Bosch: La Libertad de Prensa de Molina (1)

  • 12 julio 1978

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 12 de julio de 1978
Página 4.-

Al volver al país desde Europa, donde habíamos pasado cerca de tres años y medio, iniciamos una serie de charlas que transmitía Radio Comercial. La que correspondió al 25 de abril (1970) fue dedicada en su mayor parte a la llamada libertad de expresión, acerca de la cual dijimos que había negocios que en vez de vender telas, comida o herramientas venden palabras, como sucede, por ejemplo, con los periódicos. En esa ocasión explicamos que las empresas que publican periódicos son establecimientos comerciales que venden palabras escritas; que las palabras son un artículo que no se come o no se usa para vestir, sino que va directamente al cerebro y allí modifica o ayuda a modificar las ideas de los lectores, esto es, de los consumidores de ese artículo, y más adelante hacíamos esta aclaración: Hay que distinguir pues, con mucha precisión cuándo se habla de libertad de prensa y cuándo está hablándose de libertad de empresa pues el negocio de la prensa es una empresa y aunque esas palabras se parecen mucho es bueno no confundirlas.

Casi ocho años y tres meses después de haber hablado en esa forma nos toca confirmar lo que dijimos entonces presentando ante los lectores de VANGUARDIA del Pueblo el ejemplo de un capitalista dominicano dedicado al negocio de producir y vender palabras y estamos refiriéndonos a Rafael Molina Morillo, conocido por el diminutivo de Molinita, dueño del periódico El Nacional, la revista Ahora y otras publicaciones, a quien la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) nombró vicepresidente o algo así, para la región del Caribe de un comité de libertad de prensa que funciona en el seno de esa asociación de dueños de periódicos. Como van a ver los que lean este artículo hasta su final, la SIP no pudo haber escogido mejor representante para ser vicepresidente de su comité de libertad de prensa porque Molina Morillo cree en la libertad de empresa, no en la de prensa; cree que en sus empresas hay una sola persona con libertad de hacer lo que le dé la gana, y lleva esa creencia a límites de intolerancia tan escandalosos que sólo pueden aceptarse si nos hacemos cargo de que la conducta de Molinita es la que le cuadra a un miembro de la SIP, porque la SIP es una de las más destacadas mentiras que padece el submundo de falsedades y de engaños que se ha bautizado con el nombre de democracia latinoamericana. (Está de más decir que la única persona que tiene libertad de expresión en la empresa de Molina Morillo es Molina Morillo).

Así pues, vamos a colocar a Molinita ante el espejo de sus actos, y también de sus palabras, para que los lectores de VANGUARDIA lo conozcan a través de esos actos y esas palabras y no a través de nuestras opiniones; y tal como salga esa imagen de Molinita, así han de ver la de la santa de su devoción esa SIP que año tras año nos vende como oro legítimo lo que no pasa de ser pacotilla de la más barata.

Historia de una Villanía

Nosotros habíamos abandonado las filas del PRD a fines de 1973 y en el 1974 inició Jacobo Majluta gestiones secretas para vender al gobierno una tierrita que tenía en las afueras de Puerto Plata. A fin de hacérsele grato al Dr. Balaguer para que éste autorizara la compra, Majluta empezó a lanzar contra nosotros acusaciones que eran siempre de tipo personal tal como aconseja la CIA que deben hacerse los ataques destinados a destruir la imagen de un líder político. Todavía para esa fecha nosotros teníamos debilidades propias de un pequeño burgués; por ejemplo no respondíamos las mentiras de Jacobo Majluta por consideración a su madre y él se aprovechaba de nuestro silencio comentando entre sus amigotes del PRD que no nos atrevíamos a contestarle porque él sabía muchas cosas que habíamos hecho y teníamos miedo de que las sacara a la luz pública; esto es Majluta se las echaba de chantajista sin que llegara a darse cuenta de que el chantaje, aun en los casos en que se lleva a cabo de verdad es un delito propio del bajo mundo de los mafiosos. Todavía hoy al cabo de más de tres años Majluta declara en los periódicos que va a decir todo lo que sabe de nosotros y sigue diciéndolo a pesar de que le quitamos la careta ante todo el país cuando no se atrevió a ocupar el sitio que le correspondía cuando nos desafió a estar presentes el día 3 de este mes en el juicio que se le inició en esa fecha en la Segunda Cámara Penal del Juzgado de Primera Instancia del Distrito Nacional por el delito de difamación e injuria.

Majluta nos agredía con sus acusaciones a fin de que el Dr. Balaguer le reconociera su anti-boschismo y se lo pagara bien, y nosotros no le respondíamos para evitarle mortificaciones a su madre hasta el 6 de septiembre de 1974 cuando nos sorprendió ver en El Nacional de ese día un titular que cubría todo el ancho del periódico compuesto en los tipos más grandes que había en la imprenta de Molinita. Ese título decía esta villanía: “Revelan Reunión Secreta Entre Embajada EU y PLD”, y debajo a dos columnas y con tipos más pequeños se leía un subtítulo aclaratorio que era éste: “Dirigente PRD Afirma Tiene Informes de Junta”. Ese dirigente era Jacobo Majluta.

La publicación era una villanía (y usamos esa palabra en sus varios significados de bajeza vileza y acción ruin) por muchas razones: la primera de ellas porque se trataba de una mentira dicha con intención muy perversa pues al usar la palabra “revelan” El Nacional convertía una mentira de Majluta en una verdad debido a que se revela un hecho que se ha mantenido oculto de manera que al hacer uso de esa palabra El Nacional aparecía dando fe de que era cierto que el PLD (o sea, sus líderes) había tenido una reunión secreta con funcionarios de la Embajada de los Estados Unidos; en segundo lugar era una villanía porque el responsable de esa acción ruin sabía que es deber de un periodista cuando publica una acusación que puede perjudicar a terceros llamar a la parte afectada (que en ese caso éramos los líderes del PLD), preguntarle qué tiene que decir acerca de esa acusación y publicar lo que se le responda en el mismo texto en que aparezca aquélla. Eso debe hacerse en todos los casos porque de esa manera se garantiza que la persona que lee la acusación lea también la aclaración, pues las aclaraciones que se publican al día siguiente o dos o tres días después de haberse publicado una falsedad pueden ser leídas por algunas de las personas que leyeron la mentira, pero no todas las que leyeron la mentira leerán también el desmentido, lo que se explica porque entre los que leen habitualmente un periódico hay quienes se van de viaje fuera de su país, hay quienes se enferman, hay quienes por razones de ocupación no pueden dedicarle todos los días el tiempo necesario a la lectura de todas sus páginas, de manera que en el caso de las mentiras que se publican en un diario o en una revista las aclaraciones deben aparecer en el mismo ejemplar y en la misma columna en que salen las mentiras ya que sólo si se tiene ese cuidado puede evitarse que se cumpla el maligno mandamiento de calumnia, que algo queda.

Y otras Razones

Pero además, había otras razones por las cuales la persona que estaba en esos días al frente del El Nacional (Molinita andaba entonces de viaje fuera del país) debió llamarnos cuando recibió lo que El Nacional publicó diciendo que era una denuncia de Majluta, calificación interesada porque no era una denuncia sino una mentira; y esa persona debió llamarnos porque los que hacen o dirigen periódicos tienen que saber que una declaración no es una noticia. Una noticia es la descripción de un hecho que ha sido visto por el periodista o que ha sido descrito ante él por personas que lo presenciaron y que le merecen fe y una declaración es lo que dice alguien por cuenta suya y por tanto bajo su responsabilidad. Por su propia naturaleza a la noticia se le da crédito de cosa verdadera pero la declaración puede ser una mentira y una calumnia. Jacobo Majluta, o sea, el dirigente del PRD que según El Nacional había dicho que “Altos dirigentes del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) han mantenido reuniones secretas con funcionarios del Departamento de Estado que han visitado el país”, no era un periodista de El Nacional sino un político que no presentó ninguna prueba de lo que decía y lo que decía no era una noticia sino una invención que no merecía los honores de una publicación a menos que hubiera algún interés de parte del que ordenó que se publicara con tanto despliegue tipográfico. Al convertir la mentira de Majluta en una noticia El Nacional se hizo responsable de la mentira pues había sido El Nacional y no Majluta, quien le había proporcionado la manera de que llegara a determinada cantidad de personas.

Pero si lo que hemos dicho fuera poco sucedía que nosotros no éramos unos desconocidos para la gente de El Nacional y Ahora. En El Nacional se habían publicado sin que cobráramos un centavo por esa colaboración todos o casi todos los discursos que habíamos pronunciado desde nuestra vuelta al país y en Ahora aparecían con carácter exclusivo y debidamente pagados los artículos que escribíamos en esos tiempos los últimos habían aparecido sólo semanas antes de que El Nacional le diera visos de noticia sensacional a lo que era nada más que una mentira barata (aunque no sabemos cuánto le costó a Majluta hacerla pública). Y todavía había algo más en agosto habían salido a la calle los dos primeros números de VANGUARDIA del Pueblo que se componía y se tiraba en los talleres de El Nacional y Ahora de manera que a las razones propias de cualquier periodista serio y de una empresa que se dedica a la industria de hacer periódicos, entre los responsables de El Nacional y nosotros había un nexo personal que debió ser tomado en cuenta cuando se decidió publicar la villanía que salió en El Nacional del 6 de septiembre y debió tomarse en cuenta no para negarse a publicar la mentira sino para ofrecernos la oportunidad de decir en el mismo texto de la publicación si había o no había algo de verdad en lo que El Nacional llamó “denuncia” de Majluta, y eso no se hizo. A nosotros se nos sorprendió con una bajeza que no podíamos pasar por alto. Eso explica que acabando de leer la villanía levantáramos el teléfono, llamáramos a El Nacional y le dijéramos al autor de esa grosería que él era un charlatán, calificación que repetimos al día siguiente, esa vez de manera pública, en una entrevista que nos hizo un reportero de Radio Comercial.