Bosch: Que Equivocados Están (y 3)

  • 14 junio 1978

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 14 de junio de 1978
Página 4.-

En la mañana que siguió al domingo de la reunión que tuvimos en la Secretaría de las Fuerzas Armadas con el general Rodríguez Echavarría celebró sesión en la calle Polvorín No. 7, el Comité Ejecutivo Nacional del PRD; pero de esa sesión no se levantó acta, como no se levantó de ninguna de las que se hicieron en esos tiempos, porque el PRD no disponía entonces del equipo mecánico y humano que hacía falta para mantener en función una burocracia partidista. La reunión había sido convocada por nosotros para dar en ella cuenta de lo que nos había dicho el día anterior el general Rodríguez Echavarría y para que el más alto organismo del PRD tomara un acuerdo en relación con la propuesta del jefe de las Fuerzas Armadas. Buenaventura Sánchez opinó que debíamos responder aceptando el poder, y que debíamos hacerlo inmediatamente. No hubo votación porque la mayoría de los presentes quería conocer más detalles de la oferta; y al final nos tocó explicar nuestra posición que era opuesta a la de Buenaventura Sánchez. La sustancia de nuestros argumentos fue la debilidad orgánica del PRD, una debilidad que no nos daba pie para hacernos ilusiones de mantenernos en el poder en caso de que tuviéramos que encarar una crisis seria, y dijimos que esa crisis se nos presentaría en el momento mismo en que se hiciera público que el PRD tomaría el gobierno. Según recordamos, las palabras que usamos en esa ocasión fueron más o menos éstas: “Los que están empujando para sacar del poder a Balaguer son los yanquis, y a través de los sectores más derechistas de Unión Cívica, los yanquis manejan a los grupos de izquierda que dominan las calles de la Capital, y nosotros no tenemos ni gente ni organización para hacerles frente a esos grupos. Si cogemos el poder ahora, duraremos en él tres días y después no podremos cogerlo nunca más, o por lo menos en muchos años”.

Ese era un argumento que los miembros del Comité Ejecutivo Nacional del PRD podían entender muy bien porque todos ellos estaban enterados de que para esos días, poco después de haber fracasado la huelga general que duró hasta el lunes de la segunda semana de diciembre (1961), el PRD podía contar a lo más con unas diez mil adhesiones que no se habían traducido aún en existencia de organismos capaces de coordinar una acción de amplitud nacional. En la Capital había tal vez unos 20 sub—comités formados en su mayoría por hombres y mujeres de la baja pequeña burguesía pobre y pobrísima, que todavía no tenían la menor experiencia en tareas políticas; había un Comité Municipal en San José de Ocoa y personas sueltas, simpatizantes del PRD, en algún que otro sitio del país y unidos en una acción, los cívicos, los catorcistas y el MPD estaban en capacidad de barrernos del poder como la escoba, en manos de una mujer fuerte, barre la basura.

El 16 de enero

La mano poderosa que nos habría barrido del gobierno si hubiéramos aceptado la oferta del secretario de Estado de las Fuerzas Armadas era el poder norteamericano, que había planeado la sustitución de Balaguer por la de un Consejo de Estado y no iba a aceptar de ninguna manera que ese plan quedara sin realización y que en vez del Consejo de Estado que era su criatura se estableciera un gobierno del PRD encabezado por nosotros, pero tampoco lo hubieran aceptado las izquierdas dominicanas que nos acusaban I de ser un instrumento del imperialismo y a la vez agentes trujillistas, ni lo habrían aceptado los sectores derechistas de la Unión Cívica, que compartían con la Embajada de los Estados Unidos la idea de que había que llevar al poder a un Consejo de Estado en el cual hubiera hombres de su confianza, hombres “anti-trujillistas y moderados”. Si se aceptaba la oferta del general Rodríguez Echavarría, lo que suponía que el Dr. Balaguer le diera su respaldo, el país habría visto el espectáculo, tal vez único en el mundo, de una juventud de izquierda disparando hacia el Palacio Nacional piedras puestas en sus manos por funcionarios de la Embajada norteamericana.

El Comité Ejecutivo Nacional del PRD adoptó nuestra posición y así se lo hicimos saber al general Rodríguez Echavarría a través de una comisión que encabezó Buenaventura Sánchez, y a partir de ese momento tuvimos que eludir la insistencia del jefe militar, que nos llamaba con frecuencia por teléfono para insistir en que debíamos aceptar su propuesta. La doctora Milagros Ortiz, que todavía no usaba el apellido Basanta porque estaba soltera se hizo cargo de atender las llamadas telefónicas del general y de darle en caso necesario el número del teléfono adonde podía llamarnos; y así estuvimos, él llamando cada vez con más frecuencia porque quería adelantarse a la decisión que debía tomar Balaguer en lo que se relacionara con la creación del Consejo de Estado, y nosotros explicándole que no podíamos aceptar su oferta. Al fin el 30 de diciembre el Dr. Balaguer nombró los miembros del Consejo de Estado nuevo tipo de gobierno que él mismo iba a presidir y en cuya vicepresidencia quedó el Lic. Rafael F. Bonnelly. Al comenzar el año 1962, el Consejo de Estado pasó a ser el gobierno de la República, pero el día 16 se produjeron los hechos del Parque Independencia que llevaron a su punto más alto la crisis en que estaba viviendo el país desde hacía siete meses y medio y al subir a ese punto la crisis se llevó por delante al Dr. Balaguer y al general Rodríguez Echavarría.

Detengámonos un poco a ver, con la perspectiva histórica que nos ofrece el tiempo pasado entre enero de 1962 y junio de 1978, los hechos a que estamos refiriéndonos:

Unión Cívica tenía un local frente al parque Independencia y en ese local había un altavoz por el cual se les transmitían consignas a los grupos que se reunían en el parque. Desde hacía tiempo, todas las consignas pedían que el Dr. Balaguer abandonara el gobierno, y ese día 16 la petición se hacía con palabras y tono fuera de lo común; de pronto llegó al sitio una patrulla militar que llevaba una escalera, un soldado trepó por ella y comenzó a desconectar el altavoz. En un momento se reunieron frente al local de Unión Cívica cientos de personas de las cuales salieron algunas que pretendieron llevarse la escalera, y segundos después apareció por allí un tanque de guerra y empezaron a oírse disparos. La gente huyó, pero ya había cinco cadáveres y varios heridos, tal vez docena y media; y al empezar la noche Balaguer había abandonado el gobierno dejando tras sí al frente del Estado a una junta llamada Cívico Militar porque estaba compuesta por civiles y militares, y algunos miembros del Consejo de Estado fueron enviados a San Isidro en condición de presos; dos días después. Rodríguez Echavarría, que seguía siendo el jefe militar del país, era hecho preso por dos oficiales que tres años más tarde iban a enfrentarse en lados opuestos de la Revolución de Abril, y estamos mencionando a Elías Wessin—Wessin y Rafael Tomás Fernández Domínguez. La Junta Cívico Militar se desplomó de golpe y Rafael Bonnelly el vicepresidente del Consejo de Estado salió de San Isidro hacia el Palacio Nacional donde a título de sucesor legal del presidente del Consejo que era el Dr. Balaguer pasó a ocupar la Presidencia del gobierno y por tanto la jefatura del Estado.

Los que se Equivocan

¡Qué equivocados estaban los que en esos días pensaron que el pueblo dominicano había actuado el 18 de enero por su libre decisión! ¡Qué equivocados estaban los que pensaron que el Dr. Balaguer había quedado políticamente liquidado para el resto de su vida!

Nada es más fácil que provocar sucesos como los del día 16 de enero de 1962 en un país donde hay motivos justificados para la agitación; y en la República Dominicana había motivos de más después de treintiún años de dictadura. Un hombre salo puede lanzar a una multitud contra una patrulla militar y aquí hubo más de uno adiestrados para dirigir acciones de ese tipo; recordamos el caso de un cubano llamado José Águila (no estamos diciendo que él tuvo que ver con los hechos del parque Independencia), que estaba bien entrenado para servicios de ese tipo. En la tarde del día 17 estábamos en casa y sonó el teléfono a través del cual oímos una voz inconfundiblemente norteamericana que nos decía que había llegado alguien (no entendimos el nombre que nos dijo) y que antes de dos días la situación habría cambiado. Y efectivamente, la situación cambió tanto que de presidente de la República el Dr. Balaguer pasó a ser un asilado en la Nunciatura Apostólica y el secretario de Estado de las Fuerzas Armadas el general Rodríguez Echavarría pasó a ser un preso si no recordamos mal en la Fortaleza Ozama. Unos meses después estando en la casa de Antonio Guzmán en Santiago alguien hizo un comentario sobre Balaguer y dijimos que no se equivocaran, que Balaguer volvería a gobernar el país. Recordamos la expresión de alarma de la señora de Guzmán cuando exclamó: ” ¡Jesús, Juan, no diga eso!”.

Estaban equivocados también las fuerzas de choque de las izquierdas cuando creyeron que le hacían un bien al país al repetir la consigna de “¡Abajo el Pato Prieto!” y los que prendieron la noche del 18 de enero a Rodríguez Echavarría. Más de dos años después de haberlo hecho el coronel Fernández Domínguez nos decía en San Juan de Puerto Rico comentando el papel decisivo que jugó en ese momento: “Nos engañaron como niños por no saber nada de política”. Y estaba equivocado el propio Rodríguez Echavarría cuando pensaba que con la sola base de las Fuerzas Armadas podría sostenerse un gobierno nuestro que por el hecho de surgir sin el apoyo del imperio nacería opuesto a él en un país don-de la izquierda se hallaba dirigida por la derecha y ésta actuaba movida por la Embajada de los Estados Unidos.

Los que se equivocaban en los últimos meses de 1961 y en enero de 1962 les dejaron una lección a los que se equivocan ahora pero los que se equivocan ahora no se toman el trabajo de aprender del pasado. Es verdad que el pasado no se repite a menos que, como dijo Carlos Marx, las tragedias se repitan en tono de comedias; pero más verdad todavía es que cuando se habla de política no podemos aprender si no estudiamos el pasado, y de quienes no lo hacen así tenemos que decir, no con menosprecio sino con preocupación: “¡Qué equivocados están!”.