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El Congreso del PLD

Además de seleccionar y ampliar sus cuadros directivos en distintos niveles, el Octavo Congreso Ordinario Norge Botello del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), tiene como objetivo fundamental la renovación, modernización y profesionalización de esa organización política.

Eso tiene una importancia trascendental, sobre todo en una época en que en el plano internacional se habla de una crisis o decadencia de los partidos políticos, y en el plano local, algunos comentaristas y politólogos han expresado su temor en relación a lo que han denominado virtual colapso del sistema de partidos en la República Dominicana.

Al hacer referencia a este último punto, el análisis parte de la premisa de la incapacidad que tienen algunas organizaciones políticas de resolver sus conflictos internos, al desgaste de otras en el tiempo, a una falta de orientación ideológica y a una cierta desconexión con los intereses de los distintos grupos que integran la sociedad.

Visto desde esa perspectiva parece real que debería albergarse una legítima preocupación por el futuro de nuestros partidos políticos, y por ende, de nuestra democracia, pero lo cierto es que todo eso no representa más que retos que obligan a nuestras instituciones políticas a transformarse y adaptarse a las nuevas circunstancias.

El caso del PLD

En el caso del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), su ideología, su seña de identidad política, sus objetivos estratégicos y su compromiso con la sociedad dominicana, se encuentran establecidos en su Declaración de Principios y en sus Estatutos.

En esos documentos se indica que el PLD es una organización política de naturaleza progresista, popular y moderna, cuyo objetivo es completar la obra de Juan Pablo Duarte y los trinitarios, mediante el fortalecimiento de la democracia, la libertad, la justicia, la inclusión social, la equidad de género, la protección del medio ambiente, la solidaridad, la paz y la defensa de la identidad nacional.

Con todo eso quiere indicarse, fundamentalmente, que contrario a los pesimistas, el PLD cree en la noción de progreso como forma de evolución permanente de los seres humanos, y de que todo el discurrir de la historia, tanto universal como nacional, es un esfuerzo constante, en medio de grandes luchas y enormes sacrificios, por avanzar hacia etapas superiores de desarrollo y civilización.

Es una organización popular, porque en lugar de representar grupos de interés particulares, aspira a ser portavoz del interés nacional, esto es, del pueblo, manteniendo una relación estrecha con los sectores excluidos, marginados y más vulnerables de la población.

Y es una organización moderna, porque a pesar de respetar nuestras tradiciones, reverenciar nuestra historia y honrar a nuestras grandes figuras, hace suya la noción de cambio social y promueve la modernización constante del Estado, la economía y la sociedad como parte del progreso.

La idea de que el PLD tiene como objetivo completar la obra de Juan Pablo Duarte y los trinitarios, permite colocar nuestras luchas actuales en el contexto de nuestra historia nacional, de la misma manera que lo hacen otras fuerzas progresistas de América Latina y el Caribe, al reivindicar, entre otros, las ilustres figuras de Simón Bolívar, José Martí, César Augusto Sandino y Farabundo Martí.

Pero, además, el PLD asume la causa de la democracia, como única forma legítima de acceso al poder, de promoción de un Estado de Derecho y protección de la dignidad humana; de la libertad, como manera de contrarrestar el despotismo, el autoritarismo y la humillación; y de la justicia, como mecanismo de reivindicación frente al abuso y el atropello.

Al comprometerse con esos valores y principios, el partido morado de la estrella amarilla, pone de manifiesto que como organización es mucho más que simplemente una maquinaria electoral; que su objetivo, además de tener carácter histórico y estratégico, trasciende la mera conquista de la mayoría en las urnas.

Lo que se propone el congreso

Para ser eficaz en los objetivos que el PLD se ha planteado, se propone, en el marco de su Octavo Congreso, replantearse la relación entre el Estado, el partido y la sociedad.

Se entiende que además de tener a miembros y simpatizantes del partido en calidad de funcionarios del Estado, desempeñando distintas funciones gubernamentales, el partido debe jugar un rol activo en la ejecución de las diversas políticas y directrices que emanen de las autoridades estatales.

De esa manera podrá apreciarse una organización política cuyos integrantes no sólo están interesados en que se les nombre en un cargo público, sino que están inspirados por un genuino interés de servir a la sociedad, con lo cual se lograría mayor credibilidad y legitimidad en la acción política.

Pero, en adición, está el determinar la forma en que el partido habrá de relacionarse con los distintos sectores de la sociedad dominicana, procurando ser, frente al Estado, el vehículo idóneo de canalización de intereses y aspiraciones de esos sectores.

En la medida en que el PLD pueda lograr cumplir con esas metas podría erigirse en un nuevo modelo de innovación política, ya que podría ser, al mismo tiempo, partido de Estado, es decir, el partido oficial que se encuentra en óptimas condiciones para integrarse y acompañar al Gobierno en el cumplimiento de sus planes; y partido de sociedad, al ser el instrumento eficaz para encauzar la diversidad de aspiraciones e intereses de los diversos sectores de la sociedad dominicana, con lo cual ejercería a plenitud su rol de representación.

Al igual que otras organizaciones políticas en distintas regiones del mundo, el partido fundado por Juan Bosch se enfrenta a un conjunto de nuevos desafíos, relacionados con cambios en el orden internacional, como el fin de la Guerra Fría y la expansión de la globalización; el surgimiento de nuevos actores, como las organizaciones de la sociedad civil y los movimientos sociales; las transformaciones sociales y la emergencia de la clase media; el nuevo rol de la juventud y la mujer; y la aparición de nuevas formas de comunicación social.

El fin de la Guerra Fría produjo como efecto colateral una desorientación, confusión y vacío ideológico, que aún no ha podido ser superado por diversas organizaciones políticas en distintas partes del mundo, contribuyendo de esa forma a la promoción de la eficiencia y el pragmatismo como valores en sí mismos.

El fenómeno de la globalización ha reforzado la interdependencia, y por consiguiente, la vulnerabilidad con respecto a los factores externos, lo cual hace que el Estado nacional, así como los partidos políticos, se vean impotentes en la solución de problemas que escapan su control.

Hasta ahora, en toda América Latina, la relación entre los partidos políticos, la sociedad civil y los movimientos sociales ha sido tensa. La razón, quizás, se deba al hecho de que los actores políticos se ven cuestionados en la legitimidad del ejercicio de sus liderazgos por parte de personalidades e instituciones que tratan de imponer la agenda del debate a través de los medios de comunicación, sin asumir ninguna responsabilidad que verdaderamente les comprometa.

Las nuevas tecnologías de la comunicación, a través de las redes sociales, han sido, por el momento, de mayor utilidad para distintos tipos de organizaciones que para los partidos políticos, lo cual obliga, a una organización como el PLD, a reflexionar y plantearse una renovada estrategia de comunicación tanto hacia dentro como fuera de la organización, tal como corresponde a una institución moderna del siglo XXI.

La relación con la clase media es de singular importancia para el PLD, en razón de su cada vez más notable expansión, lo que implica una significativa transformación de la estructura social, de su rol en los distintos gremios profesionales, en el comercio, en las finanzas, y en su condición de reproductor de ideas y líder de opinión.

Igual ocurre con el sector de la juventud y la mujer. Esos son dos segmentos de población respecto de los cuales el Congreso del partido morado tendrá que desplegar sus mejores energías para en forma creativa e imaginativa atraer su interés hacia la organización.

Recientemente, el Santo Padre, Francisco, lo logró de manera muy sencilla, al invitar a los jóvenes en Río de Janeiro a compartir en la playa.

En fin, lo más importante y trascendente es que al culminar el actual Congreso Norge Botello, el PLD, salga como un partido unido. En estos momentos, la sociedad dominicana reclama del PLD que volviendo a sus principios fundacionales, promueva los valores del progreso, la modernidad, la democracia, la solidaridad, el patriotismo, la honradez, la libertad y la justicia.

Con el Congreso Norge Botello el Partido de la Liberación Dominicana entra en el tercer ciclo de su existencia, el cual ha de llevarlo, durante las próximas dos décadas, a seguir siendo la organización más influyente en el espectro político nacional.

Que así sea.

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Los desafíos del PLD

Desde el año 2004 a la actualidad, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), ha obtenido cinco victorias electorales consecutivas, entre presidenciales, congresionales y municipales, por encima del cincuenta por ciento.

Se trata, sin duda alguna, de una gran hazaña, sin precedentes en la historia nacional, alcanzada por la vía democrática; y habría de suponer que ese respaldo tan continuo y sistemático conquistado en las urnas es un reflejo de la valoración positiva que hace la sociedad dominicana de su ejercicio gubernamental.

En efecto, ha sido como consecuencia, entre otros factores, de haber mantenido notables índices de crecimiento económico con estabilidad; de haber creado un clima de confianza; incremento de la inversión pública y privada; generación de nuevos empleos; desarrollo de obras de infraestructura; reforma y modernización del Estado y reducción de niveles de pobreza, que el PLD ha podido concitar, de manera reiterada, el respaldo mayoritario del electorado.

Sin embargo, a pesar de esos logros innegables, motivos de orgullo y regocijo, en la militancia del partido morado no se percibe una plena satisfacción o entusiasmo por las metas alcanzadas, a lo largo de los años.

Motivos del malestar

Las razones de esa falta de entusiasmo se deben, fundamentalmente, a que en la misma medida en que la organización iba cosechando triunfos electorales y se embarcaba en una continua labor de gobierno, se producía un abandono paulatino en sus formas de funcionamiento.

De esa manera, con excepción del Comité Político, los demás organismos y órganos del PLD, como son el Comité Central, los Comités Provinciales, Municipales, Intermedios o de Base, así como las distintas Secretarías, no están ni han estado operando, desde hace algún tiempo, conforme a sus atribuciones.

Resultado de eso es que algunos locales del Partido se encuentren cerrados; que en el padrón de la organización figuren nombres de personas que nunca han participado en una reunión de su Comité de Base; que haya habido un abandono de los programas de educación; que en distintos lugares se haya incurrido en un irrespeto a la disciplina partidaria sin ningún tipo de consecuencias; que la solidaridad entre compañeros haya ido desapareciendo; y que los valores y principios que sirven de base a la mística peledeísta se haya estado degradando.

En fin, hay todo un conjunto de legítimos reclamos por parte de la militancia peledeísta, de reivindicar ciertas normas, prácticas, pautas de conducta y métodos de trabajo del partido fundado por Juan Bosch, que deben ser rápidamente atendidos, a los fines de fortalecer y cohesionar la organización.

Por supuesto, se comprende que las deficiencias señaladas no son el resultado de la negligencia o dejadez de la dirección del partido o de sus cuadros medios. Son, más bien, la consecuencia de la reforma constitucional del año 1994, que estableció la realización de elecciones cada dos años.

Debido a esa situación, desde el 1996 a la fecha, esto es, en los últimos diecisiete años, se han celebrado nueve elecciones nacionales. Pero, en realidad, como previo a cada año electoral, las organizaciones políticas tienen que realizar sus elecciones internas para la selección de sus candidatos a los distintos puestos electivos, podría decirse que ha habido elecciones todos los años.

Por consiguiente, lo cierto es que durante los últimos diecisiete años ha habido dieciocho elecciones, entre internas y nacionales, y es claro que eso no deja respiro a ninguna organización política para dedicarse a otra cosa que no sea la de prepararse para participar en los procesos electorales.

Así, pues, en el período a que se hace referencia, el PLD se convirtió en una formidable y temible maquinaria electoral, capaz de conquistar contundentes triunfos en las urnas y desde el poder contribuir con significativos aportes a la modernización y progreso de la sociedad dominicana. Pero, al mismo tiempo que el partido morado de la estrella amarilla alcanzaba esos logros, como todas sus energías, pasión y capacidad creadora estaban concentradas en esas tareas, la estructura interna se debilitaba, su eficiencia se erosionaba, sus valores se violentaban, su mística se desvanecía y su rol de intermediario e intérprete de las necesidades nacionales se afectaba.

Retos del PLD

Visto desde esa perspectiva, el primer gran reto o desafío a que se enfrenta, con miras al futuro, el Partido de la Liberación Dominicana, es el de recuperar el conjunto de principios, valores, métodos de trabajo, organización y disciplina, que constituyeron, desde su fundación, los pilares fundamentales de su razón de ser.

Eso, ahora, es posible debido a la reforma constitucional del 2010 que unificó las elecciones presidenciales, congresionales y municipales. Por lo tanto, ya no habrá torneos electorales cada dos años, sino cada cuatro, tiempo apropiado para ser aprovechado por el PLD a los fines de lanzar una mirada hacia adentro, identificar fortalezas y debilidades y diseñar un plan de reingeniería y modernización de sus estructuras internas que le permitan emerger como una fuerza renovada en los albores del nuevo ciclo político a que se enfrenta a partir del 2016.

Naturalmente, esos no son los únicos retos a que se enfrenta el Partido de la Liberación Dominicana. En adición a los ya mencionados, se contrapone a los nuevos desafíos que surgen de las nuevas formas de hacer política, de las transformaciones sociales, de la emergencia de nuevos actores y la irrupción de nuevas tecnologías.

En lo que atañe a las nuevas formas de hacer política, es algo que se percibe a diario. En la actualidad, hasta un individuo o pequeños grupos, eso que ahora en las ciencias políticas se llaman “micropoderes”, pueden alterar el curso de los acontecimientos.

Es el caso, por ejemplo, en estos momentos, de Edward Snowden, el joven norteamericano que trabajaba para los servicios de inteligencia de su país. Sus filtraciones a la opinión pública de que Estados Unidos realiza labores de espionaje a varios países, incluyendo amigos y aliados, ha generado una situación de crispación internacional.

Pero igual ocurrió con otro joven en Túnez, graduado universitario, que frustrado ante la imposibilidad de conseguir empleo, instaló un pequeño negocio de buhonero. Un agente del orden público, sin embargo, se lo desmanteló y lo agredió físicamente.

Desconsolado ante su tragedia decidió incinerarse. Pero, al hacerlo, se convirtió en el símbolo que dio origen a la llamada primavera árabe, la cual provocó la caída de los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia, y ha suscitado el pánico en todo el Medio Oriente.

De manera, pues, que en la actualidad, hasta una sola persona, con su conducta, tiene la posibilidad de influir e impactar en el desencadenamiento de acontecimientos que pueden llegar a tener carácter nacional, regional o global.

Lo que ha hecho eso posible es la introducción de las nuevas tecnologías de la comunicación, especialmente de la telefonía móvil y las redes sociales, las cuales comunican hoy día en el mundo, de manera instantánea, a más de dos mil millones de usuarios, con el poder de la imagen y la capacidad de reproducción en forma de virus.

En adición a las nuevas tecnologías de la comunicación y de las redes sociales, como twitter, facebook o youtube, han hecho aparición en el escenario político nuevos actores, como es el caso, para citar algunos, de los integrantes de la sociedad civil, los movimientos sociales y los grupos ecologistas.

Es evidente que estos nuevos actores, que en principio y en teoría no están motivados por la conquista del poder, les disputan a los partidos políticos su tradicional rol de intermediarios y articuladores del pliego de demandas de la sociedad, y generan, por otro lado, a los gobiernos, nuevas tensiones para el ejercicio de la gobernabilidad democrática.

La disminución de la pobreza, que ha dado ahora lugar al surgimiento de una clase media y a una aceleración del proceso de urbanización, también genera nuevos desafíos, al entrar en una fase de aquello que los sociólogos han dado en calificar como “revolución de las expectativas crecientes”, que implica para los gobiernos una sobrecarga de demandas sociales con recursos limitados.

No advertir esos desafíos o resolverlos a tiempo, conlleva el riesgo de protestas sociales masivas, como de manera sorpresiva ha estado ocurriendo en estos días en Brasil, el cual, además de país líder de América Latina, se había convertido en paradigma a emular.

Como puede observarse, pues, son varios los retos que el Partido de la Liberación Dominicana tiene por delante. Por un lado, está el de recuperar la mística, así como los valores y principios que le dieron origen. Pero, por otro, el de su capacidad de renovación para hacer frente a las mutaciones experimentadas por la sociedad, que actualmente exige nuevas formas de acción política para adaptarse a la nueva realidad de nuestros tiempos.

Es precisamente todo eso lo que aspira abordar, en debates francos, abiertos y democráticos, el VIII Congreso del PLD, Comandante Norge Botello.

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Evolución del PLD

En agosto del 2016, cuando culmine la actual gestión de gobierno que encabeza el presidente Danilo Medina, se habrán cumplido veinte años de la llegada al poder, por vez primera, del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), en el 1996.

Durante esos veinte años, el PLD habrá gobernado dieciséis, lo cual equivale a decir que habrá sido la organización política más exitosa de las últimas dos décadas en la República Dominicana.

Más aún, durante ese mismo lapso pasó de tener un solo Senador a tener treinta y uno; y salió victorioso en seis elecciones nacionales, entre presidenciales, congresionales y municipales.

Si en el próximo torneo electoral del 2016 el PLD resulta de nuevo triunfante, eso, a su vez, equivaldría a significar que habría sido la fuerza política hegemónica durante las primeras dos décadas del siglo XXI; y aún en el caso hipotético de que no resultase así, como quiera habría sido la organización más preeminente durante esta etapa de la vida política nacional.

Pero en el caso de que en efecto conquistase el triunfo nuevamente en el 2016, entonces habría gobernando veinte de los últimos veinticuatro años, algo sin precedentes en la historia política democrática de la República Dominicana.

No siempre fue así

Sin embargo, no siempre fue así. El PLD fue creado por Juan Bosch y un grupo de dirigentes salidos del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), en diciembre del 1973, por lo cual, ahora en el 2013, cumplirá cuarenta años, y durante un primer momento de su desarrollo institucional se planteó como objetivo estratégico la conquista de la liberación nacional.

Al participar por vez primera en un certamen electoral en el 1978, obtuvo tan solo 18 mil votos, equivalente al 1 por ciento del total de boletas emitidas. Eso determinó, en aquel entonces, que algunos sectores vaticinaran que el PLD no tendría ningún porvenir en el escenario político nacional.

No obstante, en el siguiente torneo electoral del 1982, logró alcanzar 185 mil votos, esto es, algo más del 9 por ciento del sufragio; y en el 1986, fue de 385 mil, correspondientes al 18 por ciento de la votación.

Viniendo prácticamente de la nada, el PLD había conseguido, en sus primeros trece años de existencia, romper con el sistema bipartidista que históricamente había existido en el quehacer político nacional desde que se fundó la República a mediados del siglo XIX.

En la historia nacional, la lucha por el poder siempre se expresó en términos de una bipolaridad, que iba desde santanistas contra baecistas; rojos versus azules; lilisistas y anti-lilisistas; coludos y rabuses; trujillistas y anti-trujillistas; cívicos y perredeistas; o perredeístas versus reformistas.

Nunca había existido en toda la historia del país una tercera fuerza política que rompiera esa relación de poder entre dos fuerzas antagónicas, hasta que el PLD lo alcanzó, por primera vez, en la década de los ochenta.

En el 1990 el PLD estuvo al borde de conquistar el poder; y aunque en el 1994 experimentó un declive en su caudal de votación, en el 1996, veintitrés años después del día de su fundación, las autoridades del partido morado subían las escalinatas del Palacio Nacional.

Fue la primera vez, también, en nuestra historia, que una tercera fuerza política no sólo rompía ya con el tradicional esquema del bipartidismo, sino que terminaba por convertirse en la principal fuente de poder político nacional.

Pero, como ha podido observarse, el PLD no siempre fue la gran organización política que es hoy día. Al contrario, nació como una organización pequeña, a la que no se consideraba que podría tener esperanza de vida; y fue con el tiempo que se convirtió en un partido emergente, como se dice en el lenguaje actual, hasta llegar a ser la primera agrupación política nacional.

Razones de avance

Por supuesto, la primera razón del avance electoral del PLD en el tiempo se debe, fundamentalmente, a su líder y fundador, profesor Juan Bosch.

Esto así, entre otras causas, debido a su gran talento político, a la fuerza de sus convicciones, a su apasionada entrega; y al hecho de haber sido el primer presidente democráticamente electo después de la caída de Trujillo; haber sido víctima de un golpe de Estado; y a ser un símbolo viviente de un pueblo en armas luchando por la vuelta a un orden constitucional.

A esas cualidades que adornaban la figura del líder histórico y fundador del PLD, se le sumaba la circunstancia de que a partir del 1978, con el triunfo electoral del PRD y Antonio Guzmán, se inició, no sólo en la República Dominicana, sino en América Latina, un proceso de transición y consolidación de la democracia, lo cual hacía posible la lucha por el poder a través de las elecciones.

Pero, en adición, como consecuencia precisamente de que se entraba en una etapa de transición hacia un modelo democrático, la naturaleza de la actividad política experimentó una radical transformación, al pasar de un debate en defensa de las libertades públicas a otro de carácter económico y social.

El PLD, bajo el liderazgo del profesor Juan Bosch, supo aprovechar ese momento de mutación en la naturaleza del debate político y orientó a la opinión pública en torno a la aplicación de políticas económicas, su impacto en el desarrollo y el bienestar social.

No cabe dudas que esa prédica, continua y sistemática en el tiempo, encontró eco en la población, al ver que sus condiciones materiales de existencia se deterioraban como resultado de la aplicación de políticas erróneas que cada vez más nos empujaban hacia un abismo como nación.

En el marco de su proceso de avance político, mediante la integración al sistema electoral, algunos sectores, a través de los años, han sostenido que el PLD se desvió de su objetivo inicial de liberación nacional.

La verdad es que no es así. Si el Partido de la Liberación Dominicana se propuso, durante sus primeros años, un objetivo estratégico de liberación nacional, es porque la vía democrática hacia la conquista del poder se encontraba obstruido.

La propia experiencia política personal de Juan Bosch así lo comprueba. Después de haber sido democráticamente electo, en forma abrumadora, por el pueblo dominicano, fue derrocado mediante un golpe de Estado.

Pero cuando el pueblo se subleva con el propósito de promover su retorno a la silla presidencial, entonces se produce una intervención militar por parte de la fuerza más poderosa del planeta, los Estados Unidos, que bloquea esa posibilidad.

Luego, se asiste a un torneo electoral en el 1966, en el cual no existen garantías de participación democrática, y ese fenómeno vuelve a repetirse en las elecciones de 1970 y 1974, en los que a la oposición, encabezada por el PRD, no le quedó otra alternativa que abstenerse por falta de un clima adecuado de participación plural.

Ante la imposibilidad de acceder al poder por la vía democrática de las elecciones, Juan Bosch y el PLD se plantearon lo que todas las fuerzas progresistas de América Latina en ese momento proponían como única alternativa: la liberación nacional.

Ahora bien, en la medida en que por la convergencia de diversos factores, de carácter nacional e internacional, se hiciera el tránsito, en toda América Latina, hacia un modelo democrático, como hemos dicho, las posibilidades de acceder al poder por vía electoral se abrieron, y eso fue lo que, de manera sabia, el PLD supo aprovechar para avanzar y transformarse en el fenómeno de masas que ha sido en los últimos años.

Pero al igual que el PLD, el movimiento progresista y políticamente inteligente latinoamericano de la época, también comprendió, que como consecuencia de los cambios ocurridos, no había que intentar conquistar por las armas lo que ya se podía obtener por medio de los votos.

Es de esa manera que a lo largo de los últimos treinta años, hemos visto al Partido Socialista chileno de Salvador Allende, en alianza con otras fuerzas, derrotar la dictadura de Pinochet, en base al respeto y reconocimiento del poder de las urnas.

De igual manera, al Frente Sandinista de Liberación Nacional, que perdió el poder por vía electoral, luego de haber realizado una revolución triunfante contra una dictadura, retornar a ese mismo poder por medio de elecciones; y es lo que asimismo hemos visto también acontecer en El Salvador, con el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional; y en Uruguay, con la coalición de fuerzas que componen el Frente Amplio.

En lugar de claudicar a sus principios originales, el PLD supo interpretar el signo de los tiempos, aprovechar las nuevas circunstancias y erigirse en una gran maquinaria política en favor del progreso y el desarrollo de la sociedad dominicana.

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Evocando a Pedro Mir

Durante el transcurso de este año, 2013, los dominicanos estaremos festejando el centenario del natalicio del Poeta Nacional, Pedro Mir, nacido el 3 de junio del 1913, en la ciudad de San Pedro de Macorís.

Recuerdo haber visto y escuchado a Pedro Mir, por vez primera, a principios de los años setenta en una memorable conferencia que dictó en el Colegio Dominicano de Periodistas. Antes había oído hablar de él, y, por supuesto, conocía su famoso poema, casi himno nacional, Hay un País en el Mundo.

Pero, de esa conferencia, salí cautivado por él. Diría, casi hipnotizado. Habló de literatura, de poesía y de periodismo. Pero lo que más importó fue la forma. Había tal elegancia en el decir, en los gestos y en las formas de Pedro Mir, que había que concluir que se estaba en presencia de un artista consumado de la palabra.

El poeta social esperado

Luego descubrí que había empezado a escribir poesía desde principios de los años treinta, aún muy joven, y que en algún momento uno de sus amigos, compañero de estudios, sin su autorización, había enviado a Juan Bosch, que entonces dirigía la Página Literaria del Listín Diario. Se cuenta que Bosch, a pesar de reconocer talento en el joven y desconocido poeta, no los publicó, indicando que “el autor debía dirigir los ojos a su tierra”.

Intrigado, y tal vez hasta herido en su orgullo, Mir se puso a trabajar con gran intensidad, y poco tiempo después envió tres poemas, titulados, A la Carta que no ha de Venir, Catorce Versos y Abulia, para ver si a eso era que el autor de La Mañosa se quería referir con aquello de “dirigir los ojos a su tierra.”

Para su gran sorpresa y deleite, los poemas fueron publicados en la primera columna de la siguiente edición de la Página Literaria del Listín Diario, fechada 19 de diciembre de 1937. En su encabezado había una nota del director, en la que en forma lapidaria, decía lo que sigue:

“Aquí está Pedro Mir. Empieza ahora y ya se nota la música honda y atormentada de su verso. A mí, con toda sinceridad, me ha sorprendido. He pensado, ¿será este muchacho el esperado poeta social dominicano?

“Empieza ahora… Desde luego, nadie sabe qué caminos recorrerá Pedro Mir. Puede torcerse y puede hasta apagarse. De todo hay en la viña del Señor. Pero yo me complazco en entregarlo a la mirada fija del lector dominicano, a la de ese que espera el nacimiento de artistas verdaderos, adivina su gestación y la acelera sin decirlo.

“Aquí está Pedro Mir. Yo creo haber cumplido un deber de conciencia al presentarlo. Me hubiera dolido que este poeta nuevo tan atormentado, quedara en la sombra.”

Aquello fue el acta de nacimiento de Pedro Mir como maestro de la lírica. Había quedado comprometido como el poeta social a cuya espera se encontraba la sociedad dominicana. Su poema, A la Carta que no ha de Venir, escrito a los 24 años de edad, lo consagró como tal.

Luego vino un largo silencio. La brutal dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, por su propia naturaleza, se convertía en un obstáculo para el desarrollo de una poesía social de denuncia, que ponía de relieve la explotación del pueblo y clamaba por un cambio revolucionario.

Así fue que diez años después de la publicación de aquellos versos, en 1947, salió hacia el exilio en Cuba, y dos años después, en 1949, aparece su gran poema, el canto que lo habrá de inmortalizar, Hay un País en el Mundo.

Con posterioridad, completó su universo poético con obras de notable calidad, como Contracanto a Walt Whitman; Amén de Mariposas; Huracán Neruda; Seis Momentos de Esperanza; Poemas de Buen Amor; A veces de Fantasía, y Viaje a la Muchedumbre.

Ensayista y educador

Sin embargo, Pedro Mir no sólo fue un extraordinario poeta, digno de aparecer en cualquier antología de carácter universal. Fue al mismo tiempo un insigne historiador, un teórico del arte y de la estética, un impresionante conferencista y un entusiasta y apasionado educador.

En el campo de la historia dejó textos de lectura obligada, como son, Tres Leyendas de Colores; Las Raíces Dominicanas de la Doctrina Monroe; La Noción de Período en la Historia Dominicana; El Gran Incendio, y Las Dos Patrias de Santo Domingo.

Publicó una novela, de corte experimental, Cuando Amaban las Tierras Comuneras; y los relatos La Gran Hazaña de Limbert, y después Otoño; Buen Viaje Pancho Valentín; y El Caballito de los Siete Colores.

En el ensayo, su legado consistió en enjundiosos análisis sobre arte y estética que extrajo de sus notas de cátedra, y que plasmó en los siguientes textos: Apertura a la Estética; Fundamentos de Teoría y Crítica de Arte; y El Soldadito de la Estética.

Aunque en la década de los setenta era estudiante de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la UASD, de alguna manera me las arreglaba para trasladarme a la Facultad de Humanidades, donde enseñaba Pedro Mir, a los fines de escuchar sus cátedras.

Lo que allí acontecía re-sulta indescriptible. Como maestro en el aula, Pedro Mir era un espectáculo, un actor en escena. De su voz, emanaba poesía. De su cerebro, una inmensa erudición. Las aulas estaban siempre llenas y decenas de estudiantes, entre ellos yo, se agolpaban fuera del aula, seducidos por su magia.

El parecía disfrutarlo. Le gustaba compartir con los jóvenes, escuchar sus planteamientos, sugerir lecturas, estimular la reflexión.

Fuera del recinto universitario también le seguí. Dondequiera que hablaba, ahí estaba. Recuerdo una de sus conferencias, con motivo de la puesta en circulación de su poemario, El Huracán Neruda, en la que narró la manera en que había descubierto la producción poética del gran vate chileno.

Contó que había sido enviado por el periódico La Nación, en su calidad de reportero, a hacerle una entrevista a una artista cubana (cuyo nombre extravío en la memoria), la cual había venido al país y se encontraba alojada en un hotel ubicado en la avenida San Martín, de la Capital.

La cita estaba pautada para las seis de la tarde. Pero al momento de tocar la puerta de la habitación de su entrevistada, sonó un cornetín anunciando que se bajaba la bandera. Conforme a su relato, en ese momento, toda la ciudad quedó paralizada. Todos los vehículos se detuvieron. Todas las personas permanecieron inmóviles.

La artista cubana también quedó petrificada, con la puerta abierta de su habitación. Pero tan pronto terminó el cornetín y se reanudó el bullicio citadino, la cubana, sin saludarlo de manera formal, con los brazos abiertos y espléndida sonrisa, lo sorprendió con unos versos que le hicieron estremecer. Se trataba de Farewell, a través del cual Pedro Mir empezó a descubrir la creatividad del discurso poético del inmenso Pablo Neruda, a quien, muchos años más tarde, llegaría a dedicar su Huracán Neruda, para testimoniarle que “todos los hombres y las mujeres del mundo bebemos tu palabra/ en tu copa de esperanza/ y alzamos tu indomable profecía.”

Asistí a otras conferencias y tertulias de Pedro Mir. En el Templo Masónico, en el Club Mauricio Báez, en la Librería La Trinitaria y dondequiera que estuviese. Era, al mismo tiempo, un asiduo lector de su columna, Crónicas de un Pez Soluble, publicada semanalmente en la Revista Ahora.

Al caer enfermo y ser internado en la Plaza de la Salud, coincidió que también mi padre, José Antonio Fernández, luego de un infarto, fue internado en la misma sala del establecimiento de salud en que se encontraba el Poeta Nacional.

Al ir a visitar a mi padre, cada noche, en la etapa final de mi primera gestión de gobierno, en el año 2000, cruzaba también a ver a don Pedro, para insuflarle ánimo y compartir unos minutos con él. La primera vez que me vio, quedó sorprendido; y a pesar de que tenía unas cánulas de oxígeno, pudimos intercambiar de impresiones.

Así continuamos haciéndolo, cada noche, durante más de una semana. Pero, de repente, esa gigantesca figura del mundo intelectual que fue Pedro Mir, empezó a languidecer y a perder fuerza. Ya de sus labios no brotaban palabras.

La noche de su fallecimiento, estuve con él hasta su último aliento. El médico que lo atendía, al ver que sus signos vitales no respondían me miró, y me hizo seña de que ya no estaba entre nosotros.

Una lágrima se me deslizó por la mejilla y una profunda angustia penetró en mi alma. Me retiré a la casa. Al llegar tomé un ejemplar del libro Viaje a la Muchedumbre, y leí, en voz alta, como para simular el eco de su garganta, algunos de sus poemas.

Nunca he logrado despedirme del Poeta Nacional.

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Elogio a la Calumnia

Fue Erasmo de Rotterdam, un eminente humanista de finales de la Edad Media, promotor de la Reforma protestante, admirado y respetado por todos sus contemporáneos, quien escribió, a principios del siglo XVI, Elogio a la Locura, una de las obras más influyentes de la literatura occidental.

Escrita en forma de sátira, realiza un examen de las supersticiones y prácticas piadosas de la Iglesia Católica, en la que la locura se presenta como una diosa, hija de la ebriedad y la ignorancia, entre cuyas leales compañeras se encuentran el narcisismo, la adulación, el olvido, la pereza, el placer, la irreflexión y la intemperancia.

Casi un siglo después de haberse publicado la obra de Erasmo, otro coloso de la creación literaria, William Shakespeare, lanzó a la publicidad su drama, Otelo, el Moro de Venecia, el cual, en lugar de sátira, fue elaborada, al igual que Hamlet, El Rey Lear y MacBeth, en forma de tragedia.

Símbolo de la calumnia

A pesar de ser Otelo un general de raza negra, del Norte de Africa, el personaje central del drama de Shakespeare, hay otra figura en la obra, Yago, que por el siniestro papel que desempeña ha sido elevado a la categoría de símbolo universal de la calumnia y la malignidad.

Al iniciar la obra, Yago declara a Rodrigo que odia a Otelo, y manifiesta el único motivo real de sus bajos sentimientos, que no es otro que el del sentido del mérito ofendido, como bien han señalado algunos críticos.

Yago era alférez de Otelo, tercero en el mando, y a pesar de que varias destacadas y prestigiosas figuras de la ciudad de Venecia le habían solicitado el ascenso de su subalterno al rango de lugarteniente, éste prefirió, en su lugar, a Cassio, más orientado a la diplomacia y a la administración que a lo militar.

En el análisis psicológico de la figura de Yago se puede advertir que la escogencia de Cassio para el cargo que aspiraba generó en Yago un dolor indescriptible, un vacío existencial, una especie de trauma que se transformó en odio hacia la persona por la cual, hasta ese momento, mayor admiración había sentido: Otelo.

A los ojos de Yago, Otelo no podía tomar otra decisión que no fuera la de favorecerle a él, al propio Yago, que tantas veces se había jugado la vida en los campos de batalla, al lado de su comandante, enfrentando todo tipo de adversidades y vicisitudes.

Lo que ignoraba Yago, o tal vez no quería reconocer, era que en esos momentos lo que Otelo necesitaba no era otro jefe militar, sino al revés, alguien con mayores aptitudes para la diplomacia y la paz.

No obstante, lo que se desató a partir de aquella decisión fue una vocación de venganza, un odio intenso, enfermizo e irrefrenable de Yago hacia Otelo y Cassio.

En uno de los diálogos de la obra, Yago se expresa así:

“Al servirlo, soy yo quien me sirvo. El Cielo me es testigo; no tengo al moro ni respeto ni obediencia; pero se lo aparento así para llegar a mis fines particulares.”

Desde aquel momento, todas sus energías y todo su talento fueron puestos al servicio de una sola causa que procuraba la ruina de a quienes él ya había escogido como sus dos enemigos irreconciliables, por la afrenta de no haber sido reconocido por sus méritos.

El método de la calumnia

El método a utilizar por Yago para realizar sus planes macabros sería el de la calumnia, la acusación falsa, el asesinato moral, en fin, todo lo que pudiera servirle para sacar de sus adentros lo más bajo, ruin e innoble que había dentro de su ser.

El blanco escogido para tan nefastos ataques y desconsideraciones morales sería Desdémona, la esposa de Otelo, una joven y bella mujer, de alma pura y conducta intachable, que había escapado de la tutela de su padre para contraer matrimonio con el moro.

La trama siniestra urdida por Yago consistiría en verter veneno en el corazón de Otelo. En sembrar la duda sobre la fidelidad de su mujer. En crear la impresión de la existencia de un romance entre Cassio y Desdémona. En fin, en suscitar amargura, aflicción y pena.

Para hundir a Cassio, procedió, primero, a seducirlo a tomar vino una noche, mientras tenía la responsabilidad de garantizar la seguridad de la ciudad. En principio, Cassio, que era noble y gentil, y confiaba en la amistad de Yago, rechazó la oferta. Pero luego de varias insistencias, terminó por vacilar y aceptó.

Al final, acabó ebrio; y Yago se las arregló para provocar un alboroto y atraer la atención de Otelo hacia el aparente descuido e irresponsabilidad de su lugarteniente. Al observar lo acontecido, Otelo no sólo lo recriminó por su inconducta, sino que lo suspendió de sus funciones.

El espíritu maligno de Yago, su falta total de escrúpulos y de principios morales, entrarían ahora en su segunda fase. Para recuperar el afecto de Otelo, le sugiere a Cassio que procure la intervención de Desdémona ante su marido, que ésta le insista hasta que logre el objetivo de ser reintegrado en su puesto de mando.

Pero, al tiempo que indica eso a Cassio, suscita los celos en el ánimo de Otelo, teje la intriga y siembra la cizaña en el sentido de que la solicitud que hará Desdémona en favor de Cassio obedece a flaquezas de la carne.

En uno de sus monólogos, Yago lo dice en estos términos:

Mientras este honrado imbécil (Cassio) solicite apoyo de Desdémona para reparar su fortuna, y ella abogue apasionadamente en favor suyo cerca del moro, insinuaré en los oídos de Otelo esta pestilencia de que intercede por la lujuria del cuerpo; y cuanto más se esfuerce ella en servir a Cassio, tanto más destruirá su crédito ante el moro. Así le enviscaré en su propia virtud y extraeré de su propia generosidad la red que coja a todos en la trampa.

No lo dice directamente. Sólo lo insinúa. Lo sugiere. Pero eso será suficiente para producir en el moro una mutación radical de su conducta. De amoroso y tierno con su esposa, pasa a ser resbaladizo, dudoso, huidizo, hasta llegar a la agresividad.

A pesar de que Yago suele hacer sus insinuaciones en forma ambigua, ambivalente, por medio de retruécanos, no cabe dudas que ha alcanzado su pérfido objetivo: perturbar el alma de Otelo. Por eso este reacciona, en forma iracunda, exigiendo pruebas que le demuestren la falta de su mujer.

Yago aquí se manifiesta como un maestro consumado de la perversidad. Juega a la angustia e incertidumbre de su víctima. Cuenta que le había tocado dormir en la misma cama con Cassio, y que éste, en medio del sueño, no hacía más que hablar de sus relaciones con Desdémona. De por dónde se deslizaban sus manos. Que parte del cuerpo tocaba. De cómo se hundía en el placer.

Luego, como prueba ineludible de la villanía de su mujer, le pidió que se ocultara, observara y escuchara el diálogo que sostendría con Cassio acerca de sus relaciones con Desdémona. Que prestara atención a sus gestos, a su expresión facial, a cómo se reía al hablar de ella, a su actitud alegre, a su tono de burla e irrespeto.

No importaba que en realidad Otelo no viera ni escuchara nada. Sólo había bastado que su estado de ánimo fuese alterado de tal manera que lo indujera a creer que había escuchado lo que nunca oyó, y a interpretar unos gestos y un lenguaje corporal que no podría descifrar en el contexto del intercambio verbal en que se habían producido.

Lo importante, sin embargo, lo verdaderamente trascendente, es que desde el siglo XVII, el genio de William Shakespeare nos revela, a través de su personaje lúgubre, Yago, que la técnica de la desinformación, la desorientación y la manipulación ya existía.

Parece, entonces, que lo único que se ha logrado desde aquella época hasta la actualidad, en los últimos tres siglos, es perfeccionar su calidad.

Las calumnias, las intrigas de Yago, terminaron en lo inevitable: en una tragedia. Otelo asesina a Desdémona para luego suicidarse; y Cassio mata a Yago, quien antes había dejado sin aliento a su mujer.

El mundo literario recrea hoy la figura de Otelo como la de un héroe trágico, a Cassio, como la de un hombre ingenuo y noble, y a Desdémona como un símbolo de la virtud.

Yago, sin embargo, siempre será tenido como un genio del mal, como un villano sin rival, como un engendro del odio y como el calumniador por excelencia.

Al contemplar un fenómeno de tal nivel de vileza y depravación, preciso es recordar la frase inmortal de Víctor Hugo: Dejarse calumniar es una de las fuerzas del hombre honesto.

Tal es, al mismo tiempo, el mejor elogio a la calumnia.

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América Latina en la globalización

La reflexión se produjo en París, en el Coloquio Internacional Pensamiento Global, con motivo de celebrarse el cincuenta aniversario de la Fundación Maison des Sciences de l’Homme, un prestigioso centro de pensamiento estratégico francés, dirigido por el destacado sociólogo Michel Wieviorka.

Allí nos encontrábamos junto a los expresidentes Fernando Henrique Cardoso, de Brasil, y Ricardo Lagos, de Chile, así como del director de la Casa de América Latina, Alain Rouquié, un internacionalmente reconocido estudioso de los problemas de América Latina.

Igualmente se encontraba Ernesto Ottone, un connotado politólogo chileno, actualmente coordinador de la Cátedra sobre América Latina y la Globalización del Colegio de Estudios Globales de Francia.

Empezamos por abordar el proceso de transición democrática de América Latina a finales de la década de los setenta y principios de los ochenta. Acordamos que esa transición, la tercera que la región intentaba desde fines de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, además de factores internos, estuvo influida por factores externos, como fue el caso de la caída de la dictadura militar en Grecia, el desplome de los Salazar en Portugal y la muerte de Franco en España, los cuales dieron origen a procesos de apertura democrática en esos países.

La influencia de esos procesos en América Latina se produjo, entre otras razones, por la presencia en Europa, para esa época, de varios exiliados líderes políticos e intelectuales latinoamericanos, quienes en contacto con dirigentes de la socialdemocracia y la democracia cristiana europea empezaron a repensar la lucha política de la región, no en los términos tradicionales de socialismo versus fascismo, sino de democracia versus dictadura.

Pero, a diferencia de otras regiones del mundo, como es el caso de Asia, en el que países como Corea del Sur y Taiwán dieron el salto hacia la democracia a partir de un significativo proceso de desarrollo económico y social, en América Latina fue todo lo contrario.

En América Latina, el tránsito hacia la democracia se produjo cuando las dictaduras militares, además de carecer de legitimidad política, por sus constantes abusos de los derechos humanos, se evidenciaron incapaces de superar la crisis económica de la época, caracterizada por altos déficits presupuestarios, desempleo e inflación.

Ese hecho, según pudo analizarse en el panel, constituyó un aporte singular de América Latina al proceso global de la democratización, descrito por el eminente politólogo estadounidense, profesor de la Universidad de Harvard, Samuel Huntington, como “la tercera ola de la democracia”.

De manera paradójica, al ser la transición de América Latina a la democracia, no el resultado del progreso económico y social, sino al revés, la consecuencia de la combinación de una crisis económica, social y política, la misma coincidió con lo que la CEPAL denominó como la década pérdida de América Latina.

La persistencia de la crisis económica y social durante los años ochenta, condujo a muchos sectores a dudar de las ventajas del sistema democrático. En distintas encuestas, especialmente en las de Latinobarómetro, se reflejaba el desencanto con los nuevos gobiernos civiles electos, la desilusión con la democracia y hasta la voluntad de retroceder a un pasado autoritario si se garantizaba el derecho al pan.

Para solucionar esa crisis fue cuando se propuso el Consenso de Washington, que conforme al criterio de los integrantes del panel, constituyó un conjunto de medidas que procuraban el reordenamiento del gasto público, la privatización de empresas públicas, la eliminación de barreras a las inversiones extranjeras directas, la desregulación de los mercados y la liberalización de las finanzas y el comercio.

Organismos internacionales

Promovidas por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, no sólo en América Latina sino a escala global, la aplicación de esas medidas, si bien contribuyeron a superar la anterior etapa de desequilibrios e hiperinflación, no garantizaron un crecimiento económico sostenido ni contribuyeron a reducir la pobreza y la desigualdad social.

Como resultado de esa situación es que, conforme al criterio compartido de los expositores, América Latina, a partir del 2002, entró en una tercera etapa de desarrollo económico y social, que esta vez sí alcanzó significativos niveles de crecimiento.

Claro está, esos sostenidos y notables niveles de crecimiento económico fueron logrados debido a la creciente demanda de China de materias primas de distintos países de la región. De esa manera, los astronómicos índices de crecimiento alcanzados por la economía china se convirtieron en la locomotora que impulsaba la economía latinoamericana durante la primera década del siglo XXI.

Una innovación latinoamericana durante esa reciente etapa de crecimiento económico fue el no considerar que ese crecimiento por sí mismo sería una fuente de prosperidad y bienestar para la población. Por primera vez en la región se aplicaron políticas proactivas de carácter social, como las de transferencia condicionada de recursos y el combate al hambre, que se tradujeron en resultados tangibles y medibles de reducción de la pobreza y mejoría de la calidad de vida.

La interrogante que quedó flotando en el ambiente intelectual parisino, reunido en el auditorio de la Casa de América de América Latina, era si aquel crecimiento espectacular alcanzado a lo largo de una década sería sostenible para la región.

La respuesta no se hizo esperar: lo sería en la medida en que se realizase una transformación productiva. En caso de que esa transformación no pudiese materializarse, entonces América Latina no tendría un futuro promisorio.

La transformación a la que se hace referencia implica el proceso de cambio o conversión de las materias primas o recursos naturales en bienes industriales con mayor valor agregado, con lo cual se multiplica la capacidad de generación de riqueza.

Con respecto a la crisis financiera y económica global, iniciada en el 2008, se determinó que por vez primera también en la historia, la región pudo eludir ser afectada por un fenómeno financiero de la magnitud del que todavía hoy se extiende por diversas economías del mundo.

A pesar de la severidad de la crisis, en América Latina ningún banco quebró, y si de alguna manera el crecimiento disminuyó, fue fruto del desplome del comercio internacional, que, a su vez, hizo caer los ingresos fiscales y, por vía de consecuencia, los niveles de inversión pública.

Pero, por demás, la manera en que la región logró sortear el peligro, prueba la eficacia de las reformas financieras realizadas con anterioridad a la crisis, el nivel de resistencia de sus economías y la capacidad de aplicación de políticas contra cíclicas.

En cuanto a los retos o desafíos que enfrenta la zona, se estimó, en palabras de Ernesto Ottone, que “si bien las democracias electorales se hayan fuertemente extendidas, su consistencia es aún frágil, los poderes no están debidamente balanceados y las instituciones continúan siendo precarias y poco inclusivas”.

De igual manera, los niveles de desigualdad en la distribución del ingreso se encuentran entre los más altos del mundo; y el grado de violencia generado por el narcotráfico y el crimen transnacional organizado, constituye en la actualidad una de las principales preocupaciones de la ciudadanía.

CELAC

A pesar de eso, sin embargo, América Latina puede presentar como aportes, en el marco de la globalización, su esfuerzo de integración regional mediante la creación, por vez primera, de una institución que se erige como la legítima representante de todos los países del área: la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe (CELAC).

Las relaciones internacionales se han diversificado y extendido a países y regiones del mundo con los cuales se tenía escasa relación. El Brasil forma parte de un grupo de economías emergentes conocido como BRICS, integrado, además, por Rusia, India, China y África del Sur.

Más aún, Brasil, conjuntamente con México y Argentina, son miembros, a su vez, del poderoso G-20, creado a raíz de la crisis financiera global, en el 2008, con lo cual se le reconoce importancia y peso específico como potencias regionales.

Hay matices diversos en la forma de conducción de la política en cada uno de los países. Los hay desde corte conservador, izquierda moderada y nacionalista popular. Pero lo más importante es que, salvo Colombia, no hay conflictos armados en la región, y todas las controversias se resuelven por vía pacífica.

El encuentro de intelectuales en la Casa de América Latina en París sirvió para poner a la región en el corazón del debate sobre la globalización. Para el futuro, ya la Cátedra sobre América Latina y la Globalización del Centro de Estudios Globales de la Maison des Sciences de l’Homme, anuncia nuevos diálogos, conferencias, paneles e investigaciones.

Procuraremos que la República Dominicana, lugar por donde empezó el diálogo entre civilizaciones, siempre esté presente.

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Un encuentro con Umberto Eco

Nos recibió en su elegante apartamento, ubicado en el Foro Bonaparte, una exclusiva zona residencial en el corazón de la ciudad de Milán, en Italia. Al verle, me sorprendí. Por su notable parecido físico, por un instante me pareció que estaba en presencia de Luciano Pavarotti, el afamado tenor lírico italiano, cantante de óperas y otros géneros musicales.

Pero no, en realidad era Umberto Eco, otro ilustre italiano, de la misma región del Piamonte, quien había conquistado el reconocimiento internacional con su novela, El Nombre de la Rosa, así como por sus diversos estudios sobre semiótica, lingüística, crítica literaria, filosofía, estética e historia medieval.

Personalmente, había cultivado un interés especial por la figura de Umberto Eco desde fines de los años setenta, cuando empecé a inclinarme por los estudios de teoría y sociología de la comunicación, lo que posteriormente me resultó muy útil al ser designado profesor de estas asignaturas en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

A Eco lo descubrí inicialmente con la lectura de un breve trabajo, titulado, Apocalípticos e Integrados, el cual aborda el tema de los mitos en el mundo moderno y la disyuntiva de las interpretaciones pesimistas y benévolas frente al auge de la sociedad y la cultura de masas.

La lectura de ese primer texto, me condujo luego a otros de su autoría, como, por ejemplo, Obra Abierta, La Estructura Ausente y Tratado de Semiótica General. Este último, inclusive, lo utilizaba como libro de referencia en las aludidas cátedras de la UASD.

Estando ahora en presencia del maestro a quien tanto había venerado por su inteligencia prodigiosa y su proverbial erudición, le pregunté cómo se había iniciado en esos estudios, cuáles influencias o estímulos iniciales había recibido.

Me contestó que todo había empezado en la Universidad de Turín, de la que se graduó con un doctorado en Filosofía, en 1954, con la elaboración de una tesis sobre la problemática de la estética en Santo Tomás de Aquino.

Iba a continuar, cuando su esposa, Renate Ramge, una alemana, profesora de arte, de una cordialidad y sencillez notables, nos interrumpió, ligeramente, para bridarnos, a mí y al grupo que me acompañaba (integrado por Laura Faxas, Eddy Martínez, Marco Herrera y Atilio Perna) algo de comer y de tomar.

Comunicación y cultura

Reanudando el diálogo, recordó que con posterioridad a sus estudios universitarios trabajó durante cerca de tres años en la televisión italiana, y que fue ahí, durante esos años, cuando empezó a prestarle atención al fenómeno de la comunicación y la cultura de masas.

También indicó que para esa época inició contactos con un grupo de artistas, escritores, pintores, escultores y músicos, el llamado Grupo 63, que se dedicaba a la reflexión y a la creación de un arte de tipo experimental y de nueva vanguardia.

Fue de ese núcleo de artistas e intelectuales donde descubrió y empezó a estudiar, según nos contó, a un conjunto de autores relacionados con la lingüística y la semiótica, como fueron los casos del francés Roland Barthes, del suizo Ferdinand de Saussure y del ruso Roman Jakobson.

La lectura de estos autores lo motivaron, con posterioridad, al análisis de los planteamientos de la escuela estructuralista y post-estructuralista francesa, en las obras de escritores como Jean Baudrillard y Jacques Lacan; a los teóricos de la escuela de Francfort, principalmente a Herbert Marcuse y Theodor Adorno; y a los maestros modernos de la comunicación como Marshall McLuhan y Charles Sanders Pierce.

La absorción e integración crítica de los conocimientos aportados por los escritores y pensadores previamente indicados, así como de otros, le permitieron a Umberto Eco desarrollar una perspectiva de la realidad distinta a la noción del conflicto y de la lucha de clases que se difundía desde el marxismo clásico.

Para Eco, no es que el conflicto y la lucha de clases no existieran, sino que, en su criterio, había otras formas de interpretación del fenómeno social y de la cultura de masas, que él pretendía realizar a través del análisis de la interacción simbólica de la sociedad, la teoría de los signos, del código de significados y de lo que él denominó como estudio de la textualidad.

No cabe dudas que en los trabajos de semiótica de Umberto Eco, como en los de los demás autores, hay una cierta oscuridad, tanto conceptual como de lenguaje, que, en principio, desalientan a cualquier lector no advertido.

Sin embargo, es preciso decir que mediante el estudio riguroso y la discusión sistemática, esa dificultad inicial no sólo lograr superarse, sino que luego descifrar a esos autores y descomponer sus ideas se hace hasta placentero.

Obviamente, no podíamos disfrutar del privilegio de un encuentro con Umberto Eco sin hacer referencia a la otra faceta de su condición de escritor: su obra de ficción.

Hasta ahora, son seis las novelas publicadas por el insigne maestro italiano: El Nombre de la Rosa, El Péndulo de Foucault, La Isla del Día Antes, Baudolino, La Misteriosa Llama de la Reina Loana y El Cementerio de Praga.

Pero, por razones de tiempo, fue sobre la primera, El Nombre de la Rosa, la que preferimos compartir con su autor, que, como se recuerda, fue llevada a la pantalla en 1986, por el director de cine francés, Jean Jacques Annaud.

Contenido de una obra

En la novela, que se estructura alrededor del tenso ambiente religioso de finales del período medieval, se narra la investigación que realiza el franciscano Guillermo de Baskerville (Sean Connery en la película), y su ayudante, Adso de Melk, en relación a una misteriosa oleada de crímenes que afectan a varios monjes recluidos en una abadía.

En su investigación, los protagonistas de la novela descubren que las muertes de los monjes se producen, no porque sigan la pauta de un pasaje del Apocalipsis, como sugiere Jorge de Burgos, el ciego bibliotecario de la abadía, sino por la existencia de un libro envenenado, el cual se creía perdido, y que no era otro que el segundo volumen de la Poética de Aristóteles.

Ese libro, más que perdido, había sido prohibido porque supuestamente violentaba los dogmas sagrados de la Iglesia; y fue sobre la base de haber burlado ciertos principios y normas del funcionamiento de la abadía como Guillermo y Adso descubrieron una impresionante biblioteca que se encontraba en una especie de laberinto de la institución.

Al llegar ahí encuentran al ciego bibliotecario, quien mantiene oculto el libro, y tras un ácido enfrentamiento con Guillermo de Baskerville empieza a devorar sus páginas envenenadas. Mientras discuten y forcejean por tener control del libro, una lámpara cae, en forma accidental, dando origen a un incendio que reduce a cenizas tanto a la biblioteca como a la abadía.

Al repasar la trama de su novela, Umberto Eco nos reconoce que en el aspecto detectivesco de la misma, hay un reflejo de las lecturas realizadas durante años de la obra de Ian Flemming, el creador de James Bond, el agente 007; de Conan Doyle, padre espiritual de Sherlock Holmes; o de Agatha Christie, quien le insufló vida al investigador ficticio Hércules Poirot.

Pero es al examinar el caso del bibliotecario ciego, Jorge de Burgos, cuando surgen algunos de los momentos más reveladores de nuestro diálogo. Admite que ese personaje fue concebido en homenaje al escritor argentino Jorge Luis Borges, quien, de igual manera, estando ciego fue director de la Biblioteca de Buenos Aires.

Más aún, Jorge Luis Borges es autor de un cuento, titulado, La Biblioteca de Babel, que figura en la colección de relatos, El Jardín de Senderos que se Bifurcan, en el que se narra acerca de una biblioteca que parece infinita a la vista de cualquier ser humano, que existe desde la eternidad y contiene todos los libros posibles, en todos los idiomas, tanto en los conocidos como en los no conocidos.

En el relato de Borges, la biblioteca es un universo, y eso es lo que capta el interés de Umberto Eco, quien mediante un manejo simbólico la introduce en El Nombre de la Rosa, expresando de esa manera, su respeto a la capacidad creadora e imaginativa del maestro argentino de la narrativa.

Durante varios años, sin embargo, el autor de El Nombre de la Rosa, según nos confesó, albergaba una pena.

“Uds. saben –dijo– que un escritor a veces crea un personaje en su narración, concibiéndole de una manera determinada, pero de repente este se escapa de control y toma un camino completamente diferente del que originalmente se había pensado”.

Eso le pasó con el personaje Jorge de Burgos, concebido en honor a Jorge Luis Borges. Pero el personaje de ficción terminó convertido en un villano, y Umberto Eco temía que el argentino creyese que lo había hecho intencionalmente con un propósito malsano.

Se cuenta, sin embargo, que cuando Borges se enteró no hizo más que reírse a carcajadas. Lo único que verdaderamente le había preocupado era que aparecía devorando el libro envenenado.

Casi dos horas habían transcurrido de nuestra visita al ilustre escritor italiano. Nos pusimos de pie para despedirnos, pero él nos indicó que nos sentáramos de nuevo. Quería seguir departiendo. Doña Renate volvió a hacernos otro brindis.

Fue entonces cuando aproveché para invitarle a visitarnos a la República Dominicana. Inmediatamente respondió que lo haría con mucho gusto, pero que ese viaje le resultaba complicado debido a un persistente dolor en la espalda que le impide hacer vuelos de más de dos horas.

Me dijo que ya tenía 82 años de edad y que aunque me deseaba también una larga vida, tantos años representaban una carga. Le expresé las gracias y le manifesté que a pesar de que ciertamente los años pesan, resultan mejor a cualquier otra alternativa. Nos sonreímos y acordamos mantener la comunicación en el futuro.

Fue un encuentro inolvidable.

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¿Por qué el Color Morado y la Estrella Amarilla en el PLD?

El PLD empezó usando una combinación de los colores nacionales y el sol como símbolo. Disposiciones legales nos obligaron a buscar otras formas, para poder lograr el reconocimiento del PLD ante la Junta Central Electoral.

Esa situación fue oportuna para Juan Bosch proponer el color morado y la estrella amarilla de cinco puntas como símbolo.

No estuve nunca convencido de que esa propuesta fuera casual. ¡Tiene demasiado significado! Pasado el tiempo y mirando el bosque por encima de los arboles, he comprendido algunas cosas que quiero compartir y dejarlas escritas.

Juan Bosch nos dijo siempre que el PLD debía de tomar las enseñanzas de la iglesia, institución milenaria, para desarrollar su organización y formas de trabajar en la sociedad. Su ejemplo debía ser referencia para estimular la creatividad en toda la membresía.

Unos días antes de Semana Santa aparté los libros de Juan Bosch sobre el tema religioso, para, claro, releerlos.

Me encontré con cosas significativas que antes no había podido apreciar. Lo primero fue que él escribió tres libros para la misma época: “Judas Iscariote, El Calumniado”, en enero de 1955, en Molinos de niebla; un año después publicó: “Cuento de Navidad”, febrero de 1956, en Santa María del Rosario, y unos meses más luego: “David, Biografía de un Rey”, Roma, septiembre de 1956.

Para la publicación de esos trabajos, Juan Bosch estudió como pocos religiosos el material bíblico. Lo dice en “David, Biografía de un Rey”: “Lo cierto es que para rehacer la vida del rey poeta no había y no hay sino una fuente, es la Biblia, y de ella, los libros de Ruth, Primero y Segundo de Samuel, Primero de Reyes, Primero de Paralipomenos y los Salmos” (pág. 11, Librería Dominicana, 1964).

Ese estudio del material religioso influyó mucho en la formación política y humana de Juan Bosch. El es una mezcla hermosa de la experiencia milenaria de la humanidad recogida en esos textos bíblicos y la moderna ciencia política.

Esa mezcla la fue depositando en cada uno de los peledeistas que aceptamos su enseñanza sin simulación, y está en la estructura político-organizativa del PLD.

Cada peledeista descubre esa formación en sí mismo, porque la llevamos en la formación política que recibimos en el Partido.

Entiendo ahora, mejor que antes, porqué un hombre a los 65 años dejó al PRD, que era un partido grande y fuerte, un partido en capacidad para hacerlo Presidente varias veces, para crear otro. Lo importante de ese otro era que constituía su sueño, crear un Partido que obedeciera a lo que había idealizado.

Fue decidido en proceder, lo hizo con una fuerza de voluntad porque “Las mejores ideas son malas si no se convierten en hechos” (Cuento de Navidad, 1956, pág. 17, Ediciones Ercilia, Santiago de Chile).

Aquel Partido, lo tendría a él de maestro, por lo que no tenía “que buscar un maestro que les enseñe a conducirse” (Idem, pág. 11).

Empezaría con pocos, unos cuantos hombres y mujeres, “muy pocos los que tuvieron en alma limpia y generosa” (Idem, pág.38).

En una ocasión mientras circulábamos en un vehículo que yo manejaba dijo que lo bueno del PLD era que él conocía como éramos y de qué vivíamos cada uno de los dirigentes.

En febrero de 1956 escribió su libro Cuento de Navidad, hace 34 años, y dos veces dice que María, la madre de Jesús, llevaba “sobre la cabeza un paño morado”, (pág. 15 y 21). Ese fue el color que propuso para el PLD.

En ese libro dice que el Señor Dios “quería que unos cuantos hombres, muy pocos los que tuvieran el alma limpia y generosa, supieran que ya había nacido Su Hijo” (pág. 38) Así empezó a hablar de la estrella de Belén.

La Estrella del PLD no es exactamente igual a la de Belén, pero tiene el mismo significado y es el de anunciar el comienzo de un futuro mejor.

Al principio de la fundación del PLD, cuando le pregunté al termino de una reunión, que si vendrían muchos dominicanos a las filas del PLD, respondió casi igual a como está escrito en Cuento de Navidad: “Es costumbre de los hombres no ver aquellas cosas que antes no se les han anunciado, sobre todo si esas cosas son de apariencia humilde o se confunden con las que nos rodean. A pesar de su significación especial, el lucero parecía uno más, una de las tantas estrellas que llenaban los cielos, y la gente que había en Belén no se detuvo a verlo”. (pág. 40).

Con el paso de los años seremos mucho mas, sentenció entonces, teniendo de nuestro lado a los mejores hombres y mujeres de nuestra sociedad.

Con esa lectura, y asociando hechos e ideas, descubro que el PLD fue ideado entre los años de 1955 y 1956, aunque se materializara a partir de 1973.

El color morado simboliza seguridad, protección, solidaridad. Es recipiente para el dolor y recreación en la felicidad.

Es místico, prudente, refinado, compasivo, transmuta la impaciencia en serenidad. Es Liberación. Es frecuente en la naturaleza por lo que los seres humanos lo traemos desde nuestros orígenes .

Y Juan Bosch es fuerza, energía , ciencia e idealización: arrastra nobleza.

Nota: Este artículo lo publiqué el 11 de mayo de 1990, en plena campaña electoral. Siempre he pensado que se perdió en medio de aquellos acontecimientos. Ahora, lo reproduzco porque es un testimonio que deseo reiterar cuando todavía hay muchos testigos vivos, incluyendo al profesor Juan Bosch).

 

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El Poder de Khomeini

Vanguardia del Pueblo
Julio del 1979

De acuerdo a encuestas de opinión realizadas por los institutos Gallup y Harris de los Estados Unidos, la popularidad del presidente Jimmy Carter está por debajo de la de cualquier otro presidente norteamericano desde que se inventaron las encuestas de opinión, incluso de la del presidente Richard Nixon cuando tuvo que renunciar a su condición de jefe de Estado en el año 1974 debido al escándalo Watergate.

Las encuestas también indican que tanto el ex presidente Ford, como el ex gobernador de California Ronald Reagan y el senador Howard Baker Jr., dos potenciales candidatos presidenciales por el Partido Republicano, se encuentran por encima del presidente Carter, y que dentro por encima del presidente Carter, y que dentro del Partido Demócrata, solo la figura de Edward Kennedy resulta con una mayor aceptación por parte de los electores.

¿Cómo se explica esa caída tan notable de la popularidad del presidente Carter?

Pues se explica por la creencia generalizada entre los norteamericanos de que la crisis energética que actualmente ha llegado a niveles nunca antes conocidos en los Estados Unidos, se debe a la incapacidad e ineptitud con que el presidente Carter ha manejado la economía del país; y por esa razón, cuando se van en la obligación de tener que hacer colas para comprar gasolina o de pagar mayores precios por cada galón de ese líquido, acaban maldiciendo la hora y el día en que Carter apareciera por vez primera en este mundo.

En verdad, la crisis del petróleo ha estado ocasionado fuertes problemas en los Estados Unidos. En principio se creyó que la escasez de gasolina solo afectaría a California, pero ahora se ha extendido hasta Washington, Florida, Connecticut, Maryland, New Jersey, New York, Texas y Virginia, y como consecuencia de la misma los camioneros privados, es decir, los que no trabajan para ninguna compañía, se fueron a huelga.

Como los camioneros son los encargados de trasladar los productos alimenticios desde su centro de producción hasta los supermercados, al producirse la huelga se creó una escasez de alimentos, que en términos políticos acabo afectando nuevamente al presidente Carter, pues cuando un yanqui veía que le hacía falta su pedazo de carne en la mesa, o sus corn flakes, a quien acababa echándole la culpa era a Carter.

Ahora bien, la escasez de petróleo así como los nuevos aumentos de precios de que ese combustible acaba de ser objeto por parte de los 13 países que forman la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), en Ginebra, la semana pasada, se deben fundamentalmente a los hechos ocurridos en Irán en diciembre del año pasado.

Irán, como se sabe, estaba considerado el segundo país mayor exportador del combustible, después de Arabia Saudita, con una producción de cinco millones 600 mil barriles diarios. Pero como consecuencia de la revolución encabezada por el ayatollah Khomeini dicha producción disminuyo, y ahora el nuevo gobierno islámico ha determinado no volver aumentarla.

Desde luego, al decidir el nuevo gobierno islámico no aumentar la producción del crudo al nivel que se encontraba antes de la caída del sha Mohammed Reza Pahlevi, se ha originado una escasez mundial, que al producir una mayor demanda por parte de los países compradores, siguiendo la ley de hierro capitalista de la oferta y la demanda, ha provocado el nuevo aumento de precios de la OPEP a que hemos hecho referencia anteriormente.

Pero lo que resulta importante destacar aquí es que si los acontecimientos de Irán significan para el mundo una escasez de petróleo y un aumento de sus precios, la responsabilidad de esos hechos los tienen los propios norteamericanos, como recientemente dejo entrever el presidente de Francia Valery Giscard D`Estaing en una entrevista para la revista Newsweek, que durante cerca de cuarenta años brindaron todo su apoyo al sha, y que hasta el último momento confiaban en que no sería obligado a dejar el poder.

Así pues, lo que explica la actual crisis energética de los países capitalistas es la quiebra total de la política exterior de los Estados Unidos, que con la finalidad de defender única y exclusivamente sus intereses pierde de vista la verdadera situación a que están sometidos los pueblos.

Debido precisamente a esa crisis, los siete principales países capitalistas del mundo, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Japón, Alemania Occidental, Canadá e Italia, se reunieron en Tokio, la capital del Japón, y determinaron limitar las importancias de petróleo hasta el año 1985, así como cambiar los hábitos de sus sociedades, pues de lo contrario, habrá más inflación, más desempleo, nivel de vida más bajo y posiblemente graves depresiones económicas.

En todo caso, lo que resulta claro es que como resultado de la crisis energética, la situación política en los países capitalistas, y especialmente en los Estados Unidos, empieza a tornarse difícil, tan difícil que ya el presidente Carter tuvo que perder sus vacaciones anuales en Hawai y tal vez hasta pierda las elecciones del año próximo si su popularidad sigue en descenso.

Pero como todos estos hechos son consecuencia directa delos acontecimientos de Irán, cabría tal vez preguntar: ¿Se pensó alguna vez que Khomeini tendría tanto poder como para decir quién sería presidente de los Estados Unidos?

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ARCO DE CRISIS

Vanguardia del Pueblo
Junio del 1979

Para justificar su intervención de Vietnam los Estados Unidos crearon la famosa teoría del domino, en virtud de la cual la caída de un país del Sudeste Asiático en manos de los comunistas provocaría igual situación en toda la región asiática y hasta en Europa.

Ahora, como consecuencia de los sucesos de Irán y con la finalidad de estructurar una nueva política hacia la región del Golfo Pérsico y el Medio Oriente, los Estados Unidos han formulado otra teoría, esta vez expresada por medio del consejero de Seguridad Nacional del Presidente Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, y bautizada con el nombre de “teoría del arco de crisis”.

De acuerdo con esta nueva visión de los acontecimientos internacionales, la caída del Sha Monhammed Reza Pahlevi no puede ser vista como un hecho aislado, fruto exclusivamente de la situación interna de Irán, sino como el preludio de una crisis mayor que abarcara a todos los países de la región y especialmente a aquellos que hacen frontera con la parte sur de la Unión Soviética.

Naturalmente, no hay todavía, entre los que tienen en los distintos organismos norteamericanos la responsabilidad de trazar la política exterior, un acuerdo unánime respecto de la teoría expresada por Brzezinski, que aunque ha cobrado fuerza debido a los hechos acaecidos en Irán, como ya dijimos, en realidad venia discutiéndose entre los especialistas del Pentágono, la Casa Blanca y el Departamento de Estado desde que se produjo el conflicto entre Etiopia y Somalia en el Cuerno de África a principios del año pasado.

Ahora bien, en la formulación de nueva política hacia la región asiática, lo que se busca es darles seguridad a los gobiernos derechistas de que los Estados Unidos continúan apoyándolos, y para brindarles esa seguridad el gobierno del presidente Carter ha tomado una serie de medidas.

Entre esas medidas tomadas por el ejecutivo norteamericano se encuentran el envió de una fuerza naval al Océano Indico en el mes de enero, así como el desplazamiento del busque Constellation desde las Filipinas hasta aguas del Mar Arábigo en el mes de marzo cuando se presentó el conflicto fronterizo entre Yemen del Norte y la Republica Democrática de Yemen o Yemen del Sur, cuyo gobierno es marxista.

Obviamente en razón de que además de Yemen del Sur, Afganistán, que se encuentra al lado del Irán, es también socialista, y de que además lo sean Etiopía y Somalia en el Cuerno de África, dos países que se encuentran separados de la Península de Arabia tan solo por el Golfo de Adén, los Estados Unidos se sienten temerosos, sobre todo, por la suerte que puede correr la gran riqueza petrolera de la región, de la cual depende el desarrollo energético de los propios Estados Unidos.

Así, pues, al mismo tiempo que dedicarse a proporcionarles seguridad a los gobiernos de Arabia Saudita, Pakistán, Yemen del Norte y Turquía, entre otros, el gobierno del presidente Carter ha decidido poner en práctica una política de venta de armas a esos países.

Por ejemplo, hace poco se determinó la venta de 390 millones de dólares en armas a Yemen del Norte y 140 millones al gobierno de Sudán.

Pero eso no es todo, pues el año pasado únicamente a Arabia Saudita los yanquis le vendieron 75 aviones jets de guerra F—15, como parte de una negociación de 14 mil 800 millones de dólares.,

Desde luego, la política de venta de armas a los países de la región del Golfo Pérsico y el Medio Oriente no es nueva. En verdad, la misma se ha venido realizando durante cerca de treinta años, y desde 1970 a 1976 se puso en práctica la Doctrina Nixon (que fue seguida fielmente por el presidente Ford), en virtud de la cual, para dar un solo ejemplo, se vendieron 18 mil millones de dólares en armas al gobierno del sha de Irán.

En todo caso, de lo que se trata ahora es de la reorientación de esa política, que había sido parcialmente restringida en muchos aspectos precisamente hacia el año 1976 por un acuerdo del Comité Senatorial sobre Relaciones Exteriores.

Por último, no está demás señalar que durante el periodo del sha Mohammed Reza Pahlevi, Irán desempeño el doble papel de gendarme y espía transferidos ahora a Egipto e Israel, por un lado (que recibirán 2 mil millones de dólares en equipos militares cada uno, como recompensa por la firma del Tratado de Paz), y por otro lado, a Turquía, desde cuyo territorio se pretende montar equipos para vigilar las bases militares de la Unión Soviética.

De todas maneras, en su afán de equipar a los gobiernos títeres con armas modernas para impedir que se produzca lo que ellos empiezan a llamar “arcos de crisis”, los Estados Unidos no logran darse cuenta de que lo único que hacen es sembrar más profundamente en los pueblos de esperanza de que sobre el horizonte político resplandecerá el arco iris de la revolución.

Es la más clara lección que se desprende de Irán.

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Gran Lección

Vanguardia del Pueblo
Febrero del 1979

En el párrafo final de una carta que el 15 de noviembre de 1843 le fue enviada a Juan Pablo Duarte (en ese entonces exiliado en Venezuela) por su hermano Vicente Celestino Duarte y Francisco del Rosario Sánchez, se decía lo siguiente:

“Ramón Mella se prepara a ir por allá aunque nos dice que va para Saint Thomas y no conviene que te fíes de él, pues él es el único que en algo nos ha perjudicado nuevamente por su siega ambición e imprudencia”.

¿Por qué razón Vicente Celestino Duarte y Francisco del Rosario Sánchez advertían a Duarte que no se fiara de Mella? ¿Y por qué razón tildaban a Mella de ambicioso e imprudente?

Sin duda, es evidente que entre los tres existían notables contradicciones políticas, pues de otra forma, ¿Cómo se explica que manifestaran las dudas sobre Mella?

En este caso particular, la contradicción se presentó debido a que Sánchez y Vicente Celestino eran partidarios de la idea de que Juan Pablo Duarte desembarcara clandestinamente el 9 de diciembre del mismo año de 1843, por el puerto de Guayacanes, pues de acuerdo con la concepción que sostenían, textualmente manifestada en la carta a que hemos hecho referencia, era “necesario temer la audacia de un tercer partido, o de un enemigo nuestro, estando el pueblo tan inflamado”.

Ese tercer partido a que hacían alusión Sánchez y Vicente Celestino Duarte, era el grupo de conservadores políticos, conocidos por el nombre de afrancesados, encabezados por Buenaventura Báez y Manuel María Valencia, quienes para esa época aprovecharon su condición de diputados ante la Asamblea Constituyente que se estaba celebrando en Haití, para entrar en negociaciones con el Cónsul de Francia ante ese país. M. Levasseur, a fin de proponerle la cesión de la Bahía de Samaná.

Por su parte, Mella era partidario de que en lugar de arriesgar la vida de Duarte, haciendo que este entrara clandestinamente por el puerto de Guayacanes, se llegara a un acuerdo político con el sector de los hateros, dirigido por los hermanos Pedro y Ramón Santana, para que conjuntamente con el sector de la pequeña burguesía nucleado alrededor de la Trinitaria se diera el golpe definitivo contra los haitianos.

De más está decir que el plan de Sánchez y Vicente Celestino Duarte culmino en el fracaso, pues a Duarte le resultó imposible concertar todos los preparativos de la expedición.

Por el contrario, la idea propuesta por Mella de que se llegara a un acuerdo político con el sector de los hateros prospero, pues el día 16 de enero de 1844, tanto representantes de la pequeña burguesía, como los propios Sánchez y Mella, y representantes de los hateros, como Tomás Bobadilla, firmaron un manifiesto, en el cual, luego de exponerse las causas que dieron lugar a la ocupación haitiana de 1822, se hacía un llamado a luchar por la separación definitiva de Haití.

Al celebrase un aniversario más de la Independencia Nacional, es importante para todos los que hoy representamos la continuidad del proceso histórico iniciado por Duarte y los trinitarios, comprender que hasta en una organización de nobles principios revolucionarios como era la de los trinitarios, de daban contradicciones y diferencias política, que a veces de desviaban a lo personal.

En todo caso, lo que se desprende como una lección de la historia, es que a pesar de esas contracciones y diferencias, los Trinitarios, sin embargo, como auténticamente revolucionarios, superior mantenerse unidos hasta lograr lo que se habían propuesto: la Independencia Nacional.

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Liderazgo y Unidad

Vanguardia del Pueblo
Enero del 1979

Constituye un grave error y una falta de visión histórica y política, el interpretar el llamamiento hecho por el compañero Juan Bosch y nuestro Partido de la Liberación Dominicana a un acuerdo de unidad de la izquierda, como una coartada por supuestamente superar la crisis por la que recientemente atravesó nuestra organización, y en consecuencia, adquirir el prestigio y la popularidad que nos permitan alzarnos con la dirección del movimiento revolucionario.

Argumentos de esa especie no resisten el menor análisis. En cuanto a lo primero, cabe recordar que la primera vez que dentro del PLD se planteó la unidad de la izquierda fue en la Conferencia Ho Chin Minh, celebrada los días 12 y 13 de agosto de 1978, y eso fue con anterioridad a la estampida del minúsculo grupo de ex dirigentes y miembros de nuestro Partido.

Y en cuanto a lo segundo, la prueba más contundente de que lo que persigue el PLD al plantear la unidad de la izquierda no es precisamente popularidad y prestigio, si no dotar al país de una fuerza política de avanzada capaz de representar con dignidad los intereses del pueblo, la dio el propio compañero Juan Bosch, cuando estando en la ciudad de Santiago manifestó que si para alcanzar dicha unidad su figura era un obstáculo, el estaría en disposición de renunciar a la Presidencia del PLD.

¿Se requiere acaso mayor demostración de desprendimiento y desinterés personal en aras de la causa de la revolución?

En todo caso, lo que nos proponemos es hacer comprender que en cada época histórica de la humanidad surgen determinadas necesidades sociales que requieren ser satisfechas, y la plena satisfacción de esas necesidades constituye la revolución, la cual solo se logra cuando la lucha de clases alcanza su máxima contradicción, que es el momento en que se manifiesta en la forma de la toma del poder político.

¿Quiénes serán los líderes de esos acontecimientos históricos?

Los que colocándose a la altura de las circunstancias den mayores muestras de capacidad para satisfacer las necesidades sociales puestas sobre el tapete de la historia.

Y esto, desde luego no es una negación de la concepción marxista de que al hacer su historia el hombre se encuentra condicionado por el estado de desarrollo de las fuerzas productivas. Por el contrario, es una reafirmación de dicho concepto, pues si las fuerzas productivas no crearan relaciones sociales o de clase que ellas mismas generan, no habría posibilidad para que surgiera en el escenario histórico la Figuera del líder.

De manera, pues, que existe un vínculo muy estrecho entre necesidad social y el liderazgo, a tal grado que es frecuente observar los casos de espectaculares figuras que rápidamente se van sepultadas en el olvido, porque en el proceso histórico de transformación social dejaron de desempeñar el papel de representantes de avanzada que hasta ese momento habían cumplido.

Para ilustrar mejor nuestro criterio, tomaremos el ejemplo de dos personajes de la historia universal: Mirabeau y Kerensky.

MIRABEAU Y LA REVOLUCIÓN

A fines del siglo XVII, La situación económica, social y política de Francia se había agravado a tal extremo, que el rey Luis XVI se vio forzado a convocar los Estados Generales, es decir, el Congrego, que desde hacía muchos años no se reunía.

Pero resulto que los diputados de la nobleza y el clero se negaron a reunirse con los diputados del pueblo, o del Tercer Estado, como entonces se le llamaba, y eso determino que los representantes del Tercer Estado se reunieran por si solos y formaran la llamada Asamblea Nacional.

Ante esa circunstancia, el rey lanzo el ejército a las calles y declaro disuelta la Asamblea Nacional, y fue entonces cuando por primera vez vio actuar al conde de Mirabeau, quien desafío al rey con estas palabras: “Estamos aquí por la voluntad del pueblo y solo saldremos por la fuerza de las bayonetas”.

El conde de Mirabeau, que fue un magnifico orador, habría de alcanzar una popularidad tan extraordinaria entre las masas francesas, que de acuerdo con un poeta de la época, cuando ocurrió su muerte, en una etapa tan prematura de la revolución como el 1791, una multitud inmensa asistió a sus funerales, como pidiendo inspiración a su ataúd.

Sin embargo, dos años después, los restos mortales de Mirabeau eran retirados del Panteón Nacional de Francia. ¿Por qué? Porque la Revolución Francesa había avanzado de una etapa de monarquía constitucional a otra de establecimiento de la Republica burguesa, que era realmente la aspiración social del pueblo. Y como Mirabeau no resultó más que un farsante, que al mismo tiempo que abogaba por la monarquía constitucional, daba consejos al rey para frenar el desarrollo de la revolución hacia su etapa republicana, sucedió que cuando el pueblo francés se dio cuenta de eso, junto con la cabeza de Luis XVI, el rey guillotinado, hizo saltar también en pedazos el recuerdo de Mirabeau.

RUSIA Y KERENSKY

Algo parecido ocurrió con Kerensky. En efecto, Alejandro Kerensky, que sin ser revolucionario se empecinaba en aparentarlo, había llegado a ser ministro de Justicia y luego de Guerra del gobierno provisional que surgió en Rusia después de la caída de los zares.

Como se sabe, desde el 1905, año en que ocurrió la memorable marcha del cura Gapón sobre el Palacio de Invierno, Rusia entro en una etapa de gran agitación y efervescencia política que vino a agudizarse con su participación en la guerra imperialista del 1914-1918.

En el mes de febrero de 1917, los ecos de la revolución de 1905 volvieron a retumbar en las conciencias, y como consecuencia de ello, más de mil años de gobierno monárquico y despótico se precipitaron sobre tierra. Acababa de desplomarse la dinastía de los Romanov.

Al producirse la caída de los Romanov, se formó, como dijimos, un gobierno provisional, y Kerensky, que antes había sido diputado de la Duma del Estado, se vio coronado con el aura de la popularidad. No había en ese momento una figura política de mayor arraigo popular que él.

Para esa época el Partido Bolchevique no era más que un partido insignificante, con la mayoría de sus cuadros dispersos.

Sin embargo, he aquí que ocho meses después, en octubre, el Partido Bolchevique emergió como verdadero poder en Rusia y la popularidad de Kerensky se perdía en el fango de la historia.

¿Qué había ocurrido para que esos acontecimientos se presentaran en esa forma?

Simplemente que las necesidades sociales de transformación que sentían las masas obreras rusas, que Lenin genialmente supo interpretar bajo las consignas de Paz, Tierra y Pan, no podían ser satisfechas por Kerensky, que era un instrumento dócil de la burguesía, y si por bolcheviques, que aspiraban a colocar la maquinaria del Estado en manos de los trabajadores.

Como se ve, pues, el criterio de la popularidad es muy relativo, y además, muy variable, y sería una falta de visión política el condicionar la unidad de los revolucionarios dominicanos por la mera disputa de unos puestos que la historia siempre ha concedido con honor y generosidad a todos los que luchan por eliminar de la faz de la tierra las injusticias y la opresión.

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