El Compañero Bosch escribe: Sobre la Guerra de Restauración (1)

  • 20 agosto 1980

VANGUARDIA del Pueblo (No. 253)

Miércoles 20 de agosto del 1980, año 7

Los antecedentes de la anexión a España hay que buscarlos en el fracaso de la primer República en el orden económico. En composición Social Dominicana (Pág. 177) de la 10ma. Edición) decíamos que “En el 1853 exportábamos casi tres veces y media menos que en el 1790, lo que es un índice de nuestro descenso económico; pero en 1860, ocho años después de la llegada al país de Angulo Guridi, no estábamos mejor que en 1853”.

En Composición Social (Pág. 175) copiamos la descripción de lo que vio Angulo Guridi en la ciudad de Santo Domingo, que fue descrito por él así: “Yo llegue (a la capital) en septiembre de 1852, y voy a decir en pocas palabras el aspecto que ofrecía… las calles llenas de surcos, cubiertas de yerbas, muchas muchísimas casas en ruinas… Había muchísimas casas, la mayor parte, con gran ausencia de aseo en sus puertas, pisos y paredes; con algunos taburetes viejos, y una o dos hamacas en las salas, habitadas por familias pobrísimas… De esas, gran número ofrecían a la vista del transeúnte el cuadro de un comercio humildísimo, efecto de la haraganería, consistiendo en un reducido número de frutos del país, y algunas bagatelas colocadas unas en el suelo y otras en una tabla que descansaba sobre dos barriles, todo ello cerca de la puerta de la calle”.

La descripción que hace Angulo Guridi es muy viva, pero no es acertada cuando dice que el comercio humildísimo que se hacia en la capital del país era efecto de la haraganería. De lo que era efecto era de la miseria, y en un medio donde lo único que abundaba era la miseria no se les podía pedir a las gentes que fueran trabajadoras. ¿Qué iban a producir con su trabajo? Ese comercio humildísimo que todavía hoy vemos en las calles de Santo Domingo –el hombre maduro que ofrece en venta tres aguacates o una mano de guineos en una esquina de la avenida 27 de febrero o en otra vía de mucho transito—es el símbolo del subdesarrollo, palabra que significa escaso desarrollo económico con su lógica consecuencia de pobre desarrollo social, cultura político.

Lo que dijo Angulo Guridi de la Capital en 1852 era valido en 1860 a juzgar por la descripción que del país hiciera el militar español brigadier don Antonio Peláez Campomanes, jefe del Estado Mayor de la Capitanía General de Cuba que había venido con el encargo de estudiar la situación dominicana para conocimiento del capitán general de la vecina isla, a quien el gobierno de España había encargado de informar a Madrid acerca de si convenía o no aceptar la anexión de la República que Pedro Santana estaba ofreciéndole a la reina Isabel II.

Sombrío de la Economía Dominicana

El cuadro de la economía dominicana que pintó Peláez Campomanes no podía ser más sombrío, y él estaba en capacidad de apreciar la verdad en ese campo porque venía de Cuba, que era una isla riquísima. No puede hacerse una comparación entre la República Dominicana y la Cuba de aquellos años porque en el país no había registros estadísticos, pero Schomburk, el cónsul inglés, calculó que en los seis años que transcurrieron de 1850 a 1855, ambos incluidos, nuestras importaciones fueron de 1 millón 85 mil 565 libras inglesas, equivalentes a unos 5 millones 500 mil pesos españoles de la época, y los datos que nos da Julio Le Riverend en su historia Económica de Cuba ( Instituto Cubano del Libro, 19671, páginas 390-91), dicen que en los cuatros años que corrieron de 1856 a 1869, ambos incluidos, las importaciones cubanas de sólo tres países, Estados Unidos, Inglaterra y España, llegaron a 100 millones 756 mil pesos.

Hablando del comercio de la República Dominicana Peláez Campomanes decía que a la altura de 1860 era “de pequeñas proporciones, surtiéndose generalmente de todos los artículos que necesitan de la isla de San Thomas, y algunos, aunque pocos, de la de Curacao” (José de la Gándara, Anexión y Guerra de Santo Domingo, página 401).

Es a la luz de la situación de miseria generalizada en que vivían los dominicanos entre 1850 y 1857 como hay que ver los acontecimientos de este último año, el del levantamiento contra Báez que dirigió el comercio cibaeño encabezado por el Santiago, pero no podemos caer en la simpleza de achacarle ese levantamiento a una solo causa, por ejemplo, a la operación de cambio de las monedas de oro y plata (que recibían de Europa los comerciantes cibaeños para que compraran tabaco que debían despachar al Viejo Mundo) por los billetes o papeletas dominicanos que hacia el gobierno, y en ese caso particular, el gobierno de Buenaventura Báez. En 1857, Báez puso a circular una cantidad tan alta de esas papeletas que de 60 7 70 por peso oro o fuente que valían pasaron a 3 mil y 4 mil, y cuando los comerciantes compradores de tabaco vinieron a darse cuenta, en vez de pesos fuertes o tabaco lo que tenían en las manos eran montones de papeletas que no valían nada, mientras que con una parte del oro y la plata que había recibido a cambio de esas papeletas el gobierno se había quedado, a través de intermediarios de su confianza, con el producto más valioso del país por esos años, que era el tabaco. Puede decirse que prácticamente el gobierno actuó como un estafador, y esa estafa desató la revolución del 8 de julio (1857), pero en realidad la estafa fue sólo el precipitante de ese levantamiento, las que no se ven a no ve todo el mundo, eran un amasijo de contradicciones entre las diferentes capas de la pequeña burguesía dominicana que habían estado pasando por un proceso de desarrollo a partir, por lo menos, de 1844, gracias más que nada a que las guerras contra Haití habían dado oportunidad a muchos pequeños burgueses de las capas más bajas para que ascendieran en algunos casos hasta las más altas.

Luchas Entre Pequeños Burgueses

Esos ascensos sociales no podían darse sin oposición. ¿De quiénes? De los que formaban las capas altas, y no sólo de los que se hallaban en ellas desde hacía más de una generación sino también de los que habían pasado a esos niveles superiores de los últimos años, que fueron precisamente los que produjeron los hechos destinados a generar mayor movilidad en las diferentes capas de la pequeña burguesía. Eso es normal en los tiempos de guerra, y de manera especial si los hechos ocurren en un país subdesarrollo. Es normal porque una guerra es el escenario adecuado para que se destaquen aquellos que tienen condiciones poco comunes de hombres de acción, capaces de resolver problemas agudos en momentos de peligro. Si la guerra es llevada a cabo un Estado contra sus enemigos, el Estado, aunque sea de escaso desarrollo como lo era el dominicano por aquellos años, premia a esos hombres con ascensos hacia posiciones militares o políticas que se traducen en ascensos sociales. En la larga guerra de la Reconquista –siete siglos de lucha contra los árabes—los reyes españoles hicieron nobles a muchos villanos (personas de origen humilde) que ejecutaron actos heroicos, y otro tanto pasó en las guerras que sostenían contra España en los territorios de América los poderes europeos. De esto último es un ejemplo el caso del mulato puertorriqueño Manuel Henríquez, que había sido zapatero y se destacó tanto en la defensa de España actuando como corsario contra barcos franceses e ingleses, que en el año 1713 el rey Felipe V le concedió la medalla de la Real Efigie y el título de Capitán de Mar y Guerra, lo que significa que salió de las acciones militares convertido en todo un personaje y uso ese ascenso para hacerse rico, tan rico que acabó siendo prestamista del gobierno de España y también de la Iglesia; y como es natural, los comerciantes de Puerto Rico españoles, y por tanto blancos, no podían ver con buenos ojos ese ascenso de un mulato, que equivalía decir de una persona de baja ralea.

La oposición de los altos y medianos pequeños burgueses a un bajo, bajo pobre o bajo muy pobre pequeño burgués dominicano que llegaba al nivel de la median y la alta pequeña burguesía, así como la de un noble español, especialmente si era hijo de nobles, al villano recién ennoblecido porque se había destacado en una guerra, se tomaba como un efecto de la soberbia ofendida de los primero por la llegada a sus niveles sociales de personas que no eran de su calidad. Pero la verdad es otra, de manera muy especial en el caso de la alta y la mediana pequeña burguesía en un país tan pobre como era la República Dominicana. La verdad es que su oposición al ascenso de los pequeños burgueses de las capas más bajas se debía a que los primeros sabían que más bajas se debía a que los primeros sabían que los segundo pasarían a ser sus competidores en el terreno económico, y por esa razón los veían desde que entraban en su nivel social como sus enemigos futuros. Dicho en términos socio-políticos, a partir del ascenso de los segundos empezaba a generarse una contradicción entre los del nivel más alto y ellos, y esa contradicción, multiplicada por el número de las diferentes capas de la pequeña burguesía y por el de los muchos que pasaban de las capas bajas a las superiores, era un hecho en nuestro país antes de 1857, y por cierto un hecho muy complejo.

Contradicciones entre Baecistas y Santanistas

Ese proceso de movilidad social vertical, es decir, de capas que se movían de abajo hacia arriba, venía dándose en el país desde ante de 1857, y como la situación económica era mala en sentido general, y por tanto el estado de miseria era consustancial con la existencia misma de la sociedad, la oposición de los de arriba a que a sus niveles llegaran los de abajo, o siquiera algunos de ellos, debía ser muy fuerte: pero al mismo tiempo ésos de arriba luchaban contra la minoría que tenía el control del poder político del país, que eran los hateros, y en esa lucha encontraron a un líder, Buenaventura Báez. Báez empezó a ser la encarnación del antisantanismo cuando después de haber llegado a la presidencia de la República el 24 de septiembre de 1849 pasó a convertirse en el líder de la alta y la mediana pequeña burguesía, que por aquellos días se movía casi exclusivamente en el campo del comercio si bien algunos de ellos se dedicaban a otras actividades, como por ejemplo al corte de maderas, a la navegación en balandras entre el país, San Thomas y Curazao, a funciones públicas y civiles y militares, a diversas artesanías. Pero el antisantanismo de Báez vino a manifestarse abiertamente después que Santana volvió a ser presidente de la República, lo que sucedió el 15 de febrero de 1853.

Entre esa fecha y el 8 de julio de 1857, Báez, que había pasado a ocupar otra vez el puesto de presidente el 6 de octubre de 1856, ordenó la prisión de Pedro Santana y lo expulso hacia Martinica el 11 de enero de 1857, medidas que denuncian de lejos su condición de líder de la pequeña burguesía, sólo que ya para ese momento no lo era de la alta y la mediana, o por lo menos no lo era de esas capas nada más; ya era el líder de las tres capas de la baja, baja propiamente dicha, la baja pobre y la baja muy pobre, y antes de seis meses iba a actuar contra la alta y la mediana en el conocido episodio del cambio del oro y la plata de los compradores de tabaco por las papeletas desvalorizadas del gobierno

La operación de cambio se hizo; los comerciantes, bajo la dirección de los de Santiago, iniciaron el movimiento revolucionario del 8 de julio declarando que en lo adelante no le deberían obediencia al gobierno de Báez sino a uno provisional asentado en Santiago de los Caballeros. Fue así como se la abrió la puerta a una seria de acontecimientos que iban a culminar con la anexión del país a España, lo que a su vez daría lugar al formidable estallido de la Guerra de la Restauración, en la cual iban a actuar unidas todas las capas de la pequeña burguesía dominicana, por lo menos durante los dos años, o un poco menos, que duró esa guerra.

La anexión se hizo posible porque la alta y la mediana pequeña burguesía comercial cibaeña que se levantó contra Báez no pudo conseguir el respaldo popular que la hacía falta para derrotar a las fuerzas gobiernistas. Ese respaldo debían ofrecerlo las tres capas más bajas de la pequeña burguesía, pero éstas, que eran mayoritariamente campesinas, seguían a Báez, y muy especialmente después que se produjo el cambio del oro y la plata destinados a la compra del tabaco por las papeletas del gobiernos, pues esa operación, que arruinó a los comerciantes, benefició a los cosecheros de tabaco, que para entonces eran sobre todo pequeños propietarios campesinos.

Colocadas en una situación difícil, la alta y la media pequeña burguesía comercial cibaeña, seguramente seguidas por la otra la alta y la mediana pequeña burguesía agricultora que no producían tabaco, o por lo menos sus representantes políticos, decidieron traer a Pedro Santana de Saint Thomas adonde había ido a vivir, de manera que al cabo de varios años volvía a darse la alianza entre pequeña burguesía y los hateros que habían hecho en abril de 1843, entonces por acuerdo llevado a cabo en el Seybo entre los hermanos Santana, en la persona de Ramón, y el líder de la Trinitaria, Juan Pablo Duarte. Esa alianza de 1857 llevaría a Pedro Santana al poder, sin el cual no habría podido anexar el país a España.