El Compañero Bosch escribe sobre: La Guerra de la Restauración (5)

  • 17 septiembre 1980

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 17 de septiembre de 1980

El único lugar del país donde hubo oposición a que la bandera española sustituyera a la dominicana fue San Francisco de Macorís, que por aquellos tiempos debía ser un pueblo muy pequeño. Eso sucedió el 23 de marzo, cinco días después de haber quedado la Anexión proclamada en la capital del país. García se refiere a ese episodio diciendo que el pueblo se le amotinó al general Juan Esteban Ariza, que fue la autoridad! encargada de proclamar la Anexión en ese lugar, y que Ariza se vio “en el caso de hacer uso de las armas” (obra citada, página 376); y Pedro M. Archambault (Historia de la Restauración, La Libraire Technique et Economique, París, 1938, página 11) dice que en el “acto del cambio de la bandera el pueblo (francomacorisano) se amotinó tratando de impedirlo… Cuando izaron la bandera (española), le cayeron a tiros en la misma plaza de la Comandancia, hoy parque de recreo, siendo menester que el comandante de Armas general Juan Esteban Ariza hiciera uso de la fuerza y como esa primera imposición no bastaba, tuvo que disparar un cañonazo sobre los amotinados”.

Cuarenta días después del amotinamiento de San Francisco de Macorís, para ser más precisos el 2 de mayo, se produjo la primera protesta organizada y armada, tal como lo dice Archambault, contra la conversión de la República Dominicana, no, como lo habían pedido los autores de la Anexión, en una provincia sino en un territorio colonial del antiguo imperio español, que en América había quedado reducido a Cuba y Puerto Rico y a partir de esos momentos se le sumaba Santo Domingo. Esa protesta fue la toma de Moca y la proclamación allí mismo de la independencia, esto es, el retorno del país a la categoría de Estado. Pero ese movimiento duró apenas algunas horas porque en la noche el general Juan Suero recuperó la comandancia de Moca e hizo presos a los líderes de la protesta, que estaban encabezados por el coronel José Contreras. Al enterarse de los hechos, Santana se alarmó, salió inmediatamente hacia el Cibao y al llegar a Moca ordenó el fusilamiento de Contreras, Cayetano Germosén, José María Rodríguez e Inocencio Reyes. Ese mismo día, 19 de mayo de 1861, en Aranjuez, lugar de retiro de los reyes españoles, firmaban la reina Isabel II y el presidente del Consejo de ministros Leopoldo O’ Donnell el decreto que declaraba unido “el territorio de la República de Santo Domingo al de la monarquía española” (Gral. José de la Gándara, Anexión y Guerra de Santo Domingo, tomo I, pág. 185).

Anexión: La esperanza

No se dispone de informaciones que nos autoricen a darles explicaciones bien fundadas a los sucesos de San Francisco de Macorís y de Moca. Sabemos que en el año 1861 en la República Dominicana no había una burguesía ni siquiera comercial, y la ausencia de una burguesía determinaba la ausencia de un proletariado puesto que esas dos clases son cada una causa y efecto a la vez de la existencia de la otra. La sociedad dominicana estaba organizada en clases, de manera que era una sociedad clasista, pero sin el menor desarrollo capitalista. Lo que sustituía como’ clase gobernante a la inexistente burguesía eran los hateros, y en ese momento se daba una alianza, que sería muy pasajera, de ciertos sectores de la alta y la mediana pequeña burguesía con los hateros, de la que hay demostraciones inequívocas en el respaldo que le dieron a la Anexión el expresidente del gobierno revolucionario de 1857, general José D. Valverde, Benigno Filomeno de Rojas, él’ general Fernando Valerio, el trinitario Jacinto de la Concha, para mencionar sólo algunos representantes de esas capas sociales.

Las grandes mayorías del pueblo, que estaban compuestas por bajos pequeños burgueses, bajos pobres y bajos muy pobres, entre los que descollaban por su alto número los campesinos, aceptaron la Anexión con la misma naturalidad con que aceptaban la llegada de las lluvias de agosto. Para ellos, cuyas vidas no podían ser más monótonas —trabajo constante sin estímulo de ninguna clase, salvo cuando se trataba de cosecheros de tabaco que podían recibir a cambio de su hoja algún dinero destinado a comprar tela para hacerse ropa, machete y cuchillos, alguna loza, hilo y agujas—, lo que significaba la Anexión era que España los sacaría del estado de miseria general en que vivía el país. Si los hombres importantes, los comerciantes, los dueños de tierras y ganados habían resuelto que España pasara a gobernar a los dominicanos era porque estaban seguros de que el gobierno español iba i. mejorar la suerte de todos ellos. La gente del pueblo pensaba y sentía tal como lo había dicho Manuel Santana, el sobrino del general Santana, en una carta que le escribió a su tío el 12 de marzo de 1861, de la cual extraemos los siguientes párrafos:

(Con la anexión a España) “nos veremos librados de esta condición de pobreza y calamidades, y puedo decirte que nunca podría ser mejor recibida la anexión que ahora, puesto que el pueblo deseaba cualquier cambio que pudiera mejorar la situación… todo el mundo ha manifestado el mayor entusiasmo y contento desde que se les explicó claramente las ventajas que derivará la República entera y cada individuo en particular (de la anexión); todos han jurado con la mayor buena fe aceptar con júbilo el arreglo espléndido que convierta la República en una Provincia de España… Te aseguro que aquí (Hato Mayor), en el Seibo y también en Higüey por lo que me dijo el general Miches, todos declaran que hubieran deseado que se izara la bandera (española) antes…”

Hombres de excepción

Lo que lleva a actuar políticamente a los hombres comunes, que forman la inmensa mayoría de la población en cualquier país, son sus condiciones materiales de existencia; a unos porque no aceptan que se las transformen en su perjuicio y a otros porque no se las cambian cuando ellos han esperado cambios favorables en esas condiciones materiales de existencia.

El rico o la persona acomodada se revuelve como fiera si se le despoja de sus bienes; el obrero está siempre dispuesto a irse a una huelga para conseguir mejor salario, y los bajos pequeños burgueses, sobre todo los bajos pobres y los muy pobres, son capaces de lanzarse a las acciones más violentas cuando hallan cerrados todos los caminos que puedan conducir a la solución de sus problemas materiales inmediatos.

Los que actúan llevados por pasiones como el patriotismo y la sensibilidad social son siempre hombres de excepción. En aquel momento de la historia dominicana los que se amotinaron en San Francisco de Macorís el 23 de marzo y los que tomaron la comandancia de Armas de Moca el 2 de mayo no eran los únicos hombres excepcionales. Matías Ramón Mella, por ejemplo, había planeado con Eusebio Manzueta un levantamiento para evitar la Anexión, pero fue expulsado del país a pesar de lo cual trató de impedir que la plaza de Puerto Plata aceptara el traspaso del país a España; y Francisco del Rosario Sánchez había comenzado a organizar la resistencia a los planes hateros desde que había recibido en su lugar de exilio —la isla de Santo- mas— la noticia de que estaba en marcha un plan para hacer de la República una provincia española, y dos meses antes de que Santana proclamara la Anexión en la ciudad de Santo Domingo había escrito un manifiesto que pensaba hacer circular cuando llegara al país puesto que en él decía: “He pisado el territorio de la República, entrando por Haití, porque no podía entrar por otra parte… y porque estoy persuadido (de) que esta República, con quien ayer, cuando era imperio, combatíamos por nuestra nacionalidad, está hoy tan empeñada como nosotros, porque la conservemos merced a la política de un gabinete republicano, sabio y justo” (publicado por Archambault, obra citada, páginas 12—14).

En ese párrafo están expuestas las condiciones de un político realista, que se hacía cargo de que para los dominicanos el Haití de 1861 no era el de 1844 y por tanto su posición en relación con el gobierno haitiano de 1861 no podía ser la misma que había sido con el gobierno de Boyer en 1844 o con los que tuvo el país vecino en los años que siguieron al movimiento separatista de 1844.

Toma del Cercado

Cuando se produjo la toma de la comandancia de Armas de Moca ya había en el país fuerzas españolas que habían sido distribuidas en – varios sitios: Samaná, Puerto Plata, Santiago, Santo Domingo, Azua. Por su parte, en Haití se hallaba un número importante de generales y políticos, la mayoría de ellos baecistas, que esperaban allí a Sánchez para entrar en territorio dominicano. Con ellos, y “rodeado de los expulsos… que seguían llegando”, dice García, Sánchez trataba de conseguir con el gobierno haitiano “armas y recursos para abrir la campaña anti-anexionista entrando por las fronteras del sud. Pero no bien lo hizo, a fines de mayo, apoderándose de El Cercado, en tanto qué Cabra!, con Pina y Ramírez Báez, tomaba a Las Matas de Farfán mediante un corto tiroteo en que murió Joaquín Báez, cuando, a requerimiento del general Puello, salió de Santo Domingo una división mandada por el general Abad Alfau” (García, obra citada, página 383).

Desde el punto de vista militar, la mejor descripción de los movimientos santano-españolistas en ese trágico episodio de nuestra historia es la de La Gándara (obra citada. Tomo I, página 202—5). Dice él que “En la noche del 30 (de mayo) se tuvieron en Santo Domingo las primeras noticias de esta tentativa revolucionaria, comunicadas con extraordinaria rapidez. Formóse inmediatamente, para ir a combatirla, una división que mandaba el general D. Antonio Abad Alfau, y de la que formaba parte una brigada de tropas españolas, a las órdenes del brigadier Peláez. Todas esas fuerzas… se reunieron el 4 de junio en Azua. Allí debía ponerse a su frente Santana… pero… hasta el 16 no se presentó en Azua, si bien adoptó en seguida disposiciones… Destacó contra Neyba por tierra al general Francisco Sosa, mientras Alfau, con el batallón Puerto Rico y otras fuerzas, yendo por mar, desembarcaba en Barahona y marchaba sobre el mismo punto”.

Al mismo tiempo que se hacían esos movimientos en territorio dominicano, el capitán general de Cuba le ordenaba al almirante Ruvalcaba dirigirse a Santo Domingo y desde aquí, después de ponerse de acuerdo con Santana, ir con una escuadra naval a Puerto Príncipe, la capital de Haití, para exigirle al gobierno haitiano retirar su apoyo a las fuerzas que dirigía Sánchez, cosa que obtuvo Ruvalcaba, y además, una indemnización de 25 mil pesos. Cuando la noticia llegó a oídos del general Cabral, se retiró con sus hombres hacia Haití, pero el general Pedro Alejandrino Pina, que estaba en Las Matas, no siguió a Cabral sino que se dirigió a El Cercado para informar a Sánchez -de lo que había hecho el presidente de Haití y de sus consecuencias en las filas de los expedicionarios dominicanos.

Crimen del Cercado

La minoría de patriotas que acompañaba a Sánchez en El Cercado actuaba a impulso de sentimientos que no eran compartidos por la masa mayoritaria de los dominicanos. Esa masa iría a la lucha a matar y a morir, pero sólo después, cuando se convenciera de que la habían engañado los que le aseguraron que la anexión iba a resolver, como lo había dicho el sobrino de Santana, los agudos problemas de la República y los de “cada individuo en particular”. Esto último era lo que esperaban los bajos pequeños burgueses pobres y muy pobres, y también los hateros de tierra adentro, a quienes la paralización eco nómica debía mantener preocupados aunque no pasaran hambre. Entonces, como ciento veinte años después, lo que ocupaba la mente de unos y de otros era esa situación económica, y en el caso de la gente de< pueblo, no podían pensar en otra cosa que no fuera cómo resolverían sus problemas, cada uno los suyos, los de "cada individuo en particular". En un momento tan difícil Sánchez quiso contar con la opinión de sus compañeros de armas y los llamó a opinar. La conclusión fue esperar en El Cercado que llegaran noticias de una columna que había salido a interceptar las tropas españolas que marchaban sobre Neiba. Un santanista detenido por las fuerzas dominicanas en El Cercado se enteró de lo que se había acordado y se las arregló para enviarle un mensajero a Santiago de Oleo, que por su condición de clase no podía ser partidario de Sánchez. García dice de él que era "uno de los hombres más influyentes de la localidad", lo que nos indica que debía ser un terrateniente de importancia, y por tanto, hatero (García, obra citada', página 386). "Con la ayuda de todos sus parientes y amigos", de Oleo emboscó hombres en los sitios por donde deberían pasar Sánchez y los suyos si pretendían retirarse hacia Haití, como al fin lo hicieron. García dice que de los hombres de Sánchez quedaron prisioneros cerca de veinte y que en "el número de los primeros se encontraba por desgracia el general Sánchez, quien cayó gravemente herido". Archambault refiere que la emboscada tuvo efecto en los montes de Mangal, "al pie del primer paso del río Cañas, en la Loma de Juan de la Cruz, camino de Hondo Valle hacia Haití" (obra citada, página 14). Para ese momento Santana estaba ya en San Juan, adonde habían llegado las tropas que comandaba el general Abad Alfau. Santana ordenó un juicio sumario; el héroe del 27 de Febrero y sus compañeros fueron condenados a muerte, y tal como dice La Gándara, esa "sentencia fue cumplida en términos que repugna recordar, pues mientras a unos los remataban a tiros otros sucumbían a palos o a machetazos" (obra citada, página 205). Los asesinos no eran españoles y ni siquiera se sabe si eran soldados dominicanos, pero podemos asegurar que ideológicamente estaban al servicio de los hateros, lo que equivalía a decir que eran santanistas.