Leonel Fernández

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En el bicentenario de Karl Marx

Está considerado uno de los autores más leídos de todos los tiempos. Salvo los grandes líderes religiosos, es la figura que mayor influencia ha ejercido en la humanidad. Bajo su inspiración se han realizado diversas revoluciones en distintos continentes; y conforme a su pensamiento, se han organizado varios Estados en el mundo.

Su nombre: Karl Marx.

Nació hace 200 años, el 5 de mayo de 1818, en la ciudad de Tréveris, la cual contaba en ese momento con cerca de 12 mil habitantes. Se encontraba en la porción suroeste del reino de Prusia, que conjuntamente con Austria, formaba parte de los 39 Estados de la Confederación Alemana.

Su padre, Enrique Marx, era un prestigioso abogado, de origen judío. Para poder seguir ejerciendo su profesión, en medio de las severas restricciones de la monarquía prusiana, tuvo que convertirse al luteranismo, la principal denominación protestante. Igualmente, fue un hombre de la Ilustración, un liberal clásico, interesado en las ideas de filósofos como Immanuel Kant y Voltaire.

La madre de Karl Marx, Henriette Pressburg, provenía de una próspera familia holandesa, también de origen judío, que entre uno de sus negocios llegó a fundar Philips, la muy conocida compañía electrónica.

Poco se sabe de la niñez de Marx. Era el tercero de nueve hijos, de los cuales cinco murieron de tuberculosis a temprana edad. En principio, fue educado directamente por su padre, hasta que al llegar a los 12 años de edad ingresó al bachillerato.

En 1835, a los 17 años de edad, Karl Marx se matriculó en la Universidad de Bonn para estudiar jurisprudencia y ser abogado, al igual que su padre. No obstante, no se sintió identificado con los estudios de derecho; y al año siguiente, en 1836, se trasladó a la Universidad de Berlín, donde rápidamente se sintió atraído por las ideas de Hegel, el reconocido filósofo alemán.

De la filosofía hegeliana al materialismo dialéctico

La Universidad de Berlín, fundada por Guillermo von Humboldt, era considerada por aquellos años como el mejor centro de educación superior del mundo. Había un espectacular ambiente cultural y artístico y una efervescencia intelectual que provocó la fascinación del joven Marx.

Para esa época se encontraban en boga las ideas filosóficas de Federico Hegel, quien promovió el concepto de racionalidad. A través de la amistad de dos jóvenes profesores de filosofía, Bruno Bauer y Ludwig Feuerbach, Karl Marx ingresó al Círculo de los Jóvenes Hegelianos, que elaboraron una concepción radical de la filosofía hegeliana, que los condujo de la metafísica a la dialéctica.

De acuerdo con sus propias palabras, lo que Marx hizo con la filosofía de Hegel fue colocarla “patas arriba”. Es decir, mientras Hegel creía en una visión en la que la conciencia engendra el ser, Marx, por el contrario, partía de la premisa de que es el ser, lo material, lo que da origen a la conciencia, o lo espiritual.

De esa concepción surgió la base de lo que sería el materialismo dialéctico, en oposición a la dialéctica idealista. Sobre este particular, sin embargo, sus ideas quedaron más claramente establecidas en su onceava tesis sobre Feuerbach, en las que afirmó: “Hasta ahora, los filósofos que nos han precedido no han hecho más que contemplar el mundo. De lo que se trata es de transformarlo.

Al término de sus estudios superiores, el joven filósofo aspiraba a la cátedra académica. Sin embargo, no le fue posible. Sus ideas radicales se encontraban en conflicto con el carácter autoritario del Estado prusiano.

Por eso, al trasladarse a la ciudad de Colonia, en Alemania, junto a su esposa, Jenny de Westfalia, con quien había contraído nupcias recientemente, inició una carrera que le iba a servir a lo largo de los años, para expresar con eficacia sus ideas a un amplio público: el periodismo.

Empezó escribiendo, a partir de 1842, en el periódico La Gaceta Renana. Posteriormente, desde París, en los Anales Franco-Alemanes. Luego, en una publicación de efímera existencia, Adelante; y finalmente, donde realizó su labor más extensa, en el periódico New York Daily Tribune.

De sus trabajos en la prensa fueron publicados los libros, Sobre la Cuestión Judía; El 18 Brumario de Luis Bonaparte; La Guerra Civil en Francia; La Guerra Civil en los Estados Unidos; y La Lucha de Clases en Francia.

Entre sus obras académicas se cuentan, Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel; Ludwig Feuerbach y el Fin de la Filosofía Clásica Alemana; Manuscritos Económicos y Filosóficos; La Sagrada Familia; La Ideología Alemana; Miseria de la Filosofía; El Manifiesto del Partido Comunista; Grundrisse; Contribución a la Crítica de la Economía Política; y su obra fundamental, El Capital, en tres volúmenes.

En 1844 inició una amistad con Federico Engels, que lo conduciría a realizar varias obras en conjunto, a ampliar su visión filosófica hacia los campos de la economía, la sociología, la política, la antropología y la historia, así como a intervenir, en el plano práctico, en la organización del movimiento obrero europeo.

De la revolución proletria al siglo XXI

Aunque Marx vio en el sistema capitalista una continuación de la historia como expresión de la lucha de clases, en este caso entre la burguesía y el proletariado, reconoció, sin embargo, su carácter revolucionario.

Así lo hizo junto a Federico Engels en El Manifiesto Comunista, al escribir estas palabras: “La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario. En el siglo corto que lleva de existencia, como clase soberana, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Basta pensar en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación de vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico”.

Frente a eso concluye con la siguiente predicción: “El desarrollo de la gran industria socava bajo los pies de la burguesía las bases sobre la que esta produce y se apropia de lo producido. La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables”.

Es del alto nivel de desarrollo alcanzado por el capitalismo de donde Marx y Engels derivan la idea de su inevitable desaparición. El socialismo, como etapa de transición hacia el comunismo, solo podría llevarse a cabo como resultado de la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el estancamiento de los modos de producción.

El triunfo de la Revolución bolchevique en 1917, colocó el nombre de Karl Marx en el epicentro de las grandes transformaciones mundiales. Luego de la Revolución rusa se suscitaron varias otras oleadas revolucionarias. Se produjeron insurrecciones socialistas en China y otros países asiáticos; en Europa del Este; en África y América Latina.

Con el desmoronamiento de la Unión Soviética y de otros países socialistas, se consideró que no solo el socialismo, como manera de organización social, sino también el marxismo, como escuela de pensamiento, entraron en crisis.

Para una amplia corriente de opinión, sin embargo, no fue el marxismo lo que se vio afectado con el derrumbe del modelo socialista en varios países. Esto así, en razón de que las denominadas revoluciones socialistas no se produjeron en países capitalistas con alto nivel de desarrollo de sus fuerzas productivas, sino todo lo contrario.

Sin declararse propiamente marxista, un destacado analista político y económico norteamericano, Jeremy Rifkin, en su más reciente libro, La Sociedad de Coste Marginal Cero, hace una profecía que parece emanada de la pluma de Marx.

Dice así: “Como paradigma económico, el capitalismo ha tenido mucho éxito. Aunque su trayectoria ha sido relativamente breve en comparación con otros paradigmas económicos de la historia, es de justicia reconocer que su impacto, tanto positivo como negativo, en la aventura humana quizás haya sido más profundo y más amplio que el de ninguna otra era económica.

Lo único es que el declive del capitalismo no se debe a ninguna fuerza hostil. Frente al edificio capitalista no se agolpan hordas dispuestas a echar sus puestas abajo. Todo lo contrario. Lo que está socavando al sistema capitalista es el éxito enorme de los supuestos operativos que lo rigen. En el núcleo del capitalismo, en el mecanismo que lo impulsa, anida una contradicción que lo ha elevado hasta lo más alto y que ahora lo avoca a su fin.”

El capitalismo de la era digital; del internet de las cosas; de la inteligencia artificial; de la realidad virtual aumentada; de las impresiones 3D; de la robótica; del vehículo sin conductor; del fin del trabajo; y de la transhumanización, parecen ser los sepultureros en el siglo XXI de un sistema que, aunque ha sido reconocido por el propio Marx como el más revolucionario de la historia, encuentra, sin embargo, en la concentración de la riqueza y en la desigualdad social, la fuente permanente de su razón de ser.

A 200 años de su natalicio, Karl Marx, desde su tumba, nos envía ese recordatorio.

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PLD: Democracia y Desarrollo

Desde que se proclamó la independencia de la República, en febrero de 1844, la aspiración del pueblo dominicano siempre fue el de poder constituirse en una sociedad democrática, desarrollada, próspera y con garantías de bienestar social para el grueso de su población.

Sin embargo, en casi dos siglos de existencia como nación, esa combinación de democracia con desarrollo, no había sido conquistada más que durante los gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana.

A decir verdad, al nacer, la República Dominicana surgió en ruinas. La guerra contra Haití para conquistar la independencia dejó al gobierno naciente con total carencia de recursos. Para enfrentar esa situación, el gobierno del general Pedro Santana inició una práctica que habría de llevarse a cabo durante muchos años: la emisión de papel moneda sin respaldo en la producción.

Los tres gobiernos de Santana, que se extienden, con intervalos, desde 1844 hasta 1861, cuando se produjo, por su iniciativa, la Anexión a España, fueron autoritarios, desde el punto de vista político, e ineficaces, desde la perspectiva económica.

Igual ocurrió con su rival político de la época: Buenaventura Báez. En las cinco ocasiones en que desempeñó la máxima magistratura del Estado, fomentó el caos político; ofreció en concesión la soberanía nacional a cualquier potencia extranjera; y suscitó la ruina económica y el desasosiego social, en medio de un estilo de gobierno de naturaleza autoritaria.

No obstante, durante el siglo XIX, hubo destacadas figuras políticas, de carácter democrático-liberal, como fueron los casos de Benigno Filomeno de Rojas, Ulises Francisco Espaillat y Francisco Gregorio Billini, todos los cuales llegaron a dirigir los destinos de la vida nacional, pero por la brevedad en que lo hicieron, no alcanzaron a realizar una obra importante de desarrollo.

Con posterioridad a la guerra de la Restauración (1863-1865), el único punto luminoso de la historia nacional se encuentra con la llegada al poder del Partido Azul, a través de la figura del general Gregorio Luperón, en 1879.

A través de seis presidentes de la República, el Partido Azul ejerció el poder durante 20 años. En principio, lo hizo en forma democrática. Aspiraba a convertir en realidad el sueño de Juan Pablo Duarte y de los independentistas de una nación libre, democrática, soberana y de progreso para todos sus habitantes. Sin embargo, por la corta duración de los mandatos de los presidentes de carácter democrático, estos no pudieron impulsar el desarrollo económico y social del país. A quien le correspondió llevar esto último a cabo, fue, paradójicamente, a quien no ejerció el mando en base a los principios democrático-liberales: el general Ulises Heureaux (Lilís).

Lilís, Mon, Trujillo y Balaguer

Durante la época de Lilís fue que empezó a desarrollarse la industria azucarera moderna, así como el incremento de la producción de tabaco, café y cacao. Igualmente, fue durante su período que se construyeron los ferrocarriles que iban de Sánchez a La Vega; y de Santiago a Puerto Plata.

Con Lilís, hubo, pues, desarrollo material en la República Dominicana, pero con total ausencia de valores democráticos en el ejercicio del poder político. Al tiempo que aumentaba la riqueza material del país, Lilís se dedicaba a eliminar a sus adversarios políticos; y eso hizo que se convirtiera en un sanguinario dictador.

Luego de la turbulencia política que se produjo con motivo de la muerte del general Lilís, emergieron como figuras del momento, el comerciante de la Línea Noroeste, Juan Isidro Jimenes; y el general Horacio Vásquez.

Pero el personaje que más se destacó durante los primeros años del siglo XX fue el mocano Ramón Cáceres (Mon), quien gobernó entre 1905 y 1911; y durante esos seis años realizó una notable labor de recuperación y expansión de la economía nacional.

Pero, igual que varios de sus antecesores, gobernó con mano tan dura, que todavía hoy se le recuerda bajo el apelativo de “preso por la guardia de Mon”.

Aunque no en orden cronológico, la figura que sucede al general Mon Cáceres en el poder, en términos de transformación económica y social, es Rafael Leónidas Trujillo.

Al llegar a convertirse en la máxima autoridad del gobierno en 1930, Trujillo encontró a una República Dominicana limitada en alcance económico, prácticamente convertida en una aldea, con una predominante población rural.

En sus más de 30 años de ejercicio gubernamental, el hombre fuerte de San Cristóbal contribuyó a transformar, desde el punto de vista económico y social a nuestro país. Construyó carreteras, puentes, escuelas, hospitales, acueductos e importantes edificaciones públicas.

Fue el creador de la moneda nacional; el constructor del Banco Central de la República; y quien redujo la deuda pública externa, con la firma del tratado Trujillo-Hull.

Pero, si eso logró Trujillo en el plano material, sus hazañas en el aspecto político lo condenaron ante la historia. Además de haber acumulado una gran fortuna personal, en base al manejo ilícito de fondos públicos, se convirtió en un cruel dictador, que no solo apresaba a sus enemigos, sino que los sometía a persecución, torturas y muerte.

Su poder fue omnímodo. Nadie escapaba a sus actos de violencia, fueran dominicanos o extranjeros; hombres o mujeres; ciudadanos simples o personalidades encumbradas. En fin, un hombre dispuesto a realizar todo lo que considerase necesario para mantener las riendas del poder.

Por su parte, los siete gobiernos que encabezó el doctor Joaquín Balaguer, una figura de leyenda, fueron diferentes a los de Trujillo. Circunstancias difíciles de la vida nacional, en el proceso de transición a la democracia, lo condujeron a aplicar, en determinados momentos, fuertes medidas de coerción, con la finalidad de garantizar lo que él consideraba como necesaria estabilidad política de la nación.

Sin embargo, su obra material es indiscutible. Durante sus periodos de gobierno hubo, generalmente, significativos niveles de crecimiento de la economía; y fuertes inversiones en obras públicas que se extendieron por todo el ámbito del territorio nacional.

Pero si bien alcanzó esos logros e hizo importantes aportes para alcanzar la convivencia pacífica entre los dominicanos, por los momentos de represión política durante el periodo de los 12 años, y el cuestionamiento a algunos de sus triunfos electorales, ciertos sectores de la opinión pública nacional consideran que no dispone de los méritos requeridos para figurar entre los paladines de la democracia dominicana.

Blancos y morados

Al llegar don Antonio Guzmán al poder, en el 1978, se produjo una gran ilusión en el pueblo dominicano de que al fin el país entraría en una nueva etapa de consolidación de sus instituciones democráticas, de prosperidad y justicia social.

El presidente Guzmán logró hacer avanzar la democracia en el país. Los presos políticos fueron puestos en libertad, y se produjo el retorno de los exiliados. Reinaba un ambiente de optimismo y se miraba hacia el futuro con gran esperanza.

Sin embargo, no fue así desde el punto de vista económico y social. La República Dominicana no pudo lograr sus metas en esos ámbitos como se esperaba. Los gobiernos del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), tanto la gestión del presidente Guzmán, como las de sus sucesores, no pudieron ponerse a la altura de las expectativas nacionales con respecto a las necesidades de cambio que el país requería.

De esa manera, al finalizar el siglo XX, alcanzó a subir las escalinatas del Palacio Nacional, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), con una agenda de reforma y modernización del Estado, así como de transformaciones en las distintas áreas de la economía y de la sociedad.

Al acercarse a casi 20 años de poder, el partido fundado por Juan Bosch, aun en medio de obstáculos y dificultades, de carácter nacional e internacional, puede, sin embargo, exhibir un conjunto de obras y de proyectos, tanto en lo político-institucional, como en lo relativo al progreso material, como no se había conocido antes en la historia de la República.

Durante los hasta ahora cinco periodos de gobierno peledeísta, la economía dominicana ha crecido a niveles impresionantes. La capacidad de generación de riquezas se ha más que cuadruplicado. La pobreza extrema ha prácticamente desaparecido. Se ha alcanzado la seguridad alimentaria. Se ha impulsado la producción agropecuaria. La clase media se ha expandido. Las principales enfermedades infecto-contagiosas han sido controladas. La mortalidad materna e infantil han disminuido. Las expectativas de vida han aumentado.

Las instituciones públicas han modernizado sus servicios. Las carreteras y las vías de comunicación se han extendido por todo el territorio nacional. Se han construido puentes, elevados, túneles y circunvalaciones. Se instaló un moderno sistema de transporte, a través del Metro de Santo Domingo. Se ha incrementado el turismo. Ha habido un aumento de la inversión extranjera. Las zonas francas han crecido; y nunca antes como ahora la presencia internacional de la República Dominicana había sido tan notable.

En fin, ha sido durante los periodos de gobierno del Partido de la Liberación Dominicana que nuestro país ha podido, por vez primera, combinar sus anhelos de paz y armonía, dentro del marco de la democracia, y unos determinados niveles de prosperidad, bienestar y desarrollo, como resultado de una expansión sostenida de nuestra capacidad de producción y distribución de riquezas.

Se reconoce que la labor realizada durante los gobiernos del PLD no constituye una obra perfecta. Pero no cabe dudas de que ha sido, hasta ahora, lo que más se ha aproximado a las aspiraciones y sueños albergados por el pueblo dominicano de combinar la democracia con el desarrollo.

Ese es un legado histórico tan importante que de seguro haría orgulloso al profesor Juan Bosch; y por eso mismo, su preservación, en estos momentos, se convierte en la tarea más importante de la familia peledeísta.

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Primarias Internas y Post-verdad

Cuando se dicta una sentencia, en materia constitucional, con carácter de lo irrevocablemente juzgado, se considera que el proceso judicial ha concluido; y que esa decisión, por consiguiente, tiene carácter obligatorio y resulta vinculante para todos los órganos del Estado.

Eso es así en cualquier lugar del mundo, salvo, al parecer, en la República Dominicana.

En nuestro país puede haberse dictado una sentencia, como efectivamente ocurrió, por parte de la Suprema Corte de Justicia, en funciones constitucionales, y estimarse que la misma no resulta obligatoria en su cumplimiento para otras instituciones del Estado.

Por ejemplo, la sentencia de fecha 16 de marzo de 2005 consideró que la ley número 286-54, que imponía a los partidos políticos la celebración de elecciones primarias para la escogencia de candidatos a cargos de elección popular, de manera abierta y simultánea, era nula por ser contraria a la Constitución de la República.

En una interpretación del artículo 277 de nuestra Carga Magna, hay quienes han argumentado que a lo único que se está obligado en virtud de esa sentencia es a que ningún otro tribunal pueda realizar una revisión de la misma.

Eso significaría que como lo que se procura no es una nueva revisión judicial del tema, sino la introducción de un nuevo proyecto de ley que establezca lo mismo que ya había sido previamente anulado, no habría inconveniente en que pudiese ser conocido por las cámaras legislativas.

Aquí, como puede observarse, no se niega la existencia de la sentencia de la Suprema Corte de Justicia que declaró la nulidad de la medida de ordenar a los partidos la celebración de primarias internas abiertas y simultáneas. Se intenta, más bien, mediante un mecanismo de interpretación equívoca, limitar el alcance de la referida decisión judicial a que no pueda someterse a una nueva revisión por parte de otro órgano jurisdiccional.

Se procura establecer que la misma no sea vinculante a los demás órganos del Estado; y se estima, que lo que fue considerado nulo por inconstitucional, puede ser obviado y reintroducido por ante las cámaras legislativas, porque, al fin y al cabo, no se le está pidiendo la revisión a un nuevo tribunal, sino, simplemente, conociendo de nuevo lo que ya había sido anulado.

A esa desnaturalización o subversión de la realidad, es a lo que los especialistas de la teoría de la comunicación y de los estudios de semiótica consideran como un acto de post-verdad.

Naturaleza jurídica de los partidos

Hay quienes resultan más sofisticados en la argumentación. Reconocen, efectivamente, que la sentencia dictada por la Suprema Corte de Justicia, en funciones constitucionales, que anuló la ley 286-04 del 2004 sobre las primarias abiertas y simultáneas en los partidos políticos, no solo impide que pueda ser objeto de revisión por otro tribunal, sino que también aceptan el carácter vinculante de la misma a todas las instituciones del Estado dominicano.

Admiten, como debe ser, que ese carácter vinculante se deriva, primero, de la resolución número 1920-03, dictada por el más alto tribunal del país, que incorporó el concepto de bloque de constitucionalidad a nuestro orden jurídico, en virtud del cual tienen fuerza de ley para el Estado dominicano, las decisiones constitucionales emanadas de nuestros órganos jurisdiccionales.

Reconocen, en segundo lugar, que luego de la proclamación de la Constitución del 2010, ese carácter vinculante de las decisiones, en materia constitucional, de nuestros tribunales, se encuentra establecido en el artículo 184 de nuestro texto sustantivo.

En adición a admitir la argumentación previamente presentada, han sostenido que los partidos políticos son instituciones de derecho privado, protegidos por el artículo 216 de la Constitución de la República, que les confiere el derecho al ejercicio de la democracia interna.

En virtud de esas consideraciones, alegan que, en efecto, ninguna ley puede obligar a los partidos o movimientos políticos a crear un método único, abierto o cerrado, simultáneo o independiente, para la escogencia de sus candidatos a cargos de elección popular. Que eso es de la incumbencia exclusiva y libertad de cada organización o movimiento político.

Hasta ahí, impecable. Pero, según esa línea de razonamiento, ha sido el Tribunal Constitucional, el cual en su sentencia 192/15, consideró que los partidos políticos no son instituciones de derecho privado, sino “instituciones públicas, de naturaleza no estatal, con base asociativa”.

Y, por supuesto, como ha sido el Tribunal Constitucional el que ha considerado que los partidos son instituciones públicas, aunque en sus tesis originales consideraban que ninguna ley podía obligar a los partidos a tener primarias abiertas y simultáneas, ahora, debido a esa decisión adoptada por el órgano constitucional, no les quedaba otra alternativa que no fuese aceptar esa nueva realidad, aunque estuviese en conflicto con sus argumentos iniciales.

No cabe dudas de que quienes esgrimen esos planteamientos tienen un gran sentido del humor. Ante la imposibilidad de ocultar sus puntos de vista originales, los modifican, realizando una interpretación antojadiza de lo considerado por el Tribunal Constitucional.

Nuestra jurisdicción constitucional, al tiempo de decir que los partidos políticos son instituciones públicas, aclara inmediatamente, que lo son de naturaleza asociativa, no estatal.

Al decir que eran de naturaleza asociativa, no estatal, ¿no estaba señalando el Tribunal Constitucional que los partidos políticos son, por vía de consecuencia, de naturaleza privada? ¿Conocemos en la República Dominicana instituciones públicas, que al mismo tiempo no sean instituciones del Estado? ¿Es posible que haya algo público que tenga un carácter no estatal? Por el contrario, ¿puede haber, a su vez, alguna institución del Estado que al mismo tiempo tenga carácter asociativo?

Es evidente que por esa vía de razonamiento no se llega más que al desvarío intelectual, al dislate, y nuevamente, a una adulteración de la realidad, que al perseguir fines políticos, constituye parte de eso que se ha denominado como la post-verdad.

Precedentes vinculantes

Una tercera forma de abordar la sentencia de la Suprema Corte que anuló la ley 286-04, sobre elecciones primarias abiertas y simultáneas en los partidos políticos, parte del reconocimiento de que, en realidad, primero, la referida sentencia tiene carácter vinculante a todos los órganos del Estado; y segundo, de que, en efecto, los partidos políticos son instituciones de derecho privado.

Eso dejaría sin mucha fuerza las dos corrientes de opinión previamente esbozadas. En esencia, si la decisión de la Suprema Corte se impone a las cámaras legislativas y los partidos no son instituciones del Estado, entonces es evidente que no puede introducirse un nuevo proyecto de ley a los mismos fines de la ley que ya había sido objeto de nulidad.

Sin embargo, lo que se plantea en esta nueva línea de argumentación, es que las decisiones definitivas e irrevocables que establecen precedentes vinculantes a todos los órganos del Estado no tienen, sin embargo, la categoría de cláusulas pétreas, esto es, de algo indefinidamente invariable, sino que podrían ser objeto de modificaciones en el futuro.

El razonamiento resulta válido. Es verdad, los precedentes vinculantes no tienen naturaleza infinita; no tienen que ser decisiones invariables en el tiempo. Pero tampoco pueden ser modificados en forma caprichosa o arbitraria, sujetos a la voluntad subjetiva de quien habría de dirimir el conflicto.

Por el contrario, para modificar una decisión constitucional que tiene carácter vinculante para todas las instituciones públicas, se requiere que surjan situaciones o circunstancias, de hecho y de derecho, diferentes a las que dieron lugar a la primera decisión.

Más aún, los jueces que conocen de esa instancia tendrían que motivar, de manera rigurosa, los fundamentos de su decisión, ya que estarían variando un precedente constitucional, que se estima fue debidamente sustanciado por magistrados con la probidad y autoridad judicial competente para hacerlo.

Por consiguiente, si bien es cierto que un precedente constitucional vinculante puede ser modificado en el tiempo, por la ocurrencia de acontecimientos distintos a los que precedieron la decisión anterior, no es menos cierto que hasta que esa modificación pudiese tener lugar, lo que predomina en el ordenamiento jurídico y prevalece como parte del bloque de constitucionalidad, es la sentencia que declaró la nulidad de la ley objeto de consideración.

Hasta ahora, lo que resulta como verdad irrefutable es que la ley 286-04, que consagraba las elecciones primarias de los partidos políticos, como abiertas y simultáneas, fue considerada como contraria a la Constitución, y por vía de consecuencia, nula.

Todos los argumentos esgrimidos con la finalidad de desconocer esa realidad, desvirtuarla, distorsionarla o subvertirla, ocupan un lugar especial en el reino de la post-verdad.

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La política en la era de la post-verdad

De conformidad con el diccionario Oxford, post-verdad fue el término más empleado en el 2016. Tuvo un incremento de más del 2000% con respecto a su empleo o utilización en el 2015.

Ese aumento se debió, fundamentalmente, a dos acontecimientos políticos que empezaron a gestarse durante esos años: el Brexit en Gran Bretaña, que marcó su salida de la Unión Europea; y la campaña electoral norteamericana que culminó con la elección presidencial de Donald Trump.

En ambos casos empezó a emplearse una técnica de comunicación que resultaba novedosa. Se intentaba apelar a las emociones de los electores, más que a su racionalidad, con la finalidad de inducirles a adoptar actitudes y comportamientos que entraban en conflicto con la auténtica realidad de la que formaban parte.

En el empleo de la post-verdad como técnica de comunicación, había, por vez primera en la historia, la utilización de un mecanismo que tenía como objetivo subordinar la verdad al interés del proyecto político que se estaba fomentando.

Podría considerarse que con la aplicación de esa técnica no se estaba haciendo nada nuevo. Al fin y al cabo, podría argumentarse, en eso precisamente ha consistido la mentira y la propaganda: en desinformar y manipular como forma de distorsión de la realidad.

Sin embargo, aunque tiene un parecido con la propaganda y la mentira, no es enteramente así, pues la post-verdad tiene un elemento singular que le caracteriza. Ese elemento consiste en que no solamente representa un desafío a la posibilidad de conocer la realidad, sino que, más bien, procura desconocer o negar su existencia como tal.

Eso, aunque tiene profundas raíces en la historia del pensamiento, nunca se había presentado como fenómeno social. Ha sido en tiempos recientes que ha empezado a tener incidencia e impacto en las nuevas formas de comunicación en el ámbito de la política.

Los que empezaron a acuñar el término de post-verdad lo hicieron imbuidos del buen propósito de poner de manifiesto la existencia de ese nuevo fenómeno, que consideraban como un grave peligro para el debido funcionamiento de la democracia.

Ahora bien, lo que resulta polémico o discutible, respecto del término de post-verdad, es su propio sentido semántico. Por el uso del prefijo post, podría considerarse que se trata de algo que viene después de la verdad. Pero, si puede haber un después, se supone que debe haber un antes. Por consiguiente, podría hablarse de una pre-verdad; y como a la verdad, se le opone la mentira, entonces podría decirse que hay una pre-mentira, una mentira y una post-mentira, todo lo cual, obviamente, resultaría en un solemne dislate.

Verdad y objetividad

La búsqueda de la verdad ha sido una preocupación constante en la historia de la filosofía y de la ciencia, lo cual hunde sus raíces en la Antigua Grecia. Sobre el particular había hecho referencia Platón, al señalar que Sócrates advertía sobre el peligro del falso saber.

Aristóteles fue aún más incisivo.

En su trabajo sobre la metafísica, llegó a señalar la verdad y la mentira en los siguientes términos: “Lo que es y se dice que es; y lo que no es y se dice que no es, es verdad.

Pero lo que es y se dice que no es; y lo que no es y se dice que es, es mentira”.

Así definió, de manera sencilla, aunque parezca complicado, el sabio estagirita, la noción de verdad y de mentira.

Sin embargo, ha habido corrientes de pensamiento que han negado la posibilidad de que la verdad pueda ser plenamente conocida. Se sostiene que puede haber una aproximación a la verdad, una verdad relativa, pero nunca una verdad absoluta, como lo sostienen en tiempos actuales, los partidarios del post-modernismo.

Iguales criterios prevalecen en relación al concepto de objetividad.

Se considera, sobre todo en el terreno de la comunicación, que se debe transmitir un mensaje que sea susceptible de reflejar la realidad, esto es, que no se encuentre afectado por los valores, criterios y creencias de quien lo transmite.

Esa noción de objetividad ha sido el ideal o marco de referencia al que siempre ha aspirado el periodismo profesional. Desde mediados del siglo XIX, en que se desarrolla la gran prensa de masas, se partió del criterio de que la información tenía que transmitirse con espíritu de imparcialidad o neutralidad.

Para hacer eso posible, se hizo énfasis en que el periodista profesional tenía que transmitir los hechos, lo ocurrido, en base a los datos emanados de los acontecimientos; y se procedió hasta indicar los elementos que tenían que ser tomados en consideración para la elaboración de la noticia, así como la técnica específica de redacción, que fue el de la pirámide invertida.

Durante años, esas normas de búsqueda y redacción de las noticias constituyeron el evangelio del periodismo profesional. Se entendía que se había logrado la objetividad, imparcialidad y neutralidad en la presentación de la información o noticia.

Sin embargo, con el tiempo se llegó a comprender que la presentación del hecho noticioso no resultaba en sí tan objetiva, puesto que requería de una serie de procedimientos, que incluían la selección de la información; una presentación de los hechos, no en forma cronológica, sino en un orden descendente de importancia; una contextualización; y la decisión del lugar de publicación en las páginas del periódico.

Todo eso implicaba que aun deseando ser imparcial y objetivo, el método de elaboración de la información requería de un conjunto de valores y criterios subjetivos por parte de quien elaborase la noticia, que inevitablemente producían un sesgo informativo.

El peligro de la post-verdad

Así pues, a lo largo de la historia, ha habido escuelas o corrientes de pensamiento que han considerado que la verdad y la objetividad no pueden ser plenamente alcanzadas, debido a prejuicios preexistentes y a un sesgo cognitivo que impiden que pueda lograrse la imparcialidad y la neutralidad frente a los fenómenos de la vida social.

Para esos sectores, la realidad como tal, no existe. Lo que existe es una construcción social de la realidad, la cual, por supuesto, está contaminada con los valores, las creencias y la ideología de quien la construye.

La diferencia entre los que no creen que la verdad absoluta o la objetividad plena existan, y los que hacen referencia al fenómeno de la post-verdad, radica en que para estos últimos de lo que se trata no es de si la verdad puede o no ser conocida, sino de cómo poder subvertirla o modificarla, a los fines de ponerla al servicio de un proyecto de dominación política.

Mientras la mentira engaña; la propaganda manipula y distorsiona; el periodismo de opinión orienta en una determinada dirección; la publicidad intenta convencer a los consumidores de la bondad de sus productos; la post-verdad, por su parte, altera la realidad, crea una realidad nueva, una “realidad no real”, inexistente, ficticia, con el objetivo de hacer predominar unos determinados valores o criterios, que permitan subordinar la “realidad real” a las emociones; y por vía de consecuencia, arrastrar a determinados sectores de la población, en forma irreflexiva, hacia unas determinadas acciones políticas.

Como se ha demostrado en los casos del Brexit y de las pasadas elecciones presidenciales norteamericanas, la post-verdad constituye uno de los mayores peligros con los que se enfrenta la democracia moderna.

En la era política de la post-verdad, las personas son inducidas a creer en algo que no es real, a partir de la presentación de lo que se ha denominado como “datos alternativos”, generando nuevos conceptos y valores que sirven de referencia para la creación de percepciones, actitudes y comportamientos.

En su clásica novela, 1984, el autor británico, George Orwell, hizo referencia a un mundo de penumbra, de pesadilla, de absoluta dominación política, en el que las palabras, en un diccionario de neolengua, expresaban exactamente lo contrario de lo que se quería decir.

De esa manera, el amor equivalía al odio; la paz era la guerra; la vida era la muerte; y la verdad, sinónimo de mentira. Nunca pensó Orwell que al llegar el siglo XXI, en sistemas democráticos avanzados se emplearían técnicas de subversión de la realidad tan peligrosas como las que él, en su mundo imaginario y de ficción, había considerado que sólo podían existir en regímenes totalitarios.

Desafortunadamente, sin embargo, así es. En la era política de la post-verdad, todo es nada; y nada es todo. La verdad no importa.

Todo es posible. Solo basta la voluntad.

Nada tiene límites.

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Constitución, Ley y Elecciones Primarias

Nueve partidos que integran el llamado Bloque Opositor presentaron en estos días un conjunto de propuestas en relación a los proyectos de ley de partidos políticos y reforma a la ley electoral. Entre las propuestas sugeridas están las relativas a publicidad y propaganda; financiación pública, cuotas de género y rendición de cuentas.

Ahora bien, al referirse a la celebración de primarias internas de los partidos políticos para la selección de candidatos a cargos públicos, el Bloque Opositor ha sugerido que dichas primarias sean cerradas y simultáneas, esto es, que sean con el padrón de cada partido y efectuadas el mismo día por todas las organizaciones políticas.

Al alegar que sean cerradas y simultáneas, es evidente que se oponen a que puedan efectuarse en forma abierta y simultánea, esto es, con el registro de electores de la Junta Central Electoral.

Desde luego, ese será uno de los grandes temas a debatirse, tan pronto se inicie la nueva legislatura el próximo 27 de febrero. Esto así, en razón de que el proyecto de ley de partidos políticos que estaba siendo conocido en el Congreso Nacional, no pudo ser aprobado por las cámaras legislativas en el plazo previsto en la Constitución.

Para reactivar el debate, el Partido Reformista Social Cristiano, recientemente lo reintrodujo por ante la Cámara de Diputados; y con posterioridad, la propia Junta Central Electoral hizo lo mismo, por lo cual, en estos momentos, tanto el Senado como la Cámara de Diputados se encuentran apoderados del referido proyecto legislativo.

En lo relativo a la celebración de elecciones primarias en las organizaciones políticas para la selección de candidatos a cargo de elección popular, tanto en el proyecto del Partido Reformista como en el de la Junta Central Electoral se establece lo mismo.

En ambos se indica que es responsabilidad de los partidos y agrupaciones políticas decidir la modalidad de la organización de las primarias internas a celebrarse en fecha determinada por el organismo competente del partido o agrupación política.

Esa redacción concerniente a la forma de celebrarse las elecciones internas de los partidos, así como la fecha en que las mismas han de tener lugar, resulta correcta.

Eso significa que el proyecto de ley de partidos políticos no puede imponer a los partidos u organizaciones políticas, que las primarias internas de dichas instituciones sean abiertas o cerradas. En ambos casos, se estaría desconociendo varios principios de carácter constitucional, como son la libertad de los partidos políticos, la democracia interna y el derecho de asociación. En lo que concierne a la celebración de primarias internas abiertas y simultáneas, ya la Suprema Corte de Justicia, actuando en función de Corte Constitucional, como hemos señalado en otra ocasión, decidió en su sentencia de fecha 16 de marzo de 2005, que la ley 286-04 era nula, por ser contraria a la Constitución, en razón de que le imponía, de manera obligatoria, a los partidos políticos, un mecanismo de elecciones primarias abiertas y simultáneas.

Esa decisión de la Suprema Corte de Justicia del año 2005 tiene carácter definitivo y la autoridad de la cosa irrevocablemente juzgada; y en su artículo 277, la Constitución proclamada en el 2010, establece el destino de ese tipo de decisión judicial, al sostener que:

“Todas las decisiones judiciales que hayan adquirido la autoridad de la cosa irrevocablemente juzgada, especialmente las dictadas en ejercicio del control directo de la constitucionalidad por la Suprema Corte de Justicia, hasta el momento de la proclamación de la presente Constitución, no podrán ser examinadas por el Tribunal Constitucional”.

Al tener la autoridad de la cosa irrevocablemente juzgada y no poder ser examinadas por el Tribunal Constitucional, esas decisiones están sometidas a lo consignado en el artículo 184 de nuestra Carta Sustantiva, que establece que las decisiones del Tribunal Constitucional son definitivas e irrevocables y constituyen precedentes vinculantes para los poderes públicos y todos los órganos del Estado.

Precedente vinculante

¿Qué quiere hacer significar el texto constitucional cuando afirma que las decisiones del Tribunal Constitucional constituyen precedentes vinculantes para los poderes públicos y todos los órganos del Estado?

Quiere indicar que las decisiones constitucionales, definitivas e irrevocables, no solo están impedidas de ser revisadas por otro tribunal de la República, sino que también tienen carácter de obligatoriedad respecto a todos los órganos del Estado, como serían el Senado, la Cámara de Diputados y el Poder Ejecutivo.

El Senado de la República o la Cámara de Diputados no pueden aprobar en el proyecto de ley de partidos políticos ninguna disposición que sea contraria a lo decidido por la Suprema Corte de Justicia en su sentencia de 2005, bajo el riesgo de incurrir en un acto de violación a la Constitución de la República.

En su ensayo acerca de cómo vincula la jurisprudencia constitucional a los legisladores, la catedrática española, María A. Ahumada Ruiz, alega que “los poderes públicos no están simplemente obligados a cumplir lo que el Tribunal Constitucional resuelva sino además, habrán de conformar en el futuro su actuación a las pautas marcadas por la doctrina del Tribunal”.

En el Perú, una sentencia del Tribunal Constitucional, del 10 de octubre de 2005, consideró que “El precedente constitucional tiene por su condición de tales efectos similares a una ley. Es decir, alcanza a todos los justiciables y es oponible frente a los poderes públicos”.

En Chile, el artículo 94 de la Constitución sostiene que “las disposiciones que el Tribunal declare inconstitucionales no podrán convertirse en ley”.

Por su parte, al referirse a este tema, el profesor de Derecho Constitucional, Eduardo Jorge Prats, en su texto Comentarios a la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional y de los Procedimientos Constitucionales, afirma:

“Queda claro que la sentencia constitucional tiene capacidad para vincular y obligar a los poderes públicos. Si no fuera así, no tendría sentido establecer el control concentrado de constitucionalidad. Esta vinculación significa que la sentencia constitucional tiene fuerza de ley”.

¿Qué consecuencias tiene para el legislador el que la sentencia constitucional tenga fuerza de ley y capacidad para vincular y obligar a los poderes públicos?

Conforme al propio profesor Jorge Prats, “ello implica que el legislador no puede reincorporar al ordenamiento, preceptos declarados inconstitucionales por el Tribunal Constitucional”.

Más aun, como habíamos indicado en un trabajo previo, así lo consagró también el Tribunal Constitucional dominicano en su sentencia número 84 del año 2013, en el que indica que los precedentes constitucionales “constituyen fuente directa de derecho con carácter vinculante para todos los poderes públicos, dentro de los que se encuentra la Cámara de Diputados, órgano que integra el Poder Legislativo”.

Los límites de la ley

La incapacidad de los órganos legislativos para, mediante la ley, obligar a los partidos políticos a organizar primarias abiertas y simultáneas, no solamente proviene del hecho de que ha habido una sentencia, de carácter constitucional, con autoridad de la cosa irrevocablemente juzgada, sino, además, del hecho mismo de la naturaleza jurídica de las organizaciones políticas.

Pero así como no es posible que la ley establezca que las primarias internas de los partidos puedan ser abiertas y simultáneas, tampoco puede señalar, como ha sugerido el Bloque Opositor, que sean cerradas y simultáneas.

Desde el punto de vista legal, los partidos políticos son instituciones de derecho privado, lo que quiere decir que no son corporaciones de derecho público; que no son de naturaleza estatal. Constituyen, más bien, organizaciones integradas voluntariamente por ciudadanos, en pleno ejercicio del derecho a la libertad de asociación, a los cuales debe garantizarse la facultad de participar en los mecanismos de decisión interna de la agrupación.

El artículo 216 de la Constitución Dominicana prevé lo relativo a la organización de partidos, agrupaciones y movimientos políticos; y en esa disposición constitucional se consagran dos elementos de carácter esencial. El primero, que existe plena libertad para la organización de partidos políticos; y el segundo, que dichas instituciones, en su conformación y funcionamiento, deben sustentarse en la democracia interna.

Ahora bien, al conformarse y funcionar en base a la democracia interna, eso equivale a decir que tienen la capacidad para auto organizarse, esto es, de operar de acuerdo con el criterio acordado entre sus miembros.

Esa forma de operar estará establecida, no por ley alguna, que implicaría una injerencia de la esfera pública en la órbita de lo privado, sino a través de los estatutos de los partidos, así como por otras normas internas adoptadas en congresos u otras instancias institucionales.

En lo relativo a las elecciones primarias para la selección de candidatos, el criterio abrumadoramente predominante a escala mundial, es que eso es algo que se decide en base a la determinación de los afiliados de la organización política.

De esa manera, es un derecho indiscutible de los partidos políticos el escoger sus candidatos a cargos de elección popular de conformidad con la modalidad que ellos adopten, tal como ha señalado la Junta Central Electoral en los proyectos de ley que ha enviado al Congreso Nacional, a los fines de su regulación.

Por consiguiente, ninguna ley podrá imponer a los partidos políticos una forma única de selección de sus candidatos y una fecha común para todos de celebración de sus convenciones. No puede haber, por disposición de ley alguna, primarias abiertas y simultáneas, o primarias cerradas y simultáneas. Eso sería inconstitucional, ilegal e injusto.

Son los partidos los que deciden, en base al ejercicio legítimo de su libertad, a su democracia interna y al derecho de asociación de sus afiliados, los únicos que tienen derecho a establecer, mediante sus normas internas, si sus elecciones primarias deben ser abiertas o cerradas; por aclamación o encuestas; por cooptación o designación; o por cualquier otra fórmula que consideren.

En su propuesta sobre las primarias internas de los partidos, la Junta Central Electoral tiene la razón. Los militantes de los partidos tienen la última palabra.

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Vladimir Guerrero: De Don Gregorio a Cooperstown

En medio de la fase final de una intensa y apasionada competencia, no apta para cardiacos, entre las Águilas Cibaeñas y los Tigres del Licey, de repente circuló la noticia esperada con gran ansiedad: Vladirmir Guerrero había sido exaltado al Salón de la Fama de Cooperstown.

Ante esa información, el pueblo dominicano estalló en júbilo. Reinaba la alegría por todas partes. Se anhelaba su retorno al país con mucha ilusión. Por un instante, hasta la rivalidad entre las cuyayas y los felinos parecía disiparse. Había como una especie de cese al fuego en reconocimiento al último símbolo del orgullo nacional.

Su llegada fue todo un acontecimiento. En un gesto humilde, como el que siempre le caracteriza, hizo saber que toda su hazaña no fue más que para poner en alto la bandera dominicana.

La música, el entusiasmo, la algarabía le esperaron en el Aeropuerto Internacional de Las Américas. Continuó en todo el trayecto hacia la ciudad. Se hizo sentir en el Malecón de la Capital y llegó hasta el corazón mismo de su pueblo natal, don Gregorio, en Nizao, provincia Peravia.

Realmente el pueblo dominicano disfrutó a plenitud el ingreso de Vladimir Guerrero, una de nuestras más grandes estrellas del béisbol de todos los tiempos, al núcleo exclusivo de los inmortales de ese deporte.

Fue hace tan solo tres años, en el 2015, que un compañero suyo de equipo, en los Expos de Montreal, Pedro Martínez, mejor identificado como Pedro, el Grande, resultó ser seleccionado como el segundo jugador dominicano en ingresar al Salón de la Fama de Cooperstown.

Sin embargo, durante 32 años, desde que fue seleccionado en 1983, Juan Marichal, el Monstruo de Laguna Verde, reinó solo en esa categoría especial, reservada para los más destacados atletas del bate, el guante y la pelota. Curiosamente, el nativo de Monte Cristi terminó su carrera profesional en el 1975, el mismo año en que nació Vladimir Guerrero, la Tormenta de Don Gregorio, como lo bautizó el cronista deportivo Bienvenido Rojas.

Pero, para mayor coincidencia, Vladimir siempre utilizó el número 27 en el uniforme de los cuatro equipos para los cuales desplegó su talento; igual al número de Marichal con los Gigantes de San Francisco.

Origen humilde

Nacido en plena Guerra Fría, en un país influido por ideas de izquierda, parece comprensible que sus padres declararan a su hijo, futura estrella de las Grandes Ligas, con el nombre legendario del líder de la Revolución bolchevique: Vladimir, conocido como Lenin.

Pero, en la actualidad, el presidente Putin de Rusia, también lleva el mismo nombre: Vladimir.

En el ámbito del deporte, Vladimir Guerrero no estuvo por debajo de sus tocayos rusos. Él fue también una potencia hegemónica en el diamante, por el poder de su bate, la velocidad de sus piernas y la fuerza de su brazo.

Vladimir Guerrero, sin embargo, nació en un hogar muy humilde, de origen campesino. Su madre se dedicaba a la venta de alimentos en la calle y su padre a la ganadería, en una pequeña finca alquilada.

Junto a sus siete hermanos, vivía apretujado en condiciones sumamente precarias, en una casa de dos habitaciones, de madera y techo de zinc, el cual fue desprendido con el paso de un huracán en la década de los 90.

Pero junto a Eliezer y Winston, sus dos hermanos mayores, encontró a corta edad el motivo de la pasión de su vida: el béisbol. Desde los 11 años empezó a practicarlo, en la misma comunidad que ha visto formarse a otros grandes jugadores, como Miguel Tejada, recordado paracorto de los Atléticos de Oakland y los Orioles de Baltimore.

En principio, Eliezer fue considerado para el entrenamiento del equipo de los Dodgers de Los Angeles. Poco tiempo después, sin embargo, fue desestimado. Por el contrario, su otro hermano, Winston, fue firmado por este equipo, para el cual llegó a jugar en Grandes Ligas.

Vladimir fue también observado por dicha agrupación deportiva. La suerte, sin embargo, no le acompañó. Al iniciar sus entrenamientos, experimentó una lesión, lo que le hizo abandonar sus sueños de usar la franela del equipo de Jackie Robinson.

Esa lesión pudo haber sido el fin de la carrera deportiva del oriundo de Nizao. Pero su disciplina, capacidad de sacrificio y perseverancia, le permitieron superar ese y otros escollos; y fue así, que a la edad de 21 años de edad, en el 1996, inició su carrera profesional de Grandes Ligas con los Expos de Montreal.

Con los Expos, Guerrero tuvo la fortuna de encontrarse como dirigente del equipo a una de las figuras luminarias del béisbol dominicano: Felipe Rojas Alou. Bajo su dirección, durante los próximos seis años, se fue consolidando como un gran bateador de promedio y de poder.

El banilejo inmortal

En el 2002, Vladimir pasó a usar el uniforme de los Angelinos de Anaheim, organización con la cual permaneció durante ocho años, para luego culminar su carrera con los Rangers de Texas y los Orioles de Baltimore.

Durante sus años en las Grandes Ligas empezó a tejerse un mito. De que, a diferencia de la generalidad de los jugadores, no usaba guantillas para batear, y de que era un bateador de bolas malas.

Se recuerda, inclusive, que en una ocasión le hizo swing a una pelota que picó antes de llegar al plato, bateándola de hit. Su brazo, desde el jardín derecho, era soberbio. Nadie se atrevía a desafiarlo corriendo las bases. Cualquier intento era casi un out seguro.

En el 2004, año en que su equipo, los Angelinos de Anaheim alcanzó el campeonato, fue galardonado con el título de Jugador Más Valioso de la Liga Americana. Con motivo de ese reconocimiento hizo una visita, junto a sus padres, al Palacio Nacional, donde me correspondió la honra de recibirle, para en nombre del gobierno, externarle las merecidas felicitaciones.

Intrigado sobre las causas que le motivaban a perseguir las bolas fuera de la zona de strike, recuerdo que le hice la siguiente pregunta: “Vladirmir, ¿cómo es que puedes batear cualquier tipo de lanzamiento? ¿Es qué existe una técnica especial para eso?”.

Me respondió, diciendo: “Es que cuando era niño jugaba vitilla en la calle con los muchachos. Me hice experto dándole a la vitilla, que además de ser pequeña de tamaño, tiene una trayectoria zigzagueante. Entonces, si aprendí a batear vitillas, la pelota se me hacía más fácil.”

Su disciplina en la caja de bateo, su enfoque y su perseverancia en alcanzar, cada vez más y mejores resultados, lo llevaron a terminar su carrera de 16 años en las Grandes Ligas con un porcentaje de bateo de por vida de .318. Eso, por supuesto, lo colocó entre los siete jugadores más destacados de la historia del deporte. Igualmente, conectó 2,590 hits, entre ellos 477 dobles. Disparó 449 jonrones. Remolcó 1,496 carreras; y anotó 1,328 veces. Ganó ocho bates de plata. En nueve ocasiones participó en el Juego de Estrellas. Registró 12 temporadas de 20 o más cuadrangulares. En ocho terminó con promedio de bateo por encima de de .300; y en las dos únicas ocasiones en que no logró alcanzar esos porcentajes, estuvo en .290 y .295.

Vladimir Guerrero, el banilejo inmortal de Cooperstown, es uno de solo dos jugadores en la historia de las Grandes Ligas, junto a Joe Dimaggio, en lograr tres temporadas consecutivas con un promedio de bateo de .300; 30 cuadrangulares; 100 remolcadas; 100 anotadas; y un porcentaje de slugging (cuantas veces batea de hit en relación a turnos al bate) de 500 antes de cumplir los 25 Además, se encuentra entre los cinco jugadores que en la historia del béisbol ha logrado conectar de hit en 30 partidos consecutivos. Algo sencillamente espectacular.

Al haber llegado a la cúspide de su carrera y haber sido incluido en el grupo selecto de miembros del Salón de la Fama de Cooperstown, Vladimir Guerrero, al igual que Juan Marichal y Pedro Martínez, se ha convertido, para orgullo de todos, en un ícono, en una figura emblemática del pueblo dominicano, que trasciende al ámbito global.

Ahora hay otros que se encuentran en el circulo de espera para tambien incorporarse a los inmortales del béisbol. Entre ellos, por supuesto, David Ortíz, el Big Papi, el hombre que acabó con la maldición del Bambino y llevó a los Medias Rojas a más de un campeonato mundial; Albert Pujols; Adrián Beltré; Robinson Canó; y Nelson Cruz.

Tal vez, algún día, también podamos ver a Vladimir Guerrero hijo, un joven talentoso, tercera base de la organización de los Azulejos de Toronto, alcanzar la cima de la fama, siguiendo las huellas de su padre.

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El Libro que estremeció a la Casa Blanca

Desde la época en que J. K. Rowling, la célebre escritora británica, publicase una serie de novelas fantásticas sobre la vida de Harry Potter, el niño aprendiz de magia y hechicería, nada parecido había ocurrido en el mundo editorial.

Sólo bastó que el pasado 3 de enero, la revista New York publicase un extracto del libro del reconocido periodista norteamericano Michael Wolff, Fire and Fury: Inside the Trump White House (Fuego y Furia en la Casa Blanca de Trump), para que inmediatamente las solicitudes de compra lo convirtiesen en el principal bestseller del momento.

El solo anuncio de su publicación irritó tanto a la Casa Blanca, que la vocera oficial del gobierno, Sarah Huckabee Sanders, rápidamente lo descalificó como una “basura de ficción”; y que Charles Harder, abogado del presidente Donald Trump le enviase una carta al autor y a la casa editora, indicándoles que desistieran de su publicación, bajo la amenaza de proceder con una demanda por difamación e injuria.

La reacción, sin embargo, fue contraria a la esperada. En lugar de acoger la petición de suspensión de la publicación, la casa editora adelantó la fecha de salida del libro. En menos de 48 horas ya había vendido un millón de ejemplares.

Según el autor, su objetivo al escribirlo era, en primer término, poner de relieve que “con la toma de posesión de Donald Trump el 20 de enero del 2017, los Estados Unidos entraron en el ojo de la más extraordinaria tormenta política desde Watergate”; segundo, exponer acerca de los conflictos internos, o luchas de poder, suscitados entre altos funcionarios de la Casa Blanca; y tercero, referirse a las expresiones denigrantes realizadas por Steve Bannon, quien fuera jefe de estrategia del gobierno estadounidense, en relación a los miembros de la familia presidencial.

No pensaban ganar

Lo primero que empieza por exponer en su controversial libro, Michael Wolff, quien además es un destacado columnista de las revistas Vanity Fair y The Hollywood Repoter, así como autor de varios libros, es que nadie esperaba en el equipo de campaña electoral del candidato del Partido Republicano, ganar las elecciones.

De acuerdo con los comentarios recogidos, ni siquiera el propio Donald Trump creía que se podía alcanzar el triunfo electoral. En vista de eso, para el magnate de las propiedades inmobiliarias, lo más importante, entonces, era “ser el hombre más famoso del mundo”. De esa manera, saldría del proceso electoral con su marca más fortalecida e innumerables nuevas oportunidades de negocios.

Como prueba de que no se podría triunfar, había el hecho de quejas permanentes, hasta del propio candidato con el funcionamiento de su equipo de campaña electoral. Para Donald Trump, todos sus integrantes no eran más que unos ineptos. Nadie servía para nada.

De hecho, a tan solo cinco meses de la celebración del torneo electoral, en junio del 2016, despidió a su primer jefe de campaña, Corey Lawandowski, a quien calificó de torpe e incompetente.

Luego vino Paul Manafort, en estos momentos bajo investigación judicial, quien sólo pudo permanecer dos meses como encargado de la campaña, hasta agosto, cuando solo faltaban menos de 90 días para que los ciudadanos acudieran a los centros de votación.

A esa altura del certamen electoral, Hillary Clinton, la candidata del Partido Demócrata, llevaba una ventaja entre 12 y 17 puntos por encima del candidato republicano. Entonces se creía que sólo un milagro podía revertir esa tendencia.

Fue en ese momento de penumbras que se presentaron ante el candidato Donald Trump, Robert Mercer, un billonario de extrema derecha, y su hija, Rebekah, quienes decidieron, junto a otros asociados, también multimillonarios, financiar y hacerse cargo del resto de la campaña de Trump.

La primera reacción del candidato republicano, según refiere Michael Wolff, fue de asombro. No podía comprender como alguien podría comprometer sus recursos en favor de una causa que se encontraba por completo perdida.

La única condición, sin embargo, sugerida por Robert Mercer y su hija, y aceptada por Donald Trump, fue que se integrasen a la dirección de la campaña dos figuras claves de su emporio: Steve Bannon y Kellyanne Conway.

Conway, al asumir la dirección de la campaña, no advirtió posibilidades de triunfo. Por el contrario, estaba convencida de que Donald Trump perdería las elecciones.

No así Steve Bannon, quien provenía de la dirección de la publicación digital de la extrema derecha, Breitbart News. Este mantuvo el criterio de que a pesar de las dificultades y la falta de organización que la campaña había experimentado, Trump saldría airoso de su combate electoral.

Las dramáticas revelaciones sobre el trato impropio de Trump con las mujeres parecían haber sepultado definitivamente las aspiraciones electorales del exitoso empresario de la construcción.

Sin embargo, logró sobrevivir; y de manera casual la campaña empezó a dar un giro radical en su favor cuando el director del FBI, James Comey, informó que se reabría la investigación en relación a los correos electrónicos en contra de la candidata demócrata, Hillary Clinton.

Todavía, el mismo día de las elecciones, 8 de noviembre, al iniciarse el conteo de los votos, no había un ambiente triunfal entre los partidarios del candidato republicano.

La victoria fue tan inesperada que se cuenta que Donald Trump hijo le comentó a un amigo que su padre, Donald Trump, estaba tan sorprendido con su triunfo que parecía “como si hubiese visto un fantasma”.

Conflictos e intrigas

Steve Bannon hablaba con tanta certeza acerca de un seguro triunfo de Trump en las urnas, que éste llegó a considerar que tal vez su promotor de campaña tuviese poderes místicos, lo cual lo hacía prácticamente indispensable para el gobierno que se iniciaba.

Pero no era así. Bannon no sólo no tenía poderes místicos, sino que hasta carecía de experiencia política. Nunca había dirigido una campaña electoral ni había ejercido función pública alguna. Lo único que ofrecía era una visión apocalíptica que se sustentaba en la convicción de que la sociedad norteamericana estaba escindida en dos sectores irreconciliables: globalistas liberales y nacionalistas populistas conservadores.

El problema es que según los testimonios recogidos por Michael Wolff en su libro, la selección de Steve Bannon como jefe de Estrategia y asesor presidencial fue, tal vez, la peor que pudo haber hecho Donald Trump.

Bannon, para quienes le conocían en sus múltiples facetas, si bien es un hombre culto e inteligente, resultaba, al mismo tiempo, dogmático, petulante y hasta antisocial.

Su actitud fanatizada y explosiva llegó a niveles tales, que se le considera como una especie de granada humana; y se afirma que si hay fuego en algún lugar, lo más probable es que le encuentren los fósforos en las manos.

Con una personalidad tan alucinante en una función de tanta autoridad, era lógico suponer que el gobierno del presidente Donald Trump encontraría serios conflictos internos.

Al mismo tiempo, según refiere Wolff, había mucho pesimismo entre el personal de la Casa Blanca, acerca del buen funcionamiento del gobierno. Para darse ánimo, se decían entre sí: “Haremos que esto funcione”. “Esto va a funcionar”.

La razón de esa inquietud se debía a que desde los días inmediatos al triunfo electoral, se había estado tejiendo la especie de una posible interferencia de Rusia en los resultados del certamen.

Pero, en adición, estaba la percepción que de manera generalizada se había ido creando en torno a la personalidad del nuevo presidente. Se le veía como emotivo e impulsivo. De que no tenía hábito de lectura. De que su nivel de concentración era bajo; y de que no escuchaba ni prestaba atención.

En medio de ese vacío, Steve Bannon quiso apoderarse e imponer la agenda presidencial, lo cual le generó, desde un principio, serias dificultades con el jefe de gabinete, Reince Priebus, quien había sido colocado en esa función para servir de enlace con los líderes republicanos del Congreso.

Más aún, Bannon entró en conflicto con Jared Kushner e Ivanka Trump, yerno e hija del presidente Donald Trump, lo cual, por supuesto, por el vínculo familiar, tenía otra connotación.

Para dirimir esos conflictos, cada una de las partes aspiraba a derribar a la otra filtrando información a los medios de comunicación que estimaba podrían perjudicarles.

Como resultado de esas pugnas, el jefe de gabinete fue despedido. El vocero de gobierno renunció. Un nuevo jefe de comunicación duró tan solo una semana en su cargo; y la Casa Blanca se sumía, como nunca antes, en medio del caos y el desorden.

Para debilitar a sus rivales internos y continuar imponiendo su agenda de división y confrontación, Steve Bannon continuó en su campaña de proveer, en forma secreta, información a los medios de comunicación.

Pero fue tan obstinado en sus propósitos y tan siniestro en sus planes, que traspasó los límites de la prudencia y de la lealtad; y por esa razón, inevitablemente, fue separado, en agosto del año pasado, de las funciones gubernamentales que se les habían conferido.

Ahora, ya fuera de funciones, aparecen nuevas declaraciones suyas, recogidas en el libro de Michael Wolff. Esas declaraciones, ciertas o falsas, son tan escalofriantes y comprometedoras que han estremecido a la Casa Blanca.

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El PLD: Cuarenta y Cuatro Años Después

Al arribar a su cuadragésimo cuarto aniversario, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), se encuentra en el sitial privilegiado de ser, hasta ahora, la organización política más exitosa en la historia de la República Dominicana.

Nunca antes, en democracia, ninguna institución política había logrado obtener cuatro triunfos electorales presidenciales consecutivos. Tampoco había acompañado esos triunfos presidenciales de tres victorias continuas en el ámbito congresional y municipal.

En la historia nacional, simplemente, ningún partido había cosechado ocho victorias electorales, entre presidenciales y a otros puestos electivos, por encima del 50 por ciento de los votos.

Eso no lo lograron ni el Partido Rojo ni el Partido Azul en el siglo XIX. Ni los jimenistas u horacistas, a principios del siglo XX. Tampoco la Unión Cívica Nacional, el Partido Reformista Social Cristiano, o el Partido Revolucionario Dominicano, luego de la desaparición de la satrapía trujillista, en los más de 50 años de proceso de democratización que ha vivido nuestro país.

Ese firme y consistente respaldo electoral sólo lo ha conquistado en sus 44 años de trajinar político, el partido formado ´por el profesor Juan Bosch: el Partido de la Liberación Dominicana.

Por supuesto, esa impresionante maquinaria electoral de la que dispone el partido morado, se ha debido, fundamentalmente, al hecho de que las gestiones de gobierno que le ha correspondido encabezar, desde la actual, liderada por el presidente Danilo Medina, como las previas, han contribuido a un aceleramiento del proceso de progreso, modernización y transformación social que ha experimentado la República Dominicana durante los últimos 20 años.

Al ser así, el electorado le ha premiado con creces en cada certamen electoral.

No siempre fue así

Sin embargo, no siempre fue de esa manera. Al constituirse, en 1973, el partido de la estrella amarilla dedicó los primeros cinco años de su existencia a una labor puramente organizativa y propagandística.

Luego, en 1978, participó por vez primera en un certamen electoral. Los resultados no pudieron ser más ominosos. Sólo obtuvo 18 mil votos, equivalente al 1 por ciento del sufragio, con el agravante de un aislamiento político posterior.

Fue un momento lúgubre en la vida del PLD. Destacados dirigentes abandonaron sus filas. Prestigiosos analistas políticos nacionales pronosticaron su defunción. La desmoralización cundía en las filas de la organización y el profesor Juan Bosch fue estigmatizado como un cadáver político.

Fueron los días más aciagos en la existencia de la familia peledeísta. Sin embargo, en medio de ese desconcierto, el PLD pudo levantarse, sacudirse el polvo del camino (como diría Martí), mirar hacia el horizonte con fe, optimismo y determinación, y cambiar el rumbo de la historia.

Luego de los desoladores resultados electorales de 1978, el PLD no hizo más que crecer. Así lo demuestran los resultados de 1982, 1986 y 1990. En cada uno de esos torneos, el partido morado crecía, prácticamente, en proporción geométrica, algo sin precedentes en la política nacional, pero que se debía, esencialmente, al liderazgo inexpugnable del profesor Juan Bosch.

No obstante, a pesar de los avances conquistados, después de cada proceso electoral, venía algún tipo de contratiempo dentro de las filas moradas. Algunos altos dirigentes abandonaban sus filas. Se formaban grupos o corrientes; y se llegó hasta a perder la fe de que en algún momento el PLD dejaría de ser la tercera fuerza política del país, detrás del PRD y del Partido Reformista, para convertirse en la primera.

Todo eso cambió para el 1990. Debido a la profunda crisis económica y social por la que atravesaba el país, se consideró, en importantes núcleos de la población, que había llegado el momento de que el PLD se instalara en el Palacio Nacional.

Estuvo cerca de lograrlo. Pero al no alcanzarse la meta, de nuevo hubo importantes deserciones que sumieron a la organización en una crisis de considerables dimensiones.

Para el 1994, la situación empeoró. Por vez primera, desde la catástrofe de 1978, el PLD retrocedía en sus resultados electorales. Más aún, el ciclo biológico y político de su cabeza más representativa se agotaba. El futuro del PLD parecía incierto.

Pero he ahí que cuando menos se consideraba la posibilidad de que el partido fundado por Juan Bosch fuese opción de poder, ocurrió lo inesperado. Una nueva generación, levantando los ideales de su líder y maestro, aceptó el pase de antorcha y asumió, dos años después, en el 1996, la dirección de los destinos nacionales.

Los retos de la victoria

Al Partido de la Liberación Dominicana (PLD), le tomó 23 años de trabajo intenso, de perseverancia y tenacidad, de una militancia activa y entusiasta, para alcanzar las cimas del poder. Sin embargo, en los últimos 21 años ha sido la fuerza dominante en el escenario político nacional; y en el año 2020, al término de la actual gestión de gobierno, habrá ejercido el mando durante 20 de los últimos 24 años. Toda una hazaña.

Todo eso plantea nuevos retos a la familia peledeísta: los retos de la victoria, que son, a veces, hasta más complejos que los infortunios de la derrota.

Con la derrota, todo se desvanece. Con la victoria, sin embargo, surgen nuevos compromisos y responsabilidades. Al elegir a sus representantes, el pueblo cifra en ellos sus esperanzas de un mejor destino.

Esos representantes, pues, tienen el deber de estar a la altura de las expectativas del pueblo que depositó en ellos su confianza. Eso significa que su principal obligación consiste en contribuir a la satisfacción de las necesidades del pueblo. En asumir la defensa y promoción de los intereses de la nación.

Sin embargo, en la práctica ocurren muchas desviaciones. Para algunos, el desempeño de un cargo público se convierte en una obsesión. Se procura el nombramiento en una función pública, para de esa manera cristalizar sus ansias de poder.

Para esas personas, el cargo público es lo único que les confiere autoridad. Es lo que les otorga prestigio. Es lo que les hace ser considerados y estimados por los demás. Es lo que les hace sentirse importantes. Es, en definitiva, lo que les proporciona aliento de vida.

Por supuesto, detrás del nombramiento viene la búsqueda de prebendas y privilegios; y detrás de eso, el deseo irrefrenable de seguir escalando nuevas posiciones. Se crea una insatisfacción permanente. El cargo que se ejerce ya no interesa. Sólo sirve como trampolín para nuevas aspiraciones.

No es que la búsqueda de un cargo público sea algo ignominioso. Por el contrario, puede ser algo muy honorable. Sólo que su razón de ser no puede consistir en la satisfacción de un deseo de carácter personal, sino en la gran oportunidad que se ofrece para servir de instrumento o canalización de los intereses del pueblo.

De ser así, se rescata la mística, el sentimiento patriótico, el sentido de la historia, la visión de futuro y la reafirmación del compromiso de que se forma parte de un proyecto político cuyo objetivo esencial es alcanzar la democracia, la libertad, la prosperidad, el bienestar y la justicia social.

A todas las organizaciones políticas que han resultado victoriosas en su tránsito por la historia se les han presentado las mismas disyuntivas que en estos momentos se les presentan a la formación política que, en el marco de la democracia, mayores éxitos ha cosechado en la historia de la República Dominicana: el Partido de la Liberación Dominicana.

Para continuar acumulando nuevas victorias al servicio del pueblo dominicano, tal vez haga falta siempre apelar, dentro de las filas del partido morado, a un valor sencillo, pero fundamental para la convivencia humana: el de la prudencia.

Es posible que fuese quizás a eso a lo que de manera subliminal quiso referirse una reciente publicación de la redacción del periódico El Día, titulado, Morir de Éxito, como Ícaro.

En la mitología griega se cuenta que Dédalo fabricó alas para él y para su hijo Ícaro, enlazando plumas que unía con hilo. Luego, las adhirió al cuerpo aplicando cera.

Dédalo advirtió a Ícaro que fuese prudente; que no volase demasiado alto porque el calor del sol derretiría la cera, pero tampoco demasiado bajo porque las olas del mar mojarían las alas y no podría volar.

Luego de aprender a dominar el aire, Ícaro se sintió tan confiado que de manera imprudente empezó a subir de altura. Quiso ascender al sol, pero en su afán subió tanto que se derritió la cera y cayó al mar, donde murió ahogado para desconsuelo de su padre Dédalo.

La lección es simple: Evitar morir de éxito.

Que así sea.

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Las primarias abiertas simultáneas son inconstitucionales

En los artículos 36 y 37 del Proyecto de Ley de Partidos Políticos reintroducido por la Junta Central Electoral a las Cámaras Legislativas en febrero de este año, se sostiene que es competencia de los partidos y agrupaciones políticas reglamentar las primarias internas a celebrarse en fecha determinada por el organismo competente del mismo partido o agrupación política.

Más aún, se indica que “es responsabilidad de los partidos y agrupaciones políticas decidir la modalidad de la organización de las primarias…” En el proyecto de la Junta Central Electoral no se le señala a los partidos políticos que las elecciones primarias internas deben ser abiertas, con el padrón del organismo electoral, o cerradas con el registro de los miembros afiliados de la organización política.

En otras palabras, de conformidad con el proyecto del órgano electoral, cada partido dispone de la libertad de escoger el mecanismo que estime más conveniente a sus objetivos partidistas.

Esa es la clave de lo que establece el artículo 216 de la Constitución de la República, que textualmente dice así: “La organización de partidos, agrupaciones y movimientos políticos es libre, con sujeción a los principios establecidos en esta Constitución.

Su conformación y funcionamiento deben sustentarse en el respeto a la democracia interna y a la transparencia, de conformidad con la ley”.

Al concebir la Constitución de la República que los partidos políticos son organizaciones libres, así como de que disponen de “una libertad democrática interna”, resultaría incompatible con la propia Carta Magna el que se imponga, mediante una ley, una limitación al ejercicio pleno de esa libertad instituida por el texto constitucional.

Ese fue uno de los criterios consignados por nuestra Suprema Corte de Justicia, actuando en función de Corte Constitucional, en la sentencia de fecha 16 de marzo de 2005, que declaró la nulidad de la Ley 286-04, que establecía el sistema de elecciones primarias simultáneas con voto universal, directo y secreto.

Una ley inconstitucional Como puede observarse, el propósito de establecer una ley de elecciones primarias simultáneas, utilizando el padrón universal de la Junta Central Electoral, no es nada nuevo en la República Dominicana.

Ya se había intentado 13 años atrás mediante la aprobación de la ley a que hemos hecho referencia.

En virtud de una Acción Directa de Inconstitucionalidad incoada por la Fundación Derecho y Democracia, interpuesta por el hoy presidente de la Junta Central Electoral, doctor Julio César Castaños Guzmán, nuestro más alto tribunal de justicia consideró los siguientes argumentos: a) Que el artículo 104 de la Constitución de la República del año 2002 indica que “es libre la organización de partidos y organizaciones políticas de acuerdo con la ley”…; y que “esa disposición consagratoria de la libertad de organización de partidos y organizaciones políticas, es refrendada, a su vez, por la libertad de asociación y de reunión sin armas, con fines políticos, económicos, sociales, culturales y de cualquier otra índole”.

b) “Que tales disposiciones constitucionales no solo consagran el principio genérico de libertad de asociación en materia política, sino que el procedimiento escogido por ellas para el control de la función electoral es el meramente exterior, que se caracteriza por la no intervención del Estado en el ámbito del derecho de asociación política de los ciudadanos, el cual conserva su naturaleza privada originaria, pues la actividad efectuada por ellos (los partidos) si bien se enmarca en el ejercicio de la función pública, por ser parte de la función electoral, no por ello adquiere la categoría de función estatal”.

c) Que si bien es cierto que algunos Estados (Argentina, Chile y Uruguay) han incluido en su ordenamiento jurídico el sistema de elecciones primarias mediante el voto universal, directo y secreto con participación de todos los electores para la selección de las candidaturas y las agrupaciones políticas, convocadas y controladas por las autoridades estatales, como el que favorecía en nuestro país la Ley 286-04, no es menos cierto que dicho sistema ha venido siendo sustituido por el “sistema tradicional que permite escoger al elector los candidatos del partido al que pertenece mediante el voto de la mayoría emitido en convenciones separadas celebradas por cada partido y, además, por estimarse que el primero facilitaba combinaciones antidemocráticas en perjuicio de los más idóneos candidatos”.

En sus considerandos, la Suprema Corte de Justicia hizo otras ponderaciones que consideró de carácter inconstitucional en la ley objeto de impugnación, relacionadas con la Convocatoria de Asambleas Electorales para fines distintos a los indicados en las disposiciones jurisprudenciales, así como la nueva indicación de la fuente de donde provendrían los recursos para solventar las necesidades que se crearían con su puesta en ejecución.

Fue por todo eso que nuestro máximo intérprete constitucional de la época decidió declarar no conforme con la Constitución la ley que procuraba establecer un sistema de elecciones primarias simultáneas, mediante el voto universal directo y secreto.

Una discusión sin sentido

Si como acaba de comprobarse, nuestra Suprema Corte de Justicia decidió declarar como inconstitucional la celebración, por parte de los partidos políticos, de elecciones primarias, simultáneas y abiertas, ¿por qué razón ahora se insiste de nuevo en introducirlas en el proyecto de Ley de Partidos? Por una razón sencilla. Porque se pretende desconocer lo estipulado en el artículo 277 de la Constitución de 2010, el cual reza de la siguiente manera: “Todas las decisiones judiciales que hayan adquirido la autoridad de la cosa irrevocablemente juzgada, especialmente las dictadas en ejercicio del control directo de la constitucionalidad por la Suprema Corte de Justicia, hasta el momento de la proclamación de la presente Constitución, no podrán ser examinadas por el Tribunal Constitucional”.

Al interpretar lo consignado en nuestra Carta Magna, algunos han considerado que lo que el artículo 277 quiere decir es que la sentencia dictada con autoridad de cosa irrevocablemente juzgada no puede dar lugar a un proceso de revisión judicial; pero si a la introducción de una nueva pieza legislativa a los mismos fines o propósitos.

Eso, sin embargo, tampoco es así. El artículo 184 de nuestra Ley Sustantiva consagra el precedente vinculante para todas las decisiones del Tribunal Constitucional que tengan carácter de definitivas e irrevocables; y el artículo 6 del mismo texto constitucional estipula que “son nulos de pleno derecho toda ley, decreto, resolución, reglamento o acto contrarios a esta Constitución”.

Eso significa que el mero hecho de intentar introducir un proyecto de ley a los mismos fines del que ya fue declarado nulo por inconstitucional, devendría también nulo de pleno derecho.

Así lo consagró el Tribunal Constitucional en su sentencia número 84 del año 2013, en el que estableció que los precedentes constitucionales “constituyen fuente directa de derecho con carácter vinculante para todos los poderes públicos, dentro de los que se encuentra la Cámara de Diputados, órgano que integra el Poder Legislativo”.

En sintonía con lo previamente establecido, el presidente de la Junta Central Electoral, el doctor Julio César Castaños Guzmán ha sostenido que “el efecto del artículo 277 de la Constitución impide que asuntos que hayan adquirido la autoridad de la cosa irrevocablemente juzgada previo a la promulgación de la Constitución de 2010 puedan ser conocidos por el Tribunal Constitucional; en consecuencia, este tema se encuentra precluido y eso es algo que debe tomar en cuenta el Congreso Nacional al momento de conocer el proyecto de ley de partidos políticos”.

Por su lado, el Tribunal Superior Electoral, en su Sentencia 23-2017, del 23 de septiembre de 2017, consideró que son los militantes de los partidos quienes deben elegir sus candidatos durante una convención interna con su propia lista o padrón.

A eso, añadió: “Aceptar lo contrario sería provocar que los partidos políticos se conduzcan en un esquema de vulnerabilidad que desnaturalice los fines y propósitos para los cuales han sido concebidos…”.

Luego de esas contundentes declaraciones del presidente de la Junta Central Electoral e incontrovertible decisión del Tribunal Superior Electoral, las máximas autoridades en el país en materia electoral, se supone que el debate debió haber concluido.

No ha sido así. Sin embargo, desconocer lo consignado en el artículo 277 en lo referente a la Ley de Partidos Políticos, sería, al mismo tiempo, destapar una caja de Pandora, en la que todos los casos judiciales que anteriormente habían adquirido la autoridad de la cosa irrevocablemente juzgada podrían ser nuevamente conocidos por ante las distintas instituciones jurisdiccionales.

Eso, por supuesto, pondría seriamente en peligro la seguridad jurídica del país, el clima de negocios y el Estado Social y Democrático de Derecho consagrado como principio constitucional en el ordenamiento jurídico nacional.

La imposición a los partidos políticos de un sistema de elecciones primarias abiertas y simultáneas, sería un acto de naturaleza inconstitucional y un atropello institucional.

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El addendum al libro sobre Kennedy y Bosch

El destacado historiador, economista y diplomático, Bernardo Vega, publicó recientemente un addendum al libro Kennedy y Bosch, el cual había sido lanzado a la publicidad hace 23 años, en el 1993.

Ese libro, Kennedy y Bosch, contiene una serie de documentos desclasificados por el gobierno de los Estados Unidos, referencias de publicaciones periódicas, tanto nacionales como norteamericanas, así como citas de libros e historias orales referidos a los acontecimientos que tuvieron lugar durante los siete meses de gobierno del profesor Juan Bosch en el 1963.

Conforme a su autor, en esa ocasión no incorporó al texto comentarios propios ni aportó elementos de juicio, “porque sabía que tal vez hubiese tenido que cambiar de opinión una vez los documentos clave fuesen desclasificados”.

Ahora, con la publicación de su addendum, Bernardo Vega da a conocer la correspondencia interna entre funcionarios del gobierno del presidente John F. Kennedy, durante el mes de septiembre de 1963, que coincide con la realización del golpe de Estado que puso fin al primer experimento democrático dominicano después de la desaparición de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo.

En este segundo texto, según lo refiere Vega, además de citar nuevos documentos, a diferencia de su libro anterior, en esta ocasión sí hace juicios de valor, con lo cual quiere hacer significar, que emite sus propias opiniones con respecto a los hechos acaecidos.

Nos parece que tanto la publicación del libro Kennedy y Bosch, como el addendum al que acabamos de hacer referencia, constituyen un valioso aporte para el conocimiento de lo acontecido en aquellos años cruciales de luchas del pueblo dominicano a favor de la libertad, la democracia y la justicia social.

Ahora bien, en la introducción de su addendum, Bernardo Vega empieza por establecer que entregó personalmente el primer ejemplar del libro Kennedy y Bosch al connotado escritor y líder dominicano, quien, según sus palabras “se lo agradeció muchísimo”, pero luego supo que había decidido no comentar la obra, “como si no hubiese salido”.

Ante ese comentario, me surgen las siguientes preguntas: La entrega del ejemplar del libro de Bernardo Vega a Juan Bosch, ¿estaba condicionada a que este último le hiciese algún comentario? El que no lo hiciese, ¿podría interpretarse como que para Bosch el libro no había salido? ¿De dónde salen semejantes conjeturas? La respuesta la brinda el propio autor de Kennedy y Bosch y del addendum, al afirmar, en forma olímpica, que esto se produjo por dos razones: primero, porque “obviamente, no se estaba contento con lo que esta decía”; y segundo, porque suponía “que (Bosch) no contaba con argumentos para criticarla”.

Objetividad histórica

En la misma introducción al addendum del libro Kennedy y Bosch, el autor de la colección sobre Estados Unidos y Trujillo, de una manera sorprendente hace la siguiente afirmación: “A partir del 1996 el gobierno del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), creado por Bosch ha estado en el poder durante 16 años, durante los cuales la “línea oficial”, ha sido una de resaltar sus virtudes y opacar los errores de ese gran literato y político dominicano”.

Inmediatamente, sostiene: “como historiador, no puedo seguir esa corriente, pues la objetividad es esencial en la investigación histórica.

En lo personal mi relación con Juan Bosch, aunque no profunda, siempre fue muy amistosa… Bosch citaba mis trabajos de historia en la revista política de su partido, el PLD, y en más de una ocasión me enalteció. Disfruté las tertulias en que este participaba”.

Coincido plenamente con la postura de Bernardo Vega de que la objetividad es esencial en la investigación histórica. Pero si es así, ¿de dónde surge la idea de que en el PLD se ha trazado una línea oficial para resaltar las virtudes de Juan Bosch y opacar sus errores? Eso no es cierto. En el PLD nunca se ha trazado semejante línea para defender el legado histórico de Juan Bosch. Dentro de las filas del partido morado, de manera libre, consciente y espontánea se le tiene al líder y fundador de esa organización política una profunda admiración y un gran respeto por todos los aportes realizados a favor del pueblo dominicano, a los fines de que este fuese el arquitecto de su propio destino.

Con respecto a las afirmaciones, juicios y criterios del embajador John Bartlow Martin, figura clave en los textos de Bernardo Vega, expuestos en su libro, Overtaken by Events (El Destino Dominicano, en su traducción al español), el profesor Juan Bosch publicó, en distintas épocas, varios artículos aclaratorios en la prensa nacional, con lo cual demostró que si tenía argumentos para refutar al diplomático estadounidense.

De igual manera, como lo adelanta el autor del addendum, en un texto que será publicado por Funglode a principios del año próximo, se podrá constatar las innumerables observaciones, críticas y refutaciones hechas por el reconocido maestro dominicano de la política y de las letras al representante del presidente Kennedy en la República Dominicana con posterioridad a la muerte de Trujillo.

Al refutar las ideas contenidas en el libro Overtaken by Events, Bosch da respuesta, por igual, a la generalidad de documentos publicados en el libro Kennedy y Bosch, así como en el addendum, en razón de que fue fundamentándose en esos documentos que el diplomático norteamericano elaboró los criterios esbozados en su libro.

De esa manera, quedará demostrado que no fue por falta de argumentación que en su momento el fundador del PLD no hizo comentario alguno al texto del economista Bernardo Vega.

Un caso y dos versiones

Como forma de actuar con entera objetividad de historiador y no opacar los presuntos errores de Juan Bosch, el ex gobernador del Banco Central y ex director del periódico El Caribe, apoyándose en los documentos del embajador Martin, relacionados a la víspera de la ejecución del golpe de Estado de septiembre de 1963, afirma: “Bosch… le pidió (al embajador Martin) que se alertara un portaviones norteamericano para que estuviese listo a venir a Santo Domingo, describiéndolo como una visita de cortesía, para lo cual se le invitaría junto con el Alto Mando militar ir a bordo para almorzar. “El embajador Martin estuvo de acuerdo en que Washington alertase el portaviones, pero que no saliese… A las 4:30 Bosch le mandó a decir que solicitase que el tiempo de llegada del portaviones fuese reducido de 12 horas a 6 u 8… A las 7:00 p.m., Bosch pidió que el tiempo del portaviones se redujese a 6 horas”. ¿Ocurrió eso exactamente así, como lo narra Bernardo Vega, tomado de los documentos de John Bartlow Martin? No, no ocurrió así. Sobre ese episodio hay por lo menos dos versiones narradas por el propio John Bartlow Martin, aunque Bernardo Vega solamente se hace eco de una de ellas.

Por ejemplo, en las páginas 564, 568 y 570 del libro Overtaken by Events, Martin presenta una versión distinta a la que transmitió a las autoridades de su país, recogida, comentada y asumida por Bernardo Vega en su addendum.

En esa otra versión, lo que sostiene Bartlow Martin es que fue Sacha Volman, no Bosch, quien le preguntó qué habían hecho los Estados Unidos en noviembre de 1961 cuando los Trujillo retornaron al país, a lo cual el embajador norteamericano respondió diciendo que habían enviado una flota.

A partir de ahí, el autor de Overtaken by Events cuenta que Volman dudó y miró a Bosch. Que también él, es decir Martin, lo miró, esperando una respuesta del mandatario dominicano. Pero Bosch no dijo nada.

Volman preguntó qué tiempo se tomaría el portaviones para llegar al país. El embajador Martin dijo que no podía precisar dónde se encontraba (el portaviones) en esos momentos, pero normalmente, doce horas.

La conversación continuó entre Sacha Volman y el embajador Martin, sin que el presidente Bosch hiciese uso de la palabra. Fue entonces cuando el embajador Martin, de acuerdo con sus propias palabras, dijo lo que sigue: “Hemos conversado varias veces acerca de traer un portaviones y llevarlo a usted a bordo para un almuerzo, señor Presidente”. Como acaba de comprobarse, es el embajador John Bartlow Martin quien le recuerda a Juan Bosch que en varias ocasiones le había ofrecido traer un portaviones e invitarlo a almorzar.

En el addendum del libro de Bernardo Vega lo que se insinúa es que fue Juan Bosch quien le pidió al embajador norteamericano “que se alertara un portaviones para que estuviese listo a venir”.

Obviamente, esa segunda versión del relato de John Bartlow Martin es radicalmente diferente a la que se publica en el addendum al libro Kennedy y Bosch.

Para ser enteramente objetivo como historiador hacía falta tomar en cuenta las distintas versiones ofrecidas sobre un mismo hecho, con más razón si esas distintas versiones procedían de la misma fuente, como es el caso de los escritos del embajador John Bartlow Martin.

Se comprende que un historiador de prestigio no quiera someterse a la “línea oficial”, por demás inexistente, de un partido que procura resaltar las virtudes de su líder y opacar sus errores.

Lo que no puede comprenderse es que, apelando a una presunta objetividad, por falta de rigor en la investigación, se pretenda resaltar errores que no existen para opacar virtudes reconocidas.

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En el centenario de la Revolución Bolchevique

Mijail Gorbachov, el hombre que estaba destinado a salvar el socialismo en la Unión Soviética, mediante la realización de reformas políticas y económicas, como fueron las de glasnost y perestroika, al final no hizo más que terminar convirtiéndose en su sepulturero.

Para el actual presidente Vladimir Putin, ese desmoronamiento de la Unión Soviética, para dar lugar a la formación de 15 Estados independientes y soberanos, constituye la más grande tragedia geopolítica del siglo XX.

No obstante, lo que aconteció en Rusia, hace exactamente 100 años, en octubre de 1917, fue un movimiento sísmico o cambio tectónico en la política, no sólo en la Rusia imperial, sino en todo el mundo, al conducir al partido de los bolcheviques, un grupo minúsculo, bajo la dirección de Vladimir Ilych Ulianov (Lenin), a la toma del poder.

Para algunos analistas, lo que determinó el triunfo de la Revolución bolchevique en octubre de 1917, fue el colapso del ejército ruso durante la Primera Guerra Mundial, de 1914-1918, en la que murieron más de dos millones 500 mil soldados frente a las tropas alemanas que tenían como objetivo la toma de Moscú.

Pero aún desde antes del estallido de la primera gran conflagración mundial, había en la Rusia zarista un malestar que hundía sus raíces en la condición de servidumbre en que los campesinos tenían que trabajar la tierra en favor de la aristocracia, así como por la supresión total de libertades conque gobernaba la monarquía.

Eso llegó a agravarse por el hecho de que a partir de 1894, finalizando el siglo XIX, llegó a ocupar el trono, Nicolás II, el más incapaz, lerdo y torpe de todos los miembros de la dinastía de los Romanov, la cual llegó a ostentar, durante tres siglos, el poder del zar o de la monarquía en Rusia.

Más aún, por la circunstancia de que en 1905 se produjo la guerra ruso-japonesa, en la que Japón derrotó a su rival al obligarle a abandonar su política de expansión hacia el Lejano Oriente. Eso ocasionó una especie de humillación al pueblo ruso al ser la primera vez en la historia que una potencia asiática vencía a una potencia europea.

Tres revoluciones

Luego de la derrota en la guerra contra Japón, la monarquía vio sentir una pérdida de autoridad. El deterioro de la situación económica y social se tornaba cada vez más crítica.

El descontento de diversos grupos sociales se expandía. El apoyo a la monarquía de Nicolás II parecía resquebrajarse.

En medio de esa situación, en enero de 1905, luego de una masacre contra un grupo de protestantes que exigían reformas políticas, el pope Gapón, un reconocido sacerdote, encabezó una marcha pacífica hacia el Palacio de Invierno, en San Petersburgo, asiento de la monarquía.

Esa marcha culminó en lo que en la historia de Rusia se conoce como el Domingo Sangriento, en el que centenares de personas fueron literalmente acribilladas, y determinó que durante todo el resto del año, el país se mantuviese en un estado de permanente agitación.

Para resolver la crisis, el zar llegó a un pacto político con distintos sectores de la vida nacional. En virtud de ese pacto, identificado como el Manifiesto de Octubre, Nicolás II consentía en aprobar una Constitución, eliminar todas las restricciones al ejercicio de las libertades públicas y establecer una Duma o Parlamento.

Ese acuerdo permitió disminuir las tensiones, estabilizar la situación política y garantizar la permanencia en el poder de la monarquía de los Romanov.

Pero menos de una década después, en 1914, estalló, como hemos dicho, la Primera Guerra Mundial; y ese conflicto armado resultó ser determinante para el futuro de la Rusia zarista.

El ejército ruso fue diezmado en esa guerra. Los muertos se amontonaban.

Se pasaba hambre y frío. No había fe en una posible victoria. Algunos soldados desertaban. Otros eran ejecutados por negarse ir al frente. La moral era baja. El país se desintegraba.

De esa manera, surgieron de nuevo las protestas. Multitudes se lanzaban a las calles, que eran severamente reprimidas. Pero luego, los agentes del orden, en lugar de apaciguar, se sumaron también a la refriega.

Los trabajadores se organizaron en forma de consejos o soviets. El zar se vio compelido a abdicar al trono. El príncipe heredero no aceptó sucederle. Se formó un gobierno provisional, encabezado por un reformista liberal: Georgy Luov – Tres siglos de dinastía de los Romanov habían llegado a su fin. La Revolución de Febrero de 1917 había triunfado.

Mientras tanto, el líder de los bolcheviques, Lenin, quien había permanecido durante la guerra como refugiado en Suiza, logró llegar a su país, a principios de abril, en un tren sellado por los alemanes.

Al retornar a Rusia, Lenin lanzó un programa de 10 puntos (la Tesis de Abril), en el que el líder bolchevique proponía otra revolución, pero esta vez con un concepto más definido: Todo el poder para los soviets.

Durante los próximos seis meses, toda Rusia se hundió en el caos. En las áreas rurales los campesinos se levantaban para la toma de tierras. En las ciudades, los trabajadores pasaban a controlar las fábricas. Los soldados se incorporaban a las luchas de los sectores populares.

Para frenar la anarquía, en el mes de julio, un socialista revolucionario, Alexander Kerensky, pasó a dirigir el gobierno provisional. Pero éste quiso restablecer el orden y la autoridad restituyendo la pena de muerte e imponiendo el orden marcial. Un plan de insurrección, contra el gobierno provisional de Kerensky había fracasado. El propio Lenin había tenido que huir de nuevo hacia el exilio en Finlandia.

Pero, de repente, había retornado, en un ambiente de radicalización política, en la que los bolcheviques constituían mayoría en los soviets de Petrogrado, de Moscú y otras ciudades.

Bajo la consigna de paz, pan y tierra, el 26 de octubre de 1917, los bolcheviques, hace ahora 100 años, derribaron el gobierno provisional de Alexander Kerensky, tomando control del Congreso de los Soviets.

En 12 años, desde 1905 a 1917, en Rusia se realizaron tres revoluciones.

En la última, la del triunfo bolchevique, un nuevo capítulo se abría para la historia, no sólo de Rusia, sino del mundo.

Auge y caída de La Unión Soviética

El acontecimiento más importante que se deriva de la Revolución de Octubre de 1917 fue la creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, integrada por 15 naciones, que hasta entonces vivían bajo un régimen de autonomía o independencia.

Hubo, por supuesto, antes de su proclamación, una guerra civil, que enfrentó al Ejército Rojo frente al Ejército Blanco. Luego, un cambio de política económica por parte de Lenin, la NEP, en la que permitía establecer mecanismos de mercado en algunas áreas de la economía.

Para la naciente Unión Soviética, la prematura muerte de Lenin, en 1924, fue un golpe demoledor. Pero, a partir de ese momento, hasta 1953, el poder fue pasando gradualmente a manos del secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, José Stalin.

Bajo el régimen de Stalin se producen las purgas de los grandes líderes revolucionarios, como León Trotsky y Nicolás Bujarin. Pero también es la época de la colectivización agrícola y del desarrollo de la industria pesada.

En la época de Stalin, la Unión Soviética, que inicialmente hizo un pacto con Hitler, se vio lanzada a participar del lado de los aliados en la Segunda Guerra Mundial; y a pesar de haber perdido más de 20 millones de soldados en esa carnicería humana, emergió de las cenizas convertida, junto a Estados Unidos, en una gran potencia mundial.

Al término de la Segunda Guerra Mundial, fruto de la ocupación del Ejército Rojo, el socialismo se extendió por Europa del Este. Posteriormente, fue el triunfo de la Revolución china, en 1949; el inicio de la guerra de Corea, en 1950; la derrota de los franceses en Indochina, en 1954; y todo el proceso de descolonización y luchas por la liberación nacional, en África, Asia, Medio Oriente y América Latina, mucho de lo cual estuvo influido por ideas socialistas.

Entre los años 50, 60 y 70 del siglo pasado, la Unión Soviética parecía cautivar al mundo. Avanzaba de manera notable. Llego hasta a tomar la delantera en los vuelos espaciales.

Pero a partir de la década de los 80, su economía empezó a estancarse.

En 1989, cayó el muro de Berlín. Le siguieron en cadena las democracias populares del Este.

De repente, sin que se disparase un tiro, el 25 de diciembre de 1991, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas dejó de existir.

A pesar del fracaso del experimento soviético, al cumplirse ahora un siglo del triunfo de la Revolución bolchevique, la humanidad, sin embargo, no ha cesado en su búsqueda de nuevas utopías por construir y de nuevos sueños por los cuales luchar.

Porque al final se admite que otro mundo es posible. Más justo y más humano.

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El Partido Azul en la Historia Nacional

El Partido Azul, liderado por el general Gregorio Luperón, emergió como una gran fuerza política varios años después de haberse realizado la Guerra de la Restauración (1963-1865), la cual puso fin al acto ignominioso de la Anexión a España llevada a cabo por el general Pedro Santana en 1861.

Sin embargo, las raíces del Partido Azul se encuentran en la Revolución de 1857, en la que los pueblos del Cibao organizaron una insurrección en contra del gobierno de Buenaventura Báez con el propósito de establecer un sistema político basado en las doctrinas liberales y democráticas, que eran las más avanzadas de aquellos tiempos.

Miembros de una nueva generación, los integrantes del Partido Azul eran los herederos legítimos del Movimiento de La Trinitaria y de Juan Pablo Duarte. Sus fuentes de inspiración la encontraban en las ideas y el pensamiento de figuras tan ilustres como Pedro Francisco Bonó, Ulises Francisco Espaillat y Benigno Filomeno de Rojas.

Esa nueva generación llegó al poder en 1879, cuando el general Luperón, junto a otras destacadas figuras militares de la época, luego de haberse levantado en armas en contra del gobierno del general Césareo Guillermo, instaló un gobierno provisional en Puerto Plata.

A partir de ese momento, el Partido Azul se convertiría en la organización política más exitosa que había conocido el país durante el siglo XIX, el cual gobernaría durante 20 años consecutivos, pasando por distintas etapas, hasta 1899, cuando se produjo la muerte del general Ulises Heureux, conocido como Lilís.

Inmediatamente, tras llegar al poder, lo primero que hizo el general Gregorio Luperón fue convocar una Convención Nacional con la finalidad de aprobar una nueva Constitución, la cual consignó que el ejercicio de la Presidencia de la República estaría limitada a tan solo dos años.

Gobiernos Azules

Al instalar su gobierno provisional en Puerto Plata, con el apoyo entusiasta de la mayoría de la población, el general Gregorio Luperón designó como delegado suyo en la Capital, el Sur y el Este, así como Ministro de Guerra y Marina, a su lugarteniente y amigo, el general Ulises Heureaux.

Al concluir su mandato, el padre Fernando Arturo de Meriño inició su ejercicio presidencial, el cual se extendió por dos años, desde 1880 a 1882.

Al igual que el general Luperón, el padre Meriño también empezó a ejecutar su mandato con una actitud democrática, de respeto a las libertades públicas, y liberal.

Sin embargo, a medida que su gobierno avanzaba, antiguos partidarios de Buenaventura Báez iniciaban conspiraciones en su contra. Para contrarrestarlos, el padre Meriño dictó el llamado Decreto de Santo Fernando, en virtud del cual ordenaba que todo aquel que fuese encontrado con las armas en las manos en contra del gobierno sería castigado con la pena de muerte.

Varios sufrieron ese castigo; y fue tal la sangre derramada que algunos han llegado a calificar el gobierno del padre Meriño como de una dictadura.

Sea como fuere, al terminar el período presidencial del padre Meriño, resultó electo, por recomendación del general Gregorio Luperón, Ulises Heureaux, el temible Lilís, quien, en principio, como ha podido observarse, fue un gran protegido del general puertoplateño.

Para el general Luperón, esa elección de Lilís era en verdad un reconocimiento necesario a los muchos méritos que éste había acumulado en favor del Partido y de la República desde que se integró, siendo muy joven, como soldado en la gesta de la Restauración.

Ulises Heureaux, Lilís, fue acompañado como Vicepresidente por el general Casimiro Nemesio de Moya; y al igual que sus antecesores, ejerció el mando con criterio democrático por un período de dos años, desde 1882 hasta 1884.

Sin embargo, aprovechando su posición de mando, procuró atraerse el apoyo de connotadas figuras del Partido Rojo, el partido de Buenaventura Báez, ante el vacío político dejado por éste, primero, por su salida del poder; y luego, por su fallecimiento en el exilio, ocurrido precisamente en el 1884.

Esos viejos líderes del baecismo le vendieron la idea al entonces Presidente de la República, Ulises Heureaux, de que debido a su arraigo político y militar, él debería considerar erigirse en el nuevo líder del Partido Azul, ya que ellos estaban dispuestos a ofrecerle el apoyo de los baecistas que operaba en la región Sur del país.

Ulises Heureaux aceptó la sugerencia; y en las próximas elecciones ya ejercía maniobras para que los candidatos a la Presidencia y Vicepresidencia de la República fueran los que él apoyaba, esto es, Francisco Gregorio Billini y Alejandro Woss y Gil.

A esas candidaturas, sin embargo, se opusieron por vez primera en las filas de los azules, las del general Segundo Imbert y Casimiro Nemesio de Moya, quien hasta esos momentos se desempeñaba como Vicepresidente de Lilís.

Estas últimas candidaturas, de hecho, resultaron ganadoras en esos comicios. Sin embargo, Heureaux, según refiere el propio general Gregorio Luperón, incurrió en un fraude enorme, ya que “violó groseramente la ley, metiendo quince mil votos en las urnas, y el Congreso poco avisado, proclamó la candidatura de Billini y Gil”.

Estos fueron, de manera ilegítima, juramentados como Presidente y Vicepresidente de la República, el 1 de septiembre de 1884.

Todo eso resultaba Increíble. En el partido heredero de las ideas patrióticas de Duarte y los trinitarios; el de la doctrina liberal; en el glorioso partido de la epopeya de la Restauración, se había incurrido en un fraude vulgar.

De ahí en adelante, la unidad del partido se resquebrajó; la mística generada por una nueva generación en el poder, imbuida de sentimientos patrióticos, se desvaneció; y el país entró en una situación de anarquía que sólo culminaría cuando Lilís se convirtió en dictador.

Auge y caida de los azules

Por supuesto, el éxito político inicial de los miembros del Partido Azul no sólo estuvo en el hecho de que aspiraban a introducir ideas liberales y democráticas en la República Dominicana del siglo XIX.

También se debió al hecho de las profundas transformaciones económicas y sociales que el país experimentó durante las últimas dos décadas del siglo decimonónico.

Pero, aún antes, en medio de la situación de profundas carencias que se vivían en distintas partes del territorio nacional, el Partido Azul empezó a cobrar fuerza por el apoyo que brindó a los productores de tabaco en la región del Cibao.

Entonces el tabaco era el principal producto de exportación del país. Pero en el Sur, la riqueza descansaba en la ganadería, así como en la explotación de los bosques y la producción y exportación de madera, de lo que se beneficiaba sólo un pequeño grupo, dueño de grandes extensiones de tierra.

En medio de esa situación de dualidad del sistema productivo nacional, se produjo la migración de cubanos que salían de su país debido a la guerra de los diez años, entre 1868 y 1878, que se había estado llevando a cabo contra los españoles para alcanzar la independencia de la patria de José Martí.

Esos cubanos se establecieron por Puerto Plata, pero también por el Sur y el Este del país; y en esos lugares instalaron los primeros ingenios azucareros modernos que se conocen en la República Dominicana.

A partir de los ingenios, se realizó todo un proceso de capitalización y modernización que condujo, entre otros, a la construcción de ferrocarriles, al desarrollo de puertos marítimos y a la colocación de cables telegráficos.

Desde el punto de vista político, el Partido Azul representó la llegada al poder de la alta y la mediana pequeña burguesía, tal como brillantemente lo ha sostenido Juan Bosch, en su clásico texto, Composición Social Dominicana.

Ahora bien, en lo que atañe al papel de Ulises Heureaux, emite un juicio categórico. Afirma: “Aunque aspiraba, como todos los líderes azules, a convertir el país en un Estado burgués, se distinguía de los demás líderes del partido en un aspecto muy importante: el de los procedimientos.

La diferencia entre él y sus compañeros del equipo director de los azules se resolvía en la aceptación de una palabra. Los otros querían que Santo Domingo fuese un Estado burgués liberal; a Lilís le bastaba con que fuera un Estado burgués, sin llegar a liberal”.

Y efectivamente, así fue.

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