Del Poder Militar al Poder Político

  • 24 abril 1980

¿Cuál fue ese plan político que pondría en manos de Trujillo las formalidades llamadas a darle legalidad al poder efectivo que tenía en sus manos?

Fue el que podríamos bautizar con el nombre de Movimiento Cívico, puesto que así quedó nombrada en la historia de aquellos días la mascarada de levantamiento armado que se inició en Santiago el 23 de febrero de 1930, cuando un grupo de hombres, manejando fusiles que estaban en desuso desde el 1916, tomó la fortaleza de Santiago sin que la guarnición que debía defenderla disparara un tiro. Aparentemente, el jefe político de ese movimiento era el abogado Rafael Estrella Ureña y el jefe militar era su tío José Estrella, que había tomado parte en varias asonadas de las que se conocieron en el país antes de la ocupación militar norteamericana de 1916; pero en realidad había un jefe militar y político a la vez que dirigía el movimiento en las sombras del anonimato, por lo menos para la generalidad de los dominicanos, y ése era Rafael L. Trujillo, de quien la guarnición de Santiago había recibido órdenes de entregar la fortaleza San Luis sin combatir. Una orden igual le fue dada a un destacamento del Ejército que fue enviado a tomar posiciones entre la Capital y lo que hoy es Villa Altagracia y entonces se llamaba Sabana de los Muertos. Si los militares no dispararon sus armas tampoco tenían necesidad de usar las suyas los hombres del Movimiento Cívico, que entraron en la Capital a bordo de camiones y de automóviles. El sólo grito de “Abajo el gobierno” bastó para derrocar el del presidente Vásquez, que se había asilado en la Embajada de los Estados Unidos después de haber nombrado a Rafael Estrella Ureña secretario de Estado de lo Interior y Policía, que de acuerdo con la Constitución era el llamado a suceder al jefe del Estado en caso de renuncia, muerte o inutilidad de éste.

Estrella Ureña iba a durar cinco meses y medio en su cargo de presidente de la República, pues el papel que le tocaba desempeñar en el plan político que debía culminar el 16 de agosto de ese año consistía en servir de puente para que el poder de hecho que como jefe del Ejército tenía Trujillo sobre el aparato del Estado quedara legalizado al recibir el título de presidente constitucional. Ese título fue alcanzado con una mascarada electoral celebrada el 16 de mayo, que hizo pareja con la mascarada de levantamiento armado llevada a cabo el 23 de febrero. Para dejar bien establecido ese carácter de mascarada debemos decir que nueve días antes de las elecciones, en protesta por la intervención de los militares en el proceso con actuaciones partidistas en favor de la candidatura Trujillo—Estrella Ureña, todos los miembros de la Junta Central Electoral renunciaron a sus cargos. Un día antes de los comicios la Alianza Nacional—Progresista, que era la fuerza política opuesta a Trujillo, retiró a sus candidatos de las elecciones, y cuando después del 16 de mayo la Alianza presentó ante la Suprema Corte de Justicia una demanda de nulidad de esas elecciones, hombres armados se apoderaron en pleno día de toda la documentación en que se basaba la denuncia, hecho que se llevó a cabo en presencia de los jueces y del público que se hallaba en el alto tribunal. Pero es el caso que desde el punto de vista formal, y por tanto legal, Rafael L. Trujillo pasó a ser presidente de la República y con la autoridad del cargo iba a convertirse en empresario y beneficiario principal de la instalación del capitalismo industrial y financiero nacional que el país no había conocido en toda su historia.

Ahora bien, esa tarea sería llevada a cabo por Trujillo pero el costo que pagaría el pueblo dominicano serían 31 años de opresión, hambre, sufrimiento de todos los tipos, lo cual era natural si tomamos en cuenta que tal como había dicho Marx en el conocido capítulo XXIV de El Capital, “el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies hasta la cabeza”. En tanto conglomerado humano, nosotros habíamos sido empujados, sin contar con nuestra voluntad, hacia el campo del sistema capitalista, que se hallaba en estado de formación cuando Colón descubrió la isla en que iba a establecerse la República Dominicana, pero el capitalismo sólo había funcionado aquí de manera aislada en su aspecto mercantil, y aún así era sumamente débil, a tal punto que la gran mayoría de los comerciantes dominicanos no habían pasado nunca, antes de 1930, del nivel de los altos y los medianos pequeños burgueses. Salvo 3 ingenios de azúcar que no figuraban entre los mayores y que habían pasado a manos dominicanas por herencia, todos los demás eran propiedad de extranjeros, como lo era casi todo el comercio más fuerte; no había una sola industria nacional que produjera para el consumo en el país que empleara un número de obreros que llegara a 50, y no había banco nacional ni se hallaba en ninguna parte un dominicano que supiera cómo funcionaba un establecimiento bancario.