Bosch: Respondiéndole a El Caribe (y 5)

  • 07 diciembre 1977

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 7 de diciembre de 1977
Página 4.-

Hay varias formas de paranoia, pero la más peligrosa es la que padece el enfermo que sufre delirios de persecución y se enfrenta a esa persecución, que sólo existe en su mente, persiguiendo a quien supone que le persigue. El dueño y director de El Caribe es un paranoico de ese tipo y está siempre listo a dispararle cañonazos de alto calibre al que aparece en sus delirios como enemigo que lo persigue; y aquí va una prueba a reserva de presentar otras en este artículo: Cuando ese personaje manipuló una noticia falsa al extremo de que convirtió una mentira de 123 palabras en una noticia sensacional de 353; respondimos con una declaración en la cual le dedicamos a El Caribe 61 palabras (ver La Noticia del 11 de noviembre, 1977, páginas 1 y 10); al día siguiente, en una típica reacción de paranoico, ese señor nos dedicó 1,430 palabras, incluyendo los títulos (editorial Juan Bosch, pág. 18, con 435, y en la misma página, Hechos y Nombres, con 995). Esos datos le bastarían a un siquiatra para diagnosticar la perturbación mental del sujeto, pero hay otros datos que refuerzan los síntomas expuestos.

No hablemos del editorial porque los de El Caribe los escribe un empleado, pero la columna Hechos v Nombres es obra del dueño del periódico y en ella se refleja su manía persecutoria, tanto en la forma de los delirios en que él es el perseguido como en su reacción de perseguidor. Aunque por su condición de enfermo resulta ser un típico irresponsable ante la justicia, los perjudicados por sus agresiones sufren daños de tipo moral y de otra índole, de manera que en fin de cuentas el sujeto es socialmente dañino y en un país civilizado no podría estar al frente de un órgano de opinión pública que gracias a él y a su quebranto se convierte en un manantial de mentiras y confusiones. Por ejemplo, la columna Hechos y Nombres de ese día 12 de noviembre empezaba diciendo: “Una vez más, el ex presi-dente Juan Bosch las ha emprendido contra El Caribe y contra su director”, y olvidaba que en la historia de las polémicas que hemos tenido con él ha sido él, no nosotros, quien ha disparado el primer escopetazo; pero además olvidaba que el día anterior había hecho con una mentira de la Policía una noticia que parecía verdadera en la cual nos igualaba con un grupo de bandoleros perredeístas y mentía de manera tan apabullante que en sólo 40 palabras decía tres mentiras. Las 40 palabras fueron éstas: “Esta vez (la razón) ha sido una información, suministrada por la Policía Nacional, que este periódico publicó, tal y como le fue ofrecida (primera mentira), sin comentarios de ninguna especie y de la manera más objetiva posible (segunda mentira). Esa información también fue publicada por otros periódicos (tercera mentira, pero en ésa dijo dos a la vez)”. Esas falsedades fueron expuestas de manera detallada en el artículo número 3 de esta serie.

El Paranoico

Dado el caso de que el propietario de El Caribe es un paranoico, no tiene nada de extraño que nos estableciera en su mente como sus perseguidores porque los acontecimientos de este país nos llevaron a la Presidencia de la República, posición desde la cual un enfermo mental podía vernos con poderes suficientes para perseguirlo; pero debe tomarse nota de que él es el único dominicano capaz de pensar que nosotros lo perseguimos; todos los demás saben hasta qué extremo llevó el gobierno que encabezamos el respeto por los llamados derechos humanos; sólo él, agobiado por sus delirios, se empeña en decir lo contrario.

¿Por qué nos fijó en su mente como sus perseguidores?

Porque tan pronto fuimos elegidos para el cargo de presidente de la República, y mientras nos hallábamos fuera del país, el periodista Gregorio García Castro empezó a hablar por radio y decía, según se nos informó después, que el gobierno debía nacionalizar o confiscar El Caribe. Nosotros no teníamos ninguna clase de vinculación con García Castro y además, estando por los Estados Unidos y Europa, no podíamos saber, ni imaginarnos, que él había iniciado una campaña de ese tipo, que llevaba adelante, al parecer, por razones personales, porque el dueño de El Caribe tiene muy poca capacidad para hacerse dé amigos, pero la tiene, y muy grande, para convertir en enemigos a noventa y nueve de cada cien personas con quienes ha tenido algún trato.

El dueño de El Caribe pensó que García Castro actuaba siguiendo órdenes nuestras. ¿Pero por qué lo pensó? ¿Qué cosa podía llevarlo a relacionar lo que decía García Castro con nosotros? Lo llevó la necesidad que tiene el paranoico de justificar ante sí mismo el delirio de perseguido que padece y también el de perseguidor con que pretende responderle y compensarlo. Tan ignorantes estábamos nosotros de lo que hacía aquí García Castro que un día llamamos desde Europa al director de El Caribe para darle una información acerca de las actividades que llevábamos a cabo en el Viejo Mundo, y como se trataba de asuntos de interés nacional pensamos que el pueblo dominicano tenía derecho a saber qué cosas hacíamos por él, pero además quisimos darle a El Caribe la exclusividad de esas informaciones porque el otro periódico (La Nación) podía manipularlas dada la posición política irracional de la persona que lo dirigía. Ahora, al cabo de los años, el dueño de El Caribe sale diciendo que nosotros quisimos dirigir su periódico, por teléfono y desde Inglaterra! , y justifica esa tontería con palabras que sólo pueden explicarse como producto de su manía persecutoria. He aquí como el pobre enfermo hace la historia de esa llamada telefónica: “Toda la con-versación se concretó a exigirme que publicara tanto la información de que aquí se preparaba una trama para impedir que él ascendiera al poder como un editorial condenando la supuesta conspiración”.

¿Por qué teníamos que llamarlo a él para decirle que aquí se conspiraba para que no llegáramos al poder? De haber salido algo de esa supuesta conspiración, ¿no hubiera sido más lógico que hubiéramos llamado a una persona de nuestra confianza o a un miembro del Consejo de Estado, por ejemplo, a Luis Amiama, que debía tener buena información de la conjura, si es que la había? A nuestro retorno al país se nos dijo que se tramaba un golpe para días antes de la toma de posesión y no le dimos ningún crédito a esos decires. Pero el dueño de El Caribe, que siente la necesidad de explicarles a los demás y explicarse a sí mismo la actitud que mantiene ante nosotros, se inventa justificaciones tan absurdas como ésta: “Bosch… trató de convertirse, tan pronto fue elegido Presidente de la República, en árbitro de la política informativa y editorial del diario que dirijo. Me opuse con todas mis fuerzas. Y de ahí su animadversión”.

Hasta aquí Llegamos

Observen esas palabras: “Me opuse con todas mis fuerzas”. Si él se opuso con todas sus fuerzas debió ser porque nosotros hicimos mucha fuerza para convertirnos en “árbitros de la política in-formativa y editorial del diario” que él dirige. ¿Y cómo se explica que un presidente de la Re-pública aspirara a ser árbitro de la política informativa y editorial de un periódico? Para ser eso hay que pasar por lo menos de ocho a diez horas diarias en el lugar donde se hace el periódico, y donde el presidente de la República tenía que pasar su tiempo era en el Palacio Nacional, y lo que tenía que dirigir era el gobierno del país, no el negocio de una persona sin ningún nexo especial con nosotros. Como presidente de la República nunca pretendimos dirigir a nadie; nunca necesitó nadie ni de todas sus fuerzas ni de la mitad de ellas para impedir una actuación abusiva de nuestra parte. Y si el método empleado para convertirnos en árbitros de la política informativa y editorial de El Caribe no fue abusivo, ¿cómo se explica que su dueño tuviera que oponerse a nuestra intención con todas sus fuerzas? Nosotros no hemos tenido con el dueño de El Caribe relaciones estrechas o íntimas y nunca hemos visitado su casa, de manera que ni aun por amistad podíamos sentirnos autorizados a insinuarle, siquiera, que deseábamos dirigir su negocio.

El dueño del Caribe sí intentó ser árbitro de lo que nosotros debíamos decir, y no se lo permitimos; fue cuando nos pidió que escribiéramos cinco artículos para su periódico siempre que habláramos en ellos de literatura y sólo de literatura, y eso no sucedió hace quince años; sucedió hace menos de dos años. Vean ustedes por ese dato cómo actúa en la realidad ese campeón de lo que llaman libertad de prensa él y otros mascarones como él de esa mojiganga continental bautizada con el nombre de SIP.

Este artículo estaba destinado a ser el último de la serie Respondiéndole a El Caribe, y hemos tenido la buena suerte de que en la mañana del día en que debíamos escribirla ese periódico apareció con una página entera, la número 20, dedicada a presentar las pruebas de que se vale su director para relatar a su gusto lo que él llama incidente sin explicar en qué consistió y qué causa lo produjo; y esas pruebas son un supuesto informe de su secretaria y cartas suyas a la Asociación Dominicana de Diarios. El sujeto, que es abogado aunque no ejerce, ni podría hacerlo porque no sabe una palabra de Derecho a pesar de que lo estudió durante cinco años, ignora el principio de que nadie puede hacerse pruebas a sí mismo e ignora también que el artículo 283 del Código de Procedimiento Civil tacha como testigos a los dependientes y empleados del que los presenta; pero en las que él llama pruebas dice algo que fue verdad y que lo condena: que nosotros le cerramos el teléfono, y es cierto que lo hicimos tres veces y en la cuarta le pedimos a un compañero del Partido que le diera este recado: “Dice el señor Bosch que no está para usted”. Tuvimos que hacerlo así porque estaba vuelto un energúmeno que no nos dejaba hablar y gritaba como un demente. Era él quien amenazaba, no nosotros; nosotros no teníamos ni con qué ni por qué amenazarlo. Lo único que hicimos fue decirle que no queríamos tener trato con él en lo que nos quedara de vida; y sólo su paranoia explica que corriera, temblando de miedo, a buscar amparo y protección en el presidente de la Asociación Dominicana de Diarios. El impertinente mosquito huía, despavorido, de aquél a quien había escogido como su última víctima.

Y ya que hablamos del mosquito, hasta aquí llegamos con él, y a su tiempo nos ocuparemos del gusarapo.