El Compañero Bosch escribe sobre: La Guerra de la Restauración (10)

  • 05 noviembre 1980

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 5 de noviembre de 1980

Toda guerra de independencia o de liberación nacional es al mismo tiempo una guerra social. Ese doble aspecto de las guerras de independencia se debe a que las masas que se lanzan a hacerlas toman parte en ellas porque creen que sólo echando de su país al poder extranjero que lo explota pueden resolver los problemas que las agobian, y la práctica de todos los días las ha convencido de que no es posible alcanzar la independencia poniendo en ejecución medidas de tipo puramente político. Para esas masas, que son las que forman los ejércitos libertadores, la guerra, esto es, el ejercicio de la violencia armada, es la única salida hacia la solución de sus problemas materiales, y cuando deciden participar en la guerra lo hacen con una actitud tan firme, tan resuelta, que rápidamente se convierten en leones indomables. Esto es lo que explica que en las guerras de liberación nacional se formen héroes, jefes hechos a golpes de audacia y de valor a quienes sus hombres seguirán hasta donde ellos quieran llevarlos.

Se engañan los que creen que las masas toman las armas contra los poderes extranjeros que ocupan sus países por razones patrióticas. Los que piensan así están muy lejos de comprender cuáles son las motivaciones reales de los que forman en las filas de los movimientos de liberación y confunden a los que los hacen en condición de soldados con los líderes que los inician y a menudo los encabezan hasta que llega el día de la victoria. Esos líderes sí son movidos a la acción por sentimientos patrióticos y además actúan impulsados por un instinto político altamente desarrollado gracias al cual se dan cuenta de que en tal momento, y no antes ni después —”ni un día antes ni un día después”, como decía Lenín—, llegará la hora de la lucha para liberar a la patria y de que esa lucha debe ser violenta porque de no ser así no habría posibilidad de vencer.

En la historia de las guerras de independencia llevadas a cabo por los pueblos de la América Latina hay muchos ejemplos de lo que estamos diciendo, desde un líder tan consciente de lo que-estaba haciendo y por qué lo hacía como Simón Bolívar hasta los esclavos haitianos que hicieron al mismo tiempo una guerra de liberación altamente costosa en vidas y una espantosa guerra social.

En la República Dominicana la guerra de la Restauración fue de liberación o de independencia, hecha para sacar del país el poder de España, pero fue también una guerra social en la que conquistaron preeminencia social y política hombres que por sus orígenes de clase y por sus antecedentes estaban condenados a ser toda su vida unos pobres desconocidos y por tanto sometidos a la miseria propia de una sociedad que todavía por los años en que se hizo esa guerra era pre-capitalista sin que pudiera ofrecerles a los hijos del pueblo ninguno de los aspectos compensatorios que podían hallar en lo que hoy son Francia u Holanda los siervos feudales. (De paso diremos que en las guerras contra Haití hubo también un ingrediente de guerra social, pero no tan intenso, como el que se dio en la de la Restauración).

Las guerras sociales son siempre feroces. La razón de su ferocidad está en que el enemigo le cierra al soldado libertador, o pretende cerrárselo, el camino que ha de conducirlo adonde él se propuso llegar el día en que decidió tomar las armas para liberar a su país, acto con el cual conquistó el derecho de labrar su destino personal. Eso no lo comprendieron los cronistas españoles de la guerra de la Restauración, que se asombraban de la fiereza y la crueldad con que combatían los dominicanos.

El Aspecto de Guerra Social

El carácter de guerra social que se inserta en una guerra de liberación nacional no se manifiesta, al menos en los primeros tiempos, en agresión contra los ricos del país sino sólo contra el enemigo extranjero, y eso explica que cuando Buceta se refugió en la casa de Juan Chaves ninguno de los restauradores que le perseguían entró en el santuario que había escogido el gobernador militar de Santiago. García dice (página 425): “Asegurase que Buceta se desmontó en Guayacanes en la casa de Juan Chaves para cambiar de montura, lo que no le valió para impedir que Pimentel y Monción, casi solos, lo persiguieran tan de cerca, que el primero derribó al suelo de un sablazo a un oficial que tomó por el brigadier, y el segundo (derribó) de un tiro de revólver al peón de la carga; pero resultó que del lado arriba del cementerio se le aballó (echó o cayó) el caballo a Pimentel, mientras que Monción seguía hasta El Cayucal, donde al tratar de herir a Buceta, que montaba un caballo pardo, se cayó al suelo sin saber cómo, y cuando iba a incorporarse fue herido de un sablazo en la cabeza, de cuyo golpe quedó aturdido, por un dragón (soldado de caballería) español que le asestó otro golpe en 1a muñeca del brazo izquierdo. Su fortuna fue que Pimentel, al verse sin montura, venía corriendo a pie y llegó a tiempo de librarlo de su adversario, a quien derribó de un machetazo. En eso llegaron Gavino Crespo, Alejandro Campo y otros oficiales patriotas, y después de conducir a Monción a una casa inmediata, continuaron la persecución de Buceta; pero éste había ganado ya mucho terreno, y creyendo inútil perseguirlo por más tiempo, se volvieron de Pontón para la Peñuela, donde se incorporó por primera vez a las fuerzas revolucionarias el general Gaspar Polanco”.

En ese episodio está brillantemente descrito por el padre de la historiografía dominicana el aspecto de guerra de liberación nacional que tenía la acción restauradora, pero no aparece el aspecto de guerra social; ése lo da Archambault en las páginas 77 y siguientes de su obra.

Dice Archambault que “La indisciplina de los paisanos (los soldados de fila dominicanos, n. de jb) hizo que al acogerse el general Buceta a la casa del señor Juan Chaves en Guayacanes, los dominicanos, por respeto a la prestigiosa personalidad de dicho rico terrateniente, no se atrevieran a seguir persiguiendo al brigadier”; y agrega: “La señora doña Ceferina Calderón de Chaves nos refirió que ella contuvo con sus influencias a los jefes dominicanos (recordemos que esos jefes eran nada menos que Pedro Antonio Pimentel y Benito Monción, n. de jb) prohibiéndoles un ataque en la sabana de su casa; poniendo en ejercicio su habilidad le dio su propio caballo pardo al brigadier (Buceta) con un guía de confianza y un peón (llamado Matuta). Acompañado solamente del doctor Meriño, médico del batallón San Quintín y del capitán Alberola, de artillería, un subteniente de cazadores de África y unos catorce soldados de a caballo, salió el brigadier Buceta, casi sin municiones, de la sabana de los Chaves el día 20 de agosto de 1863…”1. En su persecución iba Gaspar Polanco, que “remató a machetazos a Alberola, al médico Meriño y a cinco jinetes más…”. Buceta “…se vio ya perdido, rodeado de unos cuantos soldados dominicanos que se preparaban a detenerle. Pero tuvo una salvadora idea: sacó de las pistoleras un saco de onzas (monedas de oro) y principió a regarlas a distancia. Los paisanos abandonaron la presa para coger el oro y con ese ardid repetido varias veces logró internarse en los montes con dirección a la loma”.

Nota:
1.- A Ceferina Chaves le dedicó Martí la anotación correspondiente al 19 de febrero de 1895 en el diario de su viaje por territorio dominicano publicado con el título de Diario de Montecristi a Cabo Haitiano.

Guerra Social y Personajes Históricos

Del carácter de guerra social que tuvo la lucha de la Restauración salieron convertidos en personajes nacionales, o en figuras suficientemente destacadas para que se desarrollaran más tarde como grandes jefes militares y políticos, hombres de orígenes tan humildes como Benito Monción, Ulises Heureaux, Gregorio Luperón, para mencionar sólo tres de los muchos que alcanzaron nombradía en esa guerra. Probablemente Gaspar Polanco, que no sabía leer ni escribir, no habría llegado nunca a la presidencia de la República sino hubiera habido guerra de la Restauración.

De Benito Monción dice Archambault (página 37) que “por rivalidad con Santiago Rodríguez no había querido entrar a Sabaneta con los derrotados de Mangá”; y luego alega: “La historia, a nuestro modo de ver, debe silenciar todos aquellos detalles que no pueden servir para aclarar ni fijar los hechos que interesan a la sociedad, los acontecimientos históricos, propiamente hablando. Ciertos detalles de la vida privada de algunos héroes, los haría más pequeños a los ojos del público si fueran conocidos. Mas como a nadie interesan ni siquiera a la verdad histórica es prudente pasarlos por alto… Dicho esto, es sin embargo muy necesario explicar que Benito Monción no quería bien al coronel Santiago Rodríguez por ciertos antecedentes entre ellos… Cuando Rodríguez era el más rico hacendado de Dajabón, Monción fue despedido de su casa… además de ser nativo de los campos de Sabaneta, Monción circulaba por y tenía familia en ambas fronteras. En ese tiempo, oscuro todavía, fue peón de Santiago Rodríguez y, por ciertas faltas que queremos callar, fue despedido de la finca… Nunca perdonó Monción esa justa actitud del que, ya por aquel tiempo, era jefe político y había adquirido la dureza de carácter necesaria para mandar con éxito sobre cierta clase de gente sin disciplina”. Archambault explica que por “su encono contra Rodríguez” Benito Monción no participó en la defensa de Sabaneta cuando ese lugar fue atacado por fuerzas españolas en marzo de 1863, a raíz del fracaso del levantamiento de febrero, sino que se fue para Haití “donde lo veremos aparentemente reconciliado con Santiago Rodríguez, formando parte de la trilogía conspiradora del movimiento restaurador”.

Lo que Archambault se negaba a decir fue que Benito Monción había sido suspendido en su empleo de peón de la finca que los Rodríguez tenían en Dajabón porque sustraía cerdos de esa finca, y probablemente el estigma de ladrón lo habría perseguido por el resto de su vida si la guerra Restauradora no le hubiera brindado la oportunidad de demostrar sus excepcionales condiciones para la acción militar. De no haber ofrecido esa guerra una ocasión para destacarse a hombres socialmente despreciados por sus orígenes y también por la conducta que esos orígenes les imponían a muchos de ellos, Benito Monción no habría llegado nunca a ser un personaje histórico, cuyo nombre tienen hoy calles de varias ciudades del país.

Es sabido que Ulises Heureaux, que iba a llenar con su nombre diecisiete años de la historia dominicana, fue hijo natural de una cocinera venida de una isla del Caribe, y ese hecho lo destinaba a ser lo contrario de lo que fue. Poco después de haberse sumado a los combatientes restauradores pasó a pelear bajo las órdenes de Gaspar Polanco y formó parte de los escogidos para fusilar al general Pepillo Salcedo. Gracias a sus actuaciones en la lucha contra España conquistó la confianza de Luperón y con su apoyo alcanzaría la presidencia de la República.

Influencia de la Guerra Social

La potencia expansiva que le comunica la carga de guerra social a una guerra de liberación es lo que explica la rapidez con que se propagó el fuego restaurador por toda la región norte del país., y a su vez esa potencia expansiva se explica porque el ingrediente de guerra social lleva a las grandes masas, que son siempre las que más necesitan que se produzcan cambios que las favorezcan, a entrar en las guerras de liberación representadas por aquellos de sus miembros que tienen condiciones naturales para tomar parte en una guerra popular y por tanto sienten vivamente lo que podríamos llamar la vocación heroica.

La Guerra de la Restauración brotó de las entrañas del pueblo dominicano con el vigor eje un torrente impetuoso que se llevaba por delante todo lo que se le interponía. En horas de la noche del 15 de agosto cruzaron la frontera dominico-haitiana poco más de cien hombres y el día 31 el agente comercial de los Estados Unidos le escribía al secretario de Estado William H. Seward diciéndole que “Todo el Cibao se ha levantado en armas y están matando y arrollando a los españoles donde los encuentran…”; el 6 de septiembre le informaba: “La revolución ha estado ganando fuerza por días y prácticamente todos los lugares (poblados) se han declarado contra los españoles. En varias partes del país donde había sólo unas pocas tropas españolas, los comandantes llamaron en su auxilio a los dominicanos y les dieron armas y municiones con la intención de marchar hacia La Vega y Santiago para aplastar la rebelión, pero tan pronto se vieron con armas en las manos los dominicanos hicieron con ellas carnicerías de españoles. Los pocos soldados y residentes españoles que escaparon con vida huyeron hacia la Capital” (Welles, páginas 250— 51).

Para el día 22 ya estaban en poder de las fuerzas restauradoras Guayubín, Dajabón, Monte Cristi, Sabaneta; el día 24 declaraba el capitán general Ribero el estado de sitio en todo el país; el 28 habían caído en manos dominicanas él cuartel y el ayuntamiento de Puerto Plata y la guarnición española se refugió en el fuerte San Felipe, que estaba en una orilla de la ciudad; ese mismo día caían La Vega, San Francisco de Macorís, Cotuí, de donde salió un destacamento revolucionario que se adueñó de Yamasá, a poca distancia de la Capital. También cayó Bonao. El día 30 cayó Moca, donde ardió el cuartel y la iglesia debido a que la resistencia española fue muy porfiada; y al mismo tiempo que se combatía en Moca llegaban a Santiago mil hombres encabezados por Gaspar Polanco. (Archambault dice que eran seis mil, pero García, a quién se le reconoció siempre ser muy cuidadoso al dar datos, habla de mil).

La batalla de Santiago iba a comenzar ese mismo día. En el mando dominicano se hallaban Polanco, Pimentel, Monción; a la cabeza del español estaban los generales Abad Alfau y José Hungría, también dominicanos, pero militares españoles.