Margarita Cedeño

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En defensa de la conversación

En todas las mesas surge la pregunta obligatoria: ¿la tecnología nos aleja o nos une? En cada convite se discute el tema, como si fuera un asunto generacional. Los más adultos cuestionan a los jóvenes, porque mantienen su mirada, y sus dedos, pegados a la pantalla que se ha convertido en herramienta esencial para la vida de hoy.

Sherry Turkle ha escrito un extraordinario ensayo sobre el tema, donde sustenta, con una investigación profunda desde la psicología humana, cuáles son las consecuencias de las redes sociales y su impacto en la vida familiar, la educación, el romance y hasta en el sentido de soledad.

Aunque soy defensora ferviente y usuaria constante de las redes sociales, no puedo dejar de reconocer que la conversación cara a cara es el acto más humano y humanizador que podemos realizar. No hay empatía si no nos miramos a los ojos. ¿Será que ya nadie quiere hablar? ¿Está en crisis el arte de conversar? Parece que sí. En una encuesta, 9 de cada 10 personas admitieron haber tomado el celular en su más reciente encuentro social. En promedio, cada 6 minutos revisamos nuestro celular.

El problema no es la tecnología. Es útil y necesaria, esencial para el presente y futuro de la humanidad. El problema es que, si olvidamos el contacto humano, en este caso en la conversación, perdemos mucho y nos da la sensación de que uno sustituye al otro, cuando no es así. Nos supera la certeza del control que tenemos en las relaciones digitales, que nos permiten cerrar la aplicación cuando queremos, sin mayores consecuencias.

Las conversaciones cara a cara traen sus exigencias. Mirarnos a los ojos, modular el lenguaje corporal, llevar el hilo de la conversación y manejar los estímulos externos, son solo algunas de las cuestiones a tener en cuenta. Lo esencial es generar empatía, ponerse en el lugar del otro y no huir de la conversación.

Desde el punto de vista de la psicología, resulta fundamental aprender a conversar, a negociar, a sentir empatía e incluso a pedir perdón. Como lo visualiza Turkle: “no es lo mismo pelearte con un amigo y enviarle un mensaje de texto o por Facebook y seguir con tus cosas que sentarte frente a él, sudar, sufrir y decir: ‘Lo siento’. A su vez, quien lo escucha también siente, y perdona, o se enfada, pero siente. Es doloroso y complicado, pero es fundamental. Es la manera en la que aprendemos a construir relaciones humanas”.

La existencia digital va condicionando nuestra vida real cada vez más. Estamos llegando a un punto de simbiosis, donde el dispositivo se convierte en una extensión del cuerpo humano.

El debate quedará abierto por mucho tiempo, porque los humanos somos en extremo muy comunicativos. Pero no podemos no prestarle atención, porque los efectos de la comunicación asincrónica, es decir, de la comunicación que no ocurre en completa correspondencia temporal, con diferencias entre espacio y tiempo, generará cambios importantes en la forma como viven los seres humanos.

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Contra el fanatismo

Una parte muy esencial del legado de Voltaire, nombre de pluma de François-Marie Arouet, gira en torno al fanatismo, concebido desde la intolerancia religiosa y la arrogancia política. El siglo XVIII nos regaló la Ilustración, pero también fue época convulsa en la que pensadores como Voltaire generaron ideas que aprovechaban a la literatura y al teatro como instrumento para cambiar el fundamento de los principios morales y la mentalidad social.

Algunas de sus ideas han sido evidentemente rebasadas por el paso del tiempo, pero otras han adquirido suma relevancia en un contexto complejo, de sociedades que están sujetas a los vaivenes que dictan el mercado, el intercambio de información y las desmedidas ambiciones de unos pocos.

El peligro del fanatismo es una parte de la ideología de Voltaire que hoy toma cuerpo y se desfila impune entre nosotros en casi todas las áreas del intercambio humano. Considerado como “una enfermedad”, el fanatismo nos enfrenta a los demás por el simple hecho de que otros nos crean lo mismo que nosotros.

No es una enfermedad nueva. Como si se tratara de la plaga de la novela de Albert Camus, el fanatismo vuelve una y otra vez, sin importar cuántas veces tratemos de vencerlo. El mismo Voltaire lo advertía: “cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro la enfermedad es casi incurable”.

El fanático encuentra casi imposible la idea de aceptar que cada cual es libre de creer en lo que quiera, pero tampoco logra argumentar frente a las ideas de los demás, aceptando que uno u otro podrían tener razón en sus creencias, o quizás ninguno de los dos, pudiendo convivir juntos.

Parecería que estamos retornando a uno de los ciclos de la historia donde el fanatismo se convierte en moneda de curso legal, sin importar si se trate de la política, de la cultura, de la religión o de la comunicación. El miedo, la desconfianza y el odio hacia quien no piensa como nosotros, alimenta la idea de construir muros en lugar de puentes, de aislarnos y convertir los espacios de debate en verdaderas prisiones del pensamiento y las ideas.

El filósofo inglés Francis Bacon, que precedió a Voltaire por muchos años, dijo una vez que “quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar es un idiota, quien no osa pensar es un cobarde”.

El fanatismo hace daño, no importa donde se encuentre, puesto que la tenacidad y la vehemencia en la defensa de opiniones, posiciones y creencias, se convierten en obstinación y falta de razonamiento, resultando en una democracia pobre, en una sociedad sesgada y en ciudadanos que dejan de creer en el sistema político-institucional como la vía para construir un mejor país.

Hoy en día hay quienes quieren acabar con las ideas a palos, sin darse cuenta que lo que se requiere es dar una respuesta o presentar una alternativa que resulte atractiva. Para ello, hay que “mirar la realidad tal y como se ve desde la ventana del vecino, una realidad que necesariamente es distinta a la que se ve a través de tu ventana”. Hagamos causa común contra el fanatismo, que tanto daño nos hace.

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Reinventar las organizaciones

El concepto de una organización ha cambiado, ya sea empresarial, política, de gobierno o de la sociedad civil. Frederic Laloux ha escrito una obra que da en el clavo del por qué ha cambiado y qué deben hacer las organizaciones para evolucionar, adaptándose a lo que él considera el nuevo estadio de la conciencia humana.

La obra, titulada “Reinventar las Organizaciones”, que ya se ha convertido en uno de los libros más apreciados por las empresas y por las escuelas de negocio, plantea un interesante cuestionamiento sobre cuáles son los limitantes de los modelos organizativos actuales. ¿Responden a las aspiraciones que hoy tiene la humanidad? ¿Aprovechan efectivamente la gran revolución tecnológica que estamos viviendo?

A pesar de que las organizaciones que hoy conocemos son las mismas que han propiciado el extraordinario progreso que viven nuestras sociedades, como afirma el autor, parecería que “la vida de las organizaciones nos desilusiona cada vez más”. La respuesta se encuentra, quizás, en que la humanidad, cada vez que ha dado un gran salto cualitativo, también ha transformado sus organizaciones y la forma de relacionarse en torno a ellas.

Las grandes organizaciones se han caracterizado porque sus puestos, funciones y procesos están bien definidos, porque ejecutan un proceso de toma de decisiones piramidal y jerarquizado, acompañados de sistemas de planificación y control robustos y respetados. Esto es cierto, pero para una época que ya está concluyendo. Hoy en día, parecería que las organizaciones exitosas se constituyen en un “ecosistema en armonía”, es decir, un conjunto de personas y recursos autónomos cuyo liderazgo se sustenta en mantener el equilibrio del ecosistema.

Hay quienes resumen este nuevo concepto como una filosofía que busca que las organizaciones respondan al deseo de un equilibrio perfecto entre lo personal y lo colectivo y, más aún, que permitan a los seres humanos, principal activo de una organización, alcanzar la plenitud, que no es más que la felicidad que persiste en el tiempo.

Esto último es sumamente esencial considerarlo al momento de hablar de las organizaciones, porque como dice Yuval Noah Harari en su lectura obligada “Homo Deus”, la nueva agenda humana para este tercer milenio está guiada por el deseo de la felicidad constante.

La cuestión sobre el futuro de las organizaciones resulta altamente interesante, en especial para el ámbito político, que hoy ve seriamente cuestionada la pertinencia de los partidos políticos en la sociedad actual. La experiencia de otros países nos demuestra que la ciudadanía cuestiona las organizaciones políticas y las castiga en las urnas, por no adaptarse a las nuevas reglas de juego que impone la sociedad. Es un tema para reflexionar profundamente, pero también para la acción sin dilación.

Las aspiraciones de la ciudadanía hacia los partidos políticos se sustentan en un creciente malestar con el sistema de toma de decisiones, las formas de representación existentes y su escasa capacidad para proteger los bienes comunes del sistema político. Así lo escribieron un amplio conjunto de personalidades influyentes del mundo en el manifiesto “Por una democracia global”, en el año 2012, a raíz de las protestas que siguieron a la crisis financiera y económica global.

Ese análisis sigue siendo pertinente hoy en día y lo único a lo que apunta es hacia la urgente necesidad de reinventar las organizaciones, especialmente en la política.

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La cultura del plástico

Lluvias torrenciales, la inundación indetenible de zonas con baja geomorfología y la decisión del mantenimiento de una de las obras viales que conectan hacia el este del Gran Santo Domingo, trajeron consigo el mar de plástico que hoy, afortunadamente, nos tiene a todos preocupados.

Decimos que afortunadamente porque muchas veces ignoramos el impacto que el plástico tiene en el medioambiente y, sobre todo, las consecuencias funestas que tiene la contaminación en el ecosistema en que vivimos, especialmente cuando la República Dominicana es un país cuya economía recae tan fuertemente en sus playas, costas y ríos.

Hace 50 años, la humanidad producía 2 millones de toneladas de plásticos cada año. Ahora son 330 millones de toneladas. Greenpeace, la reconocida organización que lucha por la protección del medioambiente, afirma que cada año llegan a los mares y océanos alrededor de 8 millones de toneladas de plásticos, suficiente para cubrir 34 veces la isla de Manhattan en Nueva York.

Para enfrentar este problema se requiere un abordaje desde tres enfoques en particular. Uno es la disminución en la producción de plástico por parte de la industria nacional y en la importación. El uso de plástico debe conllevar un costo que desincentive su uso. Medidas de este tipo, aplicadas por el Gobierno de Irlanda en cuanto al uso de bolsas plásticas, lograron una reducción en el uso de las mismas de un 90%, equivalentes a 1.2 millones de bolsas menos en un período de 5 meses.

El otro es el abordaje desde la economía del comportamiento. En Noruega, por ejemplo, se han auxiliado de esta rama de la economía para incentivar el reciclaje del plástico. Consiste en que las botellas y envases plásticos tienen un costo extra por concepto de “alquiler”. Al ser devueltas a máquinas de reciclaje, el usuario recibe la devuelta del precio que pagó extra. El programa ha resultado en el reciclaje del 97% de todas las botellas plásticas.

El tercero, no menos importante, es el abordaje cultural del uso del plástico. El buen manejo de este material reciclable requiere de la apropiación cultural de su reutilización y que la sociedad comprenda que no siempre es necesario utilizarlos, como sucede con el caso de los famosos sorbetes o calimetes. Este aspecto cultural debe iniciar en el empresariado nacional que podría, poco a poco, disminuir la necesidad del uso de plásticos en sus productos y servicios.

La diferencia entre un país limpio y un país sucio sigue siendo la cultura de sus habitantes. Se requiere la alianza de todos los sectores de la población para impulsar una cultura de protección del medio ambiente, que se contraponga a la actitud imperante de la cultura del plástico, que se manifiesta en las bolsas del supermercado o del colmado, en las botellas de bebidas, en los empaques de las tiendas y hasta en el uso de cubiertos.

Hoy en día, el 80% de los residuos marinos proviene de tierra, mientras que el 20% restante de la actividad marítima. Es una actividad insostenible que impulsa el ser humano con sus acciones, destruyendo la fauna y la flora marina. Solo hace falta tomar conciencia para cambiar esta realidad.

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Oda a mi padre

El sol apenas despuntaba en el horizonte de lo que prometía ser una calurosa mañana de julio. Habíamos pasado la noche en vilo, pendientes de la salud de mi padre, que a sus casi 93 años había excedido, con creces, su estadía en la tierra. Un verdadero regalo de Dios que hijos, nietos y bisnietos, hayan abrevado en la fuente de la sabiduría paterna.

Ya estabilizada su presión arterial en la unidad de cuidados intensivos, al nacer el alba, me despedí con un “te amo y nos vemos ahorita”. Regresé a la casa para informar a mi madre y recargar energías un par de horas, sin saber que en breve tendría que retornar a la vera de lo que sería su inimaginable lecho de muerte.

No me extrañó que su último suspiro fuera en ausencia nuestra. De una forma u otra, se había venido despidiendo de sus seres más amados. Papi era tan fuerte y noble que no quería que presenciáramos su partida, quizás preocupado porque creyéramos que era una muestra de debilidad o por protegernos de un mal recuerdo. Papi era un hombre tan integro que murió como vivió: en paz. Y lo confirman las últimas palabras que confió al médico de turno: tengo sueño, me quiero dormir. Y efectivamente, mi Papá, don Luis, iniciaría así el sueño eterno y el camino al encuentro con el Padre.

Desde aquel momento, cual magdalena, no he parado de llorar. No hay consuelo en la tierra que cure la herida de la partida de un padre, mucho menos si ha sido tan noble y bondadoso como lo fue el mío.

¡Oh Papá querido! Que desolado dejas mi corazón, pero a la vez, cuánto agradecimiento siento por haberte tenido como padre y verme hacer lo que la vida me ha deparado, llegar donde he llegado para continuar devolviendo a mi pueblo parte del amor, la alegría y solidaridad que nos enseñaste y que siempre te caracterizaron.

Mi memoria está repleta de momentos atesorados junto a mi papá, verdaderas enseñanzas de vida que hacen honor a aquello de que más se aprende con el ejemplo que con las palabras. Al momento de darle el último adiós, cuando nos aprestábamos a ver el ocre de la madera desaparecer debajo de la tierra, sentí que no tendría la fuerza para dar un último adiós. Pero los grandes hombres se merecen que su testimonio de vida esté presente en cada generación y, cuando comenzaba a descender el sol, saqué fuerzas de donde no tenía para un elogio final.

Conté una anécdota sobre la importancia de respetar lo ajeno, recordando aquella vez que intenté regalar a papá un lapicero con cierto valor económico.

Por muchos años le había visto a papi llevar el mismo lapicero, tanto así que ya encontraba por sí solo su lugar en el bolsillo de la camisa. No recuerdo si fue para un cumpleaños o un día del padre, solo recuerdo que al ver la caja me paró en seco. “¿Quién ha dicho que yo quiero cambiar mi lapicero? Yo le dije: “papi, es por si se te pierde ese, para que no te haga falta”, a lo que el me ripostó, “¿Sabes por qué nadie le pone la mano a lo que es mío? Porque yo nunca he tomado lo que no me pertenece, sin antes pedir permiso”.

Lección de vida que no olvidaría jamás. La rectitud de mi papá, su empeño en hacer de sus hijos hombres y mujeres de bien, me ha acompañado toda la vida. Por eso no dudé al exigir respeto a mí y a mi familia, cuando se me acusó de tomar lo que no era mío. No soy capaz, porque mi padre me formó como una mujer de bien y me enseñó que el honor de nuestro apellido es el mejor legado a nuestros hijos.

Eso no se aprende en ningún sitio que no sea el hogar. Nos corresponde a los padres enseñar a los hijos los valores, los fundamentos que guiarán sus acciones en todo el transcurrir de sus vidas. Estos valores no solo se necesitan para el ejercicio de lo público, para la función gubernamental o el poder. Se necesita para todos los aspectos de la vida.

Este escrito es un testimonio de un hombre ejemplar. Y es también un espacio para agradecer a tantas personas que cuidaron de mi papá por muchos años. Sus médicos, encabezados por el doctor Luis Pichardo y el doctor Gustavo Rojas, las enfermeras, familiares, amigos y colaboradores, quienes hoy, al igual que yo, lloran desconsoladamente su partida.

Estaré siempre agradecida de Dios, por permitirme disfrutar de mi padre por casi 93 años de una vida fructífera, que deja a una familia que vive a la altura de su legado, a la altura del apellido que nos heredó: CEDEÑO MATOS, Luis Emilio. Hijo de Maria Matos Cuello y nieto del General Faley Matos.

Hasta siempre Papá. Descansa en el paraíso junto al Gran Padre y te reconoceré en una de las estrellas del cielo.

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Política Social y la integración centroamericana (SICA/SISCA)

Finalizado el ejercicio de la Presidencia pro témpore del Sistema de Integración Centroamericana el pasado 30 de junio, la República Dominicana ha mostrado una memoria detallada de los aportes que hizo al Sistema, especialmente en el impulso a políticas económicas, migratorias y sociales.

Estas últimas, es decir, el intercambio de los países de Centroamérica y República Dominicana en lo relativo a sus políticas sociales, ha resultado ser muy fructífera, lo que se refleja en la Agenda Regional Intersectorial sobre Protección Social e Inclusión Productiva con Equidad 2018-2030, elaborada por la Secretaría de Integración Social Centroamericana (SISCA), con el apoyo e involucramiento de 13 organismos de cooperación regional que forman parte de SICA.

Si algo podemos aportar como crítica constructiva a la Secretaría General de SICA, es que debe insistir en el nivel político sobre la necesidad de invertir más recursos y esfuerzos en las políticas sociales, por lo menos con la misma dedicación con la que se abordan las políticas de seguridad, migratorias o económicas, porque como dice el refrán “la fiebre no está en la sabana”.

No podemos ignorar que no habrá acciones suficientes para mejorar la seguridad en la región, si no se abordan las fuertes desigualdades sociales que existen entre nuestros ciudadanos, que es la raíz misma de los males sociales que vivimos. Si no actuamos con determinación en poner fin a las causas multidimensionales de la pobreza, no habrá estrategia de seguridad o migratoria que tenga éxito.

Si no respetamos la institucionalidad y devolvemos la credibilidad y confianza al sistema judicial y a los organismos de seguridad, jamás habrá paz ni seguridad ciudadana.

En torno a la política social de SICA, es importante resaltar que la agenda propuesta contempla acciones en torno a la educación, la cultura, el desarrollo de la mujer, la nutrición, el agua potable y el saneamiento. Y por igual, en las áreas de prevención de desastres naturales, el sector pesquero y acuícola, la vivienda y los asentamientos humanos, así como la promoción de la micro y pequeña empresa.

El proceso participativo realizado involucró al Parlamento Centroamericano, la Corte Centroamericana de Justicia, el Comité Consultivo de SICA y el Banco Centroamericano de Integración Económica. Y fue la primera vez en la historia del SICA que logramos reunir 13 CONSEJOS para acordar esta agenda ínter sectorial.

Pero como siempre, por desgracia o suerte, el apoyo político a esta agenda es sustancial, puesto que se requiere garantizar los recursos suficientes y las voluntades para impulsar las acciones propuestas y convertir esta agenda en el instrumento que guíe la política social en Centroamérica y la República Dominicana, sin mezquindad ni protagonismos.

Hay varios ejemplos de que este tipo de instrumento es eficiente, pero una de las experiencias más aleccionadoras ha sido la de la Unión Europea, que ha trabajado la dimensión social de manera gradual, como parte esencial del largo proceso de integración europea.

En el caso de los países miembros de SICA, que albergan a 58 millones de ciudadanos, es urgente plantearse la cuestión socioeconómica como una prioridad, si tomamos en cuenta que somos la subregión con peores indicadores en embarazo adolescente, violencia de género, feminización de la pobreza, vulnerabilidad ante cambios climáticos, carencia de agua en los hogares, corrupción y otros indicadores más.

Espero que la politiquería permita que por primera vez SICA tenga una estrategia eficaz y planes concretos que se traduzcan en beneficio para la población y pase de ser un espacio de pláticas y fotografías.

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El ascensor social

Crecer siempre ha sido la forma verbal que condiciona la mejora de los ciudadanos en un contexto capitalista. Si hay crecimiento económico, hay mejoría de la sociedad; si hay crecimiento en las recaudaciones del Estado, hay más posibilidades de mejora de la inversión pública; si hay crecimiento en los indicadores sociales, pues sería evidente que la sociedad mejora.

Sin embargo, en el contexto multidimensional que impera hoy día en el análisis de las problemáticas sociales, cada vez más observamos que el crecimiento, por sí solo, no genera mejoría o bienestar de la ciudadanía, en lo que se refiere al concepto de movilidad social.

La promesa del desarrollo económico en los países de renta media viene acompañada de un discurso político y social, que se ha enfocado en que la llegada a la clase media es la solución a los problemas que vive la población en pobreza. Hemos sido exitosos a la hora de sembrar en los ciudadanos el deseo de la llamada “movilidad social”.

Hay una percepción generalizada en gran parte de la población de los países con economías emergentes, en el sentido de que las generaciones anteriores disfrutaron de una mejor calidad de vida, a pesar de haber tenido una educación menor y de vivir en un mundo convulso por la prospectiva de la guerra.

Es un pesimismo y una frustración que afecta a las presentes generaciones, que consideran que su movilidad intergeneracional no es satisfactoria, es decir, perciben que no están mejor en comparación con sus padres o abuelos.

Las informaciones que ha publicado la OCDE en un reciente informe, dan cuenta de que, en términos absolutos, se observa una movilidad social considerable en los países con economías emergentes. Según un reciente artículo, para alguien nacido en un hogar de los más bajos ingresos, le tomaría el equivalente a dos generaciones llegar al ingreso promedio en Dinamarca, cuatro generaciones en España, cinco en el Reino Unido y Estados Unidos, y luego seis en Chile, siete en Argentina, nueve en Brasil y once en Colombia.

Es un rasgo sistémico que se analiza a profundidad en el estudio de la OCDE “¿Un ascensor social roto? Cómo promover la movilidad social”, que presente la preocupante y abrupta desaceleración de la movilidad ascendente.

En el fondo, encontramos el problema de la desigualdad social. Así como hay una inequidad imperante en la distribución de los recursos económicos, también sucede en lo referente al acceso a oportunidades de desarrollo. El 10 por ciento de la población acumula la mitad de la riqueza mundial; mientras que el 40 por ciento más pobre, apenas se reparte el 10% de los recursos económicos del mundo.

Dos conceptos interesantes se plantean en el estudio citado, que sirven al entendimiento de esta problemática y al diseño y ejecución de políticas públicas que aborden el tema. El primero se refiere a los “pisos pegajosos”, las carencias de las generaciones pasadas arrastran a las generaciones futuras. Un ejemplo de ello es que 4 de cada 10 personas cuyos padres no obtuvieron educación secundaria, tienen carencias en su educación también, mientras que apenas 1 de cada 10 logra alcanzar educación terciaria.

El segundo concepto se refiere a los “techos pegajosos”, donde se observa que los individuos cuyos padres han obtenido educación superior y que tienen perspectivas económicas positivas, tienden a pasar esto a las generaciones que les siguen.

En resumen, lo que esto nos plantea es que las políticas públicas deben servir para generar igualdad de oportunidades, tanto en los pisos como en los techos, para que toda la población, en especial la más vulnerable, pueda abordar el ascensor social y escalar en hacia una mejoría multidimensional de sus vidas.

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Donar sangre, donar vida

A propósito de que el pasado 14 de junio se conmemoró el Día Mundial de la donación Voluntaria de Sangre, surgieron diversas inquietudes en torno a lo que Gobierno, empresariado y sociedad civil están realizando, en torno al déficit de sangre y sus derivados que aún persiste en el país.

En países de ingresos altos, alrededor de 32 personas por cada 1,000 habitantes donan sangre, mientras que en países de ingresos medios bajos, como es la República Dominicana, apenas 8 de cada 1,000 realizan donaciones voluntarias de sangre.

Todos reconocemos en el acto de donar, un ejercicio de altruismo, solidaridad, entrega al prójimo y humildad, que no solo debe ser reconocido, sino también premiado por la sociedad. Sin embargo, la evidencia nos demuestra que, hoy en día, para los ciudadanos de nuestro país, donar es muy difícil.

Las estadísticas demuestran que, de los donantes dominicanos, apenas un 20% son voluntarios, un factor que encarece el costo de la sangre y sus derivados, puesto que lo ideal sería que el grueso de la sangre esté disponible para el paciente y que este no tenga que esperar por ella.

El Ministerio de Salud Pública, con un gran equipo de trabajo conocedor del tema, resaltando entre ellos el doctor Sócrates Sosa, conocen a profundidad las casusas y consecuencias de la carencia de sangre en el país, especialmente la fragmentación del sistema, la multiplicidad de actores, la falta de sistemas de calidad y la necesidad de la hemovigilancia.

Movidos por esa situación es que se ha planteado la necesidad de un Hemocentro Nacional, que articule la Red pública y privada de donación de sangre y que, claro está, procese el líquido obtenido y lo convierta en los componentes necesarios para los pacientes.

Las donaciones de sangre influyen en un alto porcentaje de los casos médicos que son atendidos por el nivel terciario en nuestro país, en especial en los casos de mujeres con complicaciones obstétricas, los niños con anemia, las personas con traumatismos graves y los pacientes que, en general, se someten a distintas intervenciones quirúrgicas.

Como constantemente hay casos y situaciones que demandan donación de sangre, en su mayoría de urgencia, hay que puntualizar la impostergable necesidad de que haya donaciones regulares, que requieren ser incentivadas mediante recompensas no monetarias, como hemos propuesto públicamente. Estas recompensas van desde un día libre en el trabajo hasta una tarjeta de fidelidad, lo que requiere del apoyo tanto del sector público como del privado.

Hay, por igual, una necesidad imperiosa de educar a la población sobre cómo, dónde y cuándo donar, facilitándole al ciudadano el deseo de ejercer ese acto solidario. De acuerdo con los datos recogidos por la OMS, se han registrado aumentos significativos de las donaciones de sangre voluntarias no remuneradas en los países de ingresos bajos y medios, pero en el caso de la República Dominicana, aún arrastramos un déficit de 180,000 unidades al año.

El Hemocentro Nacional estará en capacidad de suplir al sistema 111,000 de esas unidades, cerrando considerablemente la brecha en una primera fase. La OMS ha instado a sus países miembros a que establezcan un sistema nacional de sangre, a que promuevan la donación voluntaria y que aseguren el uso racional de la sangre y sus derivados. Son tres objetivos que en los próximos meses estaremos en la mejor disposición de cumplir, con la inauguración del Hemocentro Nacional.

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Ética y moral en la política

El profesor José López Aranguren es reconocido como el que dio inicio a las reflexiones sobre ética contemporánea en España, especialmente en lo que refiere a la compleja relación que existe entre la moral y la política, cuestión que hoy, más que ayer, debe ocupar el tiempo y las acciones de quienes hacemos parte del escenario político.

Al finalizar el régimen franquista, el profesor López Aranguren mostraba su preocupación sobre lo que debía ser “la democracia como participación real”, que era considerada por el como una manifestación del “conocimiento de los problemas políticos”.

En la época actual, vivimos una democracia donde se ha olvidado que se gobierna por el pueblo, lo que quiere decir que “cada cual tiene que tomar sobre sí, en la parte que le corresponda, la tarea del gobierno”. Sin embargo, las políticas públicas imperantes suelen alejar al ciudadano del centro de la toma de decisiones, imponiéndole medidas que, más que menos, resultan ser contraproducentes en sus resultados. ¿Será justo que el papel de los ciudadanos en la tarea de gobernar solo se reduzca a la acción de ejercer el voto? Si es así, ¿tiene conciencia el votante de lo que se hará una vez su voto se convierta en una decisión que le ata por varios años, según el modelo constitucional?

Son preguntas que tocan muy de cerca la pregunta de la ética y la moral en la política, puesto que como postuló Schopenhauer, la soberanía del pueblo nunca llega a su edad madura y “por lo tanto tiene que permanecer bajo el cuidado permanente de un guardián”. La cuestión está en que ese guardián tiene la gran responsabilidad de cuidar al pueblo de que sea engañado por “astutos impostores, los que son llamados, por lo tanto, demagogos”.

Cómo se reflejan los sistemas de valores en los programas políticos es una tarea que debemos emprender con mayor dedicación. Cada vez más, se recurre al arte del espectáculo, mal utilizado, claro está, para revestir de cierta moralidad los actos de la política. Sin embargo, una interpretación más madura de la democracia, donde los ciudadanos tienen altos niveles de conciencia política, requiere recibir de la política un “lenguaje de fines y no de medios”, donde los actos tengan un sentido de trascendencia.

Hay que vencer esa “tensión” que existe entre la tendencia ética y la tendencia política, donde las contradicciones resultan ser demasiado frecuentes. Dictando una Conferencia ante el Congreso de los Diputados de España, hace ya algunas décadas, el profesor Aranguren decía: “de cuanto llevamos dicho se desprende que el difícil -y necesario- equilibrio entre la actitud ética y la actitud política se pierde tan pronto como se absolutizan una u otra…El político debe estar atento a la primera y sensible a la segunda”.

Sin lugar a duda, esta última tarea se hace difícil, porque como dijo el extinto Tony Judt, creamos una sociedad que ha hecho de la inseguridad, el miedo y la desconfianza, la base de un sistema que genera indiferencia hacia los problemas, que resultan en la inexorable e inaguantable desigualdad social que impera.

Un ejercicio político apegado a la ética y a la moral, por el cual postulamos, debería encontrar empatía en la ciudadanía, con disposición de romper la tensión que hoy impera entre ética y política. Un conferencista nos decía recientemente que “sólo en torno a los valores (es decir, a la moral) puede darse una integración constitutiva de la lógica económica y de la lógica ética” y esto luego se manifiesta en todos los órdenes de la sociedad: económico, social, laboral, educativo, fiscal, financiero, legal, político e internacional.

Es por ello por lo que se impone la necesidad de “recuperar la fibra moral y la integridad intelectual de la democracia”, como escribe Cebrián en El País, puesto que la ética y la moral solo se aprenden ejerciéndola, pero hace falta querer ejercerla correctamente.

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El mandato de la política

El discurso de despedida de Mariano Rajoy, luego de ser vencido por una moción de censura inesperada que cambió el panorama político español en menos de una semana, nos ha dejado una frase interesante sobre la cual reflexionar, cuando afirmó “creo que he cumplido con el mandato fundamental de la política, que es mejorar la vida de las personas”.

Es una frase que, lamentablemente, muchos políticos han dejado a un lado, procurando servirse a sí mismos antes que a los demás. Platón abordaba con suma profundidad algunos aspectos de esta realidad en sus “Diálogos”, obra clave de la filosofía política.

Escribía Platón que la ciencia política es la del mandato directo, donde el verdadero gobierno “supone una ciencia, a saber, la ciencia de mandar a los hombres” (y mujeres, agregamos). ¿Para qué mandarlos, si no para su bienestar y mejoría constante? El poder político, para ser obedecido mayoritariamente, debe ser percibido como legítimo, y para ser percibido como legítimo, necesita operar a favor de los ciudadanos.

En ese contexto, la legitimidad política, es decir, el “reconocimiento social” por parte de la ciudadanía hacia las autoridades políticas, debería ser la razón y motivo del ejercicio de quienes viven de la política y para la política.

Sin embargo, en el convulso y desigual mundo que con nuestras acciones hemos creado, el ejercicio del poder lesiona constantemente el mandato de la política, generando un caldo de cultivo que resulta en el quebrantamiento social. Demasiadas veces se deja de lado el “mandato fundamental de la política” a la hora de tomar decisiones que afectan el presente y futuro de una nación. Muchos confían en lo que Antonio Navalón, columnista de El País, llamó las “matemáticas de racionalidad política”, sin caer en cuenta que la gente va cambiando, reclamando con más fuerza que nunca, que se cumpla el mandato de la política.

En la política que conocemos hoy, que tiene demasiado de Guerra Fría y poco de la sociedad del conocimiento, estamos viviendo “no por encima de nuestras posibilidades, sino al margen de nuestras realidades”, como dijo Emmanuel Macron, presidente de Francia, al referirse a la tarea de gobernar.

Lo cierto es que no es que faltan líderes, ni que haya una carencia de quienes quieran hacer de la política una ciencia a favor de los más y no de los menos. Lo que ha sucedido es un preocupante divorcio entre la realidad social y la respuesta política, que amenaza con destruir el entramado político-social.

Aún no sabemos si de la crisis de la partidocracia y de la política habrá un buen resultado que nos permita evolucionar como sociedad, donde las decisiones no estén dictadas por la popularidad, sino por la importancia que revisten para la ciudadanía.

Los países del mal llamado “primer mundo” nos aleccionan con sus crisis políticas, desde Brexit hasta los sucesos recientes de Italia y España, pasando por Estados Unidos. Nos recuerdan que la forma no sustituye al fondo y que, si bien los procesos se van perfeccionando para que haya más participación de los ciudadanos y una rendición de cuentas más eficientes, no menos cierto es que el fundamento de un mejor ejercicio de la política reside en que los espacios públicos estén ocupados por gente que dignifique el cargo.

Y dignificar el cargo significa, simplemente, cumplir con ese “mandato fundamental de la política”, que es mejorar la vida de las personas, pero con sujeción al orden legal, a la moral, a la ética y a las buenas costumbres.

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Economía de la felicidad

El lector curioso encuentra en cualquier esquina donde vea libros, una excusa válida para ahondar en conocimientos, en un intento por saciar la sed de aprendizaje que sobreviene a quien disfruta de la palabra escrita. Cuando divisé entre los libros de economía un título sugerente, “economía de la felicidad”, no pude más que devorar su contenido y maravillarme por su síntesis en torno a cuáles son los retos de una sociedad como la nuestra, que hoy en día debe comprender el rol de la tecnología en esta nueva economía digital, y su impacto en la desigualdad y el trabajo.

Hoy en día, la economía digital equivale al 15.5% del PIB mundial; una economía donde cada dólar invertido en tecnología añade, en promedio, 20 dólares al PIB, según cálculos del Banco Interamericano de Desarrollo. Esta premisa nos lleva a la pregunta obligatoria: ¿cómo aprovechamos las bondades de la economía digital para generar felicidad y bienestar en la población?

En la obra “Economía de la felicidad”, de los coautores Josep María Coll y Xavier Ferrás, se presenta una hoja de ruta con las claves para aprovechar la oportunidad que representa la tecnología y las posibilidades que esta abre para acabar con la pobreza, la desigualdad y el trabajo precario, de manera que tengamos sociedades más felices.

Es un título sugerente, que invita a reflexionar sobre la manera en la que medimos el bienestar de la economía y de qué manera el aumento de los ingresos se refleja en la felicidad y en la satisfacción de los habitantes.

En otras ocasiones, he escrito sobre el tema, específicamente sobre la “Felicidad Interior Bruta”, un concepto que enseña que “el verdadero desarrollo de la sociedad humana se encuentra en la complementación y refuerzo mutuo, del desarrollo material y espiritual”. Bután, un pequeño país en el sur asiático, adoptó en 1972 este concepto como el indicador más importante para definir su desarrollo.

Posteriormente, la Organización de las Naciones Unidas ha adoptado conceptos similares, analizando datos relacionado a la felicidad en su Reporte Mundial de Felicidad (RMF), y por igual, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que ha creado un Índice para una Vida Mejor, que monitorea los niveles de satisfacción y felicidad de sus Estados miembros.

Hay que tener en cuenta que la medición de conceptos como la “felicidad”, la “satisfacción”, la “buena vida”, son muy complejos y, a veces, hasta subjetivos, debido a la heterogeneidad de las personas. Sin embargo, el planteamiento de Coll y Ferrás en su obra, nos acerca a comprender con mayor claridad si somos capaces de que el desarrollo económico se convierta en una fuente de felicidad y bienestar para la población.

¿Seremos capaces de extender los beneficios de la tecnología al total de la humanidad? ¿Podremos hacer de las fuentes de empleo un espacio propicio para el desarrollo integral de los seres humanos? ¿Podremos vivir en un mundo donde todos quepan en el tren de la abundancia?

Vivimos una interesante y retadora encrucijada, donde el ejercicio del liderazgo y la innovación definirán el futuro de nuestras sociedades y el bienestar que podamos lograr para todos y todas. El talento libre y motivado por un propósito superior, será la clave para la construcción de auténticas economías del conocimiento, creativas y humanas, generadoras de prosperidad compartida, dando paso a una economía de la felicidad.

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Buscando el crecimiento

Aunque el contexto económico mundial en cuanto a crecimiento del PIB parece ser favorable para este año, la realidad para América Latina y El Caribe presenta unas perspectivas hasta cierto punto decepcionantes, debido a una diversidad de factores, algunos son estructurales y otros son temporales.

Los informes más recientes del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y de la Comisión Económica para América Latina y El Caribe (CEPAL), advierten que “incluso en este momento favorable para los fundamentales globales, es probable que la región tenga tasas de crecimiento sólo moderadas en los próximos años”.

La advertencia viene acompañada de un llamado a atender el importante problema de las políticas fiscales de los países que conforman la región. Según el BID, “las distorsiones de las políticas tributarias y del gasto perjudican el crecimiento económico al reducir aún más la cantidad y la calidad de la inversión”. Precisamente en esta semana, la Asociación Nacional de Jóvenes Empresarios hacía un llamado a retomar las discusiones en torno a la reforma fiscal, por considerarlo un tema urgente en la agenda nacional.

Sin embargo, retomar esa discusión, que evidentemente es importante, requiere que pasemos de las reformas fiscales que solo buscan aumentar los ingresos a las arcas públicas, a reformas fiscales que hagan énfasis en la estimulación al crecimiento. Para ello, hay que evaluar con sinceridad la matriz tributaria del país, una tarea que corresponde al Estado y al empresariado, principalmente.

El tema de las políticas fiscales también se está discutiendo de nuevo en Europa, a propósito del declive del Estado de Bienestar, luego de la crisis económico y financiera global. Miguel Ángel García Vega ha escrito un interesante artículo, titulado “Los impuestos que el mundo necesita”, donde hace mucho énfasis que “el relato sobre los impuestos es una discusión entre la justicia y la inequidad”. Es una frase que aplica a todas las latitudes por igual.

García Vega afirma que “el sistema tributario actual resulta incapaz de captar los recursos públicos que necesita el mundo” y que, de alguna manera, las causas de este fracaso quizá se hallan en aquellas palabras del economista John Kenneth Galbraith cuando advirtió sobre “la opulencia privada y la miseria pública”.

Una cuestión importante al momento de discutir el tema fiscal es lo relativo a los salarios. Las contribuciones de la seguridad social y los impuestos pagados sobre el salario corresponden a un “22% del total del costo laboral para los empleadores” en América Latina y El Caribe. Según el BID, cuanto más altos son estos impuestos, más probabilidades hay de que los empleadores verán ventajas en contratar a trabajadores informalmente y evitar esos pagos. Es uno de los factores que más inciden sobre la informalidad en el mercado de trabajo.

De una vez y por todas, los países de la región debemos abordar los déficits fiscales, las distorsiones de los regímenes tributarios y el ineficiente gasto tributario que no ha tenido éxito en la productividad. Solo así podremos fortalecer nuestro crecimiento económico y mantenerlo de manera sostenible en el tiempo.

“Si bien no hay una solución única para todos los países, algunos desafíos comunes son la eliminación de las distorsiones creadas por políticas tributarias mal diseñadas y la corrección del sesgo contra los gastos de capital que ha sido incorporado en los patrones de gasto público”, según indica el informe más reciente del BID. Para algunos países será más fácil que para otros, en el caso del nuestro, mucho se ha hablado sobre el tema, pero es impostergable pasar a la acción.

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