Bosch: La Libertad de Prensa de Molina (y 3)

  • 26 julio 1978

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 26 de julio de 1978
Página 4.-

Molinita nos había negado el ejercicio del derecho que teníamos a defendernos en su periódico de la villanía de que habíamos sido objeto al publicar en él la calumnia de Majluta, y nos había negado además el derecho de responder al grosero editorial que el propio Molinita nos había dedicado. Si eso se nos hacía a nosotros, que teníamos varios títulos para merecer la consideración de ese negociante de la palabra, ¿qué podía esperar un dominicano del pueblo de El Nacional, Ahora y las demás publicaciones del alto funcionario de la SIP? Parecía que a partir de ese momento no debíamos mantener más relaciones con sujeto de tanta arrogancia, pero sucede que el ejercicio de la política enseña cómo debe actuarse en casos parecidos al que estamos describiendo, y el instinto político nos decía que personas capaces de conducirse ante nosotros en la forma en que lo hacía Molinita actuarán más tarde o más temprano de manera semejante o peor, y a gente así se le debe abrir un expediente en el que vayan acumulándose las pruebas que pueden ser útiles el día en que haya que defenderse de su veneno. Así pues, archivamos el número de El Nacional en que se había publicado con un título tan llamativo la mentira de Jacobo Majluta, el número en que se había publicado el editorial de Molinita y también la copia al carbón del artículo nuestro en que respondíamos a ese editorial, o sea, el artículo que Molinita se negó a publicar; y con ese material archivado nos dedicamos a esperar que Molinita volviera a la V1 picada, como hacen los peces según saben los pescadores, pero según va a saber el lector dentro de poco, no íbamos a jalar el anzuelo ni en la primera ni en la segunda picada porque queríamos que el expediente del afortunado empresario se enriqueciera con la mayor cantidad posible de actuaciones que lo pintaran tal como él es y algo nos decía que todavía quedaban por producirse las más importantes de esas actuaciones.

Efectivamente, el dueño de El Nacional y Ahora y varias cosas más no era sólo capaz de negarnos el derecho de defendernos en una de sus publicaciones de la villanía que nos había hecho un empleado suyo y él había respaldado dos días después con un editorial sino que iba a llegar mucho más lejos: El honorable vicepresidente de un mentado comité de libertad de prensa de la SIP para los países del Caribe, valiéndose del hecho de que él era el dueño de la imprenta donde se hacía VANGUARDIA del Pueblo, órgano del PLD, nos negaría el derecho de ejercer la libertad de escribir en ese periódico de los peledeístas (que nosotros dirigíamos tal como él dirigía los suyos) lo que nosotros teníamos el deber de decir en defensa del PLD.

La Desconsideración de Molinita

La historia de ese abuso incalificable, y naturalmente imperdonable, es simple, pero para nosotros es muy amarga porque en ese episodio la conducta de Molinita pasó los límites de la desconsideración en forma tan grosera que sólo un cínico o un sinvergüenza podría perdonárselo, y nosotros no somos ninguna de las dos cosas. Aguantamos el golpe en silencio, como debe hacer el hombre a quien su posición le impide romperle la cara al que le ha faltado, pero ninguna ley de este mundo ni de los otros, si es que hay otros, puede exigirnos que olvidemos una desconsideración, y la que recibimos de parte de Molinita estará fresca en nuestra memoria por los años de vida que nos queden. A pesar de eso, lo que hicimos en esa ocasión, y en otras más (porque puesto a recorrer el camino de la agresión Molinita es de los que no saben dónde detenerse) fue archivar las pruebas de ese episodio junto con las que teníamos guardadas desde el 6 de septiembre de 1974.

¿Pero qué fue lo que hizo Molina Morillo en esa ocasión?, preguntará el lector, a quién no queremos impacientar ni distraer con disquisiciones y a quien vamos a contarle lo que ocurrió, empezando por los antecedentes.

Molinita le pasaba un sueldo a un periodista que publicaba cada día en El Nacional un artículo bajo el título común de Por el Ojo de la Cerradura. En esa columna se daban noticias y se hacían comentarios de la vida política dominicana y en varias ocasiones aparecieron en ella supuestos informes sobre las actividades del PLD, pero sucedía que el autor de Por el Ojo de la Cerradura decía del PLD cosas que no eran ciertas porque recibía informaciones de alguien que no conocía cómo funcionaba ese partido y además de que lo que se decía no era verdad, la manera de decirlo era hiriente. Las pinchaditas de la columna política de El Nacional al PLD y personal-mente a nosotros aparecían con demasiada frecuencia para que Molinita, que pagaba esa columna, no se diera cuenta de la intención que había en ellas, pero nosotros no decíamos nada; aguantábamos las provocaciones a boca cerrada porque queríamos saber hasta dónde pensaba Molinita que podía llegar con ese juego. Por esos días el propietario de El Nacional y Ahora se sentía intrigado por las tiradas de VANGUARDIA del Pueblo, que de 8 mil ejemplares con que había empezado a salir en agosto de 1974 iba por 24 mil a mediados de octubre de 1976, y de dos salidas mensuales con que se había iniciado estaba saliendo tres veces al mes desde el 1ro de junio de ese año. Un día, cansados del trato que estaba dándonos El Nacional, le pedimos a uno de los redactores de VANGUARDIA que escribiera un suelto que apareció en el número 59, página 2, bajo el título de La Cerradura. El suelto decía así:

“El periódico El Nacional le paga a un columnista para que vea por el ojo de la cerradura. Hasta ahora, todo lo que ese columnista ha visto en el PLD han sido fantasmas, no realidades; o si ustedes lo prefieren, mentiras, no verdades. Además de pagarle a su columnista para decir mentiras El Nacional debería pagarle a un ayudante para que compruebe si lo que su columnista dice es verdad o no lo es. Así El Nacional podría asegurarse el respeto de sus lectores, porque el periódico que publica lo que no es cierto acaba cogiendo mala fama”.

Ese número de VANGUARDIA correspondió a los diez días comprendidos entre el 21 y el 31 de octubre (1976). Como se hacía en el caso de cada número, los originales de lo que iba a salir en VANGUARDIA se enviaban a los talleres de El Nacional con tiempo suficiente para que el periódico se tirara o imprimiera en medio de dos fechas límites, que para el número 60 eran el 1ro y el 10 de noviembre, lo que significa que su día de salida sería el 5. Pues bien, el día 4 Molinita nos envió los originales, pero lo hizo con tal grosería que ni siquiera se tomó el cuidado de ponerlos en un sobre o en un folder y los mandó como se le manda a un peón que el amo ha echado de su casa el pedazo de camisa sucia que usaba cuando salía al trabajo. A Molinita le faltó el respeto que se debe un hombre a sí mismo, esa condición varonil que obliga a los hombres a tratar a los demás con hidalguía. Entre los originales que nos envió ese descastado no había una letra que sirviera para explicar su acción.

Libertad de Empresa

Naturalmente, lo que Molinita pensó fue que iba a aplastarnos porque nosotros no podríamos sacar VANGUARDIA a tiempo, pero el número 60 de VANGUARDIA estaba en manos de sus compradores el día 5 de noviembre, lo que se explica porque estábamos preparados para eso.

Del último número de diciembre de ese año (1976), se vendieron 25 mil 678 ejemplares de VANGUARDIA; al comenzar el mes de marzo (1977) el periódico del PLD pasó a ser semanal y al cumplirse el año de la imperdonable grosería de Molinita (el número 106, correspondiente a la última semana de octubre) se vendieron 37 mil 518, lo que significa que a esa altura VANGUARDIA tenía más lectores que todas las publicaciones de Molinita juntas, y ésas eran por lo menos tres: El Nacional, Ahora y Eva.

Al cumplirse ese año de su acción Molinita se hizo sentir de nuevo, esa-vez con un comentario editorial que apareció en Ahora (ejemplar número 728 del 24 de octubre de 1977) bajo el título de ¡Qué Pena, señor Bosch! Era una vulgaridad cocinada a base de ataques personales, porque el honorable miembro de la SIP es de los que siguen la línea de quitarle valor a lo que diga alguien desprestigiando al autor, no combatiendo sus ideas o sus actos. Esa es la táctica que ha popularizado la CIA en los países como la República Dominicana, y como estamos al tanto de ella no le respondimos a Molinita. Volvimos a hacerle el vacío del silencio para estimularlo a que siguiera por ese camino hasta que mordiera el anzuelo de la ley, cosa que necesariamente debía suceder y sucedió por fin, sólo que para buena suerte nuestra Molinita no fue el único; que mordió el anzuelo porque junto con él cayó Jacobo Majluta.

El día 7 de junio de este año, Molinita dijo en su periódico El Nacional (página 10) estas palabras: “Entendemos por libertad de prensa, la que tiene cada ciudadano para valerse de los mecanismos e instituciones imperantes en nuestro medio social a fin de expresarse según sus convicciones. Haciendo uso de esa libertad, nosotros fundamos este periódico y lo editamos libremente, y libremente también decidimos qué publicamos y qué no publicamos. Nada le impide al… (Que) no está satisfecho con la variedad de periódicos de todos los tonos y colores que hay en el país, crear el suyo propio para que le dedique todo el espacio que desee a sus declaraciones.

Como pueden ustedes ver, la libertad de prensa de Molinita consiste en la libertad de montar una imprenta que tiene todo el que disponga del dinero necesario para eso, no importa si ese dinero se obtiene con malas artes; es la libertad de usar máquinas y publicaciones sin detenerse un minuto a pensar si con ellas están causándose daños a terceros; es la libertad que tiene el dueño de un automóvil que por el hecho de ser su propietario puede lanzarlo sobre los peatones que se le atraviesen en el camino.

El que habla así no es un periodista con conciencia de su responsabilidad social; es una amenaza para los que puedan rozar hasta “con el pétalo de una rosa” su derecho divino de dueño de un negocio en el que se compran palabras a bajo precio para venderlas a precio alto. Un hombre así no tiene idea de lo que significa la libertad de prensa aun en un país capitalista, porque para él sólo hay una libertad, que es la de empresa.