Bosch: La Acumulación originaria (5)

  • 23 marzo 1977

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 23 de marzo de 1977
Página 4.-

Si se exceptúa el caso de los campos de caña de azúcar, que en una mayoría aplastante eran propiedad de firmas extranjeras, o el de la yuquera de Quinigua y el de la guineera de Sosúa, las dos de capitalistas yanquis, lo que abundaba en la República Dominicana en los años que corrieron de 1920 a 1930 y tantos en el orden de la economía agraria era la pequeña agricultura, que en la lengua criolla hubiera podido llamarse economía conuquera.

Una parte muy importante de la producción de los conucos la consumían los campesinos y sus familias; otra parte, la más pequeña, se llevaba a los mercados de las ciudades y los pueblos para cambiarla por dinero que se usaba en comprar algunos de los artículos indispensables en esos tiempos, como jabón, sal, hilo, agujas, bacalao, fósforos y la tela de fuerte azul con que se hacían los pantalones y la de listado con que se hacían las camisas de los hombres y también los vestidos o túnicos de las mujeres. De esa ropa, que era igual para todos los campesinos pobres y medianos y que se repetía año tras año, se tenían dos juegos o remudas, uno para los días de trabajo y otro para los domingos y fechas religiosas o patrióticas. El hombre del campo llevaba sombrero, que era de fieltro porque duraba mucho, pero ni él ni su mujer ni sus hijos se calzaban porque para tener a la familia calzada hubiera tenido que multiplicar por dos o más sus días de trabajo El campesina no fumaba cigarrillos, que eran demasiado caros para él y para la gente pobre de las ciudades y los pueblos; fumaba andullo en cachimbo de barro, que costaba centavos. Para no gastar fósforos se dejaban brasas en el fogón que duraran toda la noche y con ellas se encendían al amanecer astillas de corazón de pino (cuaba) que estaban al alcance de quien tuviera un machete, y no había campesino sin machete. De lo que producía la pequeña agricultura solamente iban a dar a los canales del capitalismo comercial el tabaco que no se destinaba a andullo, la cera, la parte de las habichuelas que la familia productora no iba a comerse, una parte del café, el cacao y los cueros de res.

Por esos años los campesinos componían del 83 al 75 por ciento de la población total, de manera que hay que tomarlos muy en cuenta a la hora de hacer un estudio serio de la situación del país en esos años porque dado su número ellos constituían la fuente más importante de mano de obra en lo que se refiere a la producción para el consumo nacional, porque el azúcar, el guineo y la yuca convertida en almidón estaban destinados a la exportación.

La Acumulación Originaria de Trujillo

Sobre un panorama económico y social como el que acabamos de pintar no podía montarse una industria dirigida al mercado interno que valiera la pena porque la fuerza productiva por excelencia, que era la población campesina, estaba hecha a unos hábitos de producción y de vida que la convertían en un obstáculo serio para su aparición y su desarrollo y aun para la aparición y el desarrollo de una industria destinada al mercado exterior, como sucedía en el caso de la azucarera. Era bastante difícil sacar al campesino del conuco y llevarlo a trabajar a los ingenios o a las fábricas que pudieran establecerse. Antes que nada había que separarlo de la tierra, lo que equivalía a aniquilar la economía del conuco especialmente en las regiones más pobladas del país. Eso habían hecho los infantes de marina yanquis en el Este allá por los años de 1916 a 1920, y sin embargo todavía hoy, más de medio siglo después, el Central Romana funciona a base de cortadores de caña haitianos. (Recordemos, de paso, que por esa época y pasado el 1938 el Central Romana importaba todo lo que vendía en sus bodegas, con la excepción de algún producto agrícola como las habichuelas/ y que les pagaba a sus trabajadores con vales que sólo podían ser cambiados en esas bodegas, y no por dinero sino por mercancías, detalles importantes para conocer el carácter de islas económicas que tenían los ingenios extranjeros en nuestro país).

Lo que hicieron los infantes de marina norte-americanos en el Este lo haría después Trujillo en otras regiones, pero muy especialmente en los lugares donde sembró caña para sus dos grandes ingenios, el Río Haina y el Catarey, y en Nagua, donde ordenó plantar arrozales enormes, y en Azua, donde mandó producir sisal. Los medianos y pequeños propietarios de esos sitios, y de otros en varias partes del país, que ocupaban tierras que Trujillo necesitaba para llevar adelante su plan de convertirse en un potentado, fueron desalojados a la mala; en algunos casos se picaron los alambres de púas de sus cercas y sus animales fueron sacados y vendidos o repartidos entre los encargados de desalojar a los dueños; en otros casos los tractores se llevaron por delante las viviendas, especialmente si eran de madera; en varios sitios las viudas tuvieron que vender por mucho menos de lo que valían las propiedades que no quisieron vender sus maridos.

Ningún dominicano tuvo el cuidado de acumular informes detallados de los hechos de ese tipo que se ejecutaron durante los años de la dictadura de Trujillo, aunque esos informes se hubieran mantenido en secreto en vida del dictador; y por eso ahora no podemos ofrecer documentos en que figuren las estadísticas y las descripciones de lo que fue en la República Dominicana el inicio de la etapa de la acumulación originaria en que nos hallamos todavía; pero por lo que hemos oído contar podemos decir que en los arrozales de Nagua murieron fusilados y ahorcados muchos de los presos que trabajaban en ellos llevados desde la Capital y de otros sitios del país donde se les detenía bajo la acusación de vagancia y de delitos parecidos, y otro tanto sucedía en las siembras de sisal de Azua. La violencia se empleó también (aunque no al extremo de causar muertes en el número que se dieron en Nagua y en Azua) para despojar de sus tierras a los campesinos que las tenían en los sitios destinados a producir la caña que iban a usar los ingenios del dictador.

Cigarrillos y Madera

Hay una parte del capítulo XXIV de El Capital, que es por cierto de las más largas (la número 2, titulada “Cómo fue expropiada de la tierra la población rural”), rica en descripciones que resultan familiares para cualquier dominicano que esté al tanto de lo que hizo Trujillo y de los métodos que aplicó para quedarse con la tierra de muchos propietarios pequeños y medianos, porque con los grandes se entendía en alguna forma excepto quizá cuando podía darle a la expropiación cierto aspecto legal como pudo hacerlo en el caso de las fincas de Juan Rodríguez, que fue acusado de conspiración por haber encabezado el intento de expedición armada que se conoció con el nombre de Cayo. Confite. Pero Trujillo usó, para sus planes de acumulación originaria, productos que no figuran en el capítulo XXIV de El Capital, como por ejemplo el cigarrillo y la madera. El dictador adquirió La Tabacalera, que fabricaba el cigarrillo Cremas y cuyos dueños eran un alemán (Scíllner) y un italiana (Copello), y ordenó la suspensión inmediata de la fabricación del cigarrillo de olor Hollywood, que producía una sociedad formada por la Reynold Tobacco, de los Estados Unidos, y Amadeo Barlettá, agente de la General Motors y cónsul general de Italia en Santo Domingo. Un senador norteamericano, que al parecer era miembro de la familia Reynold, vino al país y fue halagado por Trujillo, que acabó negociando con él, lo que se deduce del hecho de que el cigarrillo Hollywood pasó a ser fabricado por La Tabacalera; y en cuanto a Barletta, se le hizo preso y fue encerrado en una celda de la Torre del Homenaje. Esa prisión dio lugar a que Benito Mussolini, el dictador fascista de Italia, despachara hacia aguas dominicanas un buque de guerra que no llegó a su destino por gestiones que hizo ante Mussolini el Departamento de Estado de Washington basándose en que la llamada Doctrina de Monroe sólo le reconocía poder para intervenir en países latinoamericanos al gobierno de los Estados Unidos. Barletta salió del país para no volver si no después de la muerte del dictador, y durante por lo menos un cuarto de siglo los fumadores dominicanos de cigarrillos tuvieron que fumar las marcas Cremas y Hollywood pagándolas a precios de lujo para la época. Nadie sabe cuánto dinero le dieron esos cigarrillos al dictador a lo largo de un cuarto de siglo, pero deben haber sido varios millones de pesos.

Y ahora, hablemos de la madera.

A principios del siglo pasado vinieron al país, invitados por Ferrand, unos cuantos de los franceses que se habían refugiado en otros países del Caribe huyéndole a la sublevación de los esclavos de Haití. Varios de ellos se dedicaron al corte y la exportación de maderas, un negocio que pasó a ser relativamente próspero durante muchos años, en el cual se enriquecieron algunas familias dominicanas, entre ellas la de Buenaventura Báez. Pero la madera tenía un mercado muy limitado en el país, tal vez porque la falta de caminos encarecía mucho su transporte. Para fines de siglo y principios de éste se establecieron algunos aserraderos en la provincia de Santiago y en la de La Vega, pero en la Capital se importaba madera de los Estados Unidos según puede verse en un libro muy interesante para los que quieran conocer lo que era nuestro país entre 1894 y 1916; y nos referimos a “La Misericordia y sus contornos”, de Francisco Veloz M. En ese libro se describen una por una las viviendas de los vecinos del barrio de la Capital en que iban acumulándose las familias pobres de la baja pequeña burguesía, y algunas que no eran pobres, que no cabían ya en los estrechos límites de la ciudad. Aunque la mayor parte de las casas nuevas de ese barrio eran bohíos de tablas de palma cubiertos de yaguas, de vez en cuando se dice de una que otra construcción que eran hechas de madera extranjera, y sin que se dé fecha se informa: “Juan Santaeugenia… estableció un almacén de madera del país (pino y pichipén), que ya se consumían, en la calle 30 de Marzo” (página 76).

La madera era una riqueza nacional incalculable que se perdía en los bosques y especialmente en los enormes pinares de la Cordillera Central, y su explotación, hecha sin el menor criterio de conservación, fue aprovechada desde los primeros tiempos dé la dictadura para formar la acumulación originaria trujillista. Varios de los familiares sanguíneos y políticos del dictador, el primero de ellos su hermano Petán, sacaron de la madera fortunas cuantiosas, a veces sin haber hecho inversión ni siquiera de un peso.