La Guerra de la Restauración No Empezó el 16 de Agosto

  • 16 agosto 1986

Por: Juan Bosch

La gran mayoría de los dominicanos cree que la guerra contra el poder español restablecido en el país el 18 de marzo de 1861 comenzó el 16 de agosto de 1863, y no fue así. Sin tomar en cuenta el amotinamiento de San Francisco de Macorís, con el que se pretendió evitar que la bandera española fuera izada allí cinco días después de haber sido proclamada la anexión a España, fueron varias las acciones de armas llevadas a cabo para impedir la Anexión, o para reconquistar la independencia, y la que empezó el 16 de agosto de 1863 fue la última de ellas.

La primera de esas acciones se dio en Moca donde José Contreras, Cayetano Germosén, José María Rodríguez e Inocencio Reyes tomaron la Comandancia de Armas el 19 de mayo de 1861, esto es, cuarenta días después del amotinamiento de San Francisco de Macorís. A fines de ese mes de mayo Francisco del Rosario Sánchez tomó el Cercado mientras un grupo encabezado por Cabral y Pina tomaba Las Mitas de Farfán. Como se sabe, Sánchez fue fusilado, y con él varios de sus compañeros de armas, el 4 de julio de 1861, a los tres meses y medio de haber sido proclamada la Anexión.

Las protestas armadas contra la Anexión que se hicieron en 1861 no tuvieron apoyo popular.

¿Por qué?

Porque las masas del pueblo, que en esa época y aún más de cincuenta años después eran mayoritariamente campesinas, esperaban que al pasar a poder de España ellas alcanzarían el nivel de bienestar que conocían los pueblos de Cuba y Puerto Rico y no tenían idea de lo que era la esclavitud africana porque esa infamia había s ido abolida en el país hacía cuarenta años. En una carta que le envió al general Santana su sobrino Manuel seis días antes de que fuera proclamada la Anexión, el sobrino decía:

(Con la anexión a España) “nos veremos librados de esta condición de pobreza y calamidades, y puedo decirte que nunca podría ser mejor recibida la anexión que ahora, puesto que el pueblo deseaba cualquier cambio que pudiera mejorar su situación… todo el mundo ha manifestado el mayor entusiasmo y contento desde que se les explicó claramente las ventajas que derivará la República entera y cada individuo en particular (de la Anexión); todos han jurado con la mayor buena fe aceptar con júbilo el arreglo espléndido que convierta a la República en una Provincia de España… Te aseguro que aquí (Hato Mayor), en el Seibo y también en Higüey por lo que me dijo el general Miches, todos declaran que hubieran deseado que se izara la bandera (española) antes…”.

Las capas más altas de la población se llenaron de ilusiones con la idea de que el país iba a prosperar y con él los comerciantes y muchos militares, y les transmitían esa creencia a los artesanos de los pueblos y a los campesinos con los que mantenían relaciones económicas, es decir, los que iban a los pueblos a vender sus frutos, y en 1862 esas ilusiones se mantenían a pesar de que no se habían visto señales de que se darían los cambios esperados. Al contrario, las señales eran sombrías.

Racismo y Planes

En el caso de los militares, por ejemplo, que eran hombres de acción y habían combatido, primero contra Haití, luego en las luchas entre Santana y Báez, y en los últimos tiempos en la revolución de los cibaeños contra Báez, sus ilusiones fueron groseramente burladas por la realidad en dos aspectos: el racial y el económico.

Los militares y los empleados públicos que España mandaba a su nuevo territorio antillano no llegaban al país desde España sino desde Puerto Rico y Cuba. En esas dos islas había esclavitud, y como se sabe los esclavos eran negros africanos, lo que llevaba a los militares y empleados españoles traídos a Santo Domingo (nombre que se le había dado a la República Dominicana a partir del momento en que fue proclamada la Anexión, pero era el que se había usado en los siglos XVII y XVIII) a pensar que el negro era un ser inferior, y sucedía que en nuestro país abundaban los negros y los hijos de negros de color más claro —los llamados en Cuba mulatos— que en las guerras contra Haití y las santanistas y baecistas habían ascendido a generales y coroneles, y como el país era muy pobre, hacían trabajos de pobres; de manera que había dos causas para que los militares españoles humillaran a los militares dominicanos, veces la humillación era muy cruel como lo dice el general José La Gándara en Anexión y Guerra de Santo Domingo; una era que los oficiales y soldados del ejército español, “así como los empleados que España mandó a su nueva Antillas, estaban acostumbrados a considerar la raza inferior y no se recataron en manifestarlo”, y era frecuente que les dijeron a los negros dominicanos, aunque éstos fueran militares, que si estuvieran en Cuba o en Puerto Rico los venderían como esclavos.

El mismo La Gándara dijo en el libro mencionado que un general de división dominicano tenía un sueldo de 60 pesos si estaba en la lista de los oficiales activos y de 30 si estaba en la de los pasivos; un general de brigada recibía 50 ó 25; un coronel, 40 ó 20; un teniente coronel, 30 ó 15; un capitán, 20 ó 10; un teniente, 15 ó 7.50;un subteniente, 10 ó 5, y explica que “los militares dominicanos siguieron sintiéndose humillados cuando comparaban su situación con la de los militares españoles”.

Además de la animadversión que el gobierno español creó en los militares dominicanos enviando a Santo Domingo militares que llegaban de Cuba y de Puerto Rico deformados por un racismo ofensivo y agravando la situación con una diferencia exorbitante entre los sueldos que ganaban los oficiales españoles y los que ganaban los oficiales dominicanos, se aplicaron muchas otras medidas que incrementarían el recelo de los naturales del país en todo lo que tuviera que ver con medidas dispuestas por los funcionarios públicos que España enviaba a Santo Domingo.

José Gabriel García dice que en los primeros meses de 1862 se hicieron muchos planes: construir un muelle en la Capital, instalar faros en varios lugares de las costas, construir un ferrocarril de La Vega hasta Almacén de Yuna (hoy, Villa Riva), canalizar el Yuna y el Yaque del Norte, este último desde Guayubín hasta la bahía de Manzanillo; establecer un banco de crédito “para el desarrollo de los recursos elementales de progreso”, siembras de algodón y café y caminos carreteros.

Levantamientos en febrero, 1863

Nada de eso se hizo; al contrario, lo que hicieron las autoridades españolas fue tomar medidas que irritaron a la capa de los que dirigían entonces a la sociedad dominicana, que eran los comerciantes importadores1, pero al mismo tiempo irritaban con otras medidas a campesinos y artesanos, y como San tana había renunciado a seguir siendo el jefe político y militar del país, los militares santanistas abandonaron, si es que la tenían, toda esperanza de que Santana pusiera en ejecución planes que mejoraran su situación. Lo dicho explica que al comenzar el año 1863, en la madrugada del 3 de febrero, un grupo de neiberos asaltaran, como lo hicieron, la comandancia de Armas del lugar y prendieron al jefe militar del puesto, el general Domingo Lasala.

1.- El Estado hatero había desaparecido con la Anexión y la clase hatera quedó aniquilada como clase gobernante.

La acción de Neiba no paso de ahí porque el alcalde de Neiba (hoy se diría el síndico) hizo preso al jefe del movimiento, pero sucedía que en el Cibao estaba en marcha una conspiración mucho más seria que la de Neiba, organizada con dos centros de mando; uno en Sabaneta, población que ahora lleva el nombre de Santiago Rodríguez, con ramificaciones en Guayubín, Monte Cristi, San José de las Matas y Puerto Plata, y el otro en Santiago de los Caballeros. Es probable que desde Santiago de los Caballeros fueran enviadas órdenes o propuestas a Moca, La Vega y San Francisco de Macorís, porque las autoridades españolas sabían que iba a haber un levantamiento.

El levantamiento debía llevarse a cabo el 27 de febrero de ese año 1863, bajo la jefatura en la región liniera de Santiago Rodríguez mientras en Santiago de los Caballeros los jefes eran los miembros del Ayuntamiento y algunas personas prominentes al servicio de España, dice Pedro M. Archambault en su Historia de la Restauración, aunque los que en realidad actuaron fueron otros: Ramón Almonte, los comandantes Vidal Pichardo y Carlos de Lora, y agrega Archambault: “…en su mayor parte (eran) elementos obreros”, palabras que yo comento en La Guerra de la Restauración diciendo (Pág. 89) que “hace muy pocos años —en el 1960 y tantos— en la República Dominicana se les llamaba obreros a todos los que se ganaban la vida con tareas manuales aunque no le vendieron a nadie su fuerza de trabajo. Por ejemplo, ese Ramón Almonte que figura en la obra de Archambault entre los jefes del movimiento de Santiago era sastre y tenía su taller en la calle Traslamar…”.

Los planes del levantamiento en la Línea Noroeste fracasaron en Guayubín porque uno de los conjurados que estaba en la casa de una querida bebiendo ron fue saludado por un soldado español que lo llamó paisano, a lo que respondió ofendido diciéndole que “Dentro de cinco días ustedes sabrán lo que les viene encima” , palabras amenazantes que llegaron rápidamente a los oídos del jefe del puesto militar español de Guayubín quien mandó prender en el acto a su autor, pero el autor cruzó el río e informó de la situación al coronel Lucas Evangelista de Peña, que vivía en El Pocito; de Peña convocó a los campesinos del lugar y en la noche del 21 de febrero, dieciocho días después del levantamiento de Neiba, atacó Guayubín. Al amanecer del 22 se levantó en Sabaneta Santiago Rodríguez; en la noche de ese día se dio el levantamiento en Monte Cristi y el día 24 se producía el de Santiago de los Caballeros.

El último fue masivo y se llevó a cabo en dos días. En el del día 24 participaron unos ochocientos hombres que tomaron la Cárcel vieja y pusieron a los presos en libertad, pero además se dirigieron al fuerte San Luis, donde se hallaba la guarnición española, con intenciones de tomarlo, pero fueron interceptados por un destacamento español que les hizo cinco muertos y dieciséis heridos; en el del día 25 mil cuatrocientos hombres muchos de los cuales llevaban banderas dominicanas circunvalaban la ciudad pero no la atacaron porque el levantamiento había sido liquidado con la prisión de las autoridades municipales.

General Gaspar Polanco

La última etapa

En Guayubín fue atacado el fuerte de Manga el día 2 de marzo y para esa fecha muchos de los conjurados de Guayubín y Monte Cristi habían cruzado la frontera haitiana y se internaron en el país vecino. Los días 3 y 5 los españoles atacaron Sabaneta de donde salió Santiago Rodríguez con algunos de sus compañeros para irse a Haití. Allí, manteniéndose en contacto permanente con los partidarios de la lucha contra España se reunieron Santiago Rodríguez, Benito Monción, José Cabrera, con la ayuda de amigos haitianos y la de un sastre santomeño llamado Humberto Marsán, que hizo la bandera dominicana destinada a ser estrenada al comenzar la guerra de la Restauración, y valiéndose de campesinos y aventureros de la región fronteriza se dedicaron a pasar armas, municiones y pólvora de contrabando hacia el lado dominicano y a la vez pasaban hombres dominicanos hacia Haití.

En la noche del 15 de agosto Santiago Rodríguez y José Cabrera salieron de Haití por el lugar llamado David; iban al mando de ochenta hombres y su plan era llegar a Sabaneta. Por su parte, Benito Monción, llevando la bandera que había hecho Marsán, se dirigió a Guayubín mientras Pedro Antonio Pimentel fue a tomar posiciones entre el Paso de Macabón y Dajabón.

José Gabriel García refiere que a “ Benito Monción le amaneció con su gente en el Cerro de las Patillas, a la vista de Dajabón” , y sucedía que ese mismo día 16, a las 6 de la mañana, salía de Dajabón hacia Guayubín el comandante español, jefe del batallón San Quintín y gobernador de Santiago Manuel Buceta, hombre tan duro que en el Cibao, durante muchos años se decía de todo el que fuera mal visto por ejercer el poder con exceso que era “Más malo que Buceta” .

José Gabriel García, que no hacía ninguna afirmación sin haber comprobado lo que iba a decir con el testimonio de uno o varios actores del episodio que se proponía relatar, asegura que los primeros disparos de la guerra de la Restauración sonaron a las nueve de la mañana del 16 de agosto. Esos disparos salieron de fusiles de los hombres comandados por Pimentel que se hallaban en el paso de Macabón, pero a la vez que los de Pimentel disparaban de frente los de Benito Monción lo hacían en la retaguardia de los españoles, pero hay que aclarar que esos disparos fueron los primeros de la última etapa de la guerra, que comenzó ese día.

García dice que Buceta abandonó el camino de Guayubín y tomó el de Castañuelas con el propósito de dirigirse a Monte Cristi, y Monción y Pimentel, que habían reunido sus fuerzas, lo persiguieron hasta Castañuelas, donde dejaron descansando a la infantería mientras Pimentel seguía la persecución con la caballería, valiéndose, dice García, “de hachos encendidos para poder ver las huellas que dejaban” en la oscuridad de la noche los hombres de Buceta, y cuando se dio cuenta de que Buceta se proponía volver a Guayubín le mandó un expreso a Monción para pedirle que se le uniera, cosa que sucedió a media noche, y al amanecer del día 17 alcanzaron la columna española, la atacaron y la derrotaron, con lo cual evitaron, sin darse cuenta de lo que hacían, que las fuerzas de “Guayubín, aumentadas con los soldados de Buceta, pudieran resistir la embestida dominicana que iba a tener efecto el día 18, cuando Guayubín fue tomado por fuerzas del general Juan Antonio Polanco, hermano del general Gaspar Polanco.

El 16 de agosto comenzó la etapa final de la guerra de la Restauración y por cierto lejos de Santiago, en la región de la Línea Noroeste, y además, entre los que combatieron ese día no se hallaba Gregorio Luperón a quien la inmensa mayoría de los dominicanos considera como el iniciador de esa guerra.

Luperón empezó a participar en la guerra dos semanas después, al comenzar el mes de septiembre, cuando llegó a Santiago procedente de un campo de La Vega llamado La Jagua donde estaba residiendo desde hacía varios meses.

Santo Domingo, 19 de agosto, 1986.