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UNESCO-Juan Bosch en Ciencias Sociales

La ocasión no podía ser más auspiciosa. Con la presencia de Irina Bokova, Directora-General de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), nuestras embajadoras Laura Faxas y Rosa Hernández de Grullón, así como representantes diplomáticos de diversos países, se celebraba el Octavo Foro de Jóvenes, que abordaría los temas de inclusión social, compromiso cívico, diálogo y desarrollo de competencias.

En ese marco, se haría la primera entrega del Premio UNESCO-Juan Bosch en Ciencias Sociales, como una forma de promover y estimular en una nueva generación de investigadores sociales de América Latina, el uso de las herramientas analíticas de las ciencias sociales para contribuir al cambio social en los países de la región.

La galardonada fue Karen Nathalia Cerón Steevens, una joven colombiana de 24 años de edad, egresada de la Universidad Nuestra Señora del Rosario (de la que se han diplomado doce presidentes de su país), con título de Maestría en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, quien participó con la entrega de un estudio titulado, Hijos de la Guerra o Huérfanos del Estado? En ese trabajo, la autora realiza una investigación sobre el fenómeno de la violencia juvenil, de manera particular, acerca de las actividades delictivas realizadas en Guatemala por la banda gansteril conocida como Las Maras Salvatruchas.

En el texto, se analiza la violencia juvenil en relación con los problemas estructurales e institucionales del país centroamericano.

Se consideran, entre otros factores, el legado de las dictaduras, del conflicto armado, de la desigualdad social, la marginalización, las debilidades del núcleo familiar y el maltrato personal.

El jurado estuvo integrado por tres destacadas figuras: Saskia Sassen, socióloga neerlandesa, profesora de la Universidad de Columbia, en New York, autora de un texto, ya clásico, del pensamiento social moderno, La Ciudad Global; Juan Luis Cebrián, celebrado periodista y escritor español, antiguo director del periódico El País, de España; y Rolando Cordero, un reconocido investigador y economista mexicano, autor de varios trabajos de referencia obligada.

Bosch: maestro de las ciencias sociales

En el centro de todo ese festejo del saber, auspiciado por la UNESCO, un centro emblemático universal que promueve los valores de la paz, la ética, la diversidad y el diálogo intercultural, se encontraba, para orgullo del pueblo dominicano, la figura del profesor Juan Bosch, en cuyo nombre se honraba la entrega de la premiación.

Juan Bosch es generalmente identificado como el gran líder político, fundador de dos grandes partidos, luchador del exilio anti-trujillista, primer presidente electo democráticamente, luego del desplome de la tiranía, y destacado autor en el arte de la narrativa de ficción, especialmente en el género del cuento.

Sin embargo, a veces se pierde la perspectiva de que Bosch fue también un consagrado maestro de las ciencias sociales, lo que se pone de relieve por la cantidad y calidad de sus trabajos publicados, en los que, con notable originalidad, hizo uso del análisis histórico, la sociología, la economía y las ciencias políticas, para orientar hacia la construcción de sociedades más democráticas, justas, equitativas y solidarias.

Para Juan Bosch, por consiguiente, el uso de las ciencias sociales tenía un carácter práctico. No se trataba meramente de un proyecto intelectual o académico. Se valía, más bien, del instrumental analítico de las distintas ramas de las ciencias sociales con la finalidad de elaborar sus argumentos teóricos y tesis políticas que luego ponía en acción.

En esa manera de proceder hay una cierta semejanza con la que había cultivado un siempre reconocido gigante de las ciencias sociales, Carlos Marx, cuando en su reflexión sobre Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, advertía: “Todos los filósofos que nos han precedido no han hecho más que contemplar el mundo. De lo que se trata es de transformarlo.” Eso fue lo que se propuso Juan Bosch a través del estudio de las ciencias sociales: transformar su realidad económica, social, política y cultural.

De hecho, cada una de sus obras se corresponde con un momento de la lucha política en la que se encontraba enfrascado.

LISTÍN DIARIO El estudio de los textos políticos de Juan Bosch, como Trujillo: Causas de una Tiranía sin Ejemplo; Crisis de la Democracia de América en la República Dominicana; Composición Social Dominicana; De Cristóbal Colón a Fidel Castro, El Caribe, Frontera Imperial; Dictadora con Respaldo Popular; y el Pentagonismo, Sustituto del Imperialismo, permite identificar cada una de las etapas por las que su autor fue atravesando en su permanente lucha por la libertad, la justicia económica y social y la dignidad humana. Pero el valor de los mismos radica en que si bien perseguían un fin práctico, no se trataba de panfletos propagandísticos, sino, por el contrario, de verdaderos trabajos de investigación científica, enjundiosos y exhaustivos, que contribuían a que los lectores tuviesen una mejor comprensión de su realidad, así como del devenir histórico universal, de América Latina y el Caribe y de la República Dominicana.

Así, pues, además de un connotado maestro de la narrativa de ficción, el profesor Juan Bosch fue un agudo, penetrante y audaz pensador político y social, que ahora la UNESCO acaba de reconocer al instituir en su nombre el premio que promueve la investigación en ciencias sociales entre los jóvenes estudiosos de América Latina.

El futuro de las ciencias sociales

No obstante, desde la década de los noventa del siglo pasado, la fundación portuguesa, Calouste Gulbenkian, había designado al prestigioso historiador y sociólogo norteamericano, Immanuel Wallerstein, para encabezar una comisión que tuviese como meta la realización de una investigación sobre el estado de las ciencias sociales y su posterior reestructuración.

Los resultados de esa investigación fueron concluyentes.

Las ciencias sociales, cuyas raíces se encuentran en el siglo XVI, en el intento por desarrollar, en el mundo moderno, “un conocimiento secular sistemático que tenga algún tipo de validación empírica”, se encontraban en crisis, de acuerdo con los hallazgos de la comisión investigadora.

La razón de esa crisis se debía a que cuando las distintas disciplinas fueron organizadas para fines de enseñanza académica, quedaron separadas entre sí, en forma de departamentos. De tal manera, que había Departamentos de Historia, Economía, Sociología, Antropología, etc., pero sin ningún tipo de relación entre sí.

Al ser la realidad un todo integral, es evidente que esta manera de organización institucional del conocimiento resultaba insuficiente para el pleno conocimiento de la realidad social. La recomendación era la de que en lugar de segregar el conocimiento en distintas disciplinas, estas fuesen reestructuradas de tal manera que hubiese una especie de “intrusión recíproca en el dominio específico de cada disciplina”, por los investigadores de las distintas ramas de las ciencias sociales.

En el fondo, se trataba de ver el conocimiento en las distintas áreas de las ciencias sociales, no separadas entre sí, sino en posibilidad de intercambio y colaboración, en eso que hoy se conoce como enfoque interdisciplinario.

Ese enfoque de esfuerzo colectivo en la investigación, de colaboración multi e interdisciplinaria, ha triunfado en el mundo moderno, pero aún así, algunos lo perciben como insuficiente, sobre todo en relación con el avance experimentado por otras ramas del conocimiento científico, especialmente en las ciencias de la vida y las ciencias computacionales.

Se propone, en la actualidad, que las ciencias sociales experimenten un sacudimiento; y que incorporen a sus planes de enseñanza e investigación nuevas áreas del saber, como podrían ser, por ejemplo, la economía conductual (behavioural economics), que estudia las tendencias cognitivas y emocionales de los seres humanos en los mecanismos de tomas de decisión; la ciencia biosocial; la ciencia en redes (network science); la neuroeconomía (neuroeconomics); la genética conductual, inteligencia artificial y meta data (Big data).

En fin, por toda la reflexión y debate que durante algunos años viene realizándose, las ciencias sociales han empezado a entrar en una nueva etapa de su evolución, que sin dudas traerá nuevos cambios en la forma en que vivimos, trabajamos, nos relacionamos y distraemos, así como por la manera en que en el futuro se realizarán los proyectos de investigación.

A nosotros, los dominicanos, nos queda la satisfacción de que el nombre de un ilustre compatriota haya sido utilizado por la UNESCO, para estimular su desarrollo entre los jóvenes de América Latina.

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El Segundo Foro Mundial de las Ciencias Sociales

Manuel Castells, el destacado investigador catalán sobre temas de urbanización y sociedad de la información, profesor de la Universidad del Sur de California, ha caracterizado la actual época histórica como la era de la sociedad en red.

Jeremy Rifkin, conocido economista y sociólogo norteamericano, que estudia el impacto de los cambios científicos y tecnológicos en la economía, la sociedad y el medio ambiente, ha bautizado, por su parte, el actual momento por el que atraviesa la humanidad, como el de la tercera revolución industrial.

De su lado, Hervé Fischer, un prestigioso profesor de Sociología de la Comunicación y la Cultura, de la Universidad de la Sorbona, en París, ha sostenido que vivimos bajo el influjo de lo que él denomina como choque digital.

Imbuidos de conceptos de esa naturaleza, cerca de 800 profesionales y estudiosos de las ciencias sociales, provenientes de 80 países, se dieron cita, entre los días 13 y 15 de octubre de este año, en la hermosa ciudad de Montreal, Canadá, para participar en el Segundo Foro Mundial de las Ciencias Sociales, auspiciado por la UNESCO, el Consejo Internacional de las Ciencias Sociales y la Asociación Internacional de Ciencias Políticas.

El tema central que convocaba a antropólogos, sociólogos, politólogos, economistas, demógrafos, así como a otros especialistas de las ciencias sociales, era el de reflexionar acerca de las transformaciones sociales en la era digital.

El motivo es más que evidente. En la época en que vivimos, se ha producido un cambio de paradigma, en el que ha surgido una cultura digital, la cual tiene una profunda influencia en la sociedad, a través de los patrones de producción y de consumo, el intercambio personal, la política, la educación, la salud, el transporte y el entretenimiento.

Nuevo paradigma

Ese nuevo paradigma de las relaciones sociales es el resultado de la combinación o convergencia de la Revolución Tecnológica de las últimas décadas del siglo XX, en los ámbitos de la informática, las telecomunicaciones y la tecnología digital.

A partir de ese nuevo paradigma, los practicantes de las ciencias sociales reunidos en Montreal, hacían esfuerzos para responder a dos grandes interrogantes. En primer lugar, cómo las tecnologías digitales transforman las diferentes esferas de la vida social; y en segundo término, cómo esas mismas tecnologías transforman las ciencias sociales.

En todo caso, lo que se procuraba era la reflexión. Se quería evitar adoptar una actitud de determinismo tecnológico, esto es, la postura de que la tecnología, por sí misma, es capaz de producir todo el proceso de cambios y transformaciones requeridos por la sociedad.

Frente a esa postura rígida y determinista, había que volver al pensamiento crítico. Una connotada investigadora del área de Futuros Digitales, de la Real Academia de Ciencias de Holanda, la doctora Sally Wyatt, lo planteó en términos inequívocos y concluyentes.

Sostuvo que para entender el impacto de la moderna cultura digital, había que volver a estudiar a los clásicos del pensamiento económico y social: a Carlos Marx, Max Weber, John Maynard Keynes y Joseph Shumpeter.

De igual manera, a los promotores de la visión humanista integral, a los teóricos de la Escuela de Frankfurt, a los integrantes de la corriente del interaccionismo simbólico de la Universidad de Chicago y a los pensadores estructuralistas franceses.

En síntesis, que no podía comprenderse el alcance e impacto del nuevo paradigma de las relaciones sociales, surgido como resultado del avance de las modernas tecnologías digitales, en ausencia de una reflexión crítica desde la óptica de las ciencias sociales.

Luego vino un pase de revista a cómo la aplicación de esas nuevas tecnologías ha dado origen a una alteración radical de las formas de convivencia social, al igual que al funcionamiento de las instituciones tradicionales.

Se pudo constatar, por ejemplo, la manera en que el correo electrónico fue desplazando, de manera paulatina, al sistema postal. De cómo las publicaciones digitales han ido reemplazando a los periódicos, las revistas y los libros en papel; y de cómo, más recientemente, otros sistemas de medios sociales, como el twitter y el facebook, han conquistado millones de adeptos en el mundo como mecanismo de intercambio.

Asimismo, se pudo establecer la incidencia, cada vez más trascendental en la vida social, del teléfono móvil inalámbrico; del web interactivo 2.0; del gobierno y del comercio electrónicos, los cuales han abierto, por un lado, inmensas posibilidades para el intercambio global de bienes y servicios; y por el otro, para disponer de instituciones gubernamentales más transparentes y con mayor cercanía a los ciudadanos.

Se debatió a plenitud el papel de las redes sociales en los movimientos sociales y en los procesos electorales. De manera particular, se hicieron magníficas exposiciones sobre la Primavera Árabe, la campaña de reelección de Barack Obama en los Estados Unidos, y los movimientos de protestas sociales en distintas partes del mundo.

En relación a la Primera Árabe, se hizo especial énfasis en alegar que el uso de las redes sociales, nada más, no estaban en capacidad para desatar los acontecimientos que estremecieron el Norte de Africa y el Medio Oriente, derribando varios gobiernos y provocando la desestabilización de otros, sino que éstos tenían que ser colocados en un contexto político y sociocultural.

Digitalización e investigación

Pero, en adición al impacto de las tecnologías digitales en la sociedad, el Segundo Foro Mundial de las Ciencias Sociales, abordó, también, como ya se ha indicado, su relación con el avance del conocimiento y la investigación en las distintas áreas del saber social.

Un elemento que saltó a la vista es el hecho de que como consecuencia, precisamente, de las tecnologías modernas, en la actualidad hay una gran cantidad de información como nunca antes había ocurrido en la historia de la humanidad.

Esa abundancia de información ha dado lugar a la creación de un sistema de clasificación, y a la formación de bases o bancos de datos, lo que ha permitido la colocación en línea de un prolífico material académico, en forma de libros y artículos de revistas y periódicos.

Para la difusión masiva digital del libro, se han creado varios proyectos. Uno de los primeros fue el llamado Proyecto Gutenberg, el cual, sin embargo, se ha estancado al disponer de únicamente 42 mil textos en la web.

Luego continuó el de Google Books, que durante un tiempo se detuvo por un litigio judicial, en el que un sindicato de escritores de los Estados Unidos alegaba que la digitalización de sus textos implicaría una violación al derecho de autor.

Más recientemente, han aparecido los programas de bibliotecas digitales conocidos como HathiTrust y Digital Public Library of America.

Lo que esos programas han conseguido es algo deslumbrante. Actualmente, entre ambos, disponen de 10 millones de libros en línea, los cuales pueden ser consultados y bajados por los usuarios, en cualquier parte del mundo.

En principio, estos dos últimos programas requieren que el usuario sea parte de un consorcio de universidades o centros de investigación, los cuales contratan los servicios de bases de datos que finalmente es lo que permite el acceso de los investigadores a la información.

Pero lo que resulta verdaderamente fabuloso es saber que en el mundo moderno, fruto de la magia de la tecnología de la informática y la convergencia multimedia, una persona puede tener en su casa, en su lugar de trabajo o donde decida, el acceso a diez millones de libros, que es equivalente al doble de las 22 bibliotecas de la Universidad de Columbia, en Nueva York, una de las más grandes del mundo.

Razón ha tenido Manuel Castells, el sociólogo catalán, al afirmar que la profundidad de las transformaciones del mundo moderno pueden apreciarse por el cambio radical que ha significado el paso de la imprenta de tipos móviles de Gutenberg al universo del Internet.

Eso fue lo que se puso en evidencia en el Foro de Montreal, al que asistí en representación de la Fundación Global Democracia y Desarrollo (FUNGLODE), que ostenta la Cátedra UNESCO de las Ciencias Sociales de la República Dominicana.

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Estados Unidos y el Gobierno de Bosch

Aunque no había sido su candidato favorito en las elecciones de diciembre de 1962, no había, en principio, ninguna razón válida o de peso para que el gobierno del presidente John F. Kennedy no brindase su respaldo al del profesor Juan Bosch.

Después de todo, Bosch había sido electo en forma abrumadora en las primeras elecciones democráticas celebradas en la República Dominicana después de la larga tiranía de Trujillo; y la política norteamericana de la época, en plena Guerra Fría, procuraba promover regímenes democráticos, en contraste con lo que entonces se denominaba sistema castro-comunista, surgido del triunfo de la Revolución cubana en 1959.

Además, el líder del Partido Revolucionario Dominicano formaba parte de un círculo conocido de izquierda liberal democrática, de la que participaban destacadas figuras latinoamericanas, como Rómulo Betancourt, José Figueres y Luís Muñoz Marín.

De manera que, en general, no había motivos para poner en dudas las credenciales democráticas de Bosch, puestas de manifiesto durante cerca de un cuarto de siglo de intensas luchas políticas en contra de la dictadura de Trujillo y de otros regímenes despóticos de la región.

Sin embargo, aún desde antes de acceder al poder, en plena campaña electoral, Juan Bosch había sido acusado de comunista. La imputación más severa le vino de Láutico García, el sacerdote jesuita, quien, sin embargo, en medio de una polémica pública con Bosch ,se vio obligado a retractarse.

El daño, no obstante, ya estaba hecho. La acusación de comunista habría de perdurar durante los siete meses de gobierno. Las manifestaciones de reafirmación cristiana se hicieron, como se decía en la época, “para que el país se enfrente a las fuerzas disociadoras, antipatrióticas y anticristianas del comunismo”.

Igual puede afirmarse de la oposición desatada por la Unión Cívica Nacional, el de otros pequeños partidos de oposición y el rol desempeñado por varios medios de comunicación, cuyo propósito era defender a la patria de las garras del comunismo.

Rol de Estados Unidos

A pesar de que un mes antes de la toma de posesión, en enero de 1963, se llegó a esparcir el rumor de que había una gran actividad conspirativa encaminada a producir un estado de insurrección nacional e impedir un cambio de poder, puede afirmarse que hubo un apoyo inicial de Estados Unidos al gobierno del profesor Juan Bosch.

La visita de Bosch a la Casa Blanca, donde fue recibido por el presidente Kennedy, así lo evidencian. En aquel encuentro histórico, el joven mandatario norteamericano se comprometió en ayudar a la incipiente democracia dominicana.

Sin embargo, hacia el mes de mayo de 1963, es decir, a escasamente tres meses de Bosch haber asumido su mandato, el embajador norteamericano en el país, John Bartlow Martin refiere, en su libro, El Destino Dominicano, que al solicitarle al representante de la AID, Nowell Williams, que trabajase en la lista de programas a ser ejecutados en favor de la República Dominicana, este le respondió que “Teodoro Moscoso, el coordinador de la Alianza para el Progreso, el presidente Rómulo Bentancourt y el sub-secretario de Estado Averrell Harriman, han llegado al acuerdo de que Bosch se ha acabado y hay que quitar las manos”.

Más aún, “que se nota una cierta dureza de Washington contra la Republica Dominicana… lo cual se refleja en no conseguir que les entreguen 30 mil toneladas de trigo, según la Ley de Alimentos para la Paz, ni los 22 millones de dólares retenidos desde los tiempos de Trujillo por la venta del azúcar”.

Según el embajador Bartlow Martin, Williams le dijo que “desde que Bosch tomó posesión no hemos conseguido nada…Creo que Washington ha decidido que Bosch va a caer y por lo tanto no piensa invertir más dinero en la República”.

¿Cómo había ocurrido eso? ¿Cómo es que en tan sólo tres meses figuras importantes del gobierno norteamericano, en adición al presidente de Venezuela, le retiraban el apoyo al gobierno de Juan Bosch? ¿Cómo es que Washington había desarrollado una cierta dureza hacia la República Dominicana?

En el fondo de todo eso estaba la acusación de comunista. El propio embajador Bartlow Martin lo reconoce cuando dice que tal vez algunos de sus informes habían creado desilusión en determinados funcionarios del Departamento de Estado u otras agencias del gobierno norteamericano; o quizás los reportes de la CIA o de la misión militar MAAG, habían suscitado preocupación en algunos sectores de poder de los Estados Unidos.

Sea como fuere, lo cierto es que a menos de los cien días de su toma de posesión, el gobierno de Juan Bosch, a confesión de actores claves del proceso, se encontraba aislado por determinados sectores de la Administración Kennedy, bajo la sospecha de ser comunista o de ser tolerante con los comunistas.

Esa situación se agravó a partir del momento en que algunos periodistas influyentes y figuras de importancia en el Congreso norteamericano empezaron una campaña sistemática de ataques que lograban alcanzar repercusión interna en la opinión pública dominicana.

Campaña de descrédito

Entre esos periodistas se encontraba Hal Hendrix, del Miami News, quien ganó un premio Pulitzer en 1963 por sus reportajes sobre la Crisis de los Misiles en Cuba, y cuyos escritos consistían, fundamentalmente, en filtraciones de informes de la CIA.

El 24 de septiembre de 1963, un día antes de que se produjera el golpe de Estado que derrocó el gobierno de Juan Bosch, Hendrix escribía un artículo para la agencia noticiosa Scripps-Howard, en el que se adelantaba en describir y justificar lo que acontecería veinticuatro horas después en territorio dominicano.

Pero antes de eso, desde mayo de ese año, era capaz de embardunar cuartillas periodísticas con el predicamento de que “la penetración comunista en la República Dominicana marcha con increíble velocidad y eficacia”.

Además de Hal Hendrix, Jules Dubois, desde las páginas del Chicago Tribune, mantenía una línea de ataque permanente al gobierno de Juan Bosch, siempre bajo el criterio de la tolerancia con el comunismo y del avance de los “rojos” en suelo nacional.

Esas campañas producían su efecto a nivel político en los Estados Unidos, pues influían en el ánimo de algunas figuras de poder, como fue el caso del Presidente del Subcomité de Asuntos Interamericanos de la Cámara de Representantes, Armistead Selden, quien en un discurso ante el Congreso norteamericano, dijo:

“Al parecer, la ofensiva comunista progresiva de penetración subversiva en la República Dominicana no encuentra una oposición eficiente en el nuevo gobierno dominicano”.

Naturalmente, esos criterios, superfluos y prejuiciados, no eran los únicos que circulaban en los medios norteamericanos. En contraste con ellos se encontraban, por ejemplo, los trabajos publicados por el New York Herald Tribune, el cual, en un editorial de mayo de 1963, llegó a indicar que “hay mucha simpatía y apoyo en el hemisferio para el Presidente de la República Dominicana, Juan Bosch, quien representa la alternativa democrática de elección popular, a una tiranía de derecha, que como país sufrió durante tantos años bajo el régimen de Trujillo, y a una tiranía de la izquierda tal como está sufriendo Cuba con Castro”.

Por su parte, el senador liberal Hubert Humphrey le respondió en forma indirecta al congresista Selden, cuando en un discurso, pronunciado en la Sala del Senado estadounidense, describió a Bosch como miembro del “elemento democrático no comunista, de mente reformadora del Caribe”; a lo que agregó que Bosch había “ideado un programa de reformas dentro del marco democrático, el cual consideraba una alternativa muy distinta del comunismo”.

Fue en medio de esa atmósfera ambigua que el embajador John Bartlow Martin fue a Washington en junio de 1963, con la intención de procurar una reafirmación de apoyo del gobierno de los Estados Unidos al gobierno de Juan Bosch, a fin de evitar otro Castro en la región.

En principio, parece que lo logró de palabras. Pero es sintomático el hecho de que el presidente Kennedy, al despedirse de él, en presencia de otros funcionarios, lo señala con el dedo, y en tono de bromas, dice: “Ahí está nuestro Earl T. Smith”.

Debemos recordar que Earl T. Smith fue el embajador de Estados Unidos en Cuba, al momento del triunfo de la Revolución.

El chiste no podía resultar más revelador. Tenía carácter ambivalente. Resultó ser trágico.

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El caso Sirio y la ilegalidad del uso de la fuerza

Frente al presunto uso de armas químicas por parte del gobierno de Bachar al-Asad, en Siria, en contra de las fuerzas insurgentes en ese país, así como frente a la población civil, ha habido una reacción de un sector de la comunidad internacional que ha propuesto el uso de la fuerza militar como represalia por haberse violado el Protocolo de Ginebra de 1925, que prohíbe el uso de ese tipo de armamentos, así como por el abuso que esto representa a los derechos humanos.

Naturalmente, para actuar en forma legítima y legal en esa dirección, se requiere de una resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que es la única institución a nivel internacional que dispone de la facultad para conferir una autorización de esa naturaleza.

Sin embargo, Rusia y China, dos miembros permanentes de ese organismo de carácter multilateral, han ejercido el derecho al veto en relación a ejercer cualquier medida de corte punitivo en contra de Siria, en el marco de su guerra civil interna, la cual enfrenta a una minoría oficial étnica-religiosa, los alauitas, frente a otra, de tipo confesional, los sunitas.

Frente a eso, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, quien había sostenido que la utilización de armas químicas sería la “línea roja” para intervenir en el conflicto sirio, ha solicitado al Congreso norteamericano su aprobación para proceder a un ataque militar contra el gobierno de Asad.

¿Qué validez tiene, en el ámbito del derecho y de las relaciones internacionales, el que el Congreso de los Estados Unidos otorgue al representante de su Poder Ejecutivo autorización para incursionar en los asuntos internos de otro país?

A decir verdad, ninguna. Lo que ese mandato viene a establecer es que el Presidente de los Estados Unidos ha actuado conforme a la Constitución y a las leyes de su país, que le exigen autorización del Poder Legislativo para declarar la guerra o comprometer el uso de tropas militares en el extranjero.

El Consejo de Seguridad

Pero esa autorización del Congreso norteamericano carece de facultad legal para instruir al gobierno de ese país a intervenir, de manera unilateral, aún por razones humanitarias, en los asuntos internos de otra nación.

Ese es lo que se encuentra estipulado en las disposiciones de la Carta de las Naciones Unidas, la cual precisa la naturaleza de las relaciones de los Estados miembros con respecto al organismo internacional.

En efecto, en el artículo 2, incisos 1, 3, 4 y 7, la referida Carta señala lo que sigue:

“1. La Organización está basada en el principio de la igualdad soberana de todos sus Miembros.

“3. Los Miembros de la Organización arreglarán sus controversias internacionales por medios pacíficos, de tal manera que no se pongan en peligro ni la paz, ni la seguridad internacional ni la justicia.

“4. Los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas.

“7. Ninguna disposición de esta Carta autorizará a las Naciones Unidas a intervenir en los asuntos que son esencialmente de la jurisdicción interna de los Estados, ni obligará a los Miembros a someter dichos asuntos a procedimientos de arreglo conforme a la presente Carta; pero este principio no se opone a la aplicación de medidas coercitivas prescritas en el Capítulo VII.

De manera que conforme al acta constitutiva de la organización de las Naciones Unidas, los Estados miembros disponen de igualdad soberana; resuelven sus controversias por medios pacíficos; no podrán hacer uso de la fuerza contra la integridad territorial o la soberanía de un país; y ni siquiera las Naciones Unidas, salvo casos excepcionales, podrá intervenir en los asuntos internos de cada Estado miembro.

Lo que de manera definitiva consagró la Carta de las Naciones Unidas, que luego es recogida por los distintos organismos regionales, como es el caso de la Organización de Estados Americanos (OEA), en América Latina y el Caribe, es el principio de la no-intervención, la cual es, en el fondo, una reiteración del reconocimiento a la soberanía e integridad territorial de los Estados.

Seguridad Colectiva

Ahora bien, la creación de un sistema de defensa de seguridad colectiva estableció, en el contexto de las Naciones Unidas, como excepción al criterio general consignado en los artículos previamente señalados, una interpretación extensiva en relación a la violación de los derechos humanos; y en función de eso, el derecho a autorizar la realización de intervenciones humanitarias.

Así, el Capítulo VII de la Carta, desde sus artículos 39 al 45, especifica las acciones que podrían realizarse en caso de amenazas o quebrantamientos a la paz y actos de agresión; y en el artículo 42 puntualiza que el Consejo de Seguridad podrá ejercer, por medio de la fuerza, todas las acciones que sean necesarias para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales.

De manera lapidaria, sostiene: “Tal acción podrá comprender demostraciones, bloqueos y otras operaciones ejecutadas por fuerzas aéreas, navales o terrestres de Miembros de las Naciones Unidas.” Así pues, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas está en capacidad legal para ordenar el uso de la fuerza militar, no sólo para casos de amenaza o quebrantamientos de la paz, sino cuando haya habido una violación grosera e inequívoca a los derechos humanos, en razón de que su protección efectiva forma parte de las funciones intrínsecas del sistema de Naciones Unidas.

Ese sería, por supuesto, un caso típico de intervención humanitaria, pero sólo posible como resultado de una resolución adoptada por los miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Fuera de ese organismo, nadie más tiene derecho, en el ámbito de las normas internacionales, a autorizar el uso de la fuerza militar contra ningún Estado, aunque sea por razones humanitarias. Por tal motivo, carece de legitimidad y legalidad para intervenir en los asuntos internos de Siria, la eventual aprobación que el Congreso de los Estados Unidos pudiese otorgar al presidente Barack Obama para hacer uso de la fuerza.

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Siria los desafíos de Obama

Como reacción al alegado uso de armas químicas por parte del gobierno de Siria en la guerra civil en la que se encuentra enfrascado, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, ha solicitado al Congreso de su país el que se le autorice atacar militarmente al país árabe, en represalia por lo que se considera una violación al Protocolo de Ginebra de 1925, que prohíbe el uso de gases y tóxicos venenosos en los conflictos bélicos, así como por el quebrantamiento a valores éticos universales y abuso de los derechos humanos.

El Comité de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano ya aprobó la semana pasada un borrador de la referida autorización, y la Casa Blanca realiza ingentes esfuerzos por lograr, lo más pronto posible, un respaldo por parte de los legisladores de los partidos republicano y demócrata.

Esto ocurre luego de varios intentos fallidos de obtener en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, una resolución condenando al régimen de Bashar al-Asad de hacer uso de la fuerza contra la población civil. Pero, así mismo, tiene lugar después de la negación del Parlamento Británico de conceder potestad al primer ministro, David Cameron, de incursionar en el conflicto sirio.

En la reciente reunión del G-20, celebrada en San Petersburgo, Rusia, sólo once países de los veinte que integran el club exclusivo de la élite económica mundial, manifestaron su respaldo a una “fuerte respuesta internacional” contra Siria, lo cual evidencia el débil apoyo que esta propuesta recibe de la comunidad internacional.

En la casi generalidad de los países, la opinión pública también se ha volcado a expresar su desacuerdo con la adopción de medidas militares para contrarrestar la alegada acción de barbarie incurrida por el gobierno sirio en su conflicto doméstico.

Rechazo a la guerra

En los propios Estados Unidos, el gobierno se enfrenta a una situación difícil al tratar de convencer a los congresistas de que otorguen su respaldo a la referida acción punitiva.

Por un lado, hay demócratas liberales, como es el caso de Nancy Pelosi, antigua Presidenta de la Cámara de Representantes, quienes han expresado que sus electores están en total desacuerdo con la acción; y por el otro, hay republicanos de ultra-derecha, como resultan ser los senadores Rand Paul, de Kentucky; y Ted Cruz, de Texas, ambos destacados miembros del Tea Party, quienes enfatizan que en el caso de la guerra civil de Siria, el interés nacional de los Estados Unidos no ha sido afectado, y, por consiguiente, no hay razón alguna para intervenir.

A esta última corriente de pensamiento, la cual, paradójicamente, viene del sector más conservador del espectro político norteamericano, se le identifica como de neo-aislacionismo, ya que volviendo a los orígenes de la formación del Estado norteamericano, procura que la gran nación del Norte desarrolle una política introspectiva y disminuya su rol internacional.

Pero, en el fondo de todo este debate se encuentra el hecho incontrovertible de la amarga experiencia vivida por los Estados Unidos en las recientes guerras de Afganistán e Iraq, que no quisiera volver a repetir con una nueva aventura belicista.

Como consecuencia de las pérdidas humanas en ambos conflictos armados, de la prolongación en el tiempo de los mismos, de los inmensos gastos ocasionados, de la incapacidad para imponer el orden y evitar la ocurrencia de continuos actos de terror, en la opinión pública norteamericana, así como en determinados círculos de poder, se ha desatado un comprensible rechazo a todo lo que signifique la presencia norteamericana en nuevas acciones militares.

Por supuesto, hay grupos tradicionales de poder que no piensan de esa manera. Por el contrario, estiman que el error cometido por el presidente Obama, en el caso del conflicto armado en Siria, es no haber actuado con anticipación. Es haber permitido al gobierno sirio hacer uso de la fuerza contra la población civil, de manera continua, sin ningún tipo de constreñimiento o restricción.

Esos grupos, naturalmente, no explican de donde surgen la legalidad y la legitimidad requeridas, fuera del marco multilateral de las Naciones Unidas, para poder realizar incursiones militares más allá de sus propias fronteras. Sin embargo, consideran estar imbuidos de la autoridad necesaria, y, más aún, en base a la doctrina del Destino Manifiesto, estiman que es obligación moral de los Estados Unidos defender lo que consignan como “principios éticos de la humanidad”.

Democracia, islam y terrorismo

Ahora bien, la búsqueda de apoyo por parte del gobierno de los Estados Unidos para emprender acciones militares en Siria, ha tenido lugar en un momento en que el propio gobierno norteamericano, a través del secretario de Estado, John Kerry, ha intentado reactivar el diálogo de paz entre Israel y Palestina. Los acontecimientos de Siria, sin embargo, le quitan visibilidad a ese diálogo, lo relegan a un segundo plano, le restan importancia y credibilidad, y podrían eventualmente hasta hacerlo abortar y tornarlo imposible de realizarse durante la actual administración del presidente Barrack Obama, la cual tantas esperanzas suscitó, desde los inicios de su primer mandato, en ser el vehículo idóneo para tan noble como necesario objetivo.

La incapacidad para resolver el conflicto árabe-israelí deja intacto el problema de incertidumbre y potencial ingobernabilidad de la casi generalidad de los países del Medio Oriente, ya que el tema de los refugiados palestinos, la devolución de los territorios ocupados, la delimitación de fronteras, el acceso al agua potable y la garantía de seguridad, quedan al mismo nivel que sesenta años atrás.

Pero, de igual manera, la inminente incursión armada en Siria tiene lugar cuando hace pocas semanas se produjo, aunque no haya querido llamarse así, un golpe de Estado en Egipto, que sacó del poder al presidente Mohammed Morsi y a las fuerzas islamistas que le servían de apoyo, organizadas a través de los Hermanos Musulmanes.

Ese acontecimiento generó una gran convulsión en el país de las pirámides. Provocó una seria confrontación entre las fuerzas islámicas y diversos sectores de la sociedad. Desató masivas protestas, paros y huelgas por todo el territorio nacional, y sólo pudo ser sofocada cuando las tropas militares dispararon sobre los manifestantes, produciendo un baño de sangre que dejó centenares de muertos y decenas de miles de heridos.

Al igual que en Egipto, la situación en Túnez y Libia continúa siendo inestable e incierta. Esos dos países, luego de ser arrastrados por la ola de la Primavera Árabe, suscitando inmenso regocijo y grandes expectativas, en lugar de organizarse como naciones democráticas, han pasado a ser controladas por organizaciones musulmanas, y no han podido alcanzar la estabilidad política esperada, la reactivación del crecimiento económico, la generación de empleos, la disminución de los conflictos sociales y la unidad nacional.

Por consiguiente, es en un ambiente de creciente dominio e influencia de las fuerzas islámicas, de inestabilidad política crónica, de fragmentación, de inseguridad y de desconfianza, en toda la región de Medio Oriente, que tendrá lugar el ataque militar a Siria, auspiciado por los Estados Unidos, como retaliación por el alegado uso de armas químicas en su conflicto interno.

En el caso de Siria la situación pudiese ser más delicada, pues se sabe que entre los sectores que combaten al gobierno de Bashar al-Asad, integrados dentro de la Coalición Nacional Siria, no sólo hay una mayoría de islamistas sunitas, sino también grupos terroristas, entre los que sobresale al-Qaeda, el más peligroso para el interés nacional de los Estados Unidos.

Así, de esa manera, podría suscitarse el contrasentido de que Estados Unidos, en aras de cumplir un ideal de principios morales, defendiendo la dignidad humana donde ha sido ultrajada por el uso de armas químicas, al atacar militarmente al gobierno de Asad, esté, de manera involuntaria, fortaleciendo al grupo terrorista de al-Quaeda, el responsable de los ataques a las Torres Gemelas y al Pentágono el 11 de septiembre.

No cabe dudas que frente a los acontecimientos de Siria, se está en presencia de hechos sumamente complejos, los cuales tienen repercusión de carácter regional y global. Es tal vez por eso que el presidente Obama, sometido a tantos dilemas y desafíos, haya decidido no asumir él solo, como representante del Poder Ejecutivo, la decisión de atacar militarmente a Siria, sino contar con el respaldo, la responsabilidad y el compromiso del Congreso norteamericano.

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Sentencia 937 cargos... y mil años de prisión

Por haber secuestrado, violado y torturado a tres mujeres durante más de una década, Ariel Castro, de origen puertorriqueño, fue condenado recientemente por un tribunal en Cleveland a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional, a lo cual se le añadió el cumplimiento de mil años de prisión.

Esa sentencia fue lograda luego de que el acusado negociase con la Fiscalía, lo que en el derecho norteamericano se conoce como plea bargain, el reconocimiento de su culpabilidad de 937 acusaciones, a cambio de que no se le aplicase la pena de muerte.

Habría que reflexionar acerca de lo que subyace en la conciencia de un ser humano que pacta ser privado de su libertad mientras vida tenga, más mil años adicionales, los cuales, para poder cumplir, necesitaría resucitar 14 veces, y tener, para cada ocasión, una expectativa de vida de 75 años de edad.

En principio, podría pensarse, se trata del aprecio y la valoración misma que se tiene de la vida. Salvo el caso de los suicidas, cuya conducta es patológica o disfuncional, los seres humanos viven aferrados a su existencia y aspiran a prolongar sus días bajo el sol.

Lo segundo, es el carácter optimista de la existencia humana. Muerto, no hay nada que hacer. Pero si aún se respira, siempre se podría albergar la esperanza de que algún hecho mágico o misterioso ocurrirá que cambiará el destino de los acontecimientos.

Pero, en todo caso, por la brutalidad y el carácter horrendo de los hechos cometidos, hasta el punto de que hizo abortar en varias ocasiones a una de las mujeres cautivas, empleando métodos sádicos, crueles e inhumanos, muchas personas, con razón, no ocultarán su regocijo por el futuro sombrío que espera al monstruo de Cleveland, como ya suele identificarse a Ariel Castro.

Largas sentencias

Sin embargo, más allá del merecido castigo, la inquietud que surge es la de indagar cuál es el sentido, la lógica o la razón para aplicar penas o sanciones tan largas que nada más por el hecho del ciclo biológico de los seres humanos se sabe no podrían ser cumplidas.

Por supuesto, Ariel Castro no ha sido el único condenado en un proceso criminal a una pena o sanción cuyo cumplimiento excede sus expectativas de vida.

Tal fue el caso, también, de Dudley Wayne Kyzer, quien por haber matado a su esposa, a su suegra y a un estudiante universitario, fue condenado a cadena perpetua por cada uno de los crímenes cometidos, esto es, tres veces, a lo cual se le añadieron 10,000 años de prisión.

Pero, por igual, el de Bobbie Joe Long, un criminal en serie de la Florida, quien había violado a más de 50 mujeres y dado muerte a más de 25, motivo por el cual se le aplicó una sanción equivalente a 28 condenas de por vida.

A Juan Corona, de California, lo castigaron al cumplimiento de 25 sentencias a cadena perpetua. Su delito consistió en haber asesinado a 25 empleados de su finca.

Shalom Weis, por su parte, recibió una sentencia que lo condenó a dos mil años de prisión por su responsabilidad en la quiebra de una importante compañía de seguros de Nueva York.

Sin embargo, hasta ahora, el caso más dramático y sensacional ha sido el de Gabriel March Grandos, quien en 1972 fue condenado, en España, a 384 mil 912 años de prisión. La causa: haber dejado de entregar 42 mil cartas en su función de empleado de correos.

Para Franklin Zimring, un prestigioso profesor de Derecho Penal de la Universidad de California, al dictar sentencia lo que el juez toma en consideración no es tan sólo el tiempo que el reo permanecerá en prisión, sino en el carácter disuasivo de su medida.

Para otros, sin embargo, semejante argumento no constituye más que un desatino; y esto así, en primer lugar, debido a que la pena a ser impuesta al condenado es como castigo por su responsabilidad personal en la comisión de un crimen, no un disuasivo frente a terceros; y en segundo término, porque toda sanción debe tener por objetivo la rehabilitación social del reo, no su permanencia indefinida en un establecimiento penitenciario. Como consecuencia de eso, hay quienes van más lejos, y afirman que el sistema norteamericano de sanción judicial constituye un absurdo, una irracionalidad y un acto de barbarie.

Hallazgos de un estudio

A tal conclusión llega un estudio recientemente elaborado por el Centro de Estudios del Derecho y la Justicia Global de la Universidad de San Francisco, California, al sostener que el tiempo de permanencia en prisión de un condenado en los Estados Unidos es mayor que en cualquier otro lugar del mundo; y que, por consiguiente, el sistema judicial criminal norteamericano representa una deformidad inexplicable.

Conforme al estudio de referencia, los Estados Unidos tienen la más alta tasa de encarcelamiento del mundo, con cerca de 2 millones 300 mil reos. Con sólo el 5 por ciento de la población mundial, disponen del 25 por ciento de la población penitenciaria del planeta.

De cada 10 reos, uno guarda prisión de por vida. El número de estos últimos se ha cuadruplicado entre 1984 y 2008, al pasar de 34,000 a 140,000 presos. El impacto social y económico que esto ha tenido ha sido enorme.

Por ejemplo, hace treinta años, el 10% de los fondos públicos estaban destinados a la educación superior y sólo un 3 por ciento al sistema penitenciario.

Actualmente, casi un 11% está dirigido a las prisiones y sólo un 7.5% a la educación superior, con lo cual se invierte un 45% más en el mantenimiento del sistema penitenciario que en las universidades.

Cada año el gobierno norteamericano invierte más de 60 mil millones de dólares en el sostenimiento de las cárceles y prisiones, lo que equivale a cerca de cinco veces más el presupuesto anual de la República Dominicana.

Por cada convicto, el gasto anual es de 45,000 dólares, lo que ha sido una de las causas para que en los últimos 20 años, el gasto en el sistema penitenciario estadounidense se haya quintuplicado, al pasar de 10 mil a 60 mil millones de dólares, como acabamos de indicar.

Otro factor a tomar en cuenta para el aumento del costo del mantenimiento de los condenados a penas privativas de libertad, es el envejecimiento de la población penal. En los últimos cinco años, del 2007 al 2012, el número de presos por encima de 65 años de edad se incrementó en un 90 por ciento por encima del resto de la población penal.

Todo lo anterior revela que los Estados Unidos tienen en la actualidad una situación penitenciaria explosiva, que se explica, en parte, por el hecho de que desde el punto de vista legal representa uno de los pocos países a nivel mundial que todavía aplica un sistema de fallo judicial conocido como de sentencias consecutivas.

Pero, además, por la circunstancia de que en la mayoría de los estados, los fiscales y los jueces son escogidos por el voto popular, y la mayor parte de los votantes se inclina por la aplicación de sentencias largas y medidas duras, debido a la vulnerabilidad y temor que sienten frente al crimen.

Todo eso conduce al fenómeno de que si en la comisión de una infracción a la ley penal se incurre en otras faltas a las disposiciones de carácter criminal, en el sistema judicial norteamericano se juzga cada una de las infracciones en forma consecutiva y se hace una suma de las sanciones a ser aplicadas.

No sucede lo mismo en la República Dominicana, en Francia, o en la mayoría de los países que integran una familia jurídica distinta a la del mundo anglosajón.

En ese caso se aplica un principio que se conoce como el de no-cúmulo de penas, y que consiste, básicamente, en que en una concurrencia de infracciones, el juez, al examinar los hechos, fijará la pena mayor que corresponde al conjunto de las infracciones cometidas.

En ese contexto, si Ariel Castro, el monstruo de Cleveland, hubiese sido juzgado y condenado en la República Dominicana o en cualquiera de los otros países que aplica nuestro sistema, la pena aplicada habría sido la de 30 años de reclusión.

Obviamente, insuficiente, ante la magnitud del crimen cometido; y por el hecho de que como actualmente sólo tiene 53 años de edad, teóricamente dispondría de la posibilidad de recuperar su libertad a los 83 años.

Eso no ocurriría en los Estados Unidos donde ya ha sido condenado, no una vez, sino tres veces a cadena perpetua, y como si eso fuera poco, en adición, a mil años de prisión.

El gasto penitenciario en EE.UU llega a 60 mil millones de dólares

Por cada convicto, el gasto anual es de 45 mil dólares, lo que ha sido una de las causas para que en los últimos 20 años, el gasto en el sistema penitenciario estadounidense se haya quintuplicado, al pasar de 10 mil a 60 mil millones de dólares, como acabamos de indicar.

Otro factor a tomar en cuenta para el aumento del costo del mantenimiento de los condenados a penas privativas de libertad, es el envejecimiento de la población penal. En los últimos cinco años, del 2007 al 2012, el número de presos por encima de 65 años de edad se incrementó en un 90 por ciento por encima del resto de la población penal.

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El Congreso del PLD

Además de seleccionar y ampliar sus cuadros directivos en distintos niveles, el Octavo Congreso Ordinario Norge Botello del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), tiene como objetivo fundamental la renovación, modernización y profesionalización de esa organización política.

Eso tiene una importancia trascendental, sobre todo en una época en que en el plano internacional se habla de una crisis o decadencia de los partidos políticos, y en el plano local, algunos comentaristas y politólogos han expresado su temor en relación a lo que han denominado virtual colapso del sistema de partidos en la República Dominicana.

Al hacer referencia a este último punto, el análisis parte de la premisa de la incapacidad que tienen algunas organizaciones políticas de resolver sus conflictos internos, al desgaste de otras en el tiempo, a una falta de orientación ideológica y a una cierta desconexión con los intereses de los distintos grupos que integran la sociedad.

Visto desde esa perspectiva parece real que debería albergarse una legítima preocupación por el futuro de nuestros partidos políticos, y por ende, de nuestra democracia, pero lo cierto es que todo eso no representa más que retos que obligan a nuestras instituciones políticas a transformarse y adaptarse a las nuevas circunstancias.

El caso del PLD

En el caso del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), su ideología, su seña de identidad política, sus objetivos estratégicos y su compromiso con la sociedad dominicana, se encuentran establecidos en su Declaración de Principios y en sus Estatutos.

En esos documentos se indica que el PLD es una organización política de naturaleza progresista, popular y moderna, cuyo objetivo es completar la obra de Juan Pablo Duarte y los trinitarios, mediante el fortalecimiento de la democracia, la libertad, la justicia, la inclusión social, la equidad de género, la protección del medio ambiente, la solidaridad, la paz y la defensa de la identidad nacional.

Con todo eso quiere indicarse, fundamentalmente, que contrario a los pesimistas, el PLD cree en la noción de progreso como forma de evolución permanente de los seres humanos, y de que todo el discurrir de la historia, tanto universal como nacional, es un esfuerzo constante, en medio de grandes luchas y enormes sacrificios, por avanzar hacia etapas superiores de desarrollo y civilización.

Es una organización popular, porque en lugar de representar grupos de interés particulares, aspira a ser portavoz del interés nacional, esto es, del pueblo, manteniendo una relación estrecha con los sectores excluidos, marginados y más vulnerables de la población.

Y es una organización moderna, porque a pesar de respetar nuestras tradiciones, reverenciar nuestra historia y honrar a nuestras grandes figuras, hace suya la noción de cambio social y promueve la modernización constante del Estado, la economía y la sociedad como parte del progreso.

La idea de que el PLD tiene como objetivo completar la obra de Juan Pablo Duarte y los trinitarios, permite colocar nuestras luchas actuales en el contexto de nuestra historia nacional, de la misma manera que lo hacen otras fuerzas progresistas de América Latina y el Caribe, al reivindicar, entre otros, las ilustres figuras de Simón Bolívar, José Martí, César Augusto Sandino y Farabundo Martí.

Pero, además, el PLD asume la causa de la democracia, como única forma legítima de acceso al poder, de promoción de un Estado de Derecho y protección de la dignidad humana; de la libertad, como manera de contrarrestar el despotismo, el autoritarismo y la humillación; y de la justicia, como mecanismo de reivindicación frente al abuso y el atropello.

Al comprometerse con esos valores y principios, el partido morado de la estrella amarilla, pone de manifiesto que como organización es mucho más que simplemente una maquinaria electoral; que su objetivo, además de tener carácter histórico y estratégico, trasciende la mera conquista de la mayoría en las urnas.

Lo que se propone el congreso

Para ser eficaz en los objetivos que el PLD se ha planteado, se propone, en el marco de su Octavo Congreso, replantearse la relación entre el Estado, el partido y la sociedad.

Se entiende que además de tener a miembros y simpatizantes del partido en calidad de funcionarios del Estado, desempeñando distintas funciones gubernamentales, el partido debe jugar un rol activo en la ejecución de las diversas políticas y directrices que emanen de las autoridades estatales.

De esa manera podrá apreciarse una organización política cuyos integrantes no sólo están interesados en que se les nombre en un cargo público, sino que están inspirados por un genuino interés de servir a la sociedad, con lo cual se lograría mayor credibilidad y legitimidad en la acción política.

Pero, en adición, está el determinar la forma en que el partido habrá de relacionarse con los distintos sectores de la sociedad dominicana, procurando ser, frente al Estado, el vehículo idóneo de canalización de intereses y aspiraciones de esos sectores.

En la medida en que el PLD pueda lograr cumplir con esas metas podría erigirse en un nuevo modelo de innovación política, ya que podría ser, al mismo tiempo, partido de Estado, es decir, el partido oficial que se encuentra en óptimas condiciones para integrarse y acompañar al Gobierno en el cumplimiento de sus planes; y partido de sociedad, al ser el instrumento eficaz para encauzar la diversidad de aspiraciones e intereses de los diversos sectores de la sociedad dominicana, con lo cual ejercería a plenitud su rol de representación.

Al igual que otras organizaciones políticas en distintas regiones del mundo, el partido fundado por Juan Bosch se enfrenta a un conjunto de nuevos desafíos, relacionados con cambios en el orden internacional, como el fin de la Guerra Fría y la expansión de la globalización; el surgimiento de nuevos actores, como las organizaciones de la sociedad civil y los movimientos sociales; las transformaciones sociales y la emergencia de la clase media; el nuevo rol de la juventud y la mujer; y la aparición de nuevas formas de comunicación social.

El fin de la Guerra Fría produjo como efecto colateral una desorientación, confusión y vacío ideológico, que aún no ha podido ser superado por diversas organizaciones políticas en distintas partes del mundo, contribuyendo de esa forma a la promoción de la eficiencia y el pragmatismo como valores en sí mismos.

El fenómeno de la globalización ha reforzado la interdependencia, y por consiguiente, la vulnerabilidad con respecto a los factores externos, lo cual hace que el Estado nacional, así como los partidos políticos, se vean impotentes en la solución de problemas que escapan su control.

Hasta ahora, en toda América Latina, la relación entre los partidos políticos, la sociedad civil y los movimientos sociales ha sido tensa. La razón, quizás, se deba al hecho de que los actores políticos se ven cuestionados en la legitimidad del ejercicio de sus liderazgos por parte de personalidades e instituciones que tratan de imponer la agenda del debate a través de los medios de comunicación, sin asumir ninguna responsabilidad que verdaderamente les comprometa.

Las nuevas tecnologías de la comunicación, a través de las redes sociales, han sido, por el momento, de mayor utilidad para distintos tipos de organizaciones que para los partidos políticos, lo cual obliga, a una organización como el PLD, a reflexionar y plantearse una renovada estrategia de comunicación tanto hacia dentro como fuera de la organización, tal como corresponde a una institución moderna del siglo XXI.

La relación con la clase media es de singular importancia para el PLD, en razón de su cada vez más notable expansión, lo que implica una significativa transformación de la estructura social, de su rol en los distintos gremios profesionales, en el comercio, en las finanzas, y en su condición de reproductor de ideas y líder de opinión.

Igual ocurre con el sector de la juventud y la mujer. Esos son dos segmentos de población respecto de los cuales el Congreso del partido morado tendrá que desplegar sus mejores energías para en forma creativa e imaginativa atraer su interés hacia la organización.

Recientemente, el Santo Padre, Francisco, lo logró de manera muy sencilla, al invitar a los jóvenes en Río de Janeiro a compartir en la playa.

En fin, lo más importante y trascendente es que al culminar el actual Congreso Norge Botello, el PLD, salga como un partido unido. En estos momentos, la sociedad dominicana reclama del PLD que volviendo a sus principios fundacionales, promueva los valores del progreso, la modernidad, la democracia, la solidaridad, el patriotismo, la honradez, la libertad y la justicia.

Con el Congreso Norge Botello el Partido de la Liberación Dominicana entra en el tercer ciclo de su existencia, el cual ha de llevarlo, durante las próximas dos décadas, a seguir siendo la organización más influyente en el espectro político nacional.

Que así sea.

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Los desafíos del PLD

Desde el año 2004 a la actualidad, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), ha obtenido cinco victorias electorales consecutivas, entre presidenciales, congresionales y municipales, por encima del cincuenta por ciento.

Se trata, sin duda alguna, de una gran hazaña, sin precedentes en la historia nacional, alcanzada por la vía democrática; y habría de suponer que ese respaldo tan continuo y sistemático conquistado en las urnas es un reflejo de la valoración positiva que hace la sociedad dominicana de su ejercicio gubernamental.

En efecto, ha sido como consecuencia, entre otros factores, de haber mantenido notables índices de crecimiento económico con estabilidad; de haber creado un clima de confianza; incremento de la inversión pública y privada; generación de nuevos empleos; desarrollo de obras de infraestructura; reforma y modernización del Estado y reducción de niveles de pobreza, que el PLD ha podido concitar, de manera reiterada, el respaldo mayoritario del electorado.

Sin embargo, a pesar de esos logros innegables, motivos de orgullo y regocijo, en la militancia del partido morado no se percibe una plena satisfacción o entusiasmo por las metas alcanzadas, a lo largo de los años.

Motivos del malestar

Las razones de esa falta de entusiasmo se deben, fundamentalmente, a que en la misma medida en que la organización iba cosechando triunfos electorales y se embarcaba en una continua labor de gobierno, se producía un abandono paulatino en sus formas de funcionamiento.

De esa manera, con excepción del Comité Político, los demás organismos y órganos del PLD, como son el Comité Central, los Comités Provinciales, Municipales, Intermedios o de Base, así como las distintas Secretarías, no están ni han estado operando, desde hace algún tiempo, conforme a sus atribuciones.

Resultado de eso es que algunos locales del Partido se encuentren cerrados; que en el padrón de la organización figuren nombres de personas que nunca han participado en una reunión de su Comité de Base; que haya habido un abandono de los programas de educación; que en distintos lugares se haya incurrido en un irrespeto a la disciplina partidaria sin ningún tipo de consecuencias; que la solidaridad entre compañeros haya ido desapareciendo; y que los valores y principios que sirven de base a la mística peledeísta se haya estado degradando.

En fin, hay todo un conjunto de legítimos reclamos por parte de la militancia peledeísta, de reivindicar ciertas normas, prácticas, pautas de conducta y métodos de trabajo del partido fundado por Juan Bosch, que deben ser rápidamente atendidos, a los fines de fortalecer y cohesionar la organización.

Por supuesto, se comprende que las deficiencias señaladas no son el resultado de la negligencia o dejadez de la dirección del partido o de sus cuadros medios. Son, más bien, la consecuencia de la reforma constitucional del año 1994, que estableció la realización de elecciones cada dos años.

Debido a esa situación, desde el 1996 a la fecha, esto es, en los últimos diecisiete años, se han celebrado nueve elecciones nacionales. Pero, en realidad, como previo a cada año electoral, las organizaciones políticas tienen que realizar sus elecciones internas para la selección de sus candidatos a los distintos puestos electivos, podría decirse que ha habido elecciones todos los años.

Por consiguiente, lo cierto es que durante los últimos diecisiete años ha habido dieciocho elecciones, entre internas y nacionales, y es claro que eso no deja respiro a ninguna organización política para dedicarse a otra cosa que no sea la de prepararse para participar en los procesos electorales.

Así, pues, en el período a que se hace referencia, el PLD se convirtió en una formidable y temible maquinaria electoral, capaz de conquistar contundentes triunfos en las urnas y desde el poder contribuir con significativos aportes a la modernización y progreso de la sociedad dominicana. Pero, al mismo tiempo que el partido morado de la estrella amarilla alcanzaba esos logros, como todas sus energías, pasión y capacidad creadora estaban concentradas en esas tareas, la estructura interna se debilitaba, su eficiencia se erosionaba, sus valores se violentaban, su mística se desvanecía y su rol de intermediario e intérprete de las necesidades nacionales se afectaba.

Retos del PLD

Visto desde esa perspectiva, el primer gran reto o desafío a que se enfrenta, con miras al futuro, el Partido de la Liberación Dominicana, es el de recuperar el conjunto de principios, valores, métodos de trabajo, organización y disciplina, que constituyeron, desde su fundación, los pilares fundamentales de su razón de ser.

Eso, ahora, es posible debido a la reforma constitucional del 2010 que unificó las elecciones presidenciales, congresionales y municipales. Por lo tanto, ya no habrá torneos electorales cada dos años, sino cada cuatro, tiempo apropiado para ser aprovechado por el PLD a los fines de lanzar una mirada hacia adentro, identificar fortalezas y debilidades y diseñar un plan de reingeniería y modernización de sus estructuras internas que le permitan emerger como una fuerza renovada en los albores del nuevo ciclo político a que se enfrenta a partir del 2016.

Naturalmente, esos no son los únicos retos a que se enfrenta el Partido de la Liberación Dominicana. En adición a los ya mencionados, se contrapone a los nuevos desafíos que surgen de las nuevas formas de hacer política, de las transformaciones sociales, de la emergencia de nuevos actores y la irrupción de nuevas tecnologías.

En lo que atañe a las nuevas formas de hacer política, es algo que se percibe a diario. En la actualidad, hasta un individuo o pequeños grupos, eso que ahora en las ciencias políticas se llaman “micropoderes”, pueden alterar el curso de los acontecimientos.

Es el caso, por ejemplo, en estos momentos, de Edward Snowden, el joven norteamericano que trabajaba para los servicios de inteligencia de su país. Sus filtraciones a la opinión pública de que Estados Unidos realiza labores de espionaje a varios países, incluyendo amigos y aliados, ha generado una situación de crispación internacional.

Pero igual ocurrió con otro joven en Túnez, graduado universitario, que frustrado ante la imposibilidad de conseguir empleo, instaló un pequeño negocio de buhonero. Un agente del orden público, sin embargo, se lo desmanteló y lo agredió físicamente.

Desconsolado ante su tragedia decidió incinerarse. Pero, al hacerlo, se convirtió en el símbolo que dio origen a la llamada primavera árabe, la cual provocó la caída de los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia, y ha suscitado el pánico en todo el Medio Oriente.

De manera, pues, que en la actualidad, hasta una sola persona, con su conducta, tiene la posibilidad de influir e impactar en el desencadenamiento de acontecimientos que pueden llegar a tener carácter nacional, regional o global.

Lo que ha hecho eso posible es la introducción de las nuevas tecnologías de la comunicación, especialmente de la telefonía móvil y las redes sociales, las cuales comunican hoy día en el mundo, de manera instantánea, a más de dos mil millones de usuarios, con el poder de la imagen y la capacidad de reproducción en forma de virus.

En adición a las nuevas tecnologías de la comunicación y de las redes sociales, como twitter, facebook o youtube, han hecho aparición en el escenario político nuevos actores, como es el caso, para citar algunos, de los integrantes de la sociedad civil, los movimientos sociales y los grupos ecologistas.

Es evidente que estos nuevos actores, que en principio y en teoría no están motivados por la conquista del poder, les disputan a los partidos políticos su tradicional rol de intermediarios y articuladores del pliego de demandas de la sociedad, y generan, por otro lado, a los gobiernos, nuevas tensiones para el ejercicio de la gobernabilidad democrática.

La disminución de la pobreza, que ha dado ahora lugar al surgimiento de una clase media y a una aceleración del proceso de urbanización, también genera nuevos desafíos, al entrar en una fase de aquello que los sociólogos han dado en calificar como “revolución de las expectativas crecientes”, que implica para los gobiernos una sobrecarga de demandas sociales con recursos limitados.

No advertir esos desafíos o resolverlos a tiempo, conlleva el riesgo de protestas sociales masivas, como de manera sorpresiva ha estado ocurriendo en estos días en Brasil, el cual, además de país líder de América Latina, se había convertido en paradigma a emular.

Como puede observarse, pues, son varios los retos que el Partido de la Liberación Dominicana tiene por delante. Por un lado, está el de recuperar la mística, así como los valores y principios que le dieron origen. Pero, por otro, el de su capacidad de renovación para hacer frente a las mutaciones experimentadas por la sociedad, que actualmente exige nuevas formas de acción política para adaptarse a la nueva realidad de nuestros tiempos.

Es precisamente todo eso lo que aspira abordar, en debates francos, abiertos y democráticos, el VIII Congreso del PLD, Comandante Norge Botello.

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Evolución del PLD

En agosto del 2016, cuando culmine la actual gestión de gobierno que encabeza el presidente Danilo Medina, se habrán cumplido veinte años de la llegada al poder, por vez primera, del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), en el 1996.

Durante esos veinte años, el PLD habrá gobernado dieciséis, lo cual equivale a decir que habrá sido la organización política más exitosa de las últimas dos décadas en la República Dominicana.

Más aún, durante ese mismo lapso pasó de tener un solo Senador a tener treinta y uno; y salió victorioso en seis elecciones nacionales, entre presidenciales, congresionales y municipales.

Si en el próximo torneo electoral del 2016 el PLD resulta de nuevo triunfante, eso, a su vez, equivaldría a significar que habría sido la fuerza política hegemónica durante las primeras dos décadas del siglo XXI; y aún en el caso hipotético de que no resultase así, como quiera habría sido la organización más preeminente durante esta etapa de la vida política nacional.

Pero en el caso de que en efecto conquistase el triunfo nuevamente en el 2016, entonces habría gobernando veinte de los últimos veinticuatro años, algo sin precedentes en la historia política democrática de la República Dominicana.

No siempre fue así

Sin embargo, no siempre fue así. El PLD fue creado por Juan Bosch y un grupo de dirigentes salidos del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), en diciembre del 1973, por lo cual, ahora en el 2013, cumplirá cuarenta años, y durante un primer momento de su desarrollo institucional se planteó como objetivo estratégico la conquista de la liberación nacional.

Al participar por vez primera en un certamen electoral en el 1978, obtuvo tan solo 18 mil votos, equivalente al 1 por ciento del total de boletas emitidas. Eso determinó, en aquel entonces, que algunos sectores vaticinaran que el PLD no tendría ningún porvenir en el escenario político nacional.

No obstante, en el siguiente torneo electoral del 1982, logró alcanzar 185 mil votos, esto es, algo más del 9 por ciento del sufragio; y en el 1986, fue de 385 mil, correspondientes al 18 por ciento de la votación.

Viniendo prácticamente de la nada, el PLD había conseguido, en sus primeros trece años de existencia, romper con el sistema bipartidista que históricamente había existido en el quehacer político nacional desde que se fundó la República a mediados del siglo XIX.

En la historia nacional, la lucha por el poder siempre se expresó en términos de una bipolaridad, que iba desde santanistas contra baecistas; rojos versus azules; lilisistas y anti-lilisistas; coludos y rabuses; trujillistas y anti-trujillistas; cívicos y perredeistas; o perredeístas versus reformistas.

Nunca había existido en toda la historia del país una tercera fuerza política que rompiera esa relación de poder entre dos fuerzas antagónicas, hasta que el PLD lo alcanzó, por primera vez, en la década de los ochenta.

En el 1990 el PLD estuvo al borde de conquistar el poder; y aunque en el 1994 experimentó un declive en su caudal de votación, en el 1996, veintitrés años después del día de su fundación, las autoridades del partido morado subían las escalinatas del Palacio Nacional.

Fue la primera vez, también, en nuestra historia, que una tercera fuerza política no sólo rompía ya con el tradicional esquema del bipartidismo, sino que terminaba por convertirse en la principal fuente de poder político nacional.

Pero, como ha podido observarse, el PLD no siempre fue la gran organización política que es hoy día. Al contrario, nació como una organización pequeña, a la que no se consideraba que podría tener esperanza de vida; y fue con el tiempo que se convirtió en un partido emergente, como se dice en el lenguaje actual, hasta llegar a ser la primera agrupación política nacional.

Razones de avance

Por supuesto, la primera razón del avance electoral del PLD en el tiempo se debe, fundamentalmente, a su líder y fundador, profesor Juan Bosch.

Esto así, entre otras causas, debido a su gran talento político, a la fuerza de sus convicciones, a su apasionada entrega; y al hecho de haber sido el primer presidente democráticamente electo después de la caída de Trujillo; haber sido víctima de un golpe de Estado; y a ser un símbolo viviente de un pueblo en armas luchando por la vuelta a un orden constitucional.

A esas cualidades que adornaban la figura del líder histórico y fundador del PLD, se le sumaba la circunstancia de que a partir del 1978, con el triunfo electoral del PRD y Antonio Guzmán, se inició, no sólo en la República Dominicana, sino en América Latina, un proceso de transición y consolidación de la democracia, lo cual hacía posible la lucha por el poder a través de las elecciones.

Pero, en adición, como consecuencia precisamente de que se entraba en una etapa de transición hacia un modelo democrático, la naturaleza de la actividad política experimentó una radical transformación, al pasar de un debate en defensa de las libertades públicas a otro de carácter económico y social.

El PLD, bajo el liderazgo del profesor Juan Bosch, supo aprovechar ese momento de mutación en la naturaleza del debate político y orientó a la opinión pública en torno a la aplicación de políticas económicas, su impacto en el desarrollo y el bienestar social.

No cabe dudas que esa prédica, continua y sistemática en el tiempo, encontró eco en la población, al ver que sus condiciones materiales de existencia se deterioraban como resultado de la aplicación de políticas erróneas que cada vez más nos empujaban hacia un abismo como nación.

En el marco de su proceso de avance político, mediante la integración al sistema electoral, algunos sectores, a través de los años, han sostenido que el PLD se desvió de su objetivo inicial de liberación nacional.

La verdad es que no es así. Si el Partido de la Liberación Dominicana se propuso, durante sus primeros años, un objetivo estratégico de liberación nacional, es porque la vía democrática hacia la conquista del poder se encontraba obstruido.

La propia experiencia política personal de Juan Bosch así lo comprueba. Después de haber sido democráticamente electo, en forma abrumadora, por el pueblo dominicano, fue derrocado mediante un golpe de Estado.

Pero cuando el pueblo se subleva con el propósito de promover su retorno a la silla presidencial, entonces se produce una intervención militar por parte de la fuerza más poderosa del planeta, los Estados Unidos, que bloquea esa posibilidad.

Luego, se asiste a un torneo electoral en el 1966, en el cual no existen garantías de participación democrática, y ese fenómeno vuelve a repetirse en las elecciones de 1970 y 1974, en los que a la oposición, encabezada por el PRD, no le quedó otra alternativa que abstenerse por falta de un clima adecuado de participación plural.

Ante la imposibilidad de acceder al poder por la vía democrática de las elecciones, Juan Bosch y el PLD se plantearon lo que todas las fuerzas progresistas de América Latina en ese momento proponían como única alternativa: la liberación nacional.

Ahora bien, en la medida en que por la convergencia de diversos factores, de carácter nacional e internacional, se hiciera el tránsito, en toda América Latina, hacia un modelo democrático, como hemos dicho, las posibilidades de acceder al poder por vía electoral se abrieron, y eso fue lo que, de manera sabia, el PLD supo aprovechar para avanzar y transformarse en el fenómeno de masas que ha sido en los últimos años.

Pero al igual que el PLD, el movimiento progresista y políticamente inteligente latinoamericano de la época, también comprendió, que como consecuencia de los cambios ocurridos, no había que intentar conquistar por las armas lo que ya se podía obtener por medio de los votos.

Es de esa manera que a lo largo de los últimos treinta años, hemos visto al Partido Socialista chileno de Salvador Allende, en alianza con otras fuerzas, derrotar la dictadura de Pinochet, en base al respeto y reconocimiento del poder de las urnas.

De igual manera, al Frente Sandinista de Liberación Nacional, que perdió el poder por vía electoral, luego de haber realizado una revolución triunfante contra una dictadura, retornar a ese mismo poder por medio de elecciones; y es lo que asimismo hemos visto también acontecer en El Salvador, con el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional; y en Uruguay, con la coalición de fuerzas que componen el Frente Amplio.

En lugar de claudicar a sus principios originales, el PLD supo interpretar el signo de los tiempos, aprovechar las nuevas circunstancias y erigirse en una gran maquinaria política en favor del progreso y el desarrollo de la sociedad dominicana.

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Evocando a Pedro Mir

Durante el transcurso de este año, 2013, los dominicanos estaremos festejando el centenario del natalicio del Poeta Nacional, Pedro Mir, nacido el 3 de junio del 1913, en la ciudad de San Pedro de Macorís.

Recuerdo haber visto y escuchado a Pedro Mir, por vez primera, a principios de los años setenta en una memorable conferencia que dictó en el Colegio Dominicano de Periodistas. Antes había oído hablar de él, y, por supuesto, conocía su famoso poema, casi himno nacional, Hay un País en el Mundo.

Pero, de esa conferencia, salí cautivado por él. Diría, casi hipnotizado. Habló de literatura, de poesía y de periodismo. Pero lo que más importó fue la forma. Había tal elegancia en el decir, en los gestos y en las formas de Pedro Mir, que había que concluir que se estaba en presencia de un artista consumado de la palabra.

El poeta social esperado

Luego descubrí que había empezado a escribir poesía desde principios de los años treinta, aún muy joven, y que en algún momento uno de sus amigos, compañero de estudios, sin su autorización, había enviado a Juan Bosch, que entonces dirigía la Página Literaria del Listín Diario. Se cuenta que Bosch, a pesar de reconocer talento en el joven y desconocido poeta, no los publicó, indicando que “el autor debía dirigir los ojos a su tierra”.

Intrigado, y tal vez hasta herido en su orgullo, Mir se puso a trabajar con gran intensidad, y poco tiempo después envió tres poemas, titulados, A la Carta que no ha de Venir, Catorce Versos y Abulia, para ver si a eso era que el autor de La Mañosa se quería referir con aquello de “dirigir los ojos a su tierra.”

Para su gran sorpresa y deleite, los poemas fueron publicados en la primera columna de la siguiente edición de la Página Literaria del Listín Diario, fechada 19 de diciembre de 1937. En su encabezado había una nota del director, en la que en forma lapidaria, decía lo que sigue:

“Aquí está Pedro Mir. Empieza ahora y ya se nota la música honda y atormentada de su verso. A mí, con toda sinceridad, me ha sorprendido. He pensado, ¿será este muchacho el esperado poeta social dominicano?

“Empieza ahora… Desde luego, nadie sabe qué caminos recorrerá Pedro Mir. Puede torcerse y puede hasta apagarse. De todo hay en la viña del Señor. Pero yo me complazco en entregarlo a la mirada fija del lector dominicano, a la de ese que espera el nacimiento de artistas verdaderos, adivina su gestación y la acelera sin decirlo.

“Aquí está Pedro Mir. Yo creo haber cumplido un deber de conciencia al presentarlo. Me hubiera dolido que este poeta nuevo tan atormentado, quedara en la sombra.”

Aquello fue el acta de nacimiento de Pedro Mir como maestro de la lírica. Había quedado comprometido como el poeta social a cuya espera se encontraba la sociedad dominicana. Su poema, A la Carta que no ha de Venir, escrito a los 24 años de edad, lo consagró como tal.

Luego vino un largo silencio. La brutal dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, por su propia naturaleza, se convertía en un obstáculo para el desarrollo de una poesía social de denuncia, que ponía de relieve la explotación del pueblo y clamaba por un cambio revolucionario.

Así fue que diez años después de la publicación de aquellos versos, en 1947, salió hacia el exilio en Cuba, y dos años después, en 1949, aparece su gran poema, el canto que lo habrá de inmortalizar, Hay un País en el Mundo.

Con posterioridad, completó su universo poético con obras de notable calidad, como Contracanto a Walt Whitman; Amén de Mariposas; Huracán Neruda; Seis Momentos de Esperanza; Poemas de Buen Amor; A veces de Fantasía, y Viaje a la Muchedumbre.

Ensayista y educador

Sin embargo, Pedro Mir no sólo fue un extraordinario poeta, digno de aparecer en cualquier antología de carácter universal. Fue al mismo tiempo un insigne historiador, un teórico del arte y de la estética, un impresionante conferencista y un entusiasta y apasionado educador.

En el campo de la historia dejó textos de lectura obligada, como son, Tres Leyendas de Colores; Las Raíces Dominicanas de la Doctrina Monroe; La Noción de Período en la Historia Dominicana; El Gran Incendio, y Las Dos Patrias de Santo Domingo.

Publicó una novela, de corte experimental, Cuando Amaban las Tierras Comuneras; y los relatos La Gran Hazaña de Limbert, y después Otoño; Buen Viaje Pancho Valentín; y El Caballito de los Siete Colores.

En el ensayo, su legado consistió en enjundiosos análisis sobre arte y estética que extrajo de sus notas de cátedra, y que plasmó en los siguientes textos: Apertura a la Estética; Fundamentos de Teoría y Crítica de Arte; y El Soldadito de la Estética.

Aunque en la década de los setenta era estudiante de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la UASD, de alguna manera me las arreglaba para trasladarme a la Facultad de Humanidades, donde enseñaba Pedro Mir, a los fines de escuchar sus cátedras.

Lo que allí acontecía re-sulta indescriptible. Como maestro en el aula, Pedro Mir era un espectáculo, un actor en escena. De su voz, emanaba poesía. De su cerebro, una inmensa erudición. Las aulas estaban siempre llenas y decenas de estudiantes, entre ellos yo, se agolpaban fuera del aula, seducidos por su magia.

El parecía disfrutarlo. Le gustaba compartir con los jóvenes, escuchar sus planteamientos, sugerir lecturas, estimular la reflexión.

Fuera del recinto universitario también le seguí. Dondequiera que hablaba, ahí estaba. Recuerdo una de sus conferencias, con motivo de la puesta en circulación de su poemario, El Huracán Neruda, en la que narró la manera en que había descubierto la producción poética del gran vate chileno.

Contó que había sido enviado por el periódico La Nación, en su calidad de reportero, a hacerle una entrevista a una artista cubana (cuyo nombre extravío en la memoria), la cual había venido al país y se encontraba alojada en un hotel ubicado en la avenida San Martín, de la Capital.

La cita estaba pautada para las seis de la tarde. Pero al momento de tocar la puerta de la habitación de su entrevistada, sonó un cornetín anunciando que se bajaba la bandera. Conforme a su relato, en ese momento, toda la ciudad quedó paralizada. Todos los vehículos se detuvieron. Todas las personas permanecieron inmóviles.

La artista cubana también quedó petrificada, con la puerta abierta de su habitación. Pero tan pronto terminó el cornetín y se reanudó el bullicio citadino, la cubana, sin saludarlo de manera formal, con los brazos abiertos y espléndida sonrisa, lo sorprendió con unos versos que le hicieron estremecer. Se trataba de Farewell, a través del cual Pedro Mir empezó a descubrir la creatividad del discurso poético del inmenso Pablo Neruda, a quien, muchos años más tarde, llegaría a dedicar su Huracán Neruda, para testimoniarle que “todos los hombres y las mujeres del mundo bebemos tu palabra/ en tu copa de esperanza/ y alzamos tu indomable profecía.”

Asistí a otras conferencias y tertulias de Pedro Mir. En el Templo Masónico, en el Club Mauricio Báez, en la Librería La Trinitaria y dondequiera que estuviese. Era, al mismo tiempo, un asiduo lector de su columna, Crónicas de un Pez Soluble, publicada semanalmente en la Revista Ahora.

Al caer enfermo y ser internado en la Plaza de la Salud, coincidió que también mi padre, José Antonio Fernández, luego de un infarto, fue internado en la misma sala del establecimiento de salud en que se encontraba el Poeta Nacional.

Al ir a visitar a mi padre, cada noche, en la etapa final de mi primera gestión de gobierno, en el año 2000, cruzaba también a ver a don Pedro, para insuflarle ánimo y compartir unos minutos con él. La primera vez que me vio, quedó sorprendido; y a pesar de que tenía unas cánulas de oxígeno, pudimos intercambiar de impresiones.

Así continuamos haciéndolo, cada noche, durante más de una semana. Pero, de repente, esa gigantesca figura del mundo intelectual que fue Pedro Mir, empezó a languidecer y a perder fuerza. Ya de sus labios no brotaban palabras.

La noche de su fallecimiento, estuve con él hasta su último aliento. El médico que lo atendía, al ver que sus signos vitales no respondían me miró, y me hizo seña de que ya no estaba entre nosotros.

Una lágrima se me deslizó por la mejilla y una profunda angustia penetró en mi alma. Me retiré a la casa. Al llegar tomé un ejemplar del libro Viaje a la Muchedumbre, y leí, en voz alta, como para simular el eco de su garganta, algunos de sus poemas.

Nunca he logrado despedirme del Poeta Nacional.

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Elogio a la Calumnia

Fue Erasmo de Rotterdam, un eminente humanista de finales de la Edad Media, promotor de la Reforma protestante, admirado y respetado por todos sus contemporáneos, quien escribió, a principios del siglo XVI, Elogio a la Locura, una de las obras más influyentes de la literatura occidental.

Escrita en forma de sátira, realiza un examen de las supersticiones y prácticas piadosas de la Iglesia Católica, en la que la locura se presenta como una diosa, hija de la ebriedad y la ignorancia, entre cuyas leales compañeras se encuentran el narcisismo, la adulación, el olvido, la pereza, el placer, la irreflexión y la intemperancia.

Casi un siglo después de haberse publicado la obra de Erasmo, otro coloso de la creación literaria, William Shakespeare, lanzó a la publicidad su drama, Otelo, el Moro de Venecia, el cual, en lugar de sátira, fue elaborada, al igual que Hamlet, El Rey Lear y MacBeth, en forma de tragedia.

Símbolo de la calumnia

A pesar de ser Otelo un general de raza negra, del Norte de Africa, el personaje central del drama de Shakespeare, hay otra figura en la obra, Yago, que por el siniestro papel que desempeña ha sido elevado a la categoría de símbolo universal de la calumnia y la malignidad.

Al iniciar la obra, Yago declara a Rodrigo que odia a Otelo, y manifiesta el único motivo real de sus bajos sentimientos, que no es otro que el del sentido del mérito ofendido, como bien han señalado algunos críticos.

Yago era alférez de Otelo, tercero en el mando, y a pesar de que varias destacadas y prestigiosas figuras de la ciudad de Venecia le habían solicitado el ascenso de su subalterno al rango de lugarteniente, éste prefirió, en su lugar, a Cassio, más orientado a la diplomacia y a la administración que a lo militar.

En el análisis psicológico de la figura de Yago se puede advertir que la escogencia de Cassio para el cargo que aspiraba generó en Yago un dolor indescriptible, un vacío existencial, una especie de trauma que se transformó en odio hacia la persona por la cual, hasta ese momento, mayor admiración había sentido: Otelo.

A los ojos de Yago, Otelo no podía tomar otra decisión que no fuera la de favorecerle a él, al propio Yago, que tantas veces se había jugado la vida en los campos de batalla, al lado de su comandante, enfrentando todo tipo de adversidades y vicisitudes.

Lo que ignoraba Yago, o tal vez no quería reconocer, era que en esos momentos lo que Otelo necesitaba no era otro jefe militar, sino al revés, alguien con mayores aptitudes para la diplomacia y la paz.

No obstante, lo que se desató a partir de aquella decisión fue una vocación de venganza, un odio intenso, enfermizo e irrefrenable de Yago hacia Otelo y Cassio.

En uno de los diálogos de la obra, Yago se expresa así:

“Al servirlo, soy yo quien me sirvo. El Cielo me es testigo; no tengo al moro ni respeto ni obediencia; pero se lo aparento así para llegar a mis fines particulares.”

Desde aquel momento, todas sus energías y todo su talento fueron puestos al servicio de una sola causa que procuraba la ruina de a quienes él ya había escogido como sus dos enemigos irreconciliables, por la afrenta de no haber sido reconocido por sus méritos.

El método de la calumnia

El método a utilizar por Yago para realizar sus planes macabros sería el de la calumnia, la acusación falsa, el asesinato moral, en fin, todo lo que pudiera servirle para sacar de sus adentros lo más bajo, ruin e innoble que había dentro de su ser.

El blanco escogido para tan nefastos ataques y desconsideraciones morales sería Desdémona, la esposa de Otelo, una joven y bella mujer, de alma pura y conducta intachable, que había escapado de la tutela de su padre para contraer matrimonio con el moro.

La trama siniestra urdida por Yago consistiría en verter veneno en el corazón de Otelo. En sembrar la duda sobre la fidelidad de su mujer. En crear la impresión de la existencia de un romance entre Cassio y Desdémona. En fin, en suscitar amargura, aflicción y pena.

Para hundir a Cassio, procedió, primero, a seducirlo a tomar vino una noche, mientras tenía la responsabilidad de garantizar la seguridad de la ciudad. En principio, Cassio, que era noble y gentil, y confiaba en la amistad de Yago, rechazó la oferta. Pero luego de varias insistencias, terminó por vacilar y aceptó.

Al final, acabó ebrio; y Yago se las arregló para provocar un alboroto y atraer la atención de Otelo hacia el aparente descuido e irresponsabilidad de su lugarteniente. Al observar lo acontecido, Otelo no sólo lo recriminó por su inconducta, sino que lo suspendió de sus funciones.

El espíritu maligno de Yago, su falta total de escrúpulos y de principios morales, entrarían ahora en su segunda fase. Para recuperar el afecto de Otelo, le sugiere a Cassio que procure la intervención de Desdémona ante su marido, que ésta le insista hasta que logre el objetivo de ser reintegrado en su puesto de mando.

Pero, al tiempo que indica eso a Cassio, suscita los celos en el ánimo de Otelo, teje la intriga y siembra la cizaña en el sentido de que la solicitud que hará Desdémona en favor de Cassio obedece a flaquezas de la carne.

En uno de sus monólogos, Yago lo dice en estos términos:

Mientras este honrado imbécil (Cassio) solicite apoyo de Desdémona para reparar su fortuna, y ella abogue apasionadamente en favor suyo cerca del moro, insinuaré en los oídos de Otelo esta pestilencia de que intercede por la lujuria del cuerpo; y cuanto más se esfuerce ella en servir a Cassio, tanto más destruirá su crédito ante el moro. Así le enviscaré en su propia virtud y extraeré de su propia generosidad la red que coja a todos en la trampa.

No lo dice directamente. Sólo lo insinúa. Lo sugiere. Pero eso será suficiente para producir en el moro una mutación radical de su conducta. De amoroso y tierno con su esposa, pasa a ser resbaladizo, dudoso, huidizo, hasta llegar a la agresividad.

A pesar de que Yago suele hacer sus insinuaciones en forma ambigua, ambivalente, por medio de retruécanos, no cabe dudas que ha alcanzado su pérfido objetivo: perturbar el alma de Otelo. Por eso este reacciona, en forma iracunda, exigiendo pruebas que le demuestren la falta de su mujer.

Yago aquí se manifiesta como un maestro consumado de la perversidad. Juega a la angustia e incertidumbre de su víctima. Cuenta que le había tocado dormir en la misma cama con Cassio, y que éste, en medio del sueño, no hacía más que hablar de sus relaciones con Desdémona. De por dónde se deslizaban sus manos. Que parte del cuerpo tocaba. De cómo se hundía en el placer.

Luego, como prueba ineludible de la villanía de su mujer, le pidió que se ocultara, observara y escuchara el diálogo que sostendría con Cassio acerca de sus relaciones con Desdémona. Que prestara atención a sus gestos, a su expresión facial, a cómo se reía al hablar de ella, a su actitud alegre, a su tono de burla e irrespeto.

No importaba que en realidad Otelo no viera ni escuchara nada. Sólo había bastado que su estado de ánimo fuese alterado de tal manera que lo indujera a creer que había escuchado lo que nunca oyó, y a interpretar unos gestos y un lenguaje corporal que no podría descifrar en el contexto del intercambio verbal en que se habían producido.

Lo importante, sin embargo, lo verdaderamente trascendente, es que desde el siglo XVII, el genio de William Shakespeare nos revela, a través de su personaje lúgubre, Yago, que la técnica de la desinformación, la desorientación y la manipulación ya existía.

Parece, entonces, que lo único que se ha logrado desde aquella época hasta la actualidad, en los últimos tres siglos, es perfeccionar su calidad.

Las calumnias, las intrigas de Yago, terminaron en lo inevitable: en una tragedia. Otelo asesina a Desdémona para luego suicidarse; y Cassio mata a Yago, quien antes había dejado sin aliento a su mujer.

El mundo literario recrea hoy la figura de Otelo como la de un héroe trágico, a Cassio, como la de un hombre ingenuo y noble, y a Desdémona como un símbolo de la virtud.

Yago, sin embargo, siempre será tenido como un genio del mal, como un villano sin rival, como un engendro del odio y como el calumniador por excelencia.

Al contemplar un fenómeno de tal nivel de vileza y depravación, preciso es recordar la frase inmortal de Víctor Hugo: Dejarse calumniar es una de las fuerzas del hombre honesto.

Tal es, al mismo tiempo, el mejor elogio a la calumnia.

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América Latina en la globalización

La reflexión se produjo en París, en el Coloquio Internacional Pensamiento Global, con motivo de celebrarse el cincuenta aniversario de la Fundación Maison des Sciences de l’Homme, un prestigioso centro de pensamiento estratégico francés, dirigido por el destacado sociólogo Michel Wieviorka.

Allí nos encontrábamos junto a los expresidentes Fernando Henrique Cardoso, de Brasil, y Ricardo Lagos, de Chile, así como del director de la Casa de América Latina, Alain Rouquié, un internacionalmente reconocido estudioso de los problemas de América Latina.

Igualmente se encontraba Ernesto Ottone, un connotado politólogo chileno, actualmente coordinador de la Cátedra sobre América Latina y la Globalización del Colegio de Estudios Globales de Francia.

Empezamos por abordar el proceso de transición democrática de América Latina a finales de la década de los setenta y principios de los ochenta. Acordamos que esa transición, la tercera que la región intentaba desde fines de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, además de factores internos, estuvo influida por factores externos, como fue el caso de la caída de la dictadura militar en Grecia, el desplome de los Salazar en Portugal y la muerte de Franco en España, los cuales dieron origen a procesos de apertura democrática en esos países.

La influencia de esos procesos en América Latina se produjo, entre otras razones, por la presencia en Europa, para esa época, de varios exiliados líderes políticos e intelectuales latinoamericanos, quienes en contacto con dirigentes de la socialdemocracia y la democracia cristiana europea empezaron a repensar la lucha política de la región, no en los términos tradicionales de socialismo versus fascismo, sino de democracia versus dictadura.

Pero, a diferencia de otras regiones del mundo, como es el caso de Asia, en el que países como Corea del Sur y Taiwán dieron el salto hacia la democracia a partir de un significativo proceso de desarrollo económico y social, en América Latina fue todo lo contrario.

En América Latina, el tránsito hacia la democracia se produjo cuando las dictaduras militares, además de carecer de legitimidad política, por sus constantes abusos de los derechos humanos, se evidenciaron incapaces de superar la crisis económica de la época, caracterizada por altos déficits presupuestarios, desempleo e inflación.

Ese hecho, según pudo analizarse en el panel, constituyó un aporte singular de América Latina al proceso global de la democratización, descrito por el eminente politólogo estadounidense, profesor de la Universidad de Harvard, Samuel Huntington, como “la tercera ola de la democracia”.

De manera paradójica, al ser la transición de América Latina a la democracia, no el resultado del progreso económico y social, sino al revés, la consecuencia de la combinación de una crisis económica, social y política, la misma coincidió con lo que la CEPAL denominó como la década pérdida de América Latina.

La persistencia de la crisis económica y social durante los años ochenta, condujo a muchos sectores a dudar de las ventajas del sistema democrático. En distintas encuestas, especialmente en las de Latinobarómetro, se reflejaba el desencanto con los nuevos gobiernos civiles electos, la desilusión con la democracia y hasta la voluntad de retroceder a un pasado autoritario si se garantizaba el derecho al pan.

Para solucionar esa crisis fue cuando se propuso el Consenso de Washington, que conforme al criterio de los integrantes del panel, constituyó un conjunto de medidas que procuraban el reordenamiento del gasto público, la privatización de empresas públicas, la eliminación de barreras a las inversiones extranjeras directas, la desregulación de los mercados y la liberalización de las finanzas y el comercio.

Organismos internacionales

Promovidas por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, no sólo en América Latina sino a escala global, la aplicación de esas medidas, si bien contribuyeron a superar la anterior etapa de desequilibrios e hiperinflación, no garantizaron un crecimiento económico sostenido ni contribuyeron a reducir la pobreza y la desigualdad social.

Como resultado de esa situación es que, conforme al criterio compartido de los expositores, América Latina, a partir del 2002, entró en una tercera etapa de desarrollo económico y social, que esta vez sí alcanzó significativos niveles de crecimiento.

Claro está, esos sostenidos y notables niveles de crecimiento económico fueron logrados debido a la creciente demanda de China de materias primas de distintos países de la región. De esa manera, los astronómicos índices de crecimiento alcanzados por la economía china se convirtieron en la locomotora que impulsaba la economía latinoamericana durante la primera década del siglo XXI.

Una innovación latinoamericana durante esa reciente etapa de crecimiento económico fue el no considerar que ese crecimiento por sí mismo sería una fuente de prosperidad y bienestar para la población. Por primera vez en la región se aplicaron políticas proactivas de carácter social, como las de transferencia condicionada de recursos y el combate al hambre, que se tradujeron en resultados tangibles y medibles de reducción de la pobreza y mejoría de la calidad de vida.

La interrogante que quedó flotando en el ambiente intelectual parisino, reunido en el auditorio de la Casa de América de América Latina, era si aquel crecimiento espectacular alcanzado a lo largo de una década sería sostenible para la región.

La respuesta no se hizo esperar: lo sería en la medida en que se realizase una transformación productiva. En caso de que esa transformación no pudiese materializarse, entonces América Latina no tendría un futuro promisorio.

La transformación a la que se hace referencia implica el proceso de cambio o conversión de las materias primas o recursos naturales en bienes industriales con mayor valor agregado, con lo cual se multiplica la capacidad de generación de riqueza.

Con respecto a la crisis financiera y económica global, iniciada en el 2008, se determinó que por vez primera también en la historia, la región pudo eludir ser afectada por un fenómeno financiero de la magnitud del que todavía hoy se extiende por diversas economías del mundo.

A pesar de la severidad de la crisis, en América Latina ningún banco quebró, y si de alguna manera el crecimiento disminuyó, fue fruto del desplome del comercio internacional, que, a su vez, hizo caer los ingresos fiscales y, por vía de consecuencia, los niveles de inversión pública.

Pero, por demás, la manera en que la región logró sortear el peligro, prueba la eficacia de las reformas financieras realizadas con anterioridad a la crisis, el nivel de resistencia de sus economías y la capacidad de aplicación de políticas contra cíclicas.

En cuanto a los retos o desafíos que enfrenta la zona, se estimó, en palabras de Ernesto Ottone, que “si bien las democracias electorales se hayan fuertemente extendidas, su consistencia es aún frágil, los poderes no están debidamente balanceados y las instituciones continúan siendo precarias y poco inclusivas”.

De igual manera, los niveles de desigualdad en la distribución del ingreso se encuentran entre los más altos del mundo; y el grado de violencia generado por el narcotráfico y el crimen transnacional organizado, constituye en la actualidad una de las principales preocupaciones de la ciudadanía.

CELAC

A pesar de eso, sin embargo, América Latina puede presentar como aportes, en el marco de la globalización, su esfuerzo de integración regional mediante la creación, por vez primera, de una institución que se erige como la legítima representante de todos los países del área: la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe (CELAC).

Las relaciones internacionales se han diversificado y extendido a países y regiones del mundo con los cuales se tenía escasa relación. El Brasil forma parte de un grupo de economías emergentes conocido como BRICS, integrado, además, por Rusia, India, China y África del Sur.

Más aún, Brasil, conjuntamente con México y Argentina, son miembros, a su vez, del poderoso G-20, creado a raíz de la crisis financiera global, en el 2008, con lo cual se le reconoce importancia y peso específico como potencias regionales.

Hay matices diversos en la forma de conducción de la política en cada uno de los países. Los hay desde corte conservador, izquierda moderada y nacionalista popular. Pero lo más importante es que, salvo Colombia, no hay conflictos armados en la región, y todas las controversias se resuelven por vía pacífica.

El encuentro de intelectuales en la Casa de América Latina en París sirvió para poner a la región en el corazón del debate sobre la globalización. Para el futuro, ya la Cátedra sobre América Latina y la Globalización del Centro de Estudios Globales de la Maison des Sciences de l’Homme, anuncia nuevos diálogos, conferencias, paneles e investigaciones.

Procuraremos que la República Dominicana, lugar por donde empezó el diálogo entre civilizaciones, siempre esté presente.

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