¡Reconocimiento!

El 21 de marzo del corriente mes, el ciudadano presidente de la República, Danilo Medina Sánchez, reinauguró en la legendaria ciudad de Montecristi, que es la patria chica adoptiva del autor de esta columna, las instalaciones del hospital Padre Fantino, que, según las crónicas publicadas por los periódicos nacionales, beneficiará acerca de 15 mil personas de esa comunidad provincial, cuyo costo ascendió a la suma de RD$97,790,443.00.

Ese hospital fue construido en los primeros años de la década iniciada en 1950, durante el gobierno dictatorial de Rafael Trujillo Molina, y fue ratificado como director del mismo, un médico, eminente, de primera categoría, que se llamó Juan Enrique Kunhardt que era nativo de San Francisco de Macorís y que tenía muchos años prestando servicios en Montecristi, casado con una hermosa dama llamada Gilma Grullón Peralta.

No hemos olvidado nunca en el registro de nuestra memoria, aquel médico extraordinario, atento, y servicial con todos los sectores de la comunidad montecristeña.

Fantino era un sacerdote católico de origen italiano que vivió en Montecristi y que le sirvió, en el orden social, a muchas personas y que se merece el recuerdo y el respeto como otros sacerdotes que vivieron allí, pero el doctor Kunhardt fue una figura no solamente extraordinaria como profesional, sino legendaria por la manera espontánea, solidaria, y casi paternal, como le sirvió a los montecristeños.

En el lugar que el hospital se levantó, era el play municipal que llevaba el nombre de Pedro Alejando San, uno de los más grandes lanzadores de béisbol, que, en toda su historia, se han recordado.

Ese aporte del gobierno del PLD, que preside Danilo Medina, debe llevar el nombre del doctor Kunhardt y emplazamos a las autoridades de la provincia, gobernador, senador, diputados, alcalde y regidores a que hagan realidad ese reconocimiento al doctor Kunhardt, que además fue gobernador de la provincia de Montecristi por muchos años.

Cuatro médicos eminentes de primera categoría, vivieron en Montecristi y que los recuerda el autor de esta columna desde que éramos un niño de apenas nueves años de edad. Además de Kunhardt estaba Federico Max Sméster, cirujano eminente, graduado en la Universidad de París, en la Facultad de Ciencias Médicas de La Sorbona, hijo de Rosa Sméster, compañera de Ercilia Pepín y gloria del magisterio nacional.

Otro de los médicos era Julio Isidor Silva, médico general y cirujano, que trabajaba junto a Federico Sméster en la clínica propiedad de Federico, que eran también médicos atentos y solidarios con todos los sectores sociales.

El otro médico era el doctor Guitó, de nacionalidad haitiana, casado con una distinguida dama francesa, blanca, de pelo rubio, maestra de piano que daba clases y enseñó a tocar ese instrumento y hablar francés a muchas personas, entre ellas a dos hermanas, damas muy distinguidas, Australia e Idalia Grullón.

La primera es la madre de un médico reconocido de Montecristi que se llama Julio Manuel Rodríguez Grullón, ex- presidente del Colegio Médico Dominicano, compañero de infancia y amigo apreciado del autor de esta columna.

Que Montecristi le haga honor y reconocimiento a Juan Enrique Kunhardt, que con tanto cariño y solidaridad cuidó por la salud de los que habitaban esa población de nombre histórico, que desgraciadamente no ha recibido los honores y el cuidado a que es merecedora por siempre.