El Cuarto y el Quinto

  • 24 abril 1980

Hubo un cuarto intento de hacer una revolución burguesa dominicana; un intento que comenzó con la muerte de Ulises Heureaux y terminó con la de Ramón Cáceres. Si vemos la historia de manera superficial nos parecerá que lo que acabamos de decir no tiene sentido, ¿pues cómo se explica que un propósito semejante se mantuviera tanto tiempo, desde mediados de 1899 hasta fines de 1911? Pero es el caso que se mantuvo porque aunque fueran personalistas a tal punto que tenían los nombres de sus caudillos (horacistas y jimenista), los dos partidos políticos que se disputaban a tiros el poder en todos esos años eran ideológicamente burgueses, y en el caso de los jimenistas o bolos, su fundador, Juan Isidro Jimenes, era un típico comerciante burgués, el único que tuvimos en todo el siglo XIX y los primeros años del XX. Estúdiense las medidas de gobierno de Ramón Cáceres y se verá que todas ellas se dirigían, en un grado que no se había conocido antes, a organizar el país como un Estado burgués. Naturalmente, Cáceres tenía que fracasar, y pagó ese fracaso con su vida, porque a pesar de que intentó hacerlo, no pudo echar las bases materiales indispensables para la existencia de un Estado burgués, tarea que llevaría a cabo el gobierno de la ocupación militar norteamericana de 1916 como explicamos al comenzar esta serie de artículos.

El último intento sería el de la Revolución de Abril, y ése fue el que estuvo más cerca de ser una revolución burguesa; primero porque ya existían las bases materiales de un Estado burgués, más firmes que las que habían dejado los ocupantes militares de 1916-1924, puesto que Trujillo las había ampliado cuantitativamente y también cualitativamente; y segundo, porque en esa ocasión se produjo un estallido de las fuerzas productivas nacionales cuyo desarrollo había sido obstaculizado por la tiranía, que no toleraba la formación de burgueses dado que eso ponía en peligro el aspecto monopolista del capitalismo trujillista. Trujillo fue a ia vez el jefe militar, económico y político del país; cada una de esas tres jefaturas fortalecía a las otras dos, pero las tres se debilitarían si se debilitaba una de ellas. Así lo entendía Trujillo, y de ahí el control de acero que mantenía sobre las fuerzas armadas, sobre la economía del país, que manejaba a través de los monopolios y a través de las instituciones del Estado creadas por él para asegurarles a sus negocios una permanente asistencia financiera, y finalmente, sobre el aparato del Estado, que era en última instancia el poder decisivo en todos los aspectos de la vida nacional.

Los aspirantes a burgueses que no pudieron satisfacer sus aspiraciones bajo el régimen trujillista creían en la democracia representativa, que, aunque para ellos no tuviera relación con el sistema capitalista, era y es la proyección política de ese sistema; pero sus ilusiones quedaron destruidas con el golpe de Estado de 1963. Así pues, ese golpe pasó hacer, subjetivamente, un elemento obstaculizador del desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas; de ahí que con él se provocara el último y a la vez el más fuerte intento de revolución burguesa conocido en la historia de nuestro país.

El próximo intento será el primero de la revolución proletaria dominicana.