Bosch: ¿Quién Traicionó al Coronel Caamaño? (3)

  • 18 enero 1978

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 18 de enero de 1978
Página 4.-

Tal vez menos de diez segundos después de haber dicho que debíamos sentarnos en la sala como si estuviéramos de visita estaba cada uno de los cinco miembros de la Comisión Permanente en una silla o un sillón, y a seguidas se nos acercó Majluta para decirnos que la Policía estaba entrando en la casa que se hallaba al- lado izquierdo de la suya, y sin detenernos a comentar esa noticia, porque no podíamos perder ni un minuto, tomamos la palabra para decir que debíamos ponernos de acuerdo antes que nada en un punto: Cuáles iban a ser los compañeros que quedarían encargados de mantener el contacto con los que tuviéramos que irnos a la clandestinidad. Eso, que era de la mayor importancia, es muy difícil de prever dado que nunca se sabe de antemano en qué circunstancias comienza el episodio de la clandestinidad política. Pero había algo de lo que podíamos estar seguros, y era que si la persecución se había iniciado con la ocupación de nuestra casa, a quien se buscaría en primer lugar sería a nosotros, y por tanto algunos compañeros disponían todavía de tiempo para actuar. ¿Quiénes eran ellos? Pensábamos que Antonio Abreu, Cheché Luna y Bidó Medina, y en ese orden. El compañero Abreu era el secretario de Organización del PRD y eso le permitía hacer un trabajo bueno, y el compañero Luna conocía estrechamente a los que dirigían los organismos perredeístas de los barrios marginados, y pensábamos que ellos debían irse inmediatamente a la Casa Nacional para desde allí decirles a los encargados de mantener el contacto con nosotros lo que se había decidido y además dar la voz de que estábamos rodeados por la Policía.

Cuando se está en trances como ése el que los pase debe esforzarse en conseguir que toda la vida se concentre en el cerebro, porque hay que pensar muy de prisa y hay que establecer un dominio total sobre el sistema nervioso a fin de que no asomen a la conciencia ni emociones ni ideas de naturaleza ajena al problema que tenemos por delante y además no debe hacerse ni siquiera un gesto que no sea absolutamente necesario. En momentos así no puede desperdiciarse ni la más mínima cantidad de energía mental. Los compañeros Antonio Abreu y Cheché Luna actuaron como si conocieran esos principios, porque salieron y estuvieron quizá veinte segundos parados en la acera de la casa de Majluta observando con disimulo los movimientos de la Policía, y transcurridos esos pocos segundos bajaron de la acera a la calle. Se iban a cumplir la misión que les tocaba y no sabíamos cuándo volveríamos a verlos.

La Primera Etapa

Majluta estaba asomado a una ventana de cristales que daba a la calle y lo llamamos para que nos dijera quiénes eran sus vecinos, con cuáles casas colindaba la suya, a qué calles saldríamos si nos íbamos por tal o cual dirección; y una/vez enterados de esos detalles le dijimos al Dr. Bidó Medina que para salir esperara el mayor tiempo posible a fin de que pudiera hacerse una idea amplia de todo lo que pasara allí después que el compañero Alburquerque y nosotros nos fuéramos. Quedarse lo exponía a caer en manos de la Policía, que por cierto, al día siguiente, muy temprano, allanó su casa, pero él se mantuvo en la casa de Majluta y el compañero Alburquerque y nosotros nos dirigimos hacia la marquesina, que hacía papel de garaje. En la marquesina estaba Ramón Lantigua, que había salido de casa con nosotros y que nos acompañaría en casi toda la clandestinidad.

En la clandestinidad hay leyes muy estrictas que deben observarse al pie de la letra, pero la primera etapa no obedece a ninguna regla sino a la necesidad imperiosa de escapárseles a los perseguidores, porque si eso no se logra no podrá haber clandestinidad. Al comenzar la primera etapa de la que nos tocaría vivir a partir de ese mismo día 5 de febrero de 1973 le pedimos al compañero Alburquerque que caminara detrás de nosotros porque como él es más alto nos cubría con su estatura y dificultaba que se vieran nuestras canas, que era el detalle por el cual se nos podía identificar, y como él no podía cubrirnos en un ciento por ciento, nos llevamos de la casa de Majluta un periódico con el cual nos tapamos el cuello moviendo el periódico de tal manera que parecía que estábamos espantando moscas o mosquitos.

Íbamos caminando al azar y tocamos en la primera puerta sin saber quién vivía allí. Si era un amigo, santo y bueno, y si era un enemigo, ¿qué podía pasar? Lo peor, pero lo peor puede sucederle a una persona en cualquier momento, aunque esté durmiendo, y en circunstancias como las que estábamos atravesando no teníamos opción de escoger entre lo bueno y lo malo sino que debíamos darle la cara a lo que nos saliera al paso. Afortunadamente quien salió a abrirnos la puerta a la cual estábamos llamando fue una señora de mucho ánimo, que al saber quiénes éramos y al oírnos decir que la Policía nos buscaba se puso a nuestras órdenes con decisión; después nos explicaría que su esposo no simpatizaba con nosotros pero que ella sí y que podíamos contar con ella para lo que fuera necesario.

La señora nos llevó a una habitación bastante grande, con una ventana desde la cual se dominaba la calle, lo que nos daba cierta ventaja de tiempo si la Policía se presentaba porque podíamos disponer por lo menos de un minuto para tratar de irnos por el fondo del patio. El compañero Alburquerque quedó encargado de vigilar a través de*6sa ventana sin dejarse ver desde afuera y Lantigua pasó a hacer guardia ante la puerta de entrada. Le pedimos a la señora que nos llevara al patio para conocer el camino de la retirada y cuando nos acompañaba a verlo nos dijo que Peña Gómez estaba escondido en una habitación. Le dijimos que nos llevara a verlo y nos señaló el sitio donde se hallaba el secretario general del PRD, que sabía ya que nosotros estábamos en la casa porque la señora se lo había dicho, pero no había salido a vernos. Tampoco nos saludó cuando entramos en la habitación. No le interesaba nada, salvo salir de esa casa en la que pensaba, y eso lo dijo, que corría más peligro desde que habíamos entrado en ella Alburquerque, Lantigua y nosotros. La impresión que nos dio fue la de que se sentía perturbado con nuestra presencia hasta tal punto que quería tirarse por una pared de bloques bastante alta que daba al patio de una casa donde, según nos explicó la señora, había perros bravos; le dijimos que no hiciera lo que se proponía y volvió a su habitación. Unos seis o siete minutos después, estando nosotros en la nuestra, le pedimos a la señora que invitara a Peña a reunirse con nosotros. “¿Peña Gómez? No, pero si él no está; él se fue”, explicó ella. Efectivamente, se había ido sin que supiéramos cuándo ni hacia dónde y sin decirnos siquiera adiós o hasta luego.

Llevaríamos allí diez, tal vez doce minutos, y en vista de que no teníamos noticias de lo que pasaba en la ciudad, el compañero Rafael Alburquerque llamó al Listín Diario para hablar con Rafael Herrera y a Radio Comercial, para hablar con José Brea Peña, pero ninguno de los dos estaba en su oficina; y al tiempo que él llamaba nosotros le pedimos a la señora papel y ella nos ¡ pasó una mascota en la que escribimos el prime- I ro de los mensajes que en los meses de la clandestinidad enviamos a los periódicos. La versión de ese mensaje iba a ser transformada ese mismo fe; día en horas de la tarde, cuando recibimos informaciones de que estaban haciéndose registros policiales en hogares de amigos y se había ordenado el cierre de algunas plantas de radio.

El Mentiroso

Pasadas las doce le dijimos al compañero Rafael Alburquerque que ya era hora de que se fuera y respondió que no lo haría porque no podía dejarnos solos; pero nosotros sabíamos que su señora estaba de parto porque él nos lo había dicho cuando llegó a casa en horas de la mañana de ese día, y le insistimos en que debía irse. “Marta debe estar dando a luz”, le explicamos, y se negó de nuevo. A eso de la una tocaron en la puerta. Lantigua preguntó qué hacía; “Abra”, le dijimos pensando que no podía ser la Policía pues de haber sido ella la hubiéramos sentido llegar y tal vez la hubiéramos visto o la hubiera visto Alburquerque, que desde donde estaba sentado dominaba la ventana que daba a la calle.

Lantigua se fue a abrir la puerta y entró Majluta, quien llegaba a informar que la Policía se había ido y que ya se había hecho contacto con la persona encargada de organizar la clandestinidad. “Lo sacaremos de aquí hoy mismo, profesor”, dijo; pero no preguntó por Peña Gómez. ¿Era que no sabía que Peña se había escondido en esa casa o que Peña le había hecho saber que estaba en otro sitio? Lo preguntamos ahora, porque en aquel momento no lo pensamos. Tras de haberse ido Majluta conseguimos convencer al compañero Rafael Alburquerque de que se fuera y lo hizo tan a tiempo que llegó a la clínica donde se hallaba su señora quince minutos antes de que ella diera a luz, según nos contó él cuando volvimos a vernos.

Después de esa visita que nos hizo Majluta nos vimos otra vez ese día, como a las dos y media de la tarde, cuando llegó en un Volkswagen a buscarnos para trasladarnos a otra casa, propósito que no se consiguió porque el amigo a cuya residencia fuimos no estaba en ella y tuvimos que ir adonde otro, persona a quien se alude en El Nacional del 24 de diciembre (1977) en el que aparecen unas declaraciones de Majluta a las cuales nos referimos en el primer artículo de esta serie. La alusión está hecha en el párrafo donde se lee que Majluta “Dijo que la primera relación que se hizo con los amigos del PRD en los Estados Unidos durante la clandestinidad de Bosch y Peña Gómez a raíz del desembarco de Playa Caracoles, se hizo a instancias de Bosch… Majluta aseguró que en esa oportunidad el líder del PLD le pidió que realizara contacto con la embajada de los Estados Unidos en el país, mientras lo mantenía escondido en casa de un amigo suyo”.

Nosotros conocemos por lo menos un mentiroso capaz de decir varias mentiras con las mismas palabras, pero Jacobo Majluta no se le queda muy atrás porque en los dos párrafos que hemos copiado dijo mentira y media, cosa que vamos a demostrar en el artículo No. 4 de esta serie, y no en éste porque no disponemos de espacio para más.