Bajo Desarrollo Social

  • 24 abril 1980

Pero podrán conseguirse buenas tierras sin comprarlas, y el autor del Directorio lo explica diciendo que “Uno de los medios más expeditos y económicos de adquirir la propiedad de terrenos adaptables a la agricultura y la pecuaria, consiste en la compra de unos cuantos pesos de los llamados terrenos comuneros, grandes extensiones de tierras indivisas, cuyos títulos de propiedad no representan su valor, sin acciones del terreno”. Y agrega: “En una porción de terreno comunero valorada en dos mil pesos oro, el tenedor de una acción de diez, por ejemplo, está legalmente capacitado para consagrar a los cultivos que desee toda la parte de aquella que esté desocupada, y para aprovechar en su propio beneficio como copropietario, todo lo que exista en dichas tierras, excepción hecha, naturalmente, de aquello que se deba a labores de otro u otros de los demás copropietarios”.

Desde esos tiempos estaban liberadas de impuestos las empresas industriales, y el autor del Directorio (que era una persona conocida y cónsul general de la República en España durante muchos años) lo explica diciendo en la página 247 de su libro que el azúcar no pagaba ningún derecho de exportación y que “De ventajas muy análogas gozan las diversas fábricas de jabón, de fósforos, de cigarrillos, de velas, esteáricas, de sombreros de paja, de zapatos, de licores, de medias y calcetines de algodón, de fideos, refinerías de petróleo”, lista muy exagerada en todos sentidos puesto que en el mismo párrafo se dice que salvo la industria del azúcar, todas las demás “están todavía en período de ensayo, si se tiene en cuenta su relativo desarrollo”. En cuanto a la “refinería de petróleo”, basta ver la fotografía que aparece en el Directorio (pág. 247) para darse cuenta de que no había tal refinería ni cosa parecida, aunque a los dominicanos de 1905 debió parecerles algo fenomenal el conjunto de tres edificaciones de madera con techos dobles de zinc y tres tanques corrientes que se ven en esa foto rodeados de vegetación rústica debido a que la supuesta refinería se hallaba en pleno campo. A partir del grabado de la fabulosa refinería, el Directorio se dedica a hablar de las maderas dominicanas y de las fortunas que ganarían explotándolas los capitalistas extranjeros que quisieran dedicarse a ese negocio.

Estimar los habitantes del país en 600 mil para 1905 era un tanto arriesgado porque el autor del Directorio no podía partir de una base sólida para hacer cálculos de población dado que desde el siglo XVIII no se había hecho censo general, y sin embargo su estimación no estaba lejos de la verdad puesto que el empadronamiento de 1920, hecho por el gobierno militar norteamericano, dio un total de 895 mil; de ellos, 31 m il vivían en el municipio de la capital. Para ese año de 1920 teníamos, pues, 18 habitantes por kilómetro cuadrado, y de haber ten ido en 1905 los 600 mil que decía el autor del Directorio, habrían sido 12 por kilómetro cuadrado. En cualquiera de los dos casos, 18 ó 12 personas por kilómetro cuadrado era una población demasiado pequeña para que pudiera producirse en ella el alto grado de división del trabajo que se requiere para que una sociedad como la nuestra pudiera ser llamada capitalista. Es más, si para 1920 los habitantes de la Capital eran 31 mil, hay que pensar que en 1905 no podían ser más de 20 mil, y como en ambos casos se incluían los vecinos de la zona rural, hay que convenir en que la ciudad propiamente dicha tenía en esos años menos población de la que indican esas cifras; y es fácil imaginarse qué tipo de actividad económica podía haber donde el mercado consumidor era tan pequeño. Más aún, para el año 1920 la capital de la República no tenía todavía acueducto ni se habían hecho planes para construirlo, entre otras razones, ¿por qué de dónde iba a salir el dinero necesario para hacerlo?

Esa era la situación del país, objetivamente hablando, desde el punto de vista del desarrollo social, y ese escaso desarrollo social era un reflejo del escaso desarrollo material. El nivel de ese desarrollo era tan bajo que la poca población que teníamos vivía en gran parte incomunicada como explicamos en el artículo anterior, y a la vez que ese escaso desarrollo material se reflejaba en un pobre desarrollo social, éste contribuía a mantener el estado de atraso material. Esta brevísima y somera descripción de lo que era la República Dominicana en los primeros años del siglo XX debería ser suficiente para explicarnos la no existencia de una burguesía si entendemos por tal no a unos cuantos comerciantes aislados entre sí sino a toda una clase que tiene varios sectores y por tanto varias manifestaciones socio—económicas y políticas, tal como lo enseñó Marx, de manera tan magistral, en Las Luchas de Clases en Francia de 1848 a 1850.