Algo más sobre la Semana Trágica (II)

  • 24 abril 2017

El contenido de luchas de clases que llevan en su seno las crisis sociales se destaca de manera impresionante en los numerosos levantamientos de negros que se han dado en Estados Unidos a partir de 1965, ninguno de los cuales han sido de carácter revolucionario ni mucho ni poco. Es más, preocupado por el número de esos levantamientos, el primero de los cuales había tenido lugar en Watts, un suburbio de los Ángeles, y por la violencia con que actuaban las masas que tomaban parte de ellos, Lyndon B. Johnson creo el Comité Nacional de Consulta sobre Desordenes Civiles, encabezado por el gobernador de Illinois y el Síndico de Nueva York, y según se relata en The Ventage Point (libro que apareció con su firma aunque todo el mundo en Estados Unidos sabía que Johnson no era capaz de escribir nada sobre ningún tema), Johnson les pidió a los miembros de ese Comité que hicieran todo lo posible por desentrañar la causa de los levantamientos, y seguramente lo decía porque en su condición de presidente del país necesitaba saber si había razones políticas ocultas en eso que él llamaba desordenes, que costaban muchas vidas y sobre todo muchos millones de dólares en propiedades destruidas.

En los primeros levantamientos los servicios de policía, los políticos y los sociólogos dieron con un responsable: era el calor. Los de Watts y Detroit habían estallado en pleno verano y los dos fueron muy violentos. En el de Detroit el gobernador del estado (Michigan) le pidió a Johnson el envió de fuerzas militares federales porque las del estado no podían dominar la situación y desde la madrugada (del 24 de julio, 1967) estaban ardiendo 80 edificios y miles y miles de hombres y mujeres asaltaban comercios de todos los tipos. Esos asaltos eran la demostración de que la crisis social desatada por incidentes que comprobaban la discriminación de los negros por parte de los blancos llevaba en su seno una lucha de clases que había alcanzado su máximo nivel al pasar de los sentimientos a la acción de las masas negras atropelladas por la población blanca, pues podemos estar seguros de que ningún negro rico participaba en eso que Johnson y la mayoría de los norteamericanos blancos calificaban de desórdenes.

Pero los levantamientos de abril de 1968 no podían ser provocados por el calos, primero, porque abril es siempre fresco en Estados Unidos, y segundo, porque de Johnson para abajo todos los blancos de Estados Unidos sabían que esos “desordenes” habían sido detonados o provocados por el asesinato de Luther King, el predicador mulato que había ganado en 1964 el Premio Nobel de la Paz precisamente porque lo que predicaba era la no violencia en la lucha de los negros de su país por la conquista de los derechos civiles que se les habían negado a pesar de que había pasado más de un siglo desde que el gobierno encabezado por Abraham Lincoln había dispuesto su liberación, lo que equivale a decir el fin de la esclavitud de los negros. Luther King había iniciado esa lucha con una marcha de medio millón de negros llevado a cabo en Washington en 1963, pero a la hora de su muerte ya la mayoría de la población negra norteamericana no creía en la no violencia como método de lucha para que se le reconocieran sus derechos civiles, y la noticia del asesinato del predicador de la no violencia corrió instantáneamente por todo el país y por donde iba desataba la lucha de clases de los negros pobres y muy pobres contra los blancos, porque en Estados Unidos la lucha de clases había adquirido la apariencia de una lucha de razas.

Más Violencia en EE.UU.

En el libro atribuido a Lyndon B. Johnson se cuenta que cuando se recibió en Washington la primera noticia de que a Luther King la había sucedido algo grave, empezaron a formarse en las calles 14 y U grandes grupos de personas, naturalmente negras, y que una hora después que se supo que King había muerto (a las 8:30 de la noche dl 4 de abril, fecha del asesinato del predicador) la multitud comenzó a moverse por la calle 14 y pedía que se cerraran las puertas de los comercios en demostración de duelo, pero más tarde empezaron a oírse discursos “inflamatorios” y a poco caían ventanas rotas y al dia siguiente los incendios destruían manzanas enteras de edificios de la capital del país. En el libro no se mencionan los asaltos a los establecimientos comerciales, pero todo el que leyó las noticias de los hechos en los días en que estaban sucediendo sabe que las multitudes arrasaban con alimentos, muebles, vehículos, ropa, y no solo en Washington sino en todos los lugares donde la muerte de Luther King sirvió de detonante para desatar en Estados Unidos la lucha de clases con una intensidad asombrosa.

En la naturaleza social los fenómenos que responden a determinadas causas se producen de tal manera que aun tratándose de hechos separados por distancias geográficas o de tiempo, si están originados en razones semejantes presentan las mismas características; por ejemplo, la rapidez y la manera no estudiada todavía de como las pobladas se extienden por una ciudad grande, de barrio en barrio que a veces están muy alejados unos de otros, o de ciudad en ciudad en un país dado; así, las que estallaron en Estados Unidos a la muerte de Luther King iban repitiéndose por todo el inmenso territorio de aquel país. Lyndon B. Johnson dice en el libro que el mismo se atribuye que “antes de que terminara el holocausto (de Washington) cuarenta ciudades pasaron por la misma trágica experiencia”, y menciona entre esas ciudades o Chicago, Baltimore, Pittsburgh, Kansas City, Trenton, Youngstown, Jacksonville”, pero en realidad fueron más de cien de acuerdo con lo que dice en la página 273 la Bicentennial Illustrated History of The United States publicada en 1975 por U.S. News and World Report.

De haber ocurrido algo parecido ahora, y no hace unos veinte años, el mundo entero habría oído al presidente Ronald Reagan diciendo que esos motines o disturbios o pobladas eran obra de un plan soviético—cubano, pero Johnson no se aventuró a decir nada semejante a pesar de que no era menos anticomunista que Reagan como lo demuestra la invasión militar de nuestro país decidía por el con el argumento de que el levantamiento militar del 24 abril era la ejecución de un plan del comunismo internacional; pero lo cierto es que las pobladas negras en Estados Unidos no fueron estallidos revolucionarios sino explosiones sociales, y lo mismo, exactamente lo mismo fueron las que conocieron los capitaleños y los habitantes de algunos otros lugares de nuestro país en los días de la Semana Trágica. Lo que fue diferente entre aquellas y las de aquí fue la intensidad de la violencia, mayor allá que en la Republica Dominicana.

Burro no es Caballo

El Comité Nacional de Consulta sobre Desordenes Civiles que había formado Johnson no pudo determinar que causaba las pobladas negras, y nadie en los Estados Unidos lo sabía varios años después, cuando estallaron en lo que los periódicos de Nueva York bautizaron con el nombre de La Noche de los Animales, que tuvieron lugar en el Bronx, en Queens, en Brooklyn y en Manhattan los días 13 y 14 de julio de 1977. En esas pobladas fueron destruidos por el fuego más de mil comercios y fueron saqueadas más de 2 mil millones de dólares, y tal como dijimos en el número 93 de Vanguardia en un artículo titulado ¡A Comprar sin Dinero!, todas esas pérdidas “no fueron la obra de gentes que actuaban siguiendo un plan sino el producto de una erupción social incontenible que puede compararse con la de un volcán poderoso en cuyas entrañas hervía desde hacía tiempo, y crecía de manera incontenible, una enorme cantidad de lava que era impulsada por el fuego de la injusticia social”.

Esas pobladas de 13—14 de julio de 1977 confundieron totalmente a los comentaristas de la prensa de Nueva York que no tenían asidero posible para achacárselas a planes soviéticos y cubanos. Lo que desato esas pobladas, porque fueron muchas a la vez, cada una en un barrio distinto de la llamada Ciudad—Imperial, fue un apagón eléctrico. El articulista William Safire de The New York Times, que escribía los discursos de Nixon cuando este era presidente, escribió lo que en la jerga de los periódicos norteamericanos llaman un ensayo que título ¿Por qué? Así, en español, y en él se preguntaba: “¿Por qué cuando las luces de la ciudad se apagaron hubo una orgia de destrucción y saqueo que costo mil millones de dólares, llevada a cabo por los habitantes de los barrios bajos de la ciudad?”.

Safire no podía responder a la pregunta que el mismo se hacía porque un norteamericano típico, por muy periodista que sea, no tiene ni siquiera una idea aproximada de que es una lucha de clases; y no debe sorprendernos que los ciudadanos promedios de Estados Unidos no sepan que es la lucha de clases porque tampoco lo saben en la República Dominicana los líderes de los partidos calificados por ellos mismos de marxistas—leninistas, esos que forman el Frente de la Izquierda Dominicana o FID.

Tales líderes, pero sobre todo los del PCD, no han hecho nunca el análisis de un problema nacional o internacional a partir de las fuerzas generadas por las luchas de clases, y no lo hacen porque ignoran la significación de tales fuerzas, y al ignorarlas no pueden distinguir hasta que limites actúan esas fuerzas en el estallido y el desarrollo de una crisis social y como lo hacen en una crisis política. En una crisis social las masas actúan llevadas por impulsos personales de cada uno de los hombres y mujeres que las forman; por esa razón no lo hacen de manera organizada y mucho menos siguiendo un liderazgo político, y en consecuencia el partido político que quiera sacar ventajas de una poblada comete un grave error si pretende organizar y dirigir a los que toman parte en ella.

La lucha de clases toma los cauces revolucionarios solo cuando el estallido de una crisis política ha sido dirigido por un partido político cuyos líderes no confunden una crisis social con una crisis política o viceversa. La condición de pendenciero, de busca pleitos, de aventurero, es muy común entre los políticos pequeño—burgueses, pero el hecho de que abunden los dirigentes con esas características no significa que sean realmente líderes, que un burro no se transforma en caballo de carrera porque le pongan una silla de cuero en vez del aparejo que le corresponde.

5 de junio 1984.-