Bosch: Clases y Psicología (2)

  • 03 mayo 1978

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 3 de mayo de 1978
Página 4.-

No es fácil hablar de las condiciones materiales de existencia de un obrero dominicano en el año 1978 porque aunque algunos se alarmen ante lo que vamos a decir, no conocemos en nuestro país el primer ejemplo de lo que podríamos llamar un obrero puro, que sería un obrero hijo de obreros o por lo menos criado desde su infancia en un ambiente hogareño o en un vecindario de obreros, caso que se ha dado durante mucho tiempo en varios países de Europa y que se da ahora de manera natural en cualquier país socialista.

El obrero dominicano es de origen bajo pequeño burgués campesino, normalmente de las capas pobre y muy pobre, que empezó a salir de su conuco para trabajar en industrias cien años atrás, cuando se inició en nuestro país el renacimiento de la fabricación de azúcar, pero las condiciones materiales de existencia que se le ofrecían en los ingenios no eran superiores, sino quizá inferiores, a las que tenía en su conuco, porque era llevado a vivir en un bohío o rancho tan pobre como el que había dejado en su campo, estaba forzado a comer, en el mejor de los casos, el mismo tipo de comida, pero no era dueño de su tiempo como lo era cuando explotaba el pedazo de tierra que podía considerar como el patio de su casa y tenía a su servicio a su mujer para hacerle el sancocho o el café cuando cruzaba la puerta del bohío después de haber pasado el día trabajando con la machete o la azada o la coa.

El hecho de que las condiciones materiales de existencia que encontraba el campesino dominicano que abandonaba su conuco y su familia para irse a trabajar a un ingenio de azúcar fueran no sólo diferentes, sino peores que las que tenía en su campo, determinó que el campesino no se transformara en obrero azucarero; al contrario, lo que hizo fue abandonar los campos de caña y volver a su condición de miembro de la capa pobre y muy pobre de la baja pequeña burguesía campesina o se fue a trabajar como peón en los contados y pequeños centros urbanos de la época, y a su vez ese hecho llevó a los propietarios de los ingenios a sustituir al campesino dominicano con trabajadores haitianos y cocolos (ingleses de las islas del Caribe), porque en el país no había quienes pudieran ocupar el sitio de trabajo que el campesino había abandonado.

Hubo algunos campesinos que se quedaron trabajando en los ingenios de azúcar; fueron los que tuvieron la capacidad indispensable para especializarse en algunas tareas, como la de carreteros y la de pesadores de caña o trabajadores de los talleres, pero ésos formaban una minoría que tenía muy poco peso numérico en comparación con los que habían vuelto a sus campos y con la cantidad de haitianos y cocolos que pasaron a sustituir a los que se habían ido. Años después llegó a los ingenios una nueva ola de campesinos, pero no de manera espontánea sino estimulada por Trujillo, que había comprado diez de los catorce ingenios que había entonces en el país y luego hizo construir dos más, el Río Haina y el Catarey, y Trujillo quería que en sus ingenios hubiera trabajadores dominicanos, no haitianos ni súbditos ingleses.

Breve Historia

¿Qué se proponía conseguir Trujillo con eso de tener dominicanos, en vez de extranjeros, trabajando en sus ingenios? ¿Era favorecer a sus compatriotas porque él se sentía nacionalista?

No. Trujillo había pasado en 1938 y 1939 por una experiencia muy dura, la de verse obligado a pagarle al gobierno haitiano 750 mil dólares como indemnización por los ciudadanos de Haití que habían muerto en la matanza de 1937, y seguramente recordaba que algunos años antes Gerardo Machado, el dictador cubano, tuvo que pagarle al gobierno inglés una fuerte suma por la muerte de algunos cocolos, trabajadores de ingenios, que habían sido ametrallados, mientras participaban en una huelga, por miembros de la Guardia Rural de la hermana isla. Si en sus ingenios se producía una huelga, como las que habían estallado en 1942 y 1946 en La Romana, y tenía que matar trabajadores, como lo había hecho en 1946 después que la huelga había pasado, nadie le pediría cuentas si las víctimas eran dominicanos, y en cambio sí mataba haitianos, cocolos o puertorriqueños, de los muchos que trabajaban en los ingenios del país, podía verse en una situación difícil que le obligara a pagar caro en el orden económico y en el político, y para Trujillo lo económico y lo político tenían la misma importancia y en todos los casos se entrelazaban íntimamente. Si se veía en el caso de tener que dominar una rebelión obrera en los ingenios azucareros, podía hacerlo sin temores siempre que en los ingenios no trabajaran, o lo hicieran muy pocos, ni haitianos ni súbditos ingleses, lo que exigía que se llevaran dominicanos a ocupar los puestos de trabajo de unos y otros. Ahí estuvo el origen de lo que podríamos llamar la dominicanización del trabajo en la era trujillista.

Pero esos dominicanos que pasaron a trabajar en los ingenios de Trujillo no eran obreros sino campesinos, como los que habían salido de sus conucos a partir de 1870 y tantos para ir a cortar caña en los primeros ingenios modernos que se establecieron en el país y como los que lo habían hecho en los años de 1920 y tantos, si bien los del tiempo de Trujillo eran campesinos diferentes, o porque habían pasado a vivir en las ciudades en busca de trabajo o porque habían recibido las influencias de las ciudades a través de la radio, que a mediados de este siglo se oía ya en las zonas rurales. Una parte de esos campesinos que pasaron a trabajar en los ingenios de Trujillo volvió a las ciudades después de la muerte del dictador, pero una cantidad que no podemos determinar se quedó como obreros de transportes y de los llamados trabajos de factoría, y los puestos de los que abandonaron los ingenios tuvieron que ser cubiertos, y lo son todavía hoy, a la altura de 1978, por inmigrantes haitianos, pero de todos modos los trabajadores azucareros dominicanos deben ser ahora unos 70 mil, tal vez 75 mil, y quizá entre 20 y 25 mil sean haitianos.

En realidad, no sabemos cuántos son los dominicanos que trabajan en la industria azucarera, pero tampoco sabemos cuántos trabajan en las demás industrias, de manera que no tenemos datos concretos acerca del número de obreros industriales que hay en el país, y naturalmente, tampoco sabemos qué salarios ganan ni cuál es su aporte a la economía nacional; lo que sí sabemos de los obreros del azúcar es que trabajan durante una parte del año, lo que los sitúa en la condición de semi-proletarios, de manera que en su caso es difícil determinar cuáles son sus condiciones materiales de existencia. Si hemos hecho brevemente su historia es porque debido a circunstancias especiales ellos formaron la base histórica de la clase obrera dominicana y además porque numéricamente son el sector más importante de los trabajadores dominicanos.

Pero Trujillo fue determinante no sólo en lo que hemos llamado la dominicanización del trabajo en los ingenios azucareros sino que lo hizo también en otros campos, porque como empresario y beneficiario de la creación del capitalismo nacional, y especialmente del industrial y del financiero, a él le tocó la tarea de establecer industrias como la del cemento, la de la harina de trigo, la del aceite de cocina, la del tejido, la eléctrica (mediante la nacionalización de la planta de la Capital y la organización de todas las del país en un monopolio estatal); y en todas esas industrias pasaron a trabajar dominicanos, la mayoría de ellos en condición de obreros, y el solo hecho de contar con un salario seguro, aunque fuera muy pequeño, determinó que los bajos pequeños burgueses pobres y muy pobres que lo conseguían comenzaran a ser condicionados en su comportamiento social porque para ellos que-daban establecidas, a partir del día en que eran empleados como trabajadores de esas industrias, condiciones materiales de existencia de las cuales no habían tenido hasta entonces la menor noticia.

Las Condiciones

¿Cuáles eran esas condiciones materiales de existencia?

Primero que ninguna otra, la que determinaba la venta de su tiempo como consecuencia natural de la venta de su fuerza de trabajo. En la venta del tiempo del obrero, de cuya, importancia no siempre se dan ellos cuenta, se manifiesta la enorme diferencia que hay entre un capitalista y el obrero que trabaja para él, porque desde el momento en que se adueña de los bienes de producción, el capitalista se adueña también del tiempo de los que trabajan en su empresa, mientras que al vender junto con su fuerza de trabajo ^ la parte tal vez más grande de su tiempo libre, el obrero queda sometido a reglas muy estrictas, I más estrictas cuánto más desarrollada, en el sentido capitalista, es la sociedad en que vive.

Esas reglas no toleran ni descuidos ni rebeldías. En primer lugar, el obrero tiene que aprender de inmediato a usar su tiempo de manera disciplinada, y si hasta el momento en que consiguió trabajo en una fábrica le gustaba acostarse tarde y levantarse también tarde, tendrá que enseñarle a su cuerpo nuevos hábitos; y si le dedicaba tiempo en horas del día a reunirse con amigos, tendrá que cambiar esas reuniones hacia horas de la noche, siempre que sean horas tempranas porque deberá estar en su trabajo día tras día antes de que el capataz o el jefe de personal dé la orden de que pongan las máquinas en funcionamiento.

Las condiciones materiales de existencia del capitalista quedan determinadas por la cantidad de dinero que gana porque de ella dependen la extensión y la importancia de su negocio pero también su nivel de vida, pero en las condiciones materiales de existencia del obrero tiene escasa influencia su nivel de vida y en cambio la tienen en alto grado su horario de trabajo, las funciones que desempeñe en el trabajo y la mayor o menor intensidad de atención que esté obligado a prestarles a esas funciones. Si en el caso del capitalista podemos decir que su trabajo lo hace a él en la misma medida en que él hace su trabajo, en el caso del trabajador eso es una verdad contundente, especialmente si se trata de un obrero industrial, porque los que manejan máquinas tienen que someterse a las leyes de esas máquinas, que por ser máquinas carecen de conciencia y de sentimientos y exigen, de manera implacable, que el obrero les sirva con obediencia absoluta.