BOSCH: ¿Quién Traicionó Al Coronel? (2)

  • 11 enero 1978

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 11 de enero de 1978
Página 4.-

El Dr. Hugo Tolentino acababa de salir de nuestra habitación cuando entró en ella el Dr. Antonio Abreu, miembro de la Comisión Permanente del Comité Ejecutivo Nacional del PRD, que nos repitió, en otras palabras, lo que nos había dicho el Dr. Tolentino, pero nos agregó que él había recibido la primera noticia del desembarco de Caamaño a las 5.30 de la mañana y que después la misma noticia le había llegado desde varias fuentes, lo que indicaba que si se trataba sólo de un rumor era un rumor que había que tomar en cuenta porque estaba causando tanta alarma como si fuera verdad. El trabajo en común nos había enseñado a confiar en los juicios políticos del Dr. Abreu, y en esa ocasión apreciamos su criterio en lo que valía y llegamos a la conclusión de que había que reunir cuanto antes a la Comisión Permanente para estudiar el caso, y así se lo dijimos al Dr. Abreu. En pocos minutos los dos nos pusimos de acuerdo en lo que había que hacer: Primero, ir donde X a pedirle que facilitara su casa para la reunión; después, hablar con Peña Gómez, Rafael Alburquerque, Bidó Medina y Cheché Luna para decirles que debíamos reunirnos de urgencia e informarles del punto que íbamos a tratar y del lugar en que celebraríamos la sesión.

Lo que nos llevó a solicitar esa reunión fue el estado de agitación que a juicio del Dr. Antonio Abreu estaba provocando la noticia de que el coronel Caamaño se hallaba en el país al frente de una guerrilla, no la creencia de que la noticia fuera cierta porque nosotros sabíamos que no podía serlo ya que menos de 60 horas antes el Dr. Emilio Ludovino Fernández, en presencia del Dr. José Francisco Peña Gómez, nos había transmitido un mensaje de Caamaño en el cual el jefe militar de la revolución de Abril ofrecía su respaldo entusiasta a la línea política que manteníamos, que no era precisamente la de prédica de una insurrección guerrillera sino la de llevar al gobierno a su propia legalidad. ¿O era posible que Caamaño nos mandara a decir una cosa en el momento mismo en que estaba haciendo la opuesta?

Serían las 8.30 de la mañana cuando llegó a casa el Dr. Peña Gómez, a quien no veíamos desde el día 2 viernes día 2 en la noche, cuando estuvo en nuestra habitación acompañando al Dr. Fernández. Peña nos encontró en la oficina, donde estábamos leyendo cartas y notas telefónicas que se habían acumulado desde el jueves, a raíz da habernos recogido a causa de la afección a la garganta de que hablamos en el artículo anterior. Él Dr. Peña Gómez entró, se sentó y no dijo una palabra acerca de la noticia de que el coronel Caamaño estaba en el país, dato que nos interesa destacar porque los hechos de ese día iban a convertirlo en muy importante; lo que habló se relacionó con el lugar donde debíamos reunirnos.

Al salir de nuestra casa el Dr. Abreu se había dirigido a la del Lie. Majluta, donde estaba viviendo Peña Gómez, y le había dicho a éste cuál era el lugar de la reunión. Al vernos, Peña dijo que ese sitio le parecía peligroso porque según él, ahí se reunían muchos izquierdistas; y todavía estaba hablando de eso cuando llegó el Dr. Rafael Alburquerque, que había sido informado por el Dr. Abreu de la necesidad de que nos reuniéramos sin perder tiempo y del sitio donde lo haríamos, y como Peña Gómez seguía opuesto a que usáramos ese lugar decidimos entre los tres que la reunión se llevara a cabo en la casa de Majluta y que el Dr. Alburquerque se encargara de ir a la de X para informar a los compañeros Abreu, Bidó Medina y Cheché Luna del cambio de sitio. De paso, Alburquerque se llevó consigo a Peña Gómez para dejarlo donde Majluta, y como nosotros no teníamos automóvil, pasaría a recogernos cuando todos los demás miembros de la Comisión Permanente estuvieran en casa de Jacobo Majluta.

La Reunión

Serían las 9.30 cuando llegó el Dr. Alburquerque a buscarnos y detrás de él entraron doña ZaidaGinebra4e Lovatón y doña Gracita Díaz viuda de Henríquez, que llegaban a informarnos del estado de creciente agitación que había en la ciudad debido a los rumores de la presencia del coronel Caamaño en el país a la cabeza de una guerrilla. Estábamos oyéndolas, de pie frente al escritorio que usaba nuestro secretario, el Dr. Eligió Cordero, y en ese momento sonó el timbre del teléfono. Normalmente, nosotros dejamos que otra persona levante el teléfono cuando suena el timbre porque en un tanto por ciento que no es pequeño las llamadas son equivocadas y en otro tanto por ciento pueden ser atendidas por otra persona, pero esa vez lo cogimos y al decir “aló” oímos una voz conocida que preguntaba: “Profesor, ¿es usted? “Sí”, dijimos; e inmediatamente, con un acento seguro, el que hablaba recomendó: “Salga inmediatamente de su casa, que dentro de media hora irán a hacerlo preso”; y a seguidas de esas palabras, el que las dijo colgó el teléfono. Rafael Alburquerque nos esperaba en la puerta, con la llave del automóvil en la mano, pero nosotros no podíamos dar el menor indicio de lo que acabábamos de oír, y seguimos hablando con las dos visitantes, que se fueron a las 9.54, dato que recordamos con precisión porque vimos el reloj en el momento en’ que ellas pisaban el rellano de la escalera. Cinco minutos después salíamos el Dr. Alburquerque y nosotros; sentados en los escalones había algunos estudiantes del colegio Santa Teresita, que queda enfrente de la casa donde vivimos, a quienes saludamos como lo hacíamos siempre, y en el término de la distancia, como se decía en documentos judiciales del siglo pasado, estábamos en el lugar de la reunión.

Tan pronto entramos en la residencia de Majluta nos dirigimos a su habitación, adonde nos siguieron los miembros de la Comisión Permanente que habían ocupado sillas de la sala mientras nos esperaban, y allí, en la habitación matrimonial del dueño de la casa, dimos por empezada la reunión con estas palabras: “Compañeros, hay una corriente muy fuerte de rumores de un desembarco de Caamaño y la Comisión Permanente debe analizar esos rumores y determinar, primero, si son ciertos o no lo son, y segundo, en caso de que lo sean, en qué medida ese hecho puede afectar al partido y al país. Nuestra opinión es que esos rumores no tienen fundamento porque hace tres días un emisario de Caamaño, el Dr. Emilio Ludovino Fernández, nos solicitó una entrevista por medio del compañero Peña Gómez, y su objetivo era darnos un mensaje del coronel Caamaño en el cual éste nos mandaba a decir que apoyaba totalmente la línea política del PRD, y si Caamaño apoya nuestra línea política mal puede lanzarse a una lucha guerrillera porque no podría contar con nuestra ayuda”.

Cuando llegamos ahí el Dr. Peña Gómez pidió la palabra e informó que el desembarco de Caamaño era cierto porque así se lo había hecho saber Guarionex Lluberes, quien a su vez había recibido la información de militares con quienes mantenía relaciones, y según Peña, Guarionex había agregado que la Guardia estaba acuartelada.

¿Cuándo le había dicho Guarionex Lluberes tal cosa a Peña Gómez? ¿Por qué habiendo estado en nuestra casa hacía menos de hora y media, Peña no nos había mencionado su conversación con Guarionex, que era algo de mucha importancia, y sobre todo algo que nosotros, en nuestra condición del presidente del PRD, debíamos saber con pelos y señales?

Estábamos esperando que el secretario general del PRD terminara de hablar para pedirle que aclarara nuestras dudas, pero esas dudas no iban a quedar aclaradas nunca porque unos minutos después iban a producirse hechos que estaban llamados a separarnos del Dr. Peña Gómez para siempre jamás.

Dos Hechos

¿Cuáles fueron esos hechos?

El primero de ellos consistió en que estando todavía el Dr. Peña Gómez con la palabra en la boca entraron en la habitación los compañeros Amiro Cordero y Domingo Mariotti con la noticia de que en ese momento la Policía estaba allanando nuestra casa. Sin decir nada y sin el menor apresuramiento, nos dirigimos a la sala, levantamos el teléfono y marcamos el número del nuestro, pero aunque lo intentamos dos o tres veces más no conseguimos la comunicación porque ese número estaba ocupado, de manera que por la vía telefónica, no podríamos saber a ciencia cierta si era verdad que la Policía allanaba nuestra casa o si sólo había entrado en ella a hacer alguna pregunta o algo parecido. Volvimos a la habitación donde se celebraba la reunión para decirles a los compañeros que siguieran ellos tratando el punto que nos interesaba porque nosotros íbamos a casa para hacerle frente al ultraje que significaba un allanamiento. A esas palabras respondieron los miembros de la Comisión Permanente, con la excepción de Peña Gómez, que no habló, diciendo que se oponían a nuestra idea, y al cabo de algunos minutos se acordó que Amiro y Mariotti volvieran a la casa a enterarse en detalle de lo que estaba sucediendo y que volvieran a darnos la información que pudieran recoger.

El segundo hecho se produjo inmediatamente después; tan inmediatamente después que no tuvimos tiempo de comenzar de nuevo la reunión, porque estábamos sentándonos cuando Majluta entró en la habitación con la noticia de que la Policía había rodeado la casa; no la nuestra sino la suya, es decir, aquélla en la que nos hallábamos. El Dr. Peña Gómez se levantó de un salto, con una cara de alarma que no es fácil de olvidar, y le oímos gritar ” ¡Las armas, las armas! “, al tiempo que abría un mueble que estaba cerca de la cama y a seguidas él y Majluta salieron corriendo hacia el pequeño patio de la casa, Peña Gómez con un revólver y el otro con una pistola. ¿Era que iban a combatir a la Policía? No; iban a esconder las armas, pero además de las armas se escondió también el Dr. Peña Gómez, a quien después de ese episodio veríamos una sola vez durante algunos minutos, y nunca más hasta el día de hoy.

En un momento así, ¿qué podía hacerse? Lo pensamos rápidamente y decidimos mantener el control del grupo costara lo que costara. “Compañeros”, dijimos, “vamos a sentarnos en la sala como si estuviéramos en esta casa de visita”; y así lo hicimos todos, con la excepción de Peña Gómez, que se había desvanecido en el aire como si hubiera sido un fantasma y no un ser de carne y hueso.