El Compañero Bosch escribe: Sobre la Guerra de Restauración (3)

  • 03 septiembre 1980

Vanguardia del Pueblo

Miércoles 3 de septiembre de 1980

Cuando Santana entró en Santiago ya habían salido hacia el exilio José Desiderio Valverde, Domingo Mallol, Beningno Filomeno de Rojas, Ulises Francisco Espaillat, Domingo Daniel Pichardo y Pedro Francisco Bonó, todos miembros del gobernó llamado revolucionario, y como desde mediados de junio habían hecho lo mismo Buenaventura Báez y sus colaboradores, la República vino a quedar bajo el mando de un gobierno que no tenía base legal pues no había aceptado la Constitución de Moca pero no había puesto en vigor la de diciembre de 1854. Esto último vendría a hacerlo Santana el 27 de septiembre, tres días después de haber retornado a Santo Domingo, de los cuales había pasado dos recibiendo homenajes de los antibaecistas capitaleños, que con la excepción de casos particulares debían ser miembros de las capas más altas de la pequeña burguesía de la Capital, pues como demostrarían los hechos, las capas bajas de la población capitaleña compartían con las del resto del país una posición fuertemente baecista, que iba a ser el elemento dinamizante de la historia dominicana en los próximos años.

Lo que iba a provocar esa dinamización sería la miseria generalizada y el hecho de que los que vivían mejor en medio de esa miseria eran los comerciantes que formaban las capas de la alta y la mediana pequeña burguesía mientras las capas bajas, pero sobre todo pobre, sufrían el peso de la situación en que se hallaba el país y se rebelaban lanzándose contra la alta y la mediana para desplazarlas de los lugares ventajosos que ocupaban, en los cuales esperaban situarse, y el político que representó en esos tiempos a las capas pobre y muy pobre de la baja pequeña burguesía dominicana fue Báez.

La miseria general de la época está dicha en pocas palabras por el brigadier Antonio Peláez Campomanes, en su Memoria de la pate española de la Isla de Santo Domingo, escrita en noviembre de 1860 para informar sobre el estado del país al capitán general del Cuba, publicada por Emilio Rodríguez Demorizi en Antecedentes de la Anexión a España, Editora Montalvo, Ciudad Trujillo, 1955, páginas 107 y siguientes. Al hablar de la organización del ejército dominicano Peláez Campomanes decía que los hombres iban a la guerra contra Haití “Descalzos, medio desnudos, y sin más provisiones que alguna galleta, que por extraordinario les da el Gobierno, se mantenían con caña de azúcar, plátanos, boniatos (batatas), ñames y otras raíces que abundantemente produce sin cultivo el terreno…” y dice que los militares, cualesquiera que fueran sus rangos, recibían sueldos que no alcanzaban para sus sustento; “desde el soldado que semanalmente tenia señalado diez y seis pesos dominicanos (equivalentes a 10 centavos americanos, Nota de J.B.), y que casi nunca recibe, hasta el Presiente de la República que debe recibir mensualmente cien pesos fuertes” (equivalentes a 100 dólares, J.B.), todos viven e lo que pueden producir ellos mismos, y que “Consecuencia de esta penuria es que no pudiendo el Gobierno recompensar con pensiones ni buenos sueldos a sus servidores, se ha visto en la necesidad de no escasear los títulos militares, para premiar las acciones notables al frente del enemigo, tanto a los blancos como a los de color”.

Los Ascensos Militares

Esos hombres premiados por acciones notables en las guerras contar Haití con ascensos porque no había ninguna cosa de valor material que darles, no podían ver en calma que aunque tenían grados militares, a veces altos, estaban viviendo en la miseria mientras que los comerciantes, que no iban a la guerra, vivían en la abundancia o por lo menos con ciertas comodidades. En una reseña de los actos con que fue celebrada en Santo Domingo la Anexión, que fue publicada en el periódico El Reino de Madrid en los meses de mayo y junio militares dominicanos se decía que “El sueldo que se les da no les alcanza ni aún para lo más preciso, y con la misma facilidad que de menores artesanos (carpintero, hojalateros, herreros, zapateros. N. de J.B.) pasan estos habitantes a coroneles, generales y almirantes, vuelven a su oficio a ganar su subsistencia, sin que extrañe ver a cada paso antiguos oficiales de la mayor graduación ejerciendo la profesión de carreteros o destapando barriles en la casas de comercio”; y de los comerciantes, que en el caso de los más prósperos se piensa que debían ser ricos o acomodados, decía la misma crónica: “La hacienda (palabra con la que se refería al departamento gubernamental encargado de cobrar los impuestos, que en aquellos tiempos eran sólo los de aduanas. N. de J.B.) no se conoce pues sus operaciones son desempeñadas por los mismo comerciantes que hacen de empleados honoríficos (esto es, que no cobraban sueldos. N. de J.B.)”. (Rodríguez Demorizi, obra citada, página 143).

En once años de guerra contra Haití y varios de frecuentes movilizaciones provocadas por noticias de que los haitianos se preparaban a atacar o estaban atacando el país, esos hombres, que por los grados militares que habían ganado se consideraban a sí mismos miembros de una capa social superior, se veían forzadas a vivir haciendo trabajos que se tenían por humildes para ellos, y lo que es peor, muy mal pagados. Tanta desigualdad entre su categoría militar y sus condiciones materiales de existencia hacia de ellos agentes activos de los disgustos políticos y líderes inmediatos de los numerosos bajos pequeños burgueses bajos pequeños burgueses pobres y muy pobres que formaban el grueso de la población dominicana, y a su vez su líder era Buenaventura Báez.

No podía ser Santana, jefe de los hateros, que formaban la clase dominante de esos años, porque en las ocasiones en que gobernó no los favoreció con ninguna medida. Si les confirió grados militares desde el punto de vista de sus condiciones materiales de vida los ascensos militares no les sirvieron de nada. Y de no ser Santana su líder tenía que serlo Báez porque en el país fuera de ellos dos no había otro líder y además porque Santana era el enemigo de Báez en la misma medida en que éste lo era de aquél, y por último, porque sólo Báez pensó en ellos al tomar disposiciones de gobernó o dándoles cargos oficiales.

Santana era tosco e inculto, pero tenía un fuerte instinto de clase necesariamente tenía que darse cuenta de que esos hombres formaban el fundamento del liderazgo de b Báez, y tenía que darse cuenta también de que él, Pedro Santana, a pesar de sus títulos de general, presidente de la República y Libertador no contaban con hombres como los que seguían a Báez; no contaba, al menos, con un número de ellos tan alto como el de los oficiales baecistas. En un momento dado, como había sucedido en junio de 1858, él había obligado a Báez a entregarle el poder y salir al exilio, pero mientras la situación económica y política del país no cambiara de manera radical, Báez sería una amenaza para él y para los que formaban con él el grupo gobernante.

Artimañas De Santana

Lo que acabamos de decir explica que el 6 de junio de 1859 Pedro Santana expidiera un decreto en que declaraba a Báez y a dos de sus ministros traidores de la patria, enemigos del orden público y de los derechos y de la soberanía del pueblo dominicano, instigadores y sostenedores de la guerra civil, defraudadores y dilapidadores del tesoro público y de los bienes nacionales, y los bienes nacionales. Y los sometía a juicio ante la Suprema Corte de Justicia para que ésta los condenara porque armado de la condena Sanana podría conseguir su extradición cualquiera que fuera el país donde estuvieran viviendo. Desde luego, de los tres el que le interesaba a Santana era Báez; los otros dos hacían en sus planes papales de comparsas nada más, pero si conseguía traer a Báez al país lo condenaría a muerte, como lo había hecho con María Trinidad Sánchez, con Antonio Duverge y su hijo Alcides y varios compañeros de esos dos mártires y como lo haría con Francisco del Rosario Sánchez, y con quien a su juicio pusiera en peligro el Estado que él había creado.

La preservación de ese Estado era la razón de ser la vida de Pedro Santana. Por esa razón, al mismo tiempo que lanzaba el 6 de junio de 1859 el decreto acusatorio contra Báez y sus dos ministros mantenía en España al general Felipe Alfau quien como representante diplomático de la República le pedía al gobierno español ayuda en armas y en instructores militares y hacía esas gestiones en secreto como lo vemos en una comunicación del general Alfau quien como representante diplomático de la República le pedía al gobierno español ayuda en armas y en instructores militares y hacia esas gestiones en secreto como lo vemos en una comunicación del general Alfau al ministro de Relaciones Exteriores Miguel Lavastida fechada en Madrid en 9 de junio (1859) en la que recomendaba: “Importante pues mucho…que por ahora ni el pueblo, ni los Agentes extranjeros sepan nada de fijo acerca de los pasos que aquí doy ni mucho menos de las concesiones que España nos hace (Rodríguez Demorizi, obra citada, Nota en la página 11).

En la lucha contra Báez, que era la lucha a muerte del jefe hatero contra la pequeña burguesía, Pedro Santana se dio cuenta de que no tenia dentro del país los medios para ganar esa guerra política que en cualquier momento podía convertirse en una contienda armada, y trataba de conseguirlos afuera, en España donde el Estado se hallaba organizado como sin duda le hubiera gustado a él organizarlo en su tierra: con reyes o reinas que lo encabezaban hasta el día de su muerte, rasgo fundamental que el daba el aspecto de una organización inconmovible, capaz de vencer el tiempo. Como Pedro Santana no había hecho estudios de la historia de España seguramente ignoraba las muchas vicisitudes por las que había atravesado ese Estado y además tuvo la suerte de morirse pocos años antes de que pasara a estar encabezado por un presidente (en realidad, cuatro presidentes en once meses de república). Para Santana, la manera de preservar el Estado hatero era integrándolo en el seno del Estado español, y eso podía hacerse si la República Dominicana pasaba a ser una provincia de España. No sabemos si la idea fue suya o fue de los políticos que estaban al servicios del Estado hatero; lo que sabemos es que la Anexión se hizo a nombre de y con el apoyo de Pedro Santana; y puede decirse que ese trascendental episodio de la historia dominicana, único, por lo demás, en la historia de la América española, empezó en el año 1859, antes de que se cumpliera el primer aniversario de la derrota de Báez y de su salida al exilio en junio de 1858.

Periodo De Miseria

En realidad, de la sociedad hatera dominicana lo único que quedaba en el año 1860 era la cúspide que venía ejerciendo el poder político desde que el país quedó separado de Haití, pero la base hatera que debía sostener con sus opiniones a esa cúspide había desaparecido. El lugar más poblado del país era la ciudad de Santo Domingo, que tenía 8 mil habitantes según las estimaciones del cónsul de España Mariano Álvarez, fechadas en la Capital el 20 de abril de 1860, y no hay constancia de que la Capital fuera precisamente un lugar donde residieran muchos dueños de ganado. El cónsul Álvarez decía en ese informe que “El comercio de las provincias del Sur consiste principalmente en los productos de los bosques” (Rodríguez Demorizi, obra citada, páginas 86 y 87), y sabemos que el territorio de la Capital se hallaba entre los que formaban la llamada Banda Sur. De esos “productos de los bosques” Álvarez mencionaba, además de la caoba, el espinillo, el palo santos, la mora, el guayacán y el palo de Brasil. De El Seibo decía él que “la cría de ganados es la principal ocupación”, pero aunque el ganado había empezado a venderse en Cuba, esas ventas no podían ser importantes porque el propio cónsul Álvarez pensaba que “Si alguna empresa de La Habana dedicase un vapor a este tráfico, (el país) exportaría todos los años cuatro mil reses vacunas”, y afirmaba que las sabanas dominicanas estaban llenas “de ganados de los que los propietarios no saben qué hacer”.

Había ganado pero ya no existía la sociedad hatera que había sido sustituida por la de los cultivadores de tabaco, y la compra y venta del tabaco produjo una alta y media pequeña burguesía comercial que llevo el centro económico del país hacia el Cibao. En los siglos de hegemonía social de los hateros lo que mantenía a los esclavos, a los pequeños y medianos propietarios campesinos y a los comerciantes medianos y altos unidos alrededor de los dueños de hatos era la capacidad que éstos tenían de proporcionar a la masa más pobre del país tierras para que produjeran sus alimentos y carne y leche de su ganado, y gracias a esa capacidad y a las condiciones naturales de caudillo de Pedro Santana, que se desarrollaron con el ejercicio del mando, primero en su hato, después cómo oficial de la Guardia Nacional haitiana y luego como jefe militar en la guerra contra Haití, la sociedad hatera, que se hallaba en proceso de extinción, retuvo el poder político durante los primeros años de la República, pero no de manera absoluta ya que se vio forzada a compartirlo con la pequeña burguesía, cuyo representante político fue Buenaventura Báez.

En los años del tránsito de la sociedad hatera a la pequeñoburguesa el país vivió épocas de mucha miseria, que llevaba tiempo haciéndose sentir especialmente en los sectores más pobres. El cónsul Álvarez lo decía de esta manera: “No hay un país en que la naturaleza ofrezca más recursos, ni en el que los habitantes estén en un estado más miserable…”.

Miseria en esa época significaba vivir en un nivel tan bajo que los dominicanos de hoy no pueden ni siquiera imaginárselo, y de los 50 mil hombres adultos que podía tener entonces el país, los que estaban en capacidad de actuar por sí mismos, fueran santanistas o baecistas, esperaron que con la anexión a España esa situación iba a cambiar.