Juventud Desviada

  • 12 junio 2017

Obras completas de Juan Bosch
Tomo 11
Páginas desde 33 hasta 44
Título del capítulo:
Crisis de la Democracia de América en la R.D.

El Movimiento 14 de junio se había formado en la clandestinidad, con una mística de heroísmo y sacrificio que produjo muchos mártires, muchos torturados en las prisiones de Trujillo y muchos desaparecidos cuyas tumbas nadie sabe dónde están.

En año y medio, casi todas las poblaciones dominicanas fueron cubiertas por células del 14 de junio, y los jefes y los miembros de esas células secretas eran jóvenes profesionales y estudiantes del alta y la mediana clase media, y alguno que otro —muy contados— de la pequeña clase media.

Cuando los delegados del Partido Revolucionario llegaron a Santo Domingo, la mayoría de los principales líderes del 14 de junio estaba todavía en prisión, entre ellos el que iba a ser su Presidente, el doctor Manuel Tavarez Justo.

Esos jóvenes tenían pasión patriótica, eran honestos y buenos luchadores, pero no habían tenido tiempo de estudiar a su pueblo y por tanto no conocían ni la composición social del país ni la diferencia de actitud ante la vida que había entre un campesino y un hijo de rico de la Capital, entre un obrero azucarero y un abogado, entre un sin trabajo de Gualey y un Secretario de Embajada. Bajo la tiranía de Trujillo la República vivía aislada del resto del mundo y los luchadores anti-trujillistas del interior no conocían el pensamiento de los que habían logrado saltar la muralla e irse afuera, a otros mundos donde habían podido estudiar con más serenidad y con relativa objetividad el proceso histórico dominicano, la psicología nacional, el juego de las fuerzas internas y externas que habían presionado sobre el Pueblo dominicano y lo habían formado —o deformado— en un trabajo de siglos.

La República Dominicana era un país colocado fuera de las corrientes que habían predominado en América, razón por la cual se había producido nuestra arritmia histórica, nuestra falta de coordinación con el mundo americano. América, vista en conjunto, tenía un ritmo, y nosotros teníamos otro. Entre las muchas consecuencias negativas de esa arritmia estaba la falta de estudios de todo tipo. Nosotros, los dominicanos, no habíamos hecho estudios —y ni siquiera observaciones— sobre nuestra composición social, nuestra psicología nacional y la particular de cada grupo social del país; y desde luego, nunca habíamos pensado hacer una interpretación del acontecer nacional con métodos modernos de análisis histórico.

Como es claro, los catorcistas, formados y organizados dentro del país, no tenían luz que los orientara. Habían aparecido en el escenario dominicano, brotados de la clandestinidad y de las cárceles políticas, como si hubieran sido los primeros habitantes de la tierra de Anacaona y Caonabo; y no se daban cuenta de que ningún ser humano escapa a la atmósfera de su medio, a lo que Ortega y Gasset había llamado casi medio siglo antes “sus circunstancias”, y por tanto no habían comprendido que ellos no habían podido escapar al influjo del ambiente dominicano.

En Santo Domingo había funcionado legalmente, hacia 1945, un partido comunista llamado Partido Socialista Popular. Trujillo le permitió salir a la luz porque quería dejar constancia de que en el país había comunistas y de que sólo él podía exterminarlos, paso previo para declararse a sí mismo campeón anticomunista de América, título que necesitaba para asegurarse el apoyo de Washington. Los restos de ese

Partido Socialista Popular habían seguido operando en el país después de la dispersión de sus líderes en 1945, y esos cuadros clandestinos buscaron la manera de infiltrarse entre los jóvenes catorcistas. La operación de infiltración fue tan audaz que lograron enviar a la cárcel de La Victoria, donde se hallaban presos los más de los catorcistas que habían caído en manos de la policía política trujillista, no sólo propaganda comunista sino también propagandistas. En esa forma los comunistas lograron influir sobre algunos catorcistas.

El flanco más propicio a la penetración comunista en el 14 de junio fue el nacionalismo de los catorcistas. El nacionalismo era una actitud que había desaparecido en el país. Nunca hubo en ninguna parte un pueblo tan entreguista como el dominicano a partir de 1930. La alta clase media, sobre todo, vivió todo el tiempo de la tiranía esperando que los marines americanos resolvieran el problema nacional desembarcando un día para echar a Trujillo del poder. Trujillo, que sabía eso, no desperdiciaba oportunidad de mostrarle al país que tenía el apoyo irrestricto de los Estados Unidos. En realidad, Trujillo hacía bautizar una avenida con el nombre de George Washington, otra con el de Cordell Hull, una calle con el de US Marine Corps, pero cuando se trataba de sus intereses personales, mantenía a los norteamericanos a distancia.

El nacionalismo de los catorcistas fue una consecuencia de su anti-trujillismo y se manifestó como antinorteamericanismo. Si Trujillo y los Estados Unidos eran socios, los jóvenes catorcistas debían ser —y lo fueron— antinorteamericanos.

En relación con esta actitud antinorteamericana se había producido en Santo Domingo un fenómeno de psicología social que difícilmente puede comprenderse en otro país. Bajo el mando de Trujillo se habían formado dos generaciones, y una de ellas había nacido y se había desarrollado sin conocer otro sistema político. Para los dominicanos de menos de treinta años, eso que llamaban democracia tenía que ser igual en todas partes. Si en la República Dominicana no sucedía nada —y no podía suceder nada— sin una orden de Trujillo, igual debía ocurrir en Estados Unidos. Así, cuando un periódico norteamericano, o un diputado, o un senador, o un embajador del gran país del Norte elogiaba a Trujillo, se debía sin duda a que ése era el criterio de todo el Gobierno norteamericano; y no debemos olvidar que hasta el Presidente de la Suprema Corte de los Estados Unidos elogió una vez sin tasa a Trujillo, llamándole el nuevo George Washington de la América Latina. Por otra parte, Trujillo tenía un control tan rígido de la prensa, la radio y la televisión dominicanas, que en el país no se publicaba ninguna declaración de ningún norteamericano que pudiera ser adversa a su régimen, y sin embargo, se publicaba con gran despliegue cualquier cosa favorable que de ese régimen dijera el norteamericano de menor significación, por ejemplo, un turista sin idea de lo que él representaba como ciudadano de su país a los ojos de los dominicanos.

A los agentes del Partido Socialista Popular les resultó, pues, fácil conducir el nacionalismo de los jóvenes catorcistas hacia un terreno de hostilidad contra los Estados Unidos, y esa actitud catorcistas fue aprovechada más tarde por los enemigos naturales del 14 de Junio para presentarlos a los ojos de sacerdotes, militares, comerciantes y otros grupos de la alta clase media como peligrosos comunistas. Pero antes de llegar a ese punto, usaron al Movimiento 14 de junio como se usa un traje ajeno para causar buena impresión y obtener el empleo que se busca. Pronto vamos a ver cómo los menos nacionalistas de los dominicanos se aprovecharon del 14 de junio para tomar fuerzas y frustrar la posible revolución nacional.

El sector de gente de “primera” en la República Dominicana no había sido una clase sino una casta. Al llegar los días finales del régimen de Trujillo, antes aún de que el tirano fuera muerto a tiros, esa casta aspiraba a evolucionar hacia la categoría de clase. ¿Cómo? Dándose a sí misma la sustancia económica de que había carecido siempre. Los de “primera” habían aprendido de Trujillo una lección: que desde el poder es fácil hacerse rico en la medida en que la industria y las finanzas proporcionan riquezas, lo cual es una medida bastante diferente de la que daba en otros tiempos la posesión de hatos de ganado o casas de alquiler.

La casta de “primera” había sido tradicionalmente un sector social soberbio por el origen de sus miembros, por el nacimiento, no por su poder económico o político. En el orden económico y en el orden político, eran dependientes, y por tanto débiles, lo que explica por qué todo ese sector, como grupo social, tuvo que doblegarse a Trujillo, que no procedía de su casta.

En los últimos años de Trujillo algunas familias de “primera” habían abandonado la actividad política —que habían realizado al lado de Trujillo, desde luego— y con el favor del tirano se habían dedicado a la actividad industrial o se enriquecían cobrando comisiones a los que negociaban con el Estado. Había llegado el momento preciso en que la gente de “primera” debía pasar de casta a clase, y esa gente de “primera” había reconocido instintivamente ese momento; de ahí que a la muerte de Trujillo se organizara en grupo político para lanzarse a la conquista del poder, pues el poder era el instrumento imprescindible para asegurarse un salto rápido hacia la categoría de clase. Ese grupo fue Unión Cívica Nacional.

Ahora bien, en el momento de organizarse, la Unión Cívica Nacional no tenía un sector del Pueblo al que pudiera dirigirse, si se exceptúa la juventud del círculo social a que pertenecían los primeros cívicos, y esa juventud era catorcistas. El momento histórico se hallaba en un punto realmente crítico, aquel en que los padres debían definirse como reaccionarios y los hijos como revolucionarios. Ya el PRD estaba en el país y el PRD había iniciado su actividad dirigiéndose a las masas con un mensaje de transformación social y económica, que era el fundamento de una futura revolución. La reacción naciente habló el lenguaje meramente político, el de las apariencias, y la juventud que debía ser revolucionaria se dejó hechizar por ese lenguaje.

Dos argumentos usaron los cívicos para convencer a las juventudes catorcistas de que les prestaran sus cuadros para formar la nueva organización: que la UCN sería un cuerpo apolítico, patriótico, de unidad nacional, llamado a desintegrarse tan pronto quedara liquidado el poder de la familia Trujillo, y que estaría encabezado por un hombre de prestigio, que nunca se había inscrito en el partido de Trujillo, el doctor Viriato A. Fiallo.

En tal momento, los catorcistas reaccionaron como miembros de una casta, no como jóvenes revolucionarios. Ya hemos explicado que la juventud catorcistas procedía del alta y la mediana clase media, que era donde se hallaban las personas de “primera”. A la hora de tomar su primera decisión política importante, esos jóvenes actuaron bajo la presión de las circunstancias en que habían nacido y se habían criado; y además, pesaba sobre ellos la acción del grupo comunista del Partido Socialista Popular, la propaganda antinorteamericana y el descrédito de nosotros, los hombres del PRD, a quienes los jóvenes del PSP venían presentando desde hacía tiempo como agentes norteamericanos y aventureros políticos de la peor ley.

A los ojos de la juventud de clase media que formaba el núcleo catorcistas, nosotros éramos una especie de leprosos morales; en cambio, la Unión Cívica era el súmmum de la honestidad patriótica y anti-trujillista. Si el doctor Fiallo estaba a la cabeza de la UCN, para los líderes catorcistas no podía haber duda de que la UCN sería una organización impecable, honorable; y si el doctor Fiallo decía que la UCN sería patriótica y no política, que se desintegraría una vez terminada la lucha contra la familia Trujillo, así sería. En octubre de 1959, en la Introducción a Trujillo: causas de una tiranía sin ejemplo, yo había escrito estas palabras: “Cuando actúan en función política, los hombres no son buenos ni son malos; son los resultados de las fuerzas que los han creado y los mantienen, y con cierta frecuencia son juguetes de esas fuerzas o son sus beneficiarios”. Pero esa simpleza conocida en el mundo político desde hacía mucho tiempo, la ignoraban los dominicanos. Los catorcistas —y los comunistas que se injertaron en UCN— creían en el doctor Fiallo porque era de su grupo social y porque el país no había entrado en la etapa del estudio de la sociología moderna; no se daban cuenta de que el doctor Fiallo tendría que responder a su grupo social, quisiera o no quisiera, y ese grupo estaba listo para usar a la Unión Cívica Nacional como su instrumento político para tomar el poder, sin el cual no podrían pasar de casta a clase.

Los dirigentes del 14 de junio —algunos todavía desde las cárceles— dieron órdenes de que todos sus miembros formaran filas en la Unión Cívica; y así, sobre los cuadros clandestinos del 14 de junio, se formó la UCN. Unos meses más tarde, cuando la UCN decidió declarar que era partido político y no asociación patriótica, muchos de los dirigentes catorcistas que figuraban en los mandos de UCN renunciaron al 14 de Junio y siguieron siendo cívicos.

Con el empuje de los jóvenes catorcistas, el prestigio del doctor Fiallo y la campaña anti-trujillista sostenida en el campo político —acusaciones a Mengano y a Fulano de ser trujillistas—, sin entrar en ningún momento en el terreno de la revolución, que debía consistir en medidas económicas y sociales más que en medidas políticas, la Unión Cívica Nacional se adueñó en poco tiempo de las calles. Yo veía aquella desviación gigantesca, tipo de gran estafa nacional, y me sentía alarmado. Pero era imposible abrir los ojos de esas juventudes de clase media —a las cuales iban sumándose rápidamente la pequeña clase media y algunos, muy pequeños, núcleos de trabajadores—, que estaban actuando, ya en medio de la lucha, bajo el estímulo de sus resentimientos, de los amargos recuerdos que habían dejado en sus almas las torturas y las humillaciones del trujillismo. Lo único que podíamos hacer era seguir nuestra campaña sobre las grandes masas pobres, evitar que ellas también cayeran en el engaño, irlas sumando a la formación de una conciencia revolucionaria nacional.

Ya en el mes de agosto la Unión Cívica había concebido la conquista del poder a través de un gobierno de hombres suyos y había elaborado la fórmula que después se llamaría Consejo de Estado; al colocarse en el terreno de la lucha por el poder, comprendió que el PRD podía ser un enemigo a batir, aunque al principio no le dio importancia.

Combatir al PRD era tarea relativamente sencilla. En la República Dominicana no podía tener prestigio quien no perteneciera a la casta de “primera”, y nosotros, los dirigentes del PRD, no éramos gente de “primera”. En Santo Domingo, un hombre podía ser virtuoso, pero si no pertenecía a la casta su virtud sería ignorada y fácilmente negada y hasta destruida en el concepto público mediante una calumnia elaborada en el círculo de los de “primera”; podía ser inteligente, pero se convencía a la gente de que esa inteligencia era peligrosa porque el que la tenía era un pícaro o tenía condiciones para ser pícaro. La opinión pública se hacía a base de chismes, rumores, calumnias, habladurías de doble sentido, y a veces hasta a base de apodos y nombretes que ridiculizaban a una persona. Eso había sido siempre así y lo era todavía en esos meses finales de 1961.

El Partido Revolucionario Dominicano ganó las elecciones de 1962 por una mayoría apabullante, a razón de más o menos dos votos suyos por cada voto cívico, y sin embargo tomamos el poder sin que hubiéramos podido alcanzar esa aura indescriptible, pero fuente de poder, que se llama prestigio. En los días en que gobernábamos y muchos meses después del golpe que nos echó del poder, la acusación más frecuente que se nos hacía era que nosotros nos habíamos rodeado de “basura”, que nosotros no tuvimos un Gabinete de “altura”. “Basura” quiere decir que llevamos a las más altas funciones públicas a gente que no era de “primera”; Gabinete de “altura” quería decir ministerio formado con gente de “primera”. A tal grado era yo consciente de ese odio de casta, que entre el mes de octubre de 1961, cuando regresé a la República Dominicana después de un exilio de veinticuatro años, y el 25 de septiembre de 1963, cuando fui hecho preso por los golpistas en el Palacio Nacional, no visité una sola vez la Universidad Nacional. Yo sabía que el estudiantado estaba bajo la influencia de la casta de “primera”, única formadora de la opinión pública, y esa gente de “primera” pretendía negarme hasta la nacionalidad. Para ellos, yo, que no procedía de su casta, no era dominicano.

Como los líderes del PRD no éramos gente de “primera”, resultaba relativamente fácil desacreditarnos ante ese grupo social, y ese grupo era el que formaba la opinión pública en el país, por lo menos hasta el día en que el PRD comenzó a comunicarse con las masas. Sin embargo he aquí que en corto tiempo, tres o cuatro meses a lo sumo, la situación comenzaba a cambiar; pues al producirse la muerte de Trujillo el Pueblo estaba ya listo para dejar de ser el espectador de su propio drama y subir al escenario como actor, y eso fue lo que hizo el PRD: darle al Pueblo categoría de actor en el drama nacional. Desde el primer momento, el PRD había planteado el problema del Pueblo en términos sociales y económicos, y la masa popular reconoció al PRD como su expresión natural en el terreno político. Así, mientras se nos desacreditaba entre la gente de “primera”, la masa popular engrosaba nuestras filas.

Los que lean los periódicos que publicaban UCN y el 14 de junio entre agosto de 1961 y agosto de 1962, y especialmente los que publicaban entre noviembre de 1961 y julio de 1962, hallarán la prueba de lo que estoy diciendo. En el semanario Claridad de los catorcistas y en el inter-diario de Unión Cívica no se economizó ningún insulto contra mí, contra Miolán, contra el PRD. Éramos de todo; lo peor, lo más bajo y lo más barato entre los hampones de la política del Caribe, entre los trujillistas y los vendidos a Washington. Ya he referido lo que dijo de nosotros el doctor Tavarez Justo en su discurso del 14 de junio de 1962, pero debo aclarar que aquélla fue una acusación política en la que no hubo calumnia de tipo personal como las que abundaban en Claridad.

Todavía a seis meses de las elecciones, cuando ya el PRD tenía casi un año actuando en el país y yo hablaba todos los días por radio y nuestra conducta política sin dobleces de ningún tipo hablaba por nosotros mismos, los catorcistas seguían transitando el camino que les trazó UCN; y lo más triste del caso es que lo hacían con toda honestidad, con la mayor buena fe, creyendo que estaban sirviendo a la Revolución Dominicana, convencidos de que debían limpiar el campo nacional de pillos de la peor especie.

¿Por qué sucedía eso?

Porque las juventudes de alta y mediana clase media seguían reaccionando en función de casta, no como revolucionarios objetivos ni como luchadores liberados del ambiente en que habían nacido y en que habían crecido.

Desde luego, con ese grado de atraso en el desarrollo social y político del país, era tontería insigne esperar que la juventud de clase media se uniera a nosotros en la misión de encabezar a las masas del Pueblo para realizar una revolución democrática. Nosotros teníamos que seguir labrando un surco sin los bueyes que reclamaba el momento histórico. La revolución democrática dominicana no podía hacerse en la única coyuntura en que era posible realizarla, esto es, a fines de ese año dramático de 1961.

Todavía iba a presentarse una oportunidad en el momento de la fuga de los Trujillo, pero ya la desviación producida por la hábil campaña de Unión Cívica era tan notable, que hubiera sido obra de locos querer aprovecharla.

En cuanto a los grupos comunistas, a fines de 1961 eran pequeños, tenían poca influencia y seguían dócilmente las consignas de la UCN. Los principales líderes del Partido Socialista Popular se hallaban en el destierro, y el Movimiento Popular Dominicano —que había estado operando en el país desde que negoció con Trujillo su legalización, hacia 1960— carecía de una línea política definida y de afiliados; era un partido que se llamaba a sí mismo marxista-leninista-fidelista, pero en realidad tenía más de anarquista que de otra cosa, y desde el primer momento sostenía una lucha a muerte con el PSP por causa de pugnas individuales entre líderes.