Gobierno de Sudáfrica y Mandela. Era evidente que toda la plana mayor del partido de Mandela estaría en contra de cualquier acercamiento al Gobierno que los oprimía, hasta tanto no se suspendieran las leyes que sostenían el apartheid y se liberase a los prisioneros políticos.

Sin embargo, Mandela hizo lo que Richard Stengel llamó “liderar desde el frente”. Stengel plantea que la virtud de Mandela en su liderazgo es “haber asumido riesgos como dirigente” y plantear que “los líderes no solo deben liderar, es necesario que se les vea liderar”. Al iniciar las conversaciones con el Gobierno, en contra de la estrategia de su propia organización, Mandela estaba viendo más allá.

Mandela estaba liderando para lograr tener una Nación unida, sin divisiones de raza o color; no pensaba en su grupo, pensaba en todo el país.

Muchas veces tomamos decisiones que solucionan un problema momentáneamente, parches que luego resultan ser mucho más costosos. Mandela nos demuestra que el verdadero liderazgo sabe tomar decisiones complicadas, aunque sean difíciles, que el capital político se invierte a favor del pueblo, no se ahorra para vanagloria personal, porque a veces, perdiendo también se gana.

Mandela decía: “un buen jefe no expresa pomposamente su opinión y ordena a los demás que le sigan. Él escucha, recapitula y luego busca moldear la opinión y guiar a la gente hacia una acción determinada…”. Mandela nos enseñó un liderazgo integrador.

Mandela fue un hombre incluyente, supo domar los rencores justificados que sus seguidores sentían y tender puentes entre el pasado y el futuro, sin invisibilizar a nadie, reconociendo los aciertos, aún de sus más enconados enemigos, integrando blancos, negros y mestizos en un solo color: el color de la nueva Sudáfrica que resurgía imponente, unida y vigorosa.

Sus logros son una demostración de lo que fue su misión una vez salió de la cárcel: “liberar tanto al oprimido como al opresor”. Mandela, con su inmensa capacidad de resiliencia, nos enseñó que no hay arma más poderosa que el perdón, porque “perdonando liberas tu alma y remueves los miedos de tus enemigos.”

En la sociedad actual enfrentamos muchos retos y liderar requiere de cultivar habilidades y relaciones fructíferas, a la vez que nos esforzamos por construir, desde todos los escenarios, una mejor sociedad.

Hay otro episodio de la vida de Mandela que es muy aleccionador. Luego de su primer mandato como el primer Presidente democráticamente elegido en Sudáfrica, y ante la posibilidad de la reelección, Mandela prefirió liderar desde la tranquilidad de su hogar, sirviendo de ejemplo permanente de la alternabilidad democrática que requería Sudáfrica.

Este es un rasgo de la personalidad de un gran líder como Mandela, quién supo cuándo retirarse y dejar que fuera su impronta la que les indicara el camino a los demás. Mandela nos enseñó cómo se forja un liderazgo trascendente, que se basa en la intensidad del impacto y el alcance de tus acciones, que es lo que le garantiza la vigencia como líder.

Todos reconocemos en esa decisión de dejar la Presidencia después de su primer período, a un Mandela dispuesto a predicar con el ejemplo y demostrar que su misión era fijar la ruta y dejar el barco en ese rumbo.

Estas dos lecciones de Mandela nos aplican a todos, desde la política, desde el empresariado, desde la sociedad civil y, sobre todo, desde cada uno de nuestros hogares. Mandela nos enseñó cómo fomentar un liderazgo transformador, capaz de construir vías de consenso, que promueva la equidad y la justicia, que se sostenga en principios y valores inquebrantables, sin importar hacia donde soplen los vientos.

Mandela nos enseñó que todos podemos sobrepasar nuestras expectativas y lo que los demás esperan de nosotros. La estatura moral de Mandela está a la altura de los grandes maestros espirituales de la humanidad. Mandela nos deja un legado perenne: “Tú eres el amo de tu destino y el capitán de tu alma”.

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