Bosch: Que Equivocados Están (2)

  • 07 junio 1978

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 7 de junio de 1978
Página 4.-

La alta dirección del PRD había previsto los acontecimientos que iban a producirse a partir de la vuelta al país de los hermanos de Trujillo, y le había comunicado al Dr. Balaguer que estaba dispuesta a luchar “hasta en los callejones y con palos de cercas, si no había otra cosa”, pero la verdad era que para hacer eso sólo podíamos contar con nuestra capacidad de agitar y dirigir masas, que no serían las del PRD porque para esos días el PRD no contaba ni con hombres ni con organización. Los que tenían hombres y organización eran el Movimiento 14 de Junio y el MPD, y sobre todo, su aliada, la Unión Cívica. I En noviembre de 1961 el PRD era sólo el proyecto, en la cabeza de sus líderes, de lo que iba a ser un año después. Por entonces el PRD estaba aislado de las masas, especialmente de las de las ciudades, porque en los campos no podíamos penetrar todavía debido a que lo impedía la Policía Rural, que dominaba en ellos; y ese aislamiento nuestro se debía más que nada a la agresiva acusación de trujillistas que mantenían contra nosotros los izquierdistas del 14 de Junio y del MPD, más agresiva aun que la que nos hacen ahora casi todos los grupos marxistas—leninistas y maoístas.

En las primeras horas de la tarde del día 18 de S noviembre no se sabía lo que había pasado en la Hacienda María, pero por alguna razón la gente se sentía inquieta y temerosa. Nosotros estábamos en el hotel Embajador, adonde nos habían dado cita dos personas que querían ayudar económicamente al PRD, cuando se nos acercó un joven y nos dijo que poco antes un policía había p tirado una granada cerca de la piscina del hotel; minutos después llegó alguien a decirnos que quería presentarnos a un hombre importante, y ese hombre importante nos aconsejó que nos fuéramos del Embajador. Acababa el desconocido de decirnos esas palabras cuando oímos; otras, dichas en alta voz: “¡Profesor Bosch, al teléfono!” El que nos habló a través del teléfono era un guardia porque su lenguaje lo denunciaba de lejos, y lo que nos dijo fue que abandonáramos inmediatamente el lugar porque corríamos peligro.

¿Cómo había sabido el que nos hablaba que estábamos en el Embajador y por qué razón nos decía algo que coincidía con lo que minutos antes nos había dicho el desconocido que acababan de presentarnos? Nos pareció que entre uno y otro había un acuerdo, y lo creímos más cuando el desconocido nos dijo que él podía ofrecernos un helicóptero para llevarnos a Puerto Rico. Al oír esa oferta nos dimos cuenta de que el que la hacía era norteamericano y tuvimos la sospecha de que podía ser un agente secreto; y como nada de lo que nos había pasado estaba claro, esa noche no fuimos a dormir a la casa donde vivíamos, que era la de nuestra hermana Josefina en la calle Polvorín, sino que la pasamos en la de un hermano del Dr. Humbertilio Valdez Sánchez, adonde nos llevó el mismo Humbertilio en las primeras horas de la noche.

Para Salvar la Patria

En la mañana del día 19, muy temprano, se oyeron tiros por los lados del Palacio Presidencial y a eso de las 8 llegó Valdez Sánchez a buscarnos. Serían las 9 cuando una estación de radio empezó a pasar mensajes que algunas personas le enviaban al general Rodríguez Echavarría; tal vez a las diez llegó la noticia de que aviones de la base de Santiago estaban bombardeando San Isidro y nosotros salimos a dar una vuelta por la ciudad. Desde la plaza Rubén Darío vimos las siluetas de los barcos de guerra norteamericanos. En horas de la tarde se dijo que Negro y Petán habían salido otra vez del país, y a lo sumo una semana más tarde se inició la huelga general cuya finalidad era derrocar el gobierno de Balaguer. Una infinidad de gente creyó que esa huelga triunfaría, pero nosotros nos negamos a apoyarla porque la historia enseña que las huelgas políticas que no tienen respaldo de las fuerzas militares están destinadas al fracaso debido a que lo que tumba gobiernos no son las huelgas sino la decisión militar de no seguir apoyándolos; y eso estaba sucediendo en la República Dominicana en la primera de las huelgas generales de su historia: que las Fuerzas Armadas, en-cabezadas por el general Rodríguez Echavarría, se negaron a darles respaldo a los huelguistas, y cuando la huelga terminó Balaguer seguía en el poder, como si no hubiera pasado nada.

Muy pocos días después de haber pasado el paro nos llamaron de parte de Rodríguez Echavarría, quien nos invitaba a verlo en la Secretaría de las Fuerzas Armadas, que estaba en la Feria (hoy. Centro de los Héroes). Al llegar, un oficial nos hizo pasar a un salón en el cual entró poco después el Dr. Manuel Tavarez Justo, y según nos dijo, había sido llamado también por el jefe militar del país. Cuando entró en el salón, Rodríguez Echavarría fue derecho al grano del asunto que quería tratar; dijo que aunque debido a su posición en el gobierno no era a él, sino a un civil, a quien le tocaba hablar con nosotros, tenía que hacerlo porque si en el país se desataban luchas duras, el Ejército (la Guardia, dijo él) tendría que enfrentarse con el pueblo, y él no quería que eso pasara; explicó que aquí había mucho que hacer y que quien podía hacerlo era el Dr. Balaguer, no la Unión Cívica, y nos pidió que apoyáramos al Dr. Balaguer. Del salón en que estábamos se salía por un pasillo corto, y cuando nos íbamos, por ese pasillo entraba un coronel norteamericano (nos parece que se llamaba Caas o algo así) a quien acompañaba el general Rodríguez Reyes, que iba a hallar la muerte poco más de un año después en los sucesos de Palma Sola.

Esa noche, estando en la cama, oímos gritos que partían, según creíamos, de la Puerta del Conde y se expandían hacia distintos puntos de la ciudad. Por la calle Mercedes pasaron varias personas (debían ser hombres jóvenes) a la carrera coreando la consigna de ” ¡Abajo el pato prieto! “, con la cual se pretendía unir en una misma imagen a Rodríguez Echavarría y a Ramfis porque a éste se le había puesto el nombrete de Pato debido a que en su condición de jefe del Estado Mayor Conjunto, nadaba (alusión a la Marina de Guerra), volaba (alusión a la Aviación) y caminaba (alusión al Ejército), y Rodríguez Echavarría era también jefe de las tres fuerzas.

Como era natural, nos dimos cuenta en el acto de que esos gritos eran la respuesta a lo que nos había planteado en horas de la tarde el secretario de las Fuerzas Armadas, y lo confirmamos cuando al día siguiente Arturo Morales Carrión, subsecretario de Estado del gobierno de John F. Kennedy, que actuaba aquí como jefe de la misión diplomática de los Estados Unidos, nos recomendó que no nos dejáramos influir por los funcionarios balagueristas, “civiles o militares”, y detrás de sus palabras nosotros veíamos al coronel Caas, o como se llamara.

No había que ser un lince para darse cuenta de quiénes eran los que dirigían los acontecimientos políticos del país y de qué trucos se valían para hacerlo. Los elementos activos de esos hechos, los que movilizaban a las masas de la Capital y Santiago, se habían dejado convencer de que para darles solución a los males dominicanos había que llevar a sus últimas consecuencias la lucha de los anti-trujillistas contra los trujillistas. Sólo así se salvaría la patria.

La Oferta

Rodríguez Echavarría, que no era político sino militar; se daba cuenta de que no era verdad que la división fundamental, y por tanto antagónica, de los dominicanos era entre trujillistas y anti-trujillistas; pero además se daba cuenta de otras cosas, según no tardará el lector en saberlo. En esos días, nos parece recordar que fue a partir de mediados de diciembre, nos llamaba a menudo y por invitación suya fuimos a la Secretaría de las Fuerzas Armadas dos veces más. De lo que se habló en ellas hay vivos sólo dos testigos; uno de ellos es el general y el otro es el autor de estas líneas, de manera que sólo admitiremos aclaraciones, y en ningún caso negativas, del propio Rodríguez Echavarría; y decimos que en ningún caso negativas porque lo que vamos a decir sucedió, sustancialmente, tal como lo diremos, aunque en algún que otro caso digamos rojo donde el general dijo rosado, o viceversa.

Una de esas reuniones, sin que podamos recordar si fue la primera o fue la segunda, tuvo lugar en la mañana de un domingo y fue interrumpida; por una llamada telefónica que le hacían a Rodríguez Echavarría desde el Palacio Presidencial. El general nos pidió que lo esperáramos. “Es cosa de pocos minutos”, nos dijo. Y efectivamente, no tardó en volver. Llegó con cara de preocupación y mientras tomaba asiento explicó; que en el Palacio se había dado una escena muy penosa. Morales Carrión, el cónsul Hill y otro funcionario de la Embajada de los Estados Unidos estaban exigiéndole al Dr. Balaguer que presentara renuncia de su cargo, “y yo le dije: Excelencia, estos señores no tienen derecho a hacer lo que están haciendo. Declárelos personas non gratas y yo se los saco de aquí de una vez”, nos contó. E inmediatamente pasó a decirnos: “Hay que buscarle solución a lo que está pasan- J do. Yo estoy dispuesto a proponerle al Dr. Balaguer mi renuncia como secretario de las Fuerzas Armadas y el nombramiento de usted a ese puesto, para que después que usted se juramente el Dr. Balaguer renuncie y usted pase a ser presidente. Estoy seguro de que el Dr. Balaguer aceptará mi plan y yo le garantizo a usted el respaldo de las Fuerzas Armadas como presidente de la República. Es más, si quiere empezar su gobierno nombrando a otra persona secretario de las Fuerzas Armadas, usted lo hace y yo le obedezco”.

A semejante proposición, ¿qué podíamos responder?

Nada, porque no podíamos aceptar pero tampoco podíamos presentarnos ante los miembros del Comité Ejecutivo del PRD diciendo que nos habían ofrecido el poder y habíamos rechazado la oferta. Para rechazarla necesitábamos tener la autorización de ese organismo, aunque fuera, como era, un Comité Ejecutivo de hombres que en su mayoría tenían poca experiencia para opinar juiciosamente acerca de una oferta como ésa. 1 E hicimos justamente lo que debíamos hacer, como explicaremos en el próximo artículo de esta serie.