Bosch: La Campaña de la Reforma (1)

  • 11 enero 1977

Vanguardia del Pueblo
Del 11 al 20 de enero de 1977
Página 4.-

En el Diario de Campaña del jefe del Ejército Libertador hay la siguiente anotación: “Día 16 de Diciembre 1896. En San Faustino, Camagüey. El más triste para mí… Me despierta la noticia de la muerte de mi hijo Pancho y del General Antonio Maceo, ocurrida en Punta Brava, Provincia de La Habana. El día 7 del actual. .. Algunos de mis compañeros abrigan la esperanza de que puede ser falsa la noticia, pero yo siento la verdad de ella en la tristeza de mi corazón. Pobre mi esposa, pobre Madre, qué golpe para tu corazón! “. A seguidas hay otra anotación con la misma fecha en la que Máximo Gómez refiere que le llegó otra comunicación, ésta enviada por un oficial cubano, Benítez y Mola, en la que confirma la noticia. El coronel Boza dice en su Diario de la Guerra:

EL 14 de diciembre acampado el Cuartel General del Ejército (ya en marcha para Occidente) en “San Faustino” como a las once de la noche me despertó un ayudante diciéndome que el General en jefe quería hablarme de algo grave… Corrí a su tienda y al verme, sin decirme una palabra, con mano temblorosa me extendió un papel y me dijo: “Lea eso”… Era una comunicación del Comandante Melchor Mola, remitiendo un periódico de Ciego de Ávila el cual decía: “que el comandante Cirujeda con fuerzas del “San Quintín” en un lugar llamado “San Pedro” cerca de “Punta Brava”, en la Provincia de La Habana, había dispersado una partida insurrecta y dado muerte a Antonio Maceo y su ayudante Francisco Gómez.

Boza cuenta que él trató de convencer al general Gómez de que esa noticia no era de fiar, y que no lo consiguió. La respuesta del jefe del Ejército Libertador fue que “si el corazón del amigo puede engañarse el de un padre es difícil que se equivoque; el mío me dice que la noticia es cierta Maceo mi compañero v mi hijo Pan- chito juntos ¡Muertos! Y a seguidas dice Boza: “Y entró en su tienda llorando el noble y gran anciano”.

Sí, entraba llorando en su tienda de campaña aquel león que había galopado machete en mano sobre la tierra de Cuba desde Oriente hasta Occidente ordenando que se le pegara fuego a todo lo que tuviera valor, porque “Yo tengo que combatir a España en todas las manifestaciones de su poder, y la combato en sus ejércitos, en su comercio, en sus industrias y en todo lo que signifique poder y de ella dependa…”

La Reacción

El día de Nochebuena Máximo Gómez quiso pasar la trocha de Júcaro a Morón y no pudo hacerlo sino el 26 en la noche; el 28 acampó en Santa Teresa, donde según dice en su Diario “Apenas llegado a este lugar recibo la confirmación oficial de la muerte de mi amado hijo y del General Antonio Maceo”. Esa anotación está confirmada por Lorenzo Despradel, dominicano de La Vega, que había llegado a Cuba poco antes con Panchito Gómez Toro, de quien se había hecho amigo entrañable en Monte Cristi. Despradel se hallaba en el Cuartel General a las órdenes del general en jefe; fue escritor y periodista y su trabajo “Máximo Gómez y la Campaña del 97” está publicado junto con “Mis Relaciones con Máximo Gómez” de Orestes Ferrara. Refiriéndose a la llegada al Cuartel General de Santa Teresa de la comisión oficial que llegó a comunicarle al general en jefe la muerte de Maceo y de Panchito, dice Despradel:

Aún me conmueve el recuerdo de ese día en que todas las fuerzas acampadas en aquel sitio, invadidas por el dolor que les causaba la desaparición del glorioso caudillo, guardaban un silencio que era la más fiel expresión de su hondo duelo. -Los soldados andaban taciturnos, disipada ya la esperanza que hasta entonces abrigaban, de que fuese incierta la muerte del guerrero invicto, y por todas partes, hasta en la escasa luz de aquel día de invierno se advertía la tristeza que invadía los corazones.

Y sigue diciendo Despradel:

AL tercer día, al romper el alba, la voz vibrante del General Gómez se dejó oír en el campamento. “¿Qué silencio es ese? “, dijo por tres veces, agregando luego con el mismo acento: “¿Es acaso porque han caído bañados en su sangre el General Maceo y mi hijo, su ayudante? ¡Han muerto cumpliendo su deber, y ahora nos toca a nosotros! Aquí no debe haber sino alegría, conformidad y decisión, cada vez que cae uno abrazado a la bandera de Cuba.

Y sigue diciendo:

Esas palabras galvanizaron a los soldados, y al salir el sol, ya resonaban por el potrero y por los lindes del monte décimas jocundas y bullicio que le devolvieron su aspecto habitual al campamento.

A partir de ahí Despradel comienza a hablar de la campaña de la Reforma, que nadie ha escrito en conjunto mejor que él así como nadie la ha descrito en detalle mejor que Benigno Souza. De lo que Despradel y Souza dijeron sobre esa campaña memorable puede sacarse en claro lo que ella fue: la más extraordinaria acción guerrillera de todos los tiempos y la corona de gloria que iba a adornar la cabeza del hombre que la concibió y la dirigió. Vista desde otro ángulo, la campaña de la Reforma fue también la reacción de Máximo Gómez al dolor inconsolable que le produjo la noticia de que Maceo y Panchito habían caído juntos y que el último había sido rematado a machetazos, hecho de salvajismo que el gran banilejo no podía olvidar, al punto que donde menos se espera aparecen aquí y allá en su Diario de Campaña estas palabras: “… ¡un machetazo! “.

La Reforma

La campaña de La Reforma lleva ese nombre porque el general Gómez la ejecutó a lo largo de veinte meses en un territorio de sesenta kilómetros cuadrados en cuyo centro había un potreé llamado así. En la Reforma había nacido su hitó Panchito el 11 de marzo de 1876, en los tiempos de la Guerra de los Diez Años, cuando el general Gómez estaba convirtiendo en realidad su plan de invadir la parte occidental de Cuba y había penetrado hasta la provincia de Las Villas. El día 28 de febrero de 1897 el general en jefe del Ejército Libertador escribía: “Me encuentro en la “Reforma” y ayer tarde fui a visitar el lugar en donde nació mi hijo Panchito. Allí lo que se ve ya es un monte. La naturaleza ha borrado las señales de su cuna, cubriendo aquel lugar con árboles nuevos que van creciendo de un modo prodigioso. Sólo hay allí, como señal evidente del rancho donde nació Panchito, dos o tres matas de mango. ..”. Ese sitio estaba tan vinculado a los recuerdos más queridos de Máximo Gómez que con él bautizó el lugar donde fue a vivir en Monte Cristi, de donde salió para ir a la última etapa de la larga guerra de la independencia de Cuba.

Benigno Souza recoge lo que dijo el Dr. Frey- re de Andrade hablando de los días de la llegada de la fuerza cubana a la Reforma, y fue lo siguiente:

Traspasado de dolor por la muerte heroica de su hijo, adusto por temperamento y por su modo de entender los deberes de General en Jefe, apenas salía de la exigua tienda en que encerraba sus actividades. Me atreví en una ocasión, en que lo encontré comunicativo, a mostrar mi extrañeza por la inacción en que estábamos en los potreros de Sancti Spíritus, y me quedé atónito cuando le oí declarar que nada estaba más lejos de su ánimo que seguir a Occidente, ni abandonar aquel territorio, y su explicación me pareció un desatino: “Si voy para La-Habana, se acaba la guerra en Occidente y le doy. gusto a Weyler; aquellas comarcas están casi agonizando, y al ir yo pocos recursos puedo llevarle en comparación con los que van a disponer los españoles para perseguirme; en cambio, si me quedo aquí, obligo a Weyler a venir a buscarme, y como tiene mucha gente en trochas, líneas militares que torpemente sostiene y no se atreve a abandonar, tendrá que sacar soldados de Pinar del Río, Habana, Matanzas y Sagua para perseguirme; de este modo nuestras fuerzas de esos territorios se reharán y tendrán respiro, habiéndoles, yo ayudado a ello sin buscar golpes de efecto inútiles”.

Y seguía diciendo:

No me atreví a discutirle lo que me pareció absurdo; pero Máximo Gómez con intuición admirable había adivinado el porvenir y antes de un mes teníamos a 40,000 españoles operando en fortísimas columnas, haciendo combinaciones pueriles para batir al General que durante más de un año se burló a mansalva de sus enemigos y llegó con sus fuerzas casi intactas al final de la campaña.

Quienes eran los enemigos

Lo que describía el doctor Freyre de Andrade (Máximo Gómez con intuición admirable había adivinado el porvenir.) es lo que distingue a los grandes jefes militares y a los grandes políticos, que tienen la capacidad de ver cuáles serán las consecuencias de sus actos. Esa capacidad no la tenía, por ejemplo, Valeriano Weyler, capitán general de Cuba que había sido enviado a la isla antillana después que Martínez Campos había fracasado al punto de haber sido derrotado en la batalla de Coliseo. Weyler llegó a Cuba con el plan de obligar a los campesinos de las regiones donde hubiera actividad revolucionaria a abandonar sus lugares de trabajo e irse a vivir a las ciudades. Weyler pensaba que si no había producción agrícola y ganadera los combatientes cubanos de la libertad se verían obligados a dejar las armas puesto que no estaban militarmente preparados para tomar las ciudades. Pero Weyler no contaba con la audacia de Máximo Gómez, que fue a meterse precisamente en una región campesina y no salió de ella a pesar de que Weyler le lanzó encima 40 mil soldados que se movían en varias columnas. Las fuerzas españolas estaban organizadas en 38 batallones y 4 regimientos de caballería que operaban bajo la dirección personal de Weyler, cuyo cuartel general se hallaba en Sancti Spíritus, a poca distancia de La Reforma.

Los enemigos de Máximo Gómez eran poderosos, pero él no temía a su poder. Un día dijo: “El mejor subalterno que tengo yo para acabar con el ejército español en Cuba es Valeriano Weyler”. Y los hechos le dieron la razón. Otro día, señalando hacia la trocha de Júcaro a Morón, que también estaba cerca de La Reforma, dijo estas palabras: “Ahí tengo yo encerrados a diez mil soldados españoles”. Y efectivamente los tenía, porque de esa trocha no saldría un soldado mientras el general en jefe del Ejército Libertador de Cuba se mantuviera invicto en La Reforma.