teaser_blank

La muerte de Trujillo: Secreto Develado

Por: Juan Bosch

Texto original Revista Política, Teoría y Acción
Año VI, No. 62
Mayo de 1985
Paginas desde 01 hasta 07.

El 28 de marzo de este año se celebró en el Museo Nacional de Historia y Geografía una mesa redonda dedicada a analizar, mediante testimonios de personas que de manera directa o indirecta estuvieron envueltas en la conjura organizada para dar muerte a Rafael Leónidas Trujillo, los informes que aparecen en un libro de reciente publicación según los cuales el Gobierno de Estados Unidos, concretamente en los años en que fue presidido por Dwight Eisenhower y John F. Kennedy, tomó parte en esa conjura proporcionándoles a sus jefes armas y apoyo político.

El libro se había puesto en circulación pocos días antes; su título es Los Estados Unidos en el Derrocamiento de Trujillo, obra de Víctor Grimaldi, un periodista joven que sabe distinguir cuándo una noticia tiene valor aunque sea servida al público muchos años después de haber sucedido el hecho descrito en ella. Pero además de tener esa capacidad Grimaldi es intelectual y personalmente serio, como lo demuestra el hecho de que su libro provocara la mesa redonda a que se refiere el párrafo anterior de estas líneas.

En la mesa redonda del 28 de marzo participaron los historiadores Euclides Gutiérrez y Emilio Cordero Michel, que no fueron miembros del grupo de los conjurados aunque uno de ellos, Euclides Gutiérrez, conoció de manera directa muchos detalles de otros planes destinados a matar a Trujillo y los expuso en la mesa redonda, y por su parte, Emilio Cordero Michel había seguido con interés profesional, pero también por razones políticas honorables, todo aquello que se había dicho con anterioridad acerca de las actividades llevadas a cabo por los conjurados.

De lo que dijo Euclides Gutiérrez surge una constelación de anticipaciones de la conjura, de manera que cuando se pasa a leer lo que contaron en la mesa redonda Manuel de Ovín Filpo y Miguel Ángel Bissié el lector está preparado para oír la historia de lo que sucedió el 30 de mayo de 1961 porque sabe que el propósito de matar a Trujillo databa de varios años; lo que no se sabía de manera detallada era lo que vino a revelar el libro de Víctor Grimaldi, confirmando por los testimonios de Manuel de Ovín Filpo y Miguel Ángel Bissié: que los gobiernos de Eisenhower y Kennedy participaron en la conjura.

De Ovín Filpo contó en la mesa redonda que en enero de 1960 le oyó decir al general Juan Tomás Díaz: “Yo he hecho contacto con la Embajada Americana y me han prometido que están dispuestos a ayudarnos en todo cuanto sea necesario”.

Ni De Ovín Filpo ni Bissié se refirieron al coronel Reed, sobre cuyas actividades antitrujillistas escribí en la revista ¡Ahora! en julio de 1969, y de quien he venido a saber ahora que se llamaba Lear B. Reed y vino al país en 1958 como jefe de Estación de la CIA. Cordero Michel no lo menciona cuando se refiere al plan de matar a Trujillo mientras estuviera en el Hipódromo Perla Antillana, “al que asistía regularmente”, dice él, y explica que quien se propuso llevar a cabo esa acción fue Antonio de la Maza, que “se planteó eliminarlo en el Hipódromo… al que (Trujillo) asistía regularmente, y para ello se solicitaron los fusiles con mirillas telescópicas; (pero) Trujillo misteriosamente dejó de asistir a las carreras de caballo y hubo que buscarse otra posibilidad”.

He aquí como contaba yo en el 1969 ese episodio:

“El encargado de realizar ese trabajo fue un coronel retirado de apellido Reed, quien llegó a Santo Domingo y se puso en contacto con algunos comerciantes importadores de artículos norteamericanos e ingleses. A través de uno de esos comerciantes, Reed alquiló una casa en las vecindades del Hipódromo Perla Antillana; desde esa casa se dominaba el palco donde se sentaba Trujillo cuando iba a presenciar alguna carrera. En esa ocasión el dictador iba a ser cazado con un rifle de mira telescópica, pero el plan fracasó porque Trujillo dejó de ir al hipódromo”.

El comerciante que gestionó el alquiler de la casa desde cual iba a dispararse contra Trujillo fue Antonio Martínez Francisco. Martínez Francisco me contó ese episodio al que nadie se refirió en la mesa redonda celebrada en el Museo de Historia Nacional y Geografía, y además me dijo que él, actuando a nombre de Reed, habló con el general Rodríguez Reyes para que éste encabezara un complot cuyos fines serian dar muerte a Trujillo. El general Rodríguez Reyes no aceptó participar en un plan de esa naturaleza y Reed y sus amigos dominicanos temieron que Rodríguez Reyes los denunciara, pero no sucedió así. Rodríguez Reyes iba a morir dos años después sin haber mencionado nunca el plan que le propuso Martínez Francisco.

Paso ahora a copiarme a mí mismo lo que dije en 1969:

“Los trabajos de Reed en la República Dominicana se prolongaron hasta muy avanzado el año 1960. En ese tiempo el coronel retirado norteamericano conoció a mucha gente, y de una manera o de otra fue conectando a esa gente, de modo que cuando salió del país ya estaba prácticamente formado el núcleo de lo que iba a ser el sector llamado a dirigir a la oligarquía nacional en el campo político.

‘Lo que podríamos llamar ‘el plan Reed’ operaba a favor de una ola anti-trujillista que estaba siendo estimulada por la crisis económica que se había desatado en los Estados Unidos en 1957, se había profundizado en Santo Domingo debido a los gastos suntuosos de la Feria de la Paz y se agravó a causa del bloqueo del régimen trujillista acordado en San José de Costa Rica en agosto de 1960. En el orden político la crisis se manifestaba al nivel de todas las capas sociales. La juventud de la mediana y la alta pequeña burguesía, impresionada por el asesinato de los invasores del 14 de junio, se organizaba clandestinamente, la escasa burguesía nacional estaba asustada por la magnitud de la crisis económica; los obreros y los campesinos pobres sufrían por la falta de trabajo y el encarecimiento de la vida; una parte de la baja pequeña burguesía y del proletariado de las ciudades comenzó a ser organizada por los líderes del MPD, que habían llegado de Cuba. Trujillo reaccionó con violencia ante esa ola de actividades contra su régimen que se extendía por todo el país, mató a centenares de luchadores, entre ellos a las hermanas Mirabal; llenó de presos la cárcel de La Victoria, inició la persecución del sacerdocio católico; apretó de manera despiadada las tuercas de su régimen, cuya estabilidad confió a la maquinaria de terror que dirigía Johnny Abbes García.

El coronel Reed se fue del país, y al mismo tiempo que él se fue a los Estados Unidos algunos de los oligarcas que habían estado trabajando con él. Pero el plan norteamericano no quedó abandonado. La Radio Swan fue puesta a la orden de algunos dominicanos; periódicos y revistas de Norteamérica recibieron instrucciones de destacar las noticias desfavorables (a) Trujillo; algunos jóvenes de los que trabajaban en Santo Domingo (contra Trujillo) fueron protegidos (por funcionarios consulares de Estados Unidos) y sacados del país cuando se tuvieron pruebas de que Abbes García había ordenado su detención… Esta situación duró, por lo menos, hasta el día en que el Gobierno norteamericano abandonó completamente el plan de organizar el asesinato de Trujillo”.

Ese abandono se decidió en el Gobierno de John F. Kennedy, que tenía apenas tres meses de establecido cuando el Consulado norteamericano en Santo Domingo recibió las metralletas M-3 calibre 45 (Grease-guns, especifica Cordero Michel), que según el mismo Cordero Michel “fueron recibidas… en Santo Domingo el día 19 de abril y nunca fueron entregadas a los conjurados”.

Naturalmente que no podían ser entregadas a los conjurados. Tres días antes de llegar esas armas al Consulado de los Estados Unidos Fidel Castro había proclamado la victoria de playa Girón y con ella la de la “revolución socialista y democrática de los humildes con los humildes y para los humildes’’, y al referirse a los bombardeos hechos a las bases aéreas de La Habana, Santiago de Cuba y San Antonio de los Baños, que habían tenido lugar el día 15, el jefe de la Revolución Cubana respondía en ese discurso a los esfuerzos que hacía el embajador norteamericano en las Naciones Unidas, Adlai Stevenson, para presentarlos como hechos por aviadores cubanos diciendo:

“¿Quiere el señor Presidente de los Estados Unidos que nadie tenga derecho a llamarlo mentiroso? ¡Presente ante las Naciones Unidas los pilotos y los aviones que dice!…, al Gobierno imperialista de los Estados Unidos no le quedará más remedio que confesar que los aviones eran suyos, que las bombas eran suyas, que las balas eran suyas, que los mercenarios fueron organizados, entrenados y pagados por él, que las bases estaban en Guatemala y que de allí partieron a atacar nuestro territorio, y que los que no fueron derribados fueron allí a salvarse en las costas de los Estados Unidos, donde han recibido albergue”.

Refiriéndose al fracaso padecido en Cuba por el Gobierno de Kennedy, Cordero Michel dijo en la mesa redonda del 28 de marzo que “el Departamento de Estado estaba aterrorizado ante la posibilidad de que la desaparición física de Trujillo creara un vacío de poder”, y explica entre paréntesis que esa era la expresión utilizada por el Departamento de Estado para justificar el hecho de que estando en Santo Domingo las metralletas M-3 calibre 45, se dio la orden de no entregárselas a los conjurados; y lo que había dicho yo en 1969 era lo siguiente:

“La invasión de Cuba había terminado en el fracaso de Bahía de Cochinos y era altamente peligroso sumarle a ése un nuevo fracaso en la explosiva zona del Caribe. En el caso de Bahía de Cochinos Kennedy había salvado la cara diciendo que él cargaba con la responsabilidad de los hechos, ¿pero cómo hubiera podido salvarla de nuevo si Trujillo salía inesperadamente diciéndole al mundo que había descubierto un complot para matarlo y presentaba pruebas de que ese complot estaba dirigido desde Washington? ¿No había sido una acción similar —la de que él había tratado de matar a Rómulo Betancourt, presidente de Venezuela— la que se había usado para acordar en la Reunión de Costa Rica el bloqueo de la República Dominicana? Dada la naturaleza policíaca del Gobierno de Trujillo la conjura podía ser descubierta en cualquier momento y la Casa Blanca podía quedar ante el mundo como un nido de mentirosos empedernidos que al mismo tiempo organizaba expediciones contra Fidel Castro porque era comunista y planes de asesinato de Trujillo porque era un fanático anticomunista”.

Naturalmente, al ordenar que no se entregaran las metralletas enviadas al país para que las usaran los conjurados del 30 de Mayo, el Departamento de Estado no podía revelar la razón de esa orden, que no estaba justificada porque de los testimonios ofrecidos en la mesa redonda del 28 de marzo surge con meridiana claridad la convicción de que los representantes en el país de la CIA, la Embajada y el Consulado de Estados Unidos y los miembros de la conjura organizada para matar a Trujillo llegaron al acuerdo de que a la muerte del dictador el país pasaría a ser gobernado, y el ejército encabezado, por hombres previamente aceptados por el Gobierno norteamericano.

Es posible que eso no lo supieran todos los conjurados, porque estos no eran sólo los mencionados en la mesa redonda. Había otros cuyos nombres nunca se han dado a la publicidad, como por ejemplo el grupo encargado de darle al país la noticia de la muerte de Trujillo y de la instalación de un nuevo gobierno. En ese grupo, los hermanos Manuel y José Tapia Brea, asistidos por Ángel Severo Cabral, escribieron el manifiesto en que se daría la noticia, y el manifiesto seria leído a través de la estación de radio La Voz Trópico por una de las tres personas señaladas para esa tarea, que eran el Dr. Rafael Acosta García, Carlos Vélez Santana y William Pimentel.

De los que formaban el grupo —esa especie de célula como dijo en la mesa redonda De Ovín Filpo— hay a vivos, y aunque el campo de sus actividades en la conjura era muy limitado, quizá tuvieron conocimiento de detalles que todavía no han salido a la luz, y de ser así, los resultados de la mesa redonda del 28 de marzo habrían sido más amplios para beneficio de la historia del episodio conocido por el Pueblo dominicano con el nombre de la Gesta del 30 de Mayo.

De todos modos, la mesa redonda convocada para analizar el libro de Víctor Grimaldi dejó establecido de manera indudable lo que se había dicho a medias y nunca con base en documentos del Gobierno de Estados Unidos. Ahora, después de esa mesa redonda, a nadie puede quedarle la menor duda de que tal como lo creían algunas personas, el papel de Estados Unidos en la muerte de Rafael Leónidas Trujillo fue decisivo.

Ese papel había sido desde el punto de vista documental un secreto bien guardado, pero el secreto ha sido develado, y a partir de su develamiento a nadie puede quedarle la menor duda de que cuando conviene a sus intereses, Estados Unidos no vacila en matar por razones políticas, y digo matar en frío, no en una guerra, sino en una acción encubierta dirigida a la eliminación física de una persona, un hecho que condenan sus leyes, esas leyes que aplican los jueces norteamericanos a los hombres y las mujeres de su país.

22/28 de mayo, 1985.