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En el Día de las Madres

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 3 de junio de 1992
Página 4

Por: Juan Bosch

Este artículo del compañero Juan Bosch fue publicado hace exactamente 30 años, cuando apenas salíamos de la noche tenebrosa de los 31 años de la dictadura trujillista. Desde entonces hasta el día de hoy los sufrimientos de la madre dominicana han aumentado.

Por ello, en ocasión de haberse celebrado el domingo último el Día de las Madres, VANGUARDIA reproduce este hermoso trabajo del líder y presidente de nuestro Partido.

Hoy es el Día de las Madres. Lo celebramos el último domingo de mayo y deberíamos hacerlo el primer día de la primavera, cando la tierra entra en una nueva etapa de fecundidad; cuando el mundo en que vivimos da de sus entrañas todas las fuerzas ocultas que Dios ha puesto en el para que pueda ofrecer al hombre los mejores frutos, las flores más bellas, las mieles más ricas y los cantos más armoniosos de las aves.

En la religión católica de nuestro pueblo, la madre es María, la virgen de los siete dolores. Y está bien que sea así porque, salvo el momento en que ve nacer al hijo y oye su primer grito, cuando la alegría de haber traído al mundo una nueva vida la embarga como una copa de licor divino, la madre siempre sufre: sufre el dolor físico del alumbramiento y sufre toda la vida el dolor moral del miedo; miedo a que su hijo se enferme o no sea el hombre bueno que ella espera o no resulte tan inteligente como lo desearía, y sufre cada hora la anticipación de la muerte de su criatura. Con los siete puñales del dolor clavados en su corazón, la madre de Jesús es el símbolo de la madre cristiana, y es por tanto el símbolo de la madre dominicana.

¿Quién ha sufrido más que esta madre dominicana?

Sufrió cuando era india y llegaron los conquistadores españoles y echaron perros bravos Almonte para cazar al hijo indio, y cuando tuvo hijo español y lo vio partir a la guerra para salvar al país de los piratas; sufrió cuando ya no era ni india ni española, sino mestiza y con la llegada de los esclavos, a quienes los amos arreaban a latigazos, comprobó que había razas sometida y la suya era una de ellas; y sufrió cuando era madre esclava y veía nacer al hijo condenado a la esclavitud, o cuando fue negra libre y tuvo hijo del español y supo que ese hijo no sería bien querido porque nunca seria de la raza pura del padre.

La madre dominicana sufrió cuando los bucaneros se metieron tierra adentro disparando sus arcabuces y tomando presos a los pobladores; sufrió cuando el rey de España ordeno que se dejaran despobladas las ciudades del Oeste y del Norte y ella tuvo que hacer a pie, junto al hijo, los largos camino hacia la Capital; sufrió cuando sus hijos tuvieron que ir a la guerra para reconquistar la Tortuga y para echar a los franceses hacia el mar y sufrió mucho más cuando llegaron los días de las guerras sociales en Haití y cuando los haitianos entraron en la parte española y pasaron a cuchillo poblaciones enteras en Santiago, en Moca, en Cotui y en las rutas del Sur.

Cuando los hombres combatían en Palo Hincado, cuando el hambre mataba a los sitiados en la Capital, cuando se luchaba, en fin, para volver a hacer española la colonia que había caído en poder de Francia, fue ella, la madre dominicana, la que vio a los hijos partir hacia las batallas y enflaquecer hasta la muerte en la ciudad sitiada.

Para hacer la patria, entre 1844 y 1855, ¿Quién dio hijos si no ella? ¿Quién quedaba con el corazón atribulado cuando los hombres iban a combatir en Azua o en Santiago? ¿De dónde habían salido los que cayeron en Las Carreras y en Beller si no era del vientre d la madre dominicana? ¿Y por donde rodaban a Chorros las lágrimas cuando al poblado lejano, a campo perdido, llegaba la noticia de la muerte de un combatiente, sino era por las mejillas secas de la madre?

La madre dominicana llevo sobre su alma el peso de la guerra cuando los españoles volvieron al país traídos por Santana y el pueblo se sublevo en Capotillo y comenzó aquella lucha sangrienta contra los que habían sido portadores dela civilización cristiana para sembrarla en nuestro suelo y en esa nueva ocasión eran ocupantes extranjeros de una República que a lo largo de once años había luchado en los valles y las lomas de la frontera y en las aguas del mar para que sus hijos fueran dueños de su patria. Mientras los hombres se mataban en Guanuma, en Puerto Plata, en el Canal de Paya, en los arenales de la Línea Noroeste, la madre dominicana esperaba en el bohío o en la casa de yaguas del pueblo que le llegara la noticia de que el hijo había caído en la batalla.

Madre adolorida como la nuestra, ninguna; madre con el corazón deshecho por la angustia como la de nuestro pueblo, ninguna. Pues llego la hora en que la bandera española se fue alejando mar afuera, pero los dominicanos, acostumbrados a matar para defender su República, siguieron matándose entre sí; y se mataban un día y otro, un mes y otro, un año y otro, hasta que el brazo fuerte de Ulises Heureaux impuso la paz; solo que la paz fue la obra del crimen y con el crimen llego el miedo a sentarse en el umbral de todas las puertas y entonces la madre sufrió de miedo y en cada pisada que sonaba en la noche creía ver llegar a los que iban en busca del hijo, para fusilarlo en el cruce de dos caminos o para encerrarlo de por vida en una cárcel pestilente o para llevárselo a la fuerza a servir en los cuarteles.

Madre dominicana, árbol del sufrimiento, ¿Quién iba a decirte que del cadáver del tirano, caído a tiros en Moca, iban a salir los infiernos de la guerra civil? Pero salieron, y durante diecisiete años de espanto vista a tu hijo irse a los combates y miles de veces no lo viste volver y nunca supiste en que perdido matorral quedo su cuerpo con una vena rota por donde la sangre que tú le diste había salido a chorros, llevándose la vida que tu creaste para que fuera útil y hermosa.

Madre adolorida, esta República descansa en la base misma de tu corazón; esta nutrida por tu dolor, por el dolor que padeciste cuando la infantería de marina norteamericana se adueñó de esta tierra y se llevó tu hijo a empujones para que no protestara por el atropello que le habían hecho a la patria; esta nutrida por tu dolor de siglos, sobre el cual apenas es una luz lejana el recuerdo de algunos días de paz perdidos entre los muchos días de padecimientos.

Tras unos pocos de esos días de paz, cuando la bandera de la cruz hubo flotado en los cielos donde floto la de la barras y las estrellas, cayó sobre ti el espanto; cuyo como una ave de piedra en cuyos ojos fulguraba el crimen; cayo y se posó sobre la República y la cubrió de la costa a la montaña, del mar al rio, de la arena al árbol, de la calle al nido. ¿De dónde vino Rafael Leónidas Trujillo, llama oscura, fuego ardiente y sin luz, señor dela maldad? ¿Por qué asesino a tu hijo en los bosques, porque lo torturo en la Cuarenta, porque echo su despojos al mar, porque te lo lanzo al exilio? ¿Cómo se explica, madre dominicana, que tu alma pudiera resistir tanto tormento y no estallara? ¿Quién podrá decirnos por qué no se secó tu vientre, debido a que milagro seguiste dando hijos para que la tiranía los triturara?

Hoy recuerdas con horror los días en que a la hora de la comida tu hijo tardaba y a ti se te encogía el alma pensando si no había caído en manos de los esbirros; las tardes en que rodaban por tu casa caras desconocidas y esa noche el hijo que había salido a pasear con los amigos no volvía a la hora acostumbrada y tú no podías dormir loca de sufrimiento, y temblabas a cada ruido esperando la peor de las noticias.

Madre dominicana, ¿Cómo pudiste resistir treinta y dos años de crimen? Treinta y dos años es demasiado tiempo para sufrirlos con una lanza clavada en el corazón. En esos treinta y dos años, todos los días fueron de sangre y todas las noches fueron de pavor; y si tú pudiste padecerlos es porque la resistencia de tu alma es infinita.

Ciertos pueblos antiguos construían sus viviendas sobre el cadáver de un niño. Los cimientos de la patria dominicana están hechos sobre el dolor de la madre. No han sido los que han caído en los combates ni los torturados en las prisiones ni los fusilados en la noche ni los echados al exilio los que más han sufrido; ha sido ella, la madre, la que siempre espera porque siempre ama, la que tiene en el pecho una fuente inagotable de ternura y a la vez una llaga de miedo que jamás se cierra.

En este Día de las Madres debemos consagrar una hora a ella; a la madre de todos, a la que cada día pasa por nuestro lado sin que sepamos su nombre; a la que ya murió y a la que aún vive. No pensemos solo en la nuestra, en a que nos llevó en su entraña y nos cobijó con su amor. Esa es siempre la más bella aunque sus rasgos sean toscos; la más joven aunque tenga ochenta años y peine canas; la más saludable aunque este en lecho de enferma; la más alegre aunque el sufrimiento la haya deformado; la siempre viva aunque haya muerto. Pero la otra, la de todos, la madre del sufrimiento dominicano, a madre que dio hijos para que hicieran patria y los dio para las guerras civiles y los dio para restaurar la República y los dio de nuevo para que los caudillos los enviaran a la muerte; la madre dominicana que pario victimas para la tiranía… esa es la raíz misma de este pueblo, la fuente de su vida y tal vez la única explicación de su existencia.

Sea para ella nuestra veneración…

Pero nuestra preocupación debe ser para la madre pobre; la que en los ranchos de las ciudades y en los bohíos de los campos, a la luz de la jumiadora o de la lámpara, ha estado junto al catre o junto a la barbacoa del hijo enfermo, vigilándolo con ojos endurecidos por el trasnoche y rogando al Dios de las alturas, con palabras atravesadas por el dolor, la salvación del enfermito.

Nuestros pensamientos son hoy, Día de las Madres, Para esa que se levantó atormentada, buscando, con ojos sinsentido, en los rincones de la vivienda algo con que hacer comida Para sus hijos, los hijos del hambre que ella trajo al mundo, con tanto amor como la señora encopetada, pero desdichadamente sin la comodidad de la señora encopetada.

Madre dominicana pobre, fuente del sufrimiento, flor de lágrimas: tus hijos duermen sin sabanas, tus hijos se levantan desnudos y pasaran el día desnudo o vestido de harapos; tal vez tus hijos no comerán en este Día de la Madres. Pero ten la seguridad de que miles y miles de dominicanos oran y luchan para que en esta tierra que te debe tanto amanezca un día la justicia sentada en la loma más alta y en el bohío más humilde, con las dos manos llenas del pan que te has ganado con tu dolor en todos los años de nuestra historia.

Que el Señor te bendiga en este día, madre dominicana.