El Compañero Bosch escribe sobre: La Guerra de la Restauración (6)

  • 24 septiembre 1980

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 24 de septiembre de 1980

Francisco del Rosario Sánchez y sus compañeros de martirio habían sido asesinados el 4 de julio de 1861, y durante un año y siete meses después de ese crimen en el territorio de lo que había sido la República Dominicana nadie movió un dedo contra la Anexión. Parecía, pues, que la Anexión era un hecho aceptado por todo el pueblo; sin embargo desde los primeros días de febrero de 1863 comenzó a levantarse una ola de agitación armada que en siete meses más iba a estar barriendo toda la región del Cibao, donde los cosecheros de tabaco, en su mayoría pequeños propietarios, y junto con ellos la alta y la mediana pequeña burguesía comercial, les habían arrebatado la supremacía social a los hateros.

¿Qué fuerzas provocaban esa agitación? Y de haberlas, ¿qué hechos las habían puesto en movimiento? ¿En qué medida había sido afectado el país no sólo por la existencia de una autoridad extraña que había pasado a suplantar al Estado dominicano sino también por la guerra que llevaban a cabo en los Estados Unidos desde abril de 1861 los estados del norte bajo la dirección del gobierno de Abraham Lincoln y los que formaban la Confederación esclavista del sur?

La llamada guerra civil o de secesión norteamericana provocó aquí una situación de parálisis económica porque como dice Sumñer Welles (en Naboth’s Vineyard, Paul P. Appel, Publisher, N.Y., 1966, Vol. I, página 239), “el comercio (dominicano) con los Estados Unidos quedó necesariamente reducido, y la creciente discriminación evidenciada contra los negocios extranjeros a fin de favorecer el comercio con España, tuvo como efecto inmediato el cierre de los mejores mercados que tenían en Europa los productos dominicanos. Los comerciantes dominicanos se enteraron rápidamente a costa suya de que la reforma de los impuestos que tenían que pagar las mercancías beneficiaba solamente a las casas españolas que exportaban (hacia Santo Domingo) y de que esa ventaja acabaría estrangulando el comercio del país”.

La reforma de impuestos a que se refiere Welles es la que se lee en una carta del agente comercial de los Estados Unidos en el país, Jonathan Elliott, en la que comunicaba a su gobierno que los “Barcos españoles pagan 62 y medio centavos por toneladas americana; los barcos extranjeros pagan 1 peso por tonelada. Todos los productos extranjeros, o manufacturas, en barcos extranjeros pagan un derecho máximo de un 30 por ciento. Los mismos productos en barcos españoles pagan un 6 por ciento menos. Productos españoles, o manufacturas, en barcos españoles, pagan un derecho de un 9 por ciento. Los mismos en barcos americanos o extranjeros, de un 21 y medio a un 28 y medio por ciento” (Jaime de Jesús Domínguez, La anexión de la República Dominicana a España, Editora de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1979. Tomo I, páginas 246—7).

Impuestos y Cambio de Moneda

Los impuestos a la actividad comercial cambiaron mucho, como hemos visto, pero también se crearon otros como el de un 4 por ciento sobre los alquileres anuales de propiedades urbanas en el municipio de la Capital, y debieron haber muchos más, aunque no hay constancia de ellos, porque en una carta de Teodoro Stanley Heneken al capitán general Ribero, fechada el 10 de diciembre de 1862, el autor advierte que el estado de “penuria general” y de desmoralización (“en que se encuentra este pueblo”) requiere menos impuestos (“cierto disimulo sobre los impuestos”) pues “no hay revoluciones más peligrosas que las de la barriga y las de la bolsa”; recuerda que “fueron disposiciones fiscales muy insignificantes (las) que provocaron la gran revolución y separación de los Estados Unidos de Inglaterra” y “disposiciones iguales (las) que causaron la insurrección contra el Gobierno del Sr. Presidente Báez (que) dieron lugar al sitio de Santo Domingo, y finalmente a su expulsión del territorio”. (Domínguez, obra citada, págs. 251—2). El mismo autor reproduce la declaración de un prisionero hecho en los levantamientos de febrero de 1863 que tuvieron lugar en el Cibao y lo que hoy llamamos Línea Noroeste en la que dijo que se unió a los rebeldes porque quería “el restablecimiento de la bandera dominicana” y porque “sus ideas eran las de no querer satisfacer tantos impuestos”. (Domínguez, obra citada, página 253).

Pero probablemente la creación de impuestos tuvo menos influencia en el estado general de oposición al poder español que k) que sucedía con el papel moneda o papeletas y con los vales, que eran una especie de papel moneda aunque no circulaban como las papeletas. Los vales consistían en reconocimiento de deudas hechas por las autoridades en el caso de compra de artículos para atender necesidades inmediatas; por ejemplo, si estando en operaciones militares un jefe decidía sacrificar equis número de reses para alimentar su tropa les daba a los dueños de esas reses vales por el valor acordado entre él y los propietarios, y esos vales debían ser pagados oportunamente por funcionarios del gobierno. En algunos casos los vales eran aceptados en pago de deudas determinadas, por ejemplo, derechos de aduanas; pero en el reglamento de aduanas hecho por el gobierno de la Anexión se estableció que ni las papeletas ni los vales se aceptarían a partir de la vigencia de ese reglamento; que el pago de esos derechos tenía que hacerse en moneda metálica (Domínguez,- obra citada, página 250).

Ahora bien, hay que hacerse cargo de lo que significaba el cambio de papeletas por monedas metálicas para un comerciante que debía sacar de la aduana tales o cuales mercancías, y hacerlo cuando las necesitaba, no uno o dos meses después. La Gándara dice que la decisión de hacer el cambio “cuya primera condición (debe ser) la rapidez, se retardó durante casi dos años, dando lugar a escandalosas falsificaciones (de papeletas), y a su vez éstas (dieron lugar) a medidas indispensables de precaución fiscal, siempre vejatorias y propensas a la exageración”; explica el autor que con los billetes o papeletas malos se hicieron negocios sucios, y dice que “Si algún español tomó parte en estos reprobados manejos, muchos dominicanos también los cubrieron y aprovecharon; pero el resultado definitivo fue aumentar en la masa general del país el descontento, la desconfianza (en el gobierno español), generalizando en todas las clases (sociales) el disgusto que ya existía por las anteriores causas”.

Una Penuria General

La Gándara es muy amplio en lo que dice sobre el cambio de las papeletas por moneda metálica (obra citada, páginas 234—5), pero debemos reproducir aquí todo, o la mayor parte de lo que dijo porque nos ayuda a darnos cuenta de cuáles fueron las causas que llevaron a los dominicanos a formar una unidad de todas las capas de la pequeña burguesía para lanzarse a hacer la guerra de la Restauración que fue el más grande esfuerzo hecho por nuestro pueblo a lo largo de su historia hasta el siglo XIX y al mismo tiempo fue una guerra llevada a cabo del lado dominicano con tanta ferocidad que es necesario dar con la explicación social y política de esa fiereza para que la comprendamos a cabalidad.

Dice La Gándara que “el espectáculo que vino a producir la disposición para recoger el papel moneda… fue sumamente doloroso. Los empleados de la aduana de Puerto Plata empezaron a ejercer una grande escrupulosidad en el reconocimiento de las papeletas, desatando los paquetes, que antes circulaban con buena fe y confianza, y negándose a admitir las que no estaban nuevas. Estos escrúpulos y este rigor luego se hicieron generales en todas las dependencias (del gobierno), produciendo como consecuencia inmediata el retraimiento en las compras y las ventas (o sea, una recesión, n. de jb), que perjudicó sobremanera el comercio. Además seguían altercados inevitables… luchas personales, y hasta homicidios, por si eran o no de recibo, con arreglo a la orden publicada, las papeletas que cada uno tenía”.

Explica La Gándara que la operación de cambiar las papeletas “se llevaba a cabo con grande lentitud, de manera que con dificultad podía cambiarse en un día a razón de 100 pesos por persona. Un sistema semejante ocasionaba el que las gentes se pasasen el día con las papeletas en la mano, sin poder comprar lo que necesitaban, ya porque fueran inadmisibles o dudosas, ya porque en vista de las dificultades (para que les hicieran el cambio, n. de jb) no venían a la (ciudad o al mercado) los vendedores del campo con comestibles. Todo lo cual, a la vez que creaba serios conflictos, inclinaba a los dominicanos a sospechar… especulaciones inmorales, no sin fundamento. Porque en tanto que sucedía lo expresado, había quienes compraban ese mismo papel (o papeletas), que no era admitido en el curso oficial, con una pérdida considerable, que llegó en (ciertos) casos al 70 u 80 por 100, dando lugar a que pudiese suponerse que eran premeditadas esas especulaciones y que todo se había dispuesto para hacerlas posibles”.

Si nos situamos en la época en que sucedían esas cosas y tomamos en cuenta que aunque la sociedad dominicana estaba dividida en clases todavía el país se hallaba en la etapa pre-capitalista, nos será fácil llegar a la conclusión de que la forma como se manipulaba él cambio del papel moneda por moneda metálica tenía que deprimir en sumo grado la actividad económica puesto que en vez de dar paso libre a la circulación de la moneda —cualquiera de las dos, la de papel o la metálica, o las dos a la vez— lo que hacía era todo lo contrario, y como es natural, el resultado de los impedimentos a la circulación monetaria en un medio de comercios pequeños y muy pequeños era una intensificación de la parálisis económica que Heneken describía llamándola “penuria general”, y nada podía ser peor para el pueblo dominicano que vivir en estado de “penuria general” en lugar de la situación de bienestar para el país y para “cada individuo en particular” que se le había ofrecido con la Anexión.
Medias Impopulares

Sobre el panorama que acabamos de describir se pusieron en práctica medidas de otro tipo que iban a provocar la cólera de todas las capas de la pequeña burguesía nacional, desde la alta hasta la baja muy pobre. Una de ellas fue la que García describe (obra citada, página 407) así: “Por la primera se imponía a todos los vecinos la obligación de prestar a las tropas (el servicio de bagajes) siempre que tuvieran que marchar de un punto a otro, y a los militares en activo servicio cuando transitaran para asuntos del mismo (servicio), obligación tan molesta como la relativa al alojamiento de los oficiales, sin que pueda juzgarse cuál de las dos ocasionó más disgustos, ni provocó mayores inconvenientes”. La Gándara dice (obra citada, página 245) que la obligación de cargar los bagajes militares había sido desconocida en la isla y que pesaba sobre los recueros. En esos tiempos el caballo de carga era el único medio de transporte que se conocía en el país y la generalidad de los pequeños propietarios campesinos dependían de sus caballos para llevar víveres a los pueblos, pero había personas que se dedicaban a recueros, palabra que venía de recua, y ésta a su vez significaba una cantidad de cuatro o más animales de carga que transportaban mercancías y provisiones de los puertos a pueblos y ciudades de tierra adentro o viceversa.

La Gándara dice (obra citada, página 245) que el gobierno alquilaba los caballos de los recueros y que los pagaba con “el papel que fabricaba”, pero no especifica si ese papel eran vales o papeletas; lo que sí dice es que “Tal sistema retrajo a los dueños de recuas de seguir el acarreo” (o negocio de transporte, n. de jb), lo que según él perjudicó a los comerciantes. Por su parte, Welles habla de que se impusieron penas severas para los que fueran sorprendidos jugando cartas en tabernas y cafés (obra citada, página 247); García dice que el 15 de octubre (1862) se dio un bando de Policía y Gobernación que era “un conjunto de reglas sobre religión, moral, salubridad, orden y seguridad pública, aseo, comodidad y ornato, abasto, edificios, carretas, máscaras y disposiciones generales, todas incompatibles con las costumbres” del pueblo dominicano (obra citada, página 407); y refiere que el capitán general Felipe Ribero encontraba tan malas las cosas a fines de 1862, que el 12 de diciembre se dirigió al ministro de la guerra (de España) diciéndole “que por todo lo expuesto podría hacerse cargo del estado en que se hallaba el espíritu público en las provincias del Cibao, que continuaban, en mayor escala, mostrándose hostiles a España, ya con voces alarmantes, ya con pasquines, ya con desórdenes, expresados todos con el mismo sentido” (página 410).

Luego, el más alto funcionario español de Santo Domingo se daba cuenta de la situación peligrosa en que se hallaba el pueblo dominicano, pero eso no impidió que a pesar, como dice García (página 410), “del disgusto que reinaba en las poblaciones”, lanzara el 12 de enero de 1863 una Resolución “acordando un año de término para el arreglo de los caños (de agua) de las casas en general, de las puertas y ventanas de las de planta baja y la composición de las aceras respectivas, operación que requería grandes desembolsos para los cuales no estaba preparado un pueblo pobre, sin movimiento ni vida, pues la que tenía por entonces era por lo insegura, artificial, y por consiguiente, insostenible”.

Parecía que con esa Resolución se le había colmado expresamente la copa de la paciencia al pueblo dominicano, pero todavía quedan por describir ciertos aspectos de la política desacertada de las autoridades de la Anexión; y uno de ellos era muy delicado porque se relacionaba directamente con los militares del país, los hombres que habían peleado en las guerras contra Haití para mantener viva la patria de Febrero, la de Duarte, Sánchez y Mella.