Salvador Allende en las memorias de Kissinger

  • 14 septiembre 2016

Vanguardia del Pueblo
Miércoles, 13 de marzo de 1983
Página 4

Por: Juan Bosch

Este artículo, escrito hace cerca de tres años, publicado únicamente en la revista Casa de las Américas y aparece ahora en VANGUARDIA como parte de una pequeña serie que el compañero Juan Bosch ha resulto escribir para que sirva de complemento a los titulados ¿Qué es un Partido de Liberación Nacional?, conjunto de cinco que se publicaron en Vanguardia en los meses de septiembre, octubre y noviembre de 1982 y por segunda vez en el número 35 de la revista Política: Teoría y Acción, correspondiente al pasado mes de febrero.

En el primer tomo—el único publicado hasta ahora—de su libro Mis años en la Casa Blanca, Henry Kissinger dedica 31 paginas a contar, a su manera, los acontecimientos de Chile que iban a culminar con el asesinato del presidente Salvador Allende*. Esas 31 paginas (653—683) cubren todo un capitulo que su autor título El Otoño de las Crisis: Chile, y empiezan refiriéndose a las elecciones del 4 de septiembre de 1970 diciendo que en ellas. “Salvador Allende Gossens alcanzo una pluralidad en la elección presidencial…con un pobre 36.2 por ciento del voto popular”.

¿Qué lo llevo a comenzar el capítulo sobre Chile de esa manera?

La intención de impresionar desde el primer momento a sus lectores con el argumento de que la victoria electoral de la Unidad Popular que llevo al poder a Allende no fue legitima porque no fue ganada por más de la mitad de los votos emitidos, lo que nos conduce de la mano a darnos cuenta, desde que leemos las primeras líneas de ese capítulo, de que en lo que se relaciona con Chile él es secretario de Estado del presidente Nixon no escribió en realidad sus memorias sino su defensa, y lo que se propuso al relatar lo que hizo en el caso chileno fue deformar la verdad a fin de que sus lectores lo absolvieran de los años de sufrimiento y de humillación, de muerto y miseria que sus hechos, y los de su gobierno, provocaron en la patria de Pablo Neruda y Orlando Letelier.

*Aunque hay una edición en lengua española (Mis Memorias, Editorial Atlántida, S.a. Buenos Aires, 1979), el autor ha preferido usar la edición en inglés de Little, Brown and Company, Boston, para estar seguro de que la traducción de las ideas y las intenciones de Kissinger no será desviada.

Una condena anticipada

Por si el absurdo argumento de la cantidad de votos de la Unidad Popular no bastara, ese abogado de sí mismo que es el señor Kissinger trato de justificar su conducta con Chile alegando que las elecciones chilenas tuvieron efecto “justo cuanto Moscú y Cairo rechazaban nuestras protestas por la violaciones del cese el fuego del Medio Oriente; Jordán temía un movimiento inminente de las tropas de Iraq contra el rey (Hussein); una fuerza naval soviética se dirigía a Cuba. El 8 de septiembre, día en que un comité de varios departamentos empezó a discutir los acontecimientos de Chile, varios aviones habían sido secuestrados en el Medio Oriente y una flotilla soviética se acercaba al puerto de Cienfuegos. Seis días después, el 14 de septiembre, cuando iba a ser tratado (el caso de) Chile, la situación de Jordán se había deteriorado, y aviones Mig cubanos interceptaron un U-2 que trataba de fotografiar Cienfuegos y la misión (que llevaba) tuvo que ser abandonada. En los días que siguieron nuestro gobierno pondero los sucesos de Chile no en forma aislada sino contra el fondo de la invasión de Jordán por Siria y nuestros esfuerzos para forzar a la Unión Soviética a desmantelar su instalación de servicio nuclear submarina en el Caribe. La reacción (contra Chile) debe ser vista en ese contexto”. (Itálicas mías, J.B.).

¿A quién está dirigida esa amplia e innecesaria explicación, y sobre todo sus últimas palabras?

La respuesta a esa pregunta se percibe en las líneas que siguen en la misma página (654), que son estas:

“En cualesquiera circunstancias, la elección de Allende era un desafío a nuestros intereses nacionales. Nosotros no podíamos reconciliarnos fácilmente con (la existencia de un segundo Estado comunista en el Hemisferio Occidental. Estábamos persuadidos de que pronto (ese Estado) estaría estimulando líneas políticas antiamericanas, atacando la solidaridad hemisférica, haciendo causa común con Cuba, y más temprano o más tarde,

Estableciendo relaciones estrechas con la Unión Soviética. Lo más doloroso de todo eso era que Allende representaba una rotura de la larga historia democrática de Chile porque él había llegado a la presidencia no mediante una autentica expresión de la voluntad mayoritaria (del pueblo) sino gracias a que lo favoreció una casualidad del sistema político chileno. Treinta y seis por ciento del voto popular difícilmente podía ser un mandato para (llevar a cabo) la transformación irreversible de las instituciones políticas y económicas de Chile que Allende estaba determinado a efectuar”…

El jefe de la política exterior de los Estados Unidos, un país que se declaraba a sí mismo como el líder mundial de la democracia representativa consideraba que ningún país en el mundo podía aceptar como principio democrático—y además, constitucional—que en el caso de que en unas elecciones se presentaran tres candidatos presidenciales las ganara el que obtuviera más del 33.33 por ciento de la votación. Eso no podía suceder. De acuerdo con las leyes de la verdadera, de la auténtica democracia que es nada mas una, la que inventaron los autores de la Constitución de los Estados Unidos, solo son legítimas las elecciones en que dos partidos se disputan el poder. Y sobre todo, era inconcebible e imperdonable que esa violación de los principios que gobiernan el funcionamiento de la democracia capitalista sirviera para llevar al poder a hombres que no fueran sirvientes sumisos de los intereses yanquis. Por tal razón esa parte del capítulo dedicado a Chile en Mis Años en la Casa Blanca terminaba con estas palabras:

“Dos administraciones (gobiernos) norteamericanos habían llegado a la misma conclusión. Dos gobiernos habían juzgado que un gobierno de Allende en Chile iría contra los fundamentales intereses nacionales de los Estados Unidos. Nuestra conclusión en 1970 era sustancialmente la misma”. Y como esos dos gobiernos habían sido los de Kennedy y Johnson, y el ultimo había cesado de ser presidente al comenzar el año 1969, tenemos que el gobierno de Allende, que iba a iniciar su mandato a fines de 1970, nació condenado a muerte con una anticipación de por lo menos dos años, y esa condena fue ratificada por Kissinger y Nixon a quienes la humanidad había designado por una mayoría abrumadora de votos para que juzgaran a los gobiernos vivos y muertos del mundo y les aplicaran las sentencias que les parecieran convenientes.

Es indignante leer a Kissinger

(Aclaremos, sin embargo, que si es pesar de esa condena anticipada Salvador Allende se hubiera apresurado a enviarles a Kissinger y Nixon un mensaje en el que les asegurara que la Unidad Popular mantendría una política favorable a los intereses nacionales y mundiales de los Estados Unidos, Allende habría sido mantenido en el poder contra viento y marea bajo el argumento de que de acuerdo con la Constitución chilena había obtenido una mayoría legitima de votos sobre sus adversarios; porque así s de arbitraria la posición de los altos funcionarios de un Estado como el norteamericano que justifican hasta el crimen basándose en que su deber es defender “los intereses nacionales de los Estados Unidos”, que son únicamente los intereses de una oligarquía de multibillonarios.

Leer después de cerca de siete años del asesinato de Allende lo que ha escrito Kissinger sobre los acontecimientos que iban a desembocar en el crimen del 11 de septiembre de 1973 es algo que deja el ánimo lleno de amargura y de cólera, porque a través de esa lectura se adquiere conciencia clara de que el destino de pueblos como los latinoamericanos depende de hombres asombrosamente ignorantes que manejan poderes enormes concentrados en aparatos demoledores cuyos mecanismos ponen en juego sin la menor conciencia de las fuerzas que desatan. Kissinger era un pobre diablo, aprendiz de brujo que ni siquiera se enteraba de por que actuaba como lo hacía. Dice el (pág. 656): “Lo que nos preocupaba acerca de Allende era su proclamada hostilidad hacia los Estados Unidos y su patente intención de crear en efecto otra Cuba. Era su explicito programa y su claro propósito de largo alcance de establecer una dictadura irreversible y un permanente desafío a nuestra posición en el hemisferio occidental. Y en el mes de Cienfuegos no era absurdo tomar seriamente las implicaciones militares de otro aliado soviético en la América Latina. Nuestra preocupación con Allende estaba basada en la seguridad nacional, no en (asuntos) económicos”. (Itálicas mías, J.B.).

El poder Yanqui y la muerte de Allende

¿Cómo debemos entender ese párrafo?

Si lo que Kissinger llama preocupación autorizaba al gobierno de Nixon a deshacerse de Allende a cualquier costo, incluyendo su eliminación física, que fue lo que se hizo, entonces, ¿con que derecho los Estados Unidos se proclaman a sí mismos los campeones mundiales de la democracia? ¿Es que la democracia puede recurrir al crimen cuando considera que está en peligro eso que se llama la seguridad nacional, antes aun de que los hechos hayan demostrado la existencia de tal peligro?

Kissinger afirma que entre 1962 y 1964 los gobiernos de Kennedy y Johnson habían contribuido con más de 3 millones de dólares a la campaña política de Eduardo Frei que en esos años era el oponente de Allende en la lucha por alcanzar la presidencia de Chile, y después dice que en 1968 Johnson había puesto a disposición de los adversarios de Allende varios cientos de miles de dólares para que los partidos opuestos a la Unidad Popular ganaran las elecciones de legisladores que se celebraron en marzo de 1969, y además agrega que la ayuda norteamericana a Chile en los años del gobierno de Frei “totalizo por encima de 1 billón de dólares, el programa con el más alto per cápita, por mucho, en la América Latina”, y explica que eso se hizo “para fortalecer las fuerzas democráticas opuestas a Allende”.

El colmo de ese iluminante capítulo de las memorias de Kissinger aparece en la página 683, en un párrafo que dice así: “El mito de que Allende era un demócrata ha sido asiduamente prohijado y no es verdad. El hecho es que varias medidas del gobierno de Allende fueron declaradas inconstitucionales y fuera de la ley por la Suprema Corte de Justicia chilena el 26 de mayo de 1973,por la Contraloría General el 2 de julio de 1973 y por la Cámara de Diputados el 22 de agosto de 1973”.

Naturalmente, al terminar de leer ese párrafo el lector común tiene que preguntarse cómo podría el señor Kissinger explicar que no fue democrático un gobierno en el cual la Suprema Corte de Justicia, la Contraloría General y la Cámara de Diputados, que eran partes muy importantes del aparato estatal chileno, actuaban con toda libertad frente al poder Ejecutivo del Estado.

Lo que se saca en claro de la lectura del capítulo que el autor de Mis Años en le Casa Blanca dedico a Chile es que los asesinos de Salvador Allende se atrevieron a liquidarlo físicamente porque tenían tras si el abrumador poderío norteamericano, y que en su afán de ocultar la verdad, esa serpiente llamada Henry Kissinger acabo tragándose su propia cola.