Bosch: Respondiéndole a El Caribe (4)

  • 30 noviembre 1977

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 30 de noviembre de 1977
Página 4.-

El 28 de julio del año pasado El Caribe salió a la calle con una información, un editorial y un artículo de uno de sus jefes dedicados a nosotros con el argumento totalmente falso de que habíamos dicho en un periódico de la Capital algo que no sólo no dijimos sino que ni siquiera habíamos pensado decir; y ésa no era la única agresión furiosa e injustificada que nos había hecho El Caribe; era sólo la última, al menos por un tiempo, y a ella, como a todas las anteriores, contestamos en la forma en que lo habíamos hecho siempre, iluminando con verdades y con razonamientos, no con pasiones, todas sus mentiras, demostrando la pobreza de sus argumentos con buenas maneras, pero también con claridad.

Cuando se produjo el violento y múltiple ataque del 28 de julio el director de El Caribe no estaba en el país, pero el periódico se hacía siguiendo las normas que él había establecido, y en esas normas no figuran ni la elegancia personal ni la honestidad intelectual, y por eso se explica que El Caribe no publicara lo que para responder a esas furiosas embestidas dijimos en una rueda de prensa a la que El Caribe fue invitado; y como de lo que dijimos en esa ocasión se publicó si acaso el cinco por ciento, usamos las páginas de VANGUARDIA del Pueblo para publicar el primer artículo de esta serie; y ese artículo, que como dijimos en el segundo salió en el número 51 de VANGUARDIA, estaba escrito con todas las consideraciones que habíamos tenido hasta entonces con el director de El Caribe, a pesar de que ese señor nos había dado pruebas abundantes de que no se merecía ninguna de ellas.

Pasados algunos meses empezamos a tomar nota de que los periodistas de El Caribe nos llamaban para pedirnos opiniones o informaciones sobre asuntos de interés nacional o internacional y lo que les decíamos con carácter de exclusividad se publicaba como material de relleno que se envía a lugares perdidos en páginas interiores. No éramos nosotros quienes enviábamos esas opiniones y esas informaciones a El Caribe; era El Caribe quien nos la pedía, y si las pedía para publicarlas donde a su director le daba la gana también a nosotros podía darnos la gana de no seguir proporcionándoselas, porque si el dueño de El Caribe tiene derecho a hacer en su periódico lo que le conviene o lo que le guste, nosotros no estamos obligados a hacer lo que nos perjudique; y en uso de ese principio elemental decidimos no responder a ninguna pregunta que nos hicieran los periodistas de El Caribe. Así se lo dijimos al primero de ellos que nos solicitó una opinión, y le agregamos, diciéndole de manera muy clara que esa explicación era para él y no para el periódico, que nuestra decisión no tenía nada que ver con él ni con ningún periodista de El Caribe sino con la política que en relación con nosotros seguía el periódico. Dos o tres días después de eso apareció en la primera página de El Caribe una supuesta declaración nuestra en la que el dueño y director de ese diario vaciaba la carga de pasiones insensatas con que pasa por la vida poniendo en boca nuestra cosas que no le habíamos dicho ni a él ni al periodista, y lo hacía a sabiendas de que estaba haciendo algo que ningún periodista puede hacer sin violar el código de conducta que se les aplica a los que tienen la profesión de escribir para el público.

Lo que no se puede hacer

Así como un cirujano no puedo usar sus conocimientos y sus instrumentos médicos para deformar a un paciente de quien desea vengarse o para satisfacer apetitos personales con una enferma cuya salud le ha sido confiada, así un dueño o director de un periódico no está autorizado a usar su periódico en la tarea de deformar la imagen de una persona que le caiga mal, ni aun de aquellos a quienes odie con causa legítima. Un periódico será propiedad de su dueño en la medida en que es una empresa comercial, pero como medio de comunicación pública no puede convertirse en instrumento de desahogos personales de sus propietarios o de sus redactores; además, ningún periódico tiene el poder de limpiar la imagen que él mismo enloda aunque esté dispuesto a publicar todas las aclaraciones que se le pidan, porque nadie sabe si las personas que leyeron el ejemplar en que se hizo el daño van a leer los ejemplares donde saldrán las aclaraciones. Eso lo sabe el director y dueño de El Caribe, de manera que cuando viola esas leyes del periodismo serio lo hacen con maldad, lo hace porque se deja llevar por sus impulsos de antisocial. Si nosotros le respondemos en VANGUARDIA usando su método de ataques personales, lo hacemos por dos razones que no tienen que ver nada con nuestros sentimientos: la primera, para que se dé cuenta de que pisamos ese terreno en que él se considera experto con tanta seguridad como el que más, y la segunda para que sepa de una vez y por siempre jamás que no queremos verlo cerca de nosotros en lo que nos quede de vida. Si nos hubiera gustado tratar con dementes habríamos estudiado siquiatría.

A nosotros no nos va ni nos viene que el dueño del Caribe sea lo que es, pero no podemos aceptar que nos eche encima las aguas negras de sus pasiones, de manera que cuando publicó la columna a que nos hemos referido lo llamamos por teléfono y le dijimos que diera por rotas nuestras relaciones. A un ataque tan perverso como el suyo teníamos que responder así y no en otra forma. Si le contaron que habíamos dicho tal o cual cosa, debió habernos pedido cuentas en privado, no pintarnos en su periódico con rasgos de puerco como si estuviera haciendo un autorretrato. La lista de los agravios que nos había hecho ese sujeto era ya muy larga y con ése llevaba la agresión a límites imperdonables. Fuera de sí a causa de la ira, llamó ese día varias veces por teléfono y nos negamos a responderle. Nada nos obligaba a mantener relaciones con un incontrolable con quien no tenemos ni hemos tenido nunca nexos de ningún tipo, ni familiar ni político ni de amistad, sino un conocimiento superficial y un trato de ocasión. Dos o tres días después llegó a nuestra casa una carta con membrete de El Caribe a mano de un mensajero y nos negamos a recibirla; tal vez una semana más tarde llego la misma carta por la vía del correo, y la rechazamos. Del dueño y director de ese periódico no queremos recibir nada, ni lo bueno ni lo regular ni lo malo. Ese sujeto nos agredió de manera personal, con alevosía y acechanza, y en público, puesto que lo hizo a través de su diario que es leído por varias personas aunque no son ahora tantas como eran hace algunos años, y como nuestra posición nos impedía responderle como se responden las agresiones personales, decidimos romper todo trato con él, y así lo hicimos.

El Instigador de la Agresión

Como tenemos el habito de respetarnos a nosotros mismos, no le dimos publicidad al rompimiento, y podíamos hacerlo puesto que en lo que se refiere a dirigir un periódico estamos en pie de igualdad, con la diferencia de’ que VANGUARDIA del Pueblo ni es un negocio que nos enriquece ni explota la vanidad de sus lectores ni les mete, entre anuncio y anuncio, toda suerte de frivolidades; antes bien, VANGUARDIA se hace para orientar a los dominicanos, no para que nadie se enriquezca vendiendo noticias y mentiras. Todo eso, que significa calidad, nos separa de El Caribe, pero además nos separa la cantidad, porque los lectores de VANGUARDIA doblan en número, por lo menos, a los de El Caribe. Rompimos con él y no lo dijimos en público; pero él, además de hacer circular entre sus empleados en una carta su versión particular de las causas del rompimiento, no tardó en volver a las andadas, porque igual que el mosquito, el director de El Caribe es impertinente y no alcanza a darse cuenta de que para todas las cosas hay límites y no es de sabios forzarlos. Así por ejemplo, al darse la noticia de que Carlos Prío Socarrás se había suicidado en Miami aludió a nosotros dos o tres veces en su columna Hechos y Nombres sin el menor respeto por la verdad, porque él conoció nuestras relaciones con el ex—presidente de Cuba de oídas, no de boca nuestra ni de la boca del muerto, y no tiene la menor idea del origen ni de la forma en que se mantuvieron esas relaciones; y después, cada vez que le venía bien, tiraba las piedras envenenadas de los ataques personales, las calificaciones de “político amargado”, de “persona frustrada”, esto es, el ataque personal de mala ley, propio de enanos del alma, y nosotros le dejábamos hacer sin que su zumbido de mosquito nos quitara el sueño.

Ahora es tiempo de que preguntemos a qué creen ustedes que se debían esas alusiones de mal gusto, y de que respondamos:

Se debían a que no le permitíamos que nos usara como fuente de noticias. Si él vive de explotar las noticias, ¿qué nos obliga a colaborar en su negocio? ¿Por qué tenemos que ser sus socios a la mala y sin que nos toque ni siquiera el provecho de vivir en paz? Pero él quería no sólo explotar las noticias sino explotarnos también a nosotros; usar las noticias que pudiéramos proporcionarle y además darse el lujo de desahogar en nosotros, cada vez que le viniera bien, el torrente de pasiones malsanas que lo agobian; y nosotros no le dábamos el gusto de salirse con la suya, cosa que lo mantenía en estado perpetuo de cólera.

No es necesario tener mucha imaginación para darse cuenta de cómo se sintió tal personaje cuando se enteró de que la Policía les había entregado a los periodistas un informe en el que nosotros y el Partido de la Liberación Dominicana aparecíamos igualados a un grupo de tiradores de piedras. Con ese informe se le presentaba la oportunidad de aniquilarnos, pensó él; y como lo que decía la Policía era tan poca cosa, se dedicó a adornar esa poca cosa agregándoles 230 palabras a las 123 de la Policía. Con lo que agregó, el informe policial quedó convertido en una noticia sensacional, tan sensacional que creó la atmósfera indispensable para que una partida de bandoleros perredeístas nos agrediera a pedradas doce horas después de haberse publicado en El Caribe la infamia que elaboró su director. Y así fue como el dueño de El Caribe pasó de mentiroso a instigador consciente de una agresión incalificable y al mismo tiempo imperdonable.