El Compañero Bosch escribe sobre: La Guerra de la Restauración (4)

  • 10 septiembre 1980

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 10 de septiembre de 1980

La tarea de integrar el Estado hatero en el Estado español fue llevada a cabo rápidamente pero de manera cuidadosa para no despertar las sospechas de los círculos que podían estorbar la ejecución del plan, y no sería descabellado pensar que esos círculos debían estar compuestos por baecistas.

Sin duda el que ordenó que el país volviera a su antigua condición de provincia española fue Santana; sin embargo los que dirigieron las maniobra? para poner en marcha e! plan, que tal vez fueron también sus autores, no figurar?, ni siquiera en referencias de terceros.

La persona más autorizada para decirnos quiénes fueron las cabezas pensantes y actuantes en esa tragedia que empezó como una comedia de intrigas era José Gabriel García, llamado con razón el padre de la historia dominicana. García tuvo la oportunidad de ver muchos documentos y de recoger versiones acerca de los actores de ese episodio de nuestra historia, pero nunca señaló a nadie como autor o director del plan anexionista.

Hay indicios de que quienes desempeñaron los papeles, por lo menos de directores en la ejecución del plan, fueron Pedro Ricart y Torres, Miguel Lavastida y Felipe Dávila Fernández de Castro, pero quienes quiera que fueran, es forzoso reconocer que trabajaron con mucha cautela a lo largo del proceso, que empezó por una solicitud al gobierno de España para que garantizara la independencia de la República Dominicana y acabó en la Anexión.

El proceso hacia la Anexión estaba impulsado por hechos que se daban en el país o en sus vecindades en los que tuvieran alguna participación Báez o sus seguidores. Así, cuando a fines de julio de 1859 Báez pasó a residir en Curazao los santanistas se alarmaron y comenzaron a tomar medidas contra los baecistas como la prisión de muchos de ellos en la Capital, en Santiago y en otros sitios. En la provincia de Azua se perseguía al coronel Matías Vargas y como no había sido posible capturarlo se ordenó la prisión y el envío a la Capital de toda su familia incluyendo a sus padres, dato que hallamos en García (obra citada, página 321), a lo que Matías Vargas respondió tomando Azua con una fuerza compuesta de sus hermanos y cinco amigos; tan pronto se supo la noticia de ese hecho acudieron a unírsele al coronel de los baecistas de las vecindades, y así se desencadenó toda una acción que pinta por sí sola la realidad dominicana de aquellos días. Al conocer los sucesos de Azua el gobierno ordenó más prisiones de baecistas en varios lugares. En Barahona fueron apresados once, a los que se les despachó hacia la Capital en una goleta que los presos tomaron por asalto cuando estaba a la altura de Palmar de Ocoa y se llevaron consigo a los hombres que iban escoltándolos y con ellos se llevaron las armas que portaban.

Fuerzas del gobierno encabezadas nada menos que por el vicepresidente de la República, general Antonio Abad Alfau, recapturaron Azua, fusilaron a algunos de los que habían acompañado a Matías Vargas en el asalto a la ciudad, y más tarde, en Haina, al propio Matías Vargas y a uno de sus hermanos, pero el país no quedó pacificado ni podía conseguirse que se pacificara porque dondequiera había seguidores de Báez debido a que en todas partes abundaba la baja pequeña burguesía, y de manera especial la baja pobre y la baja muy pobre, que en su mayoría se negaba a convivir en paz con los que consideraba que eran sus enemigos; o para decirlo con otras palabras, porque lo que enfrentaba a santanistas y baecistas era una lucha de clases para la cual no había soluciones pacíficas.

La Carta de Alfau
Los sucesos que acabamos de relatar ocurrieron en los meses de septiembre y octubre de 1859 y el 14 de febrero de 1860 estaba el general Felipe Alfau presentando credenciales de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de la República Dominicana ante la reina de España, primer paso que debía dar el gobierno de Santana para conseguir, como lo consiguió trece meses después, que el país pasara a ser una provincia española. Alfau se hallaba en España desde julio del año anterior (1859), pero fue a partir de su presentación de credenciales ante Isabel II cuando comenzó a trabajar dentro del plan de conseguir que el gobierno español aceptara la anexión de nuestro país al suyo. Al principio lo que pidió el general Alfau fueron armas, municiones. Correajes y ayuda económica y procesional para organizar un ejército y construir fuertes en algunos puntos de la costa dominicana, y después pasó a hablar de protectorado o anexión; y las posibilidades de una anexión fueron tan bien vistas por el gobierno español que ya para mediados de 1860 estaban ejecutándose, de manera escalonada, partes de un plan que debía conducir, paso a paso, hacia los fines que perseguían Santana y sus colaboradores más cercanos: se trajeron de Venezuela varios cientos de españoles canarios que habían emigrado a aquel país y no habían podido quedarse allí; después vino directamente desde España un número de hombres a los que García calificó de obreros, que debieron ser artesanos, y tras ellos llegaron unos cuantos oficiales del ejército español enviados con el encargo de fundar una escuela y una revista semanal, ésta destinada a hacer propaganda favorable a España.

El plan avanzaba tan rápidamente que a principios del mes de julio (año de 1860) llegó al puerto de Santo Domingo un buque de guerra en el que viajaba el brigadier general Joaquín Gutiérrez de Ruvalcaba, que venía de España y se dirigía a Cuba pero después de hacer aquí una escala lo suficientemente larga como para recoger informaciones de interés para el gobierno de su país, y al comenzar el mes de octubre arribaba a Puerto Plata otro navío de guerra que traía al brigadier general Antonio Peláez Campomanes. Gutiérrez Ruvalcaba tuvo entrevistas con los funcionarios que rodeaban a Santana, entre ellos con el vicepresidente Antonio Abad Alfau, y Peláez Campomanes con el- propio Santana, de las cuales rindieron cuenta, junto con la situación del país, al capitán general de Cuba, Francisco Serrano, a quien el gobierno español había señalado como la persona que debía tomar la decisión final sobre lo que conviniera hacer con la República Dominicana.

A su regreso a Cuba el brigadier Peláez Campomanes llevaba de acompañantes al ministro Pedro Ricart Torres y a Mariano Álvarez cónsul de España en nuestro país, que parece haber sido, del lado español, un personaje importante en las negociaciones que culminaron en la Anexión. Ricart y Torres era portador de una carta del vicepresidente Alfau dirigida al general Serrano y fechada el 20 de octubre, dato que ofrece García (obra citada, página 355), en la que decía que “comprendiendo los peligros que corrían, y siguiendo sus inspiraciones, el general Santana y él, de acuerdo con todo el gabinete, seguros de que la voluntad del pueblo los acompañaba, habían determinado resueltamente incorporarse a la monarquía española”, y le pedía que mandara al país, sin perder tiempo, fuerzas militares.

Situación Económica

La misión del secretario de Relaciones Exteriores Pedro Ricart y Torres era convencer al general Serrano de que la República Dominicana debía pasar a ser una provincia de España en la que por petición expresa de Santana no pudiera restablecerse la esclavitud. Esa condición era indispensable dado que la gran mayoría de los bajos pequeños burgueses, sobre todo en las provincias de la llamada Banda Sur, eran de origen africano y podían levantarse en armas contra el poder español si creían que serían esclavizados; y de levantarse lo harían bajo el mando de los numerosos coroneles y generales baecistas. Otras de las peticiones de Santana eran que el gobierno español utilizara los servicios del “mayor número posible” de los que habían combatido contra los haitianos, todos los cuales, o casi todos, habían estado de manera directa o indirecta bajo el mando de Santana. Ricart y Torres le dijo a Serrano que si España no aceptaba la anexión dominicana podía establecer un protectorado, pero le aclaró que “el deseo preferente del presidente Santana, de su gobierno y de la mayoría del pueblo- sería que el gobierno de Su Majestad Católica admitiera la anexión como medio más útil y provechoso para ambos países” (José Gabriel García, obra citada, páginas 356-57).

Sin duda que a los ojos de Santana la anexión tenía ventajas que no ofrecía el protectorado; la más importante de ellas era que el Estado hatero, el que Santana había creado y sostenido a lo largo de varios años y luchas muy duras, se integraba en el español. Que Santana esperaba que así fuera se deduce de una de las condiciones que reclamaba en el caso de que se llevara a cabo la anexión, la de que “se reconocieran como válidos los actos de los gobiernos que se habían sucedido en la República Dominicana desde su nacimiento en 1844”. Pero había otra ventaja: que con la anexión España tendría que hacerse cargo de aliviar la situación económica del país porque al pasar éste a ser una provincia de España el gobierno español se vería obligado a extender a la nueva provincia el régimen monetario y las leyes y los hábitos comerciales que estaban vigentes en el territorio peninsular (España) y en Cuba y Puerto Rico.

Esa preocupación de Santana y sus consejeros se advierte en otra de las peticiones transmitidas al general Serrano por Ricart y Torres: “que como una de las primeras medidas mandara Su Majestad a amortizar el papel (moneda)” que estaba circulando en el país.

El peso que tuvo la situación de miseria generalizada del pueblo dominicano en el ánimo y las ideas del pequeño grupo que concibió y negoció la anexión a España debe haber sido decisivo a la hora de dar un paso de la trascendencia histórica que tuvo ese episodio de nuestra historia; y sin embargo un aspecto tan importante no se menciona de manera directa en los documentos de la época, salvo el caso de una carta a la cual nos hemos referido en los artículos titulados Perfil Político de Pedro Santana publicados entre el 16 de agosto y el 6 de septiembre de 1978 en los números 148 y siguientes de Vanguardia del Pueblo. La carta es de Manuel Santana, hijo de Ramón Santana; está fechada en Hato Mayor el 12 de marzo de 1861 y sin duda fue escrita en respuesta a una circular de Santana del 4 de ese mes a la cual se refiere José Gabriel García (obra citada, página 372) diciendo que fue dirigida a hombres de su confianza y que en ella les encargaba que les hicieron saber “a los autoridades y personas notables del país” de las negociaciones que se acababan de celebrar con el gobierno español, o lo que es lo mismo, del acuerdo de anexión.

Muerte del Estado Hatero

Al pueblo se le mantuvo en la mayor ignorancia de lo que iba a suceder a tal punto que la Anexión iba a ser proclamada el 18 de marzo y sin embargo el 27 de Febrero se celebró, como dice García (obra citada, página 371 y siguientes) “en la forma acostumbrada y con la misma solemnidad de siempre”, y en el mensaje presidencial y las memorias que los ministros le presentaron ese día al Senado Consultor no “había una frase siquiera reveladora de que se trataba de anexar el país a España”.

¿Por qué se le ocultaba al pueblo lo que estaba haciéndose? ¿Era por miedo a una reacción patriota o por miedo de que los generales baecistas desataran una oposición armada?

Debía ser por ambas cosas. Por ejemplo, se sabía que el general Matías Ramón Mella era opuesto a la anexión y se le prendió y expulsó del país; el buque de guerra español Pizarro, que había llegado de Cuba el 22 de febrero, en el cual retornó al país Ricart y Torres con los acuerdos finales de la anexión fue despachado a Las Calderas para que desde allí vigilara cualquier movimiento que se hiciera en la Banda Sur; Santana envió a todos sus hombres de confianza su circular del 4 de marzo; se formó un batallón de milicias con todos los españoles que vivían en la Capital y los oficiales españoles que habían llegado a fundar una escuela y una revista fueron agregados a la comandancia de armas y al cuerpo de artillería; el general Santana asumió el mando militar del país y de acuerdo con lo que dice García (obra citada, páginas 373 y 374) “hizo llamamientos aislados para irse atrayendo parcialmente a todos los militares de su partido”; “las propiedades que como remanente de las que dejaron los haitianos le quedaban al Estado, fueron distribuidas en pago de sueldos o acreencias imaginarias, entre los adeptos principales de la causa anexionista, tocándole (s) a unos las casas, a otros los barcos y a muchos los más feraces terrenos; los ascensos militares fueron prodigados a manos llenas y hasta hubo distribución de grados masónicos, repartos que el vulgo apellido’ bautismos”.

Dicho de la manera en que habla el pueblo, los conspiradores anexionistas se lanzaron a comprar hombres y también a tomar las medidas que sirvieran para hacer imposible una reacción popular, si es que alguien pensaba organizaría o encabezarla; el 17 de marzo se invitó a la población de la ciudad de Santo Domingo a reunirse en la plaza de la catedral —donde está hoy el parque Colón— a las 8 de la mañana y allí, en presencia del sacerdocio católico y de todos los altos funcionarios del gobierno y de los soldados, que no llevaban armas, por si acaso, se leyó el acta de la Anexión, Santana gritó un Viva Doña Isabel Segunda; se izó, al lado de la dominicana, la bandera española y se dispararon ciento un cañonazos. El Estado hatero había dejado de existir.