Bosch: Máximo Gómez renuncia y tragedia

  • 01 enero 1977

Vanguardia del Pueblo
Del 01 al 10 de enero de 1977
Página 4.-

Después de haber explicado las dudas que tuvo acerca de si era justo o no lo era destruir mediante el fuego la riqueza de Cuba, y de haber explicado también que la injusticia social que sufría el campesino productor de caña y el lujo en que vivían los dueños de los ingenios lo llevó a gritar: ” ¡Bendita sea la tea! “, Máximo Gómez decía en su carta al coronel Andrés Moreno:

¿”Cómo es que por desgracia se puede notar distancia tanta entre un colono y el dueño de un central, al extremo de que el primero comparativamente, me ha parecido una bestia y el segundo un hombre”? E inmediatamente pasa a preguntarse:

¿”Qué razón existe, que yo no la he podido encontrar, para que al agricultor le esté vedado decir a sus hijos ‘Ayúdame a plantar este árbol, bajo cuya sombra podré descansar mañana en mi vejez cansada, mientras vosotros recogéis el fruto”? ¿Qué motivo prohíbe que el hijo del infeliz colono sepa menos, no sepa nada, ni tanto como el buey que ara, mientras los hijos y las hijas del dueño del central, cuando la zafra esté terminada, pueden irse a París, a pasar una temporada, a exhibirse con todo el esplendor que proporciona el lujo, siempre pagado a caro precio, como toda cosa superflua para la vida práctica de los pueblos? ¿Y a dónde pueden ir acaso el colono, su mujer y sus hijos? Esos quedan estancados e inmóviles, como la máquina que tritura la caña”.

El Recuerdo de su Patria Dominicana

El jefe del Ejército Libertador de Cuba seguía martillando en esa carta sobre el tema de la injusticia social, y se preguntaba:

¿Qué causa habrá para que la esposa del colono no pueda tener un jardín y la señora del central sí pueda tenerlo; es que aquella familia, a pesar de ser trabajadora (virtud primera) está condenada a vegetar en el embrutecimiento, a no asimilarse jamás, con uso y ejercicios de ventajas conquistadas con su trabajo, a sus naturales y obligados consocios, de los cuales, al contrario, es desdeñada? ¿Qué causa, cuáles razones se oponen, para mengua social, a que cada uno de esos centros maravillosos de elaborar azúcar no puedan convertirse, de una manera hábil a la vez en centro de civilización y de productos distintos, que den para todos bienestar relativo, que proporcionen recursos de todas clases para la vida social y material de las familias todas, en vez de estar concentradas en el batey, cuyos límites, como la ‘Muralla china’ nadie puede tras-pasar?

Y a la vez amargado y confundido por lo que vio en el ingenio de la familia Pulido pregunta:

¿Cómo se explica que el que tanto dulce suda pase, sin embargo, una vida tan amarga?

E inmediatamente pasa a pedirle al coronel Andrés Moreno que le explique cuál es la razón de esa injusticia, y se lo pide con palabras que terminan en forma conmovedora para nosotros los dominicanos, porque ese hombre que estaba llenando de asombro a medio mundo con sus hazañas al frente del Ejército Libertador de Cuba no dejó de ser dominicano ni un día ni una hora de su vida. La tierra donde había nacido y donde había iniciado su carrera militar cuando era apenas un adolescente, y el pueblo que habitaba esa tierra de sus amores, estaban vivos en su recuerdo mientras se hallaba en Cuba encabezando batallas o maniobrando para burlar a las tropas españolas que le perseguían.

Ese párrafo de la carta, que era el último, -decía así:

Ahora bien, coronel Moreno, yo no he podido comprender bien claro las causas primordiales de tan injusta desproporción de las situaciones entre el colono y el industrial, por qué esa inmensa distancia en que viven el uno y el otro, no obstante el fraternal lazo que parece lo debe constituir la materia prima, la caña, dentro de la cual se mueven ambos. Necesito, pues, que usted, honrado y bueno, y que pertenece al número de los hacendados de Occidente, se sirva darme más luz sobre este asunto, que no creo de escasa importancia, y que tanto me interesa conocer bien para que sus fórmulas nuevas sirvan también de norma a Santo Domingo, en donde hace poco ha principiado a desarrollarse la industria azucarera.

Los Efectos

Lo que Máximo Gómez veía eran los efectos de una lucha de clases en la cual los perjudicados eran los campesinos productores de caña en pequeña escala (ésos a los que él llamaba colonos) y los beneficiados eran los dueños de ingenios azucareros, es decir, los que convertían en azúcar la caña de los colonos. Unos cuatro años antes de que Máximo Gómez escribiera su carta al coronel Andrés Moreno, el ingenio dominicano Porvenir destinaba a la siembra de cañas 13 mil 125 tareas propias y mil 796 de seis colonos, que según leemos en “La Caña en Santo Domingo” de Juan J. Sánchez (pág. 49) se llamaban Mateo López (320 tareas), Francisco Alonso (178), Juan F. Castillo (198), Juan Larancuén (254), Pedio Mendoza (446) e Isidro Santana (400). Sánchez dice que el Porvenir “Durante la molienda emplea… 300 personas diarias para los trabajos del campo y del batey”, y se refiere a varios otros ingenios en forma parecida, esto es, sin dar datos precisos, especialmente en el caso de los colonos, excepto en lo que toca al número de tareas, y eso no siempre. En el ingenio Consuelo había un colono, cubano él, llamado Juan Amechazurra (que fue el fundador del Angelina), con 4 mil tareas de caña, y los había con 3 mil y con 2 mil 500; en el Cristóbal Colón, Lázaro Silfa tenía 2 mil 600 tareas y José de los Santos Frías tenía mil 200. No parece que los que impresionaron tanto en Cuba a Máximo Gómez dispusieran de cantidades de tareas de caña tan grandes como Juan Amechazurra o Lázaro Silfa, pues éstos eran necesariamente colonos ricos y los que describía el general Gómez en su carta al coronel Moreno eran colonos pobres, tan pobres que el jefe del Ejército Libertador de Cuba los consideraba parte del “pueblo trabajador”, y subrayaba la última palabra.

Los efectos de esa lucha de clases que se llevaban a cabo dentro de Cuba renovaron en Máximo «Gómez su decisión de mantener esa lucha en un nivel más alto; en el nivel de los gobiernos: el gobierno revolucionario de Cuba contra el gobierno colonialista de España. Por eso decía que cuando vio al colono “embrutecido para ser engañado, con su mujer y sus hijitos cubiertos de andrajos, y viviendo en una pobre choza, plantada en tierra ajena”… “me sentí indignado y profundamente predispuesto’ en contra de las clases elevadas del país, y en un instante de coraje, a id vista de tan marcado como triste y doloroso desequilibrio, exclamé: ¡Bendita sea la tea!

Lo que no sabía Máximo Gómez era que al aplicar la tea para quemar los ingenios y al prohibir las actividades comerciales en los lugares dominados por sus tropas libertadoras, iba a provocar otros efectos; iba a trasladar la lucha de clases a las filas de la Revolución, porque los jefes del gobierno revolucionario cubano pertenecían a las diferentes capas de la clase dominante del país, a la que se beneficiaba y no a la explotada, y esa clase dominante no podía aceptar de brazos cruzados que Máximo Gómez liquidara su poder económico, y con él su poder social y político.

La Renuncia y la Tragedia

Las medidas del general Gómez provocaron una lucha de tipo político entre el gobierno revolucionario y el general en jefe del Ejército Libertador, y esa lucha llegó a tales extremos que Máximo Gómez decidió renunciar a su alto cargo y entregar el mando a Antonio Maceo, a quien envió órdenes de salir de Vuelta- bajo (Pinar del Río) para encontrarse con él en Las Villas. El 7 de noviembre (1§96), el general Gómez escribía en su Diario: ”creo que ya los cubanos no me necesitan y, como extranjero, y como hombre sensato, cumple retirarme de esta lucha, en donde han surgido ya peligrosas rivalidades, que de ninguna manera (como pudiera suceder) debo alentar con el ejercicio de mi mando. Pero iba a retirarse con todas las de la ley, cumpliendo el mandato de la Constitución de Cuba libre según la cual si dejaba su puesto debía ocuparlo el lugarteniente general, es decir, su segundo en mando, aquel a quien los cubanos habían bautizado con el nombre de Titán de Bronce, Antonio Maceo, hijo de venezolano pero nieto de dominicanos.

Maceo iba a reunirse con su jefe y había cruzado en la noche del 4 al 5 de diciembre la línea de fuertes españoles llamada la Trocha de Mariel a Majana, y llevaba con él a su ayudante, Panchito Gómez Toro, el hijo mayor de Máximo Gómez, que tenía grado de capitán. Le llevaba esa sorpresa al viejo guerrero, que no veía a su hijo desde hacía veinte meses. Pero Antonio Maceo fue muerto en una emboscada que le hicieron soldados del comandante Cirujeda en Punta Brava, en territorio de la provincia de La Habana, y sobre su cuerpo de gigante había caído Panchito Gómez Toro, gravemente herido y rematado a machetazos por el práctico cubano de los hombres de Cirujeda. La muerte del vencedor de Sao del Indio y Peralejo y su joven ayudante ocurrió el día 7 a las tres y media de la tarde, y el día 8 Máximo Gómez le escribía al secretario de la Guerra del gobierno revolucionario diciéndole: “…marcho ahora ligero a depositar el mando como jefe del Ejército en la autoridad del Lugarteniente General, segundo en mando, mayor general Antonio Maceo, como está prevenido en la Constitución”.

El Napoleón de las Guerrillas creía que marchaba “ligero a depositar el mando” y no podía imaginarse que un rayo de potencia salvaje había caído un día antes muy lejos de donde él se hallaba y había aniquilado al mismo tiempo a Antonio Maceo, a quien quería como a un hijo, y al hijo a quien quería con toda el alma. En vez de la renuncia lo que tenía ante sí era la tragedia.