La In-voluntad Popular

Vanguardia del Pueblo
Julio del 1978

Con relación a la crisis generada el 17 de mayo, a consecuencia de la interrupción del cómputo de las votaciones por parte de los militares, un grito desesperado, lanzado al unísono desde diversos sectores, paso a convertirse en el narcotizante colectivo de la vida política nacional.

Ese grito fue el de que se respetara la voluntad popular, con lo cual, evidentemente, la susodicha voluntad paso a vivir su edad de oro.

Sin embargo, ¿qué pasaba? ¿Cómo era posible que los más diversos sectores, los más variados intereses se manifestaran en bloque por una misma cosa? ¿Cómo explicar que los explotados y los explotadores depusieran sus antagónicas e irreconciliables contradicciones sus antagónicas e irreconciliables contradicciones, y convergieran en una misma dirección? ¿Qué decir de una izquierda anti—imperialista usando el mismo lenguaje del imperio?

En realidad, el panorama era—y sigue siendo—desconcertante, sombrío, desorientador; y parece como si definitivamente la confusión se hubiera apoderado de ciertos grupos de la vida nacional sobre todo de la izquierda, par ano soltarlos, jamás.

Por ello, para responder a estas preguntas, se hace indispensable recurrir a una experiencia reciente de un país hermano: Puerto Rico.

UN EJEMPLO

En efecto, en Puerto Rico, en el 1976, esto es, hace tan solo dos años, se llevó a cabo un plebiscito con la finalidad de escoger entre tres opciones: la de que Puerto Rico siguiera su status actual de Estado Libre Asociado, la de que fuera incorporado como un nuevo Estado de los Estados Unidos, o de que adquiriera su independencia plena.

Pues bien, en ese plebiscito, las fuerzas políticas que representaban la tendencia independentista sacaron apenas un poco más del cinco por ciento de las votaciones. ¿Por qué? ¿Era que el pueblo puertorriqueño no quería realmente su independencia?

Eso es lo que aparenta ser. Sin embargo, en política, como ha dicho repetidas veces el presidente de nuestro Partido compañero Juan Bosch, hay cosas que se ven y cosas que no se ven, y a menudo las que no se ven resultan ser más importantes que las que se ven. Y lo que no se veía en el caso de las votaciones del pueblo puertorriqueño era que esas no eran una expresión real de su voluntad.

Y no eran una expresión real de su voluntad, porque la voluntad para que sea cierta, autentica, legitima, veraz, requiere como condición indispensable el que sea fruto del libre albedrío, esto es, de que nazca en forma espontánea; y resulta, que lo que menos tenía esa voluntad expresada en las urnas del pueblo puertorriqueño era carácter espontáneo.

Esa voluntad expresada por el pueblo puertorriqueño en contra de la independencia de su país era una voluntad condicionada, y por consiguiente viciada, debido al enorme cumulo de mensajes propagandísticos que durante décadas han estado invadiendo las mentes de los puertorriqueños, todo con la finalidad de despojarlos de su identidad como pueblo, y de provocar que solo como una realidad ineludible, si no como una situación anhelada.

Por esa razón, no es posible hablar de que los resultados del plebiscito del 1976 eran una manifestación de voluntad popular del pueblo de Puerto Rico, sino más bien, del imperialismo impuesto al pueblo de Albizu Campos por los resortes de imposición de la ideología dominante.

IDEOLOGÍA DOMINANTE

Aunque en otra oportunidad, a través de estas mismas páginas de VANGUARDIA, nos hemos referido al problema de la ideología de la clase dominante, tal como es vista e interpretada por Carlos Marx, no resulta inoportuno volver sobre ello, a fin de que ciertos grupos de la llamada izquierda dominicana reflexionen sobre lo que ellos dicen ser, antes de aventurarse a lanzar a tontas y a ciegas sus posiciones políticas.

En efecto, al referirse a este problema, el padre del socialismo científico dijo así:

“Las ideas de la clase dominantes de cada época; o dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente”.

Y más adelante dice:

“Por ejemplo, en una época y en un país en que se disputan el poder de la corona, la aristocracia y la burguesía, en que, por tanto, se halla dividida la dominación, se impone como idea dominante la doctrina de la división de poderes, proclamada como “ley eterna”.

Nada más revelador. Pero con una ligera variante. Y es que en el caso nuestro, en razón de nuestra condición de país dependiente de los Estados Unidos, la ideología que se impone no será únicamente la de clase dominante criolla, sino la del imperialismo, manifestada por medio de una estructura transnacional de poder que abarca las más variadas gamas de la vida social.

Para los marxistas, la historia y todos los acontecimientos de la vida social, económicos y políticos, tienen que ser vistos en función de la teoría de la lucha de clases; y si hubieran actuado conforme a ella los marxistas dominicanos hubieran descubierto que la voluntad de los obreros no podía coincidir con la de los industriales y la del imperialismo, porque la voluntad de cada cual está en relación directa al lugar que ocupa en las relaciones de producción.

Sin embargo, se extraviaron de tal forma que parecían caminar de espaldas en medio de una neblina política de tal naturaleza que hacia danzar sobre sus cabezas, solo que para no aprovecharlos, los fantasmas de los memorables acontecimientos de 1961, cuando bajo la fórmula del anti—trujillismo se dejaron dirigir por una derecha que a su vez era controlada desde Washington.

Concebida en términos abstractos, la voluntad popular es un mito. Una falacia. Una mentira. Para que exista, en el sentido más amplio de la palabra, tiene que ser determinada libremente, no en forma condicionada o dirigida, tal como ocurre por efecto de la propaganda de la clase dominante.

Por esa razón, a todos los que actuando supuestamente bajo el nombre de la revolución, se sumaron al coro de la “voluntad popular”, habrá que decirles como en el Viejo Testamento: “Hay de aquellos que tuvieron ojos para ver y no vieron, y de los que tuvieron oídos para oír y no oyeron”.

Para nosotros, sin embargo, el asunto es tan claro que aunque implique una paradoja, la voluntad popular, expresada en términos de la continuidad de la dependencia, es la más involuntaria de todas las voluntades.