Bosch: ¿Quién traicionó al Coronel Caamaño (I)?

  • 04 enero 1978

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 4 de enero de 1978
Página 4.-

Según El Nacional del 24 de diciembre (el artículo titulado “Majluta Afirma Bosch quiere poner FA contra Peña Gómez”, página 13), “El Licenciado Majluta aseguro que Peña Gómez se enteró del desembarco guerrillero de Paya Caracoles porque se lo informo el profesor Bosch la noche antes de que se conociera la información públicamente”, y esas palabras del candidato del PRD a la Vicepresidencia de la República nos obligan a hacer una historia detallada del papel que jugó el Dr. José Francisco Peña Gómez en los hechos que le costaron la vida al coronel Francisco Alberto Caamaño, aunque antes de entrar en esa historia nos detendremos un poco a poner de relieve algunas de las mentiras que dijo el licenciado Majluta en las declaraciones publicadas en El Nacional.

Para que la verdad resalte, cuando se trata de cosas que dicen los mentirosos profesionales, entre los cuales Jacobo Majluta ocupa un lugar que no es el último, no hay mejor método que colocar las palabras del embustero unas al lado de las otras. Por ejemplo, ocho párrafos después de haber dicho lo que copiamos al comenzar este artículo, el licenciado Majluta dijo que al producirse el desembarco de Caamaño en Playa Caracoles “(Bosch) estaba completamente fuera de quicio, recuerdo que peleaba con el que tomaba el teléfono, con el guarda espalda, con el servicio y con todo el mundo”, y esas palabras indican que su autor estaba presente cuando nosotros nos enteramos de que Caamaño había llegado al país, y de la cantidad de detalles que da acerca de nuestra reacción al saber la noticia se deduce que la escena se produjo en nuestra casa, y además que en ese lugar, o en el que fuera, había otras personas; el guarda espalda, el servicio, los que tomaban el teléfono y todo el mundo. ¿Y Peña Gómez? ¿Estaba en ese momento en casa o estaba en la casa de Majluta, donde se había ido a vivir desde que volvió al país el 19 de noviembre de 1972?

Sería bueno que Majluta nos aclarara ese punto y que aclarara si él estaba en nuestra casa, o n o estaba en ella, cuando nosotros nos enteramos del desembarco de Caamaño en Playa Caracoles; y a fin de que los lectores sepan a qué atenerse vamos a contar detalladamente todo lo que sucedió, día a día y hora por hora, que pudiera relacionarse de manera directa o indirecta con el coronel Caamaño y su desembarco en tierra dominicana en las primeras horas del 3 de febrero de 1973, y que cada quien saque de ese relato la conclusión que le parezca lógica.

El Mensajero de Caamaño

Para esos días el que sabía de Caamaño mucho más que nosotros era el Dr. José Francisco Peña Gómez; sabía tanto que el sábado 20 de enero (1973), apenas dos semanas antes de que el jefe militar de la revolución de abril pusiera pie en Playa Caracoles, declaro a El Nacional (en el artículo “Peña Dice Es Inversión”, primera página) que “de acuerdo a las presunciones del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) esa información (sobre la alegada muerte de Caamaño, Paréntesis de El Nacional) carece de veracidad y es una de las tantas inversiones que se han propalado sobre el coronel Caamaño”, y agrego que esas inversiones habían sido difundidas unas veces con el fin de desprestigiar su ilustre figura y otras para justificar actividades represivas, como las movilizaciones que se han hecho en el país su pretexto de que el coronel Caamaño encabezara una inversión”.

Debemos decir, de paso, que en esa oportuni­dad, como lo seguiría haciendo con el mayor desenfado y a veces de manera desafiante hasta el 18 de noviembre de ese año, día en que un grupo de líderes del PRD abandonó ese partido para fundar el PLP, el Dr. Peña Gómez habló en nombre del PRD sin autorización para hacerlo y sin haber consultado a nadie. Pero como verán los que lleguen hasta el final de esta historia, el Dr. Peña Gómez actuaba así porque tenía su trompo embollado.

Unos días después de esas declaraciones en las cuales Peña Gómez habló mentira al decir que de acuerdo a las presunciones del PRD no era verdad que Caamaño estuviera muerto, puesto que eso lo decía él por su cuenta sin que el PRD supiera siquiera que iba a decirlo, empezamos nosotros a hablar por Radio Comercial, y el jueves día uno, o primero, de febrero termina­mos nuestra charla con estas palabras: “Quisiera poder decirles hasta mañana; pero como deben ustedes haber notado, ya se me hace difícil hablar”, Y así era: estábamos roncos, con la garganta adolorida, y el médico que nos vio al anochecer de ese jueves nos ordenó mantenernos en cama por lo menos hasta e! domingo. Según se desprenda de lo que declaró más tarde Hamlet Herman, Caamaño y sus hombres navegaban ese jueves en dirección del país y oyeron y comenta­ron lo que habíamos dicho a través de Radio Comercial; y debían estar por lo menos frente a la isla Saona a la hora en que el Dr. Peña Gómez fue a vernos, cerca del mediodía del viernes, para decirnos que el Dr. Emilio Ludovino Fernández, que había llegado al país hacía poco, tenía que darnos un mensaje de mucha importancia; y seguramente la lancha en que viajaba Caamaño debía estar dirigiéndose a la Bahía de Ocoa, en una de cuyas orillas está la Playa Caracoles, a la hora en que llegaron a nuestra habitación los doctores Peño y Fernández, que debió ser entre 8 y media y 9 tío la noche.

El mensaje que nos llevó el Dr. Emilio Ludovino Fernández fue éste:

“El coronel Caamaño le manda a decir que apoya con toda su alma la línea política que sigue el Partido Revolucionario Dominicano y que usted y el PRD pueden contar con todo su respaldo”.

Nosotros oímos cuidadosamente al mensajero del coronel Caamaño, y mientras él seguía hablando acerca de una persona que había llegado al país en noviembre o diciembre de 1972 con la misión de darnos otro mensaje del coronel Caamaño (persona y mensaje de los que nunca supimos nada), nos decíamos a nosotros mismos que era verdad la información que se nos habla dado, a título muy confidencial, de que el Dr. Emilio Ludovino Fernández mantenía rela­ciones con el jefe militar de la revolución constitucionalista, pero no le dejamos traslucir al Dr. Fernández nada de lo que estábamos pensan­do. Cinco o seis horas después, el jefe militar de la revolución de abril y sus compañeros desem­barcaban en Playa Caracoles.

Un Mensaje de Pela Jáquez

El sábado día 3 de febrero, poco antes de mediodía despertamos al ruido de pasos y de un “saludo” dicho en voz baja. Dos amigos entraron en la habitación, se sentaron frente a lo que llamamos los pies de la cama, y uno de ellos dijo que tenía que darnos un recado, muy importan­te; y como los dos eran amigos personales y políticos del coronel Caamaño, y como todavía estábamos bajo la impresión de lo que nos había dicho el Dr. Emilio Ludovino Fernández, pensa­mos que Caamaño había enviado su mensaje por más de una vía, precaución que debe tomar siempre el que quiera asegurar que un mensaje llegará a su destino, y sin haber despertado completamente dijimos en voz muy baja: “No mencionen nombre; no digan quién los manda”. Uno de los amigos dijo que Toribio Peña Jáquez le había pedido que nos viera y nos hiciera saber que Caamaño estaba en el país.

¿Toribio Peña Jáquez?

Nunca habíamos oído mencionar a esa perso­na, de manera que no había razones para que creyéramos lo que nos mandaba decir, y no podíamos creer su historia de que Caamaño estaba en el país puesto que quince o dieciséis horas antes habíamos recibido un mensaje de Caamaño que nos había llevado una persona a quien sí conocíamos y de quien además sabía­mos que mantenía relaciones con Caamaño. No dudamos ni por un segundo de la seriedad del amigo que nos transmitía el recado que le había enviado Toribio Peña Jáquez, pero no podíamos darle fe a lo que éste dijera porque no teníamos ni siquiera una idea vaga de su existencia. ¿Cómo podíamos nosotros saber si lo que decía Peña Jáquez era verdad o era mentira dado que no sabíamos quién era esa persona? Por otra parte, ni el momento ni las circunstancias en que nos hallábamos eran propicios para pedir infor­mación acerca de Peña Jáquez. Si ese mensaje hubiera llegado antes que el que nos llevó el Dr. Fernández, es casi seguro que habríamos pregun­tado quién era y cómo era Peña Jáquez, ¿pero cómo íbamos a poner lo que nos mandaba decir un desconocido en pie de igualdad con lo que nos había dicho a nombre del coronel Caamaño el Dr. Emilio Ludovino Fernández, a quien conocíamos, con quien habíamos mante­nido relaciones mientras nos hallábamos en Europa, y quien además era hermano del coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, cuyo re­cuerdo conservábamos y seguimos conservando con afecto y admiración? . ¿Y cómo podía una persona cuerda aceptar como buenos y válidos dos mensajes tan opuestos como el que nos había llevado el Dr. Fernández y el que nos mandaba Peña Jáquez? ¿Era posible que casi al mismo tiempo que nos enviaba desde Cuba la seguridad de su apoyo político el coronel Caa­maño estuviera en territorio dominicano?

Los amigos se despidieron y nosotros volvi­mos a la rutina de todos los enfermos: que a las 12, la cápsula tal; a las 6, esta tableta; a las 8, un, alimento; a las 9, a abrir la boca para poner en ella el termómetro; y así pasó el sábado día 3 de febrero y así pasó el domingo día 4. El lunes 5, no más tarde de las 7 de la mañana según recordamos, llegó el Dr. Hugo Tolentino, que iba de paso para la Universidad Autónoma y quería saber si nosotros sabíamos la noticia, y cuando le preguntamos a qué se refería nos respondió que según sé decía en círculos políticos de izquierda el coronel Francisco Alberto Caamaño estaba en el país. Nuestra reacción inmediata fue la de preguntarle si él había recibido algún mensaje del jefe militar de la revolución constitucionalista y respondió que no. En consecuen­cia, sólo nosotros, y nadie más, habíamos recibido un mensaje del coronel Caamaño, y en ese mensaje no se nos había hecho saber ni de lejos que él estaba en el país o que pensara, siquiera, entrar en algún momento en territorio dominicano.