El Compañero Bosch escribe sobre: La Guerra de la Restauración (9)

  • 29 octubre 1980

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 29 de octubre de 1980

El grupo más importante de conjurados para el levantamiento del 27 de febrero era el de Santiago. Su importancia se debía a que entre ellos estaban las autoridades municipales, que en el aparato civil del Estado español jugaban un papel destacado debido a la alta jerarquía que tradicionalmente se les reconocía en España a los ayuntamientos, pero también era importante por el número de los que se habían comprometido a actuar para restaurar la disuelta república, propósito que implicaba la restitución del Estado dominicano.

González Tablas dice que “los amotinados no bajaban de mil hombre armados” (página 97) y ofrece algunos nombres, pero antes había dicho (en la misma página) que “los sublevados llegaban al punto designado (el fuerte llamado Dios), juntándose hasta 800 hombres armados”, y luego dirá (página 98) que “Al amanecer del siglo día (había) sobre 1.400 nombres en diversos grupos, y ostentando banderas republicanas, circunvalaban a Santiago”. Por su parte, Archambault (página 31—35) da nombres y apellidos de más de cien.

En Santiago el levantamiento se produje en dos tiempos; el primero fue la toma de la cárcel vieja, frente a la plaza de Armas, con la consiguiente liberación de los presos, hecho que tuvo efecto el día 24. Los conjurados para esa acción se habían reunido en el fuerte Dios; bajaron de allí al comenzar la noche y después de haber puesto en libertad a los presos decidieron dirigirse al fuerte San Luis, donde se hallaba la guarnición española, pero fueron interceptados por un destacamento español comandado por el capitán Lapuente, que los sorprendió con una descarga de fusilería. En el encuentro murió un puertorriqueño apellidado Gautier, que llevaba la bandera dominicana, y dos dominicanos (González Tablas dice que fueron cinco y los heridos dieciséis) y de la parte española, refiere Archambault, las bajas fueron un muerto y varios heridos de machete y de lanza. Muchos de los dominicanos “iban armados de espeques de gua-conejo y de herrajes viejos a guisa de lanzas”, dice Archambault.

El segundo tiempo tuvo lugar al amanecer del día 25, cuando, según informa González Tablas, “1 mil 400 hombres en diversos grupos, y ostentando banderas republicanas (quiere decir dominicanas, n. de jb), circunvalaban Santiago”.

Ese episodio no costó sangre, y una vez disueltas los tales grupos las tropas españolas volvieron a la ciudad donde el jefe de la plaza, que era el comandante Campillo, hizo detener a las autoridades municipales, con lo cual quedó liquidado el levantamiento de Santiago.

Donde siguió combatiéndose fue en Guayubín, en cuyas cercanías estaba el fuerte de Mangá, situado en la orilla derecha del río Guayubín. Allí se hicieron fuertes doscientos hombres comandados por Benito Monción a quienes atacaron tropas españolas llegadas de Santiago bajo la jefatura de un dominicano, el brigadier general José Hungría. Otro dominicano, el general Gaspar Polanco, era el jefe de la caballería española que participó en el ataque a Mangá.

Mangá cayó en manos de los atacantes el 2 de marzo. Para esa fecha muchos de los conjurados de Guayubín y Monte Cristi se habían ido a Haití. Hungría entró en Monte Cristi el día 3 y el 5 atacó Sabaneta, punto que tomó a un costo de trece muertos y muchos heridos españoles.

Comienza La Guerra

Forzado a salir de Sabaneta, donde hasta el último día había sido autoridad con el título de alcalde, Santiago Rodríguez consultó con algunos de sus compañeros de armas el plan de irse a Haití a solicitar ayuda para encender de nuevo la guerra que iba a ser conocida en la historia dominicana con el nombre de la Restauración. Durante cinco meses y medio, trabajando sin cesar en contacto permanente con los partidarios de la lucha armada contra España que vivían en las vecindades de la frontera dominico—haitiana. Rodríguez, Monción, José Cabrera con ayuda de amigos haitianos y un sastre santomeño llamado Humberto Marsan que cosió la bandera dominicana que iba a flotar en los primeros combates, ayudados de campesinos y aventureros de la frontera enemigos de la Anexión, contrabandearon pólvora, municiones y armas hacia el lado dominicano y hombres hacia el haitiano, y el 15 de agosto, en horas de la noche, salieron de Haití, por el lugar llamado David, Santiago Rodríguez y José Cabrera al mando de ochenta compatriotas y con dirección hacia Sabaneta; Benito Monción salió con treinta y seis y la bandera que hizo Marsan con destino a Guayubín, y Pedro Antonio Pimentel fue a tomar posición entre Paso de Macabón y Dajabón.

Quien da esos detalles es García (páginas 423 y siguientes), que entre los historiadores de la epopeya restauradora es el que presenta el desarrollo de esos acontecimientos de manera más comprensible. Según él, “A Monción le amaneció con su gente en los cerros de las Patillas, a la vista de Dajabón, a tiempo que Buceta (el temido comandante español que era gobernador de Santiago y jefe de las tropas españolas en la parte de la frontera, n. de jb) emprendía marcha, como a las seis de la mañana, con cien hombres, para tomar al parecer la dirección de Guayubín, dejando en Beler cosa de ciento cincuenta soldados, al mando del comandante del San Quintín (nombre de un batallón español, n. de jb), con cuyo motivo ocuparon algunos dominicanos el Paso del Guayabo, pretendiendo oponerse a la marcha de los españoles, lo que no les fue fácil conseguir… continuando (los españoles) en la misma dirección, seguidos de cerca por la gente de Monción. Advertido Pimentel por sus espías de lo que estaba pasando, se preparó a esperarlos posesionado del Paso de Macabón, a donde llegaron como a las nueve, hora en que les rompió el fuego de frente, mientras que Monción los atacaba por retaguardia”.

De acuerdo con lo que dice García, los primeros disparos de la Guerra Restauradora sonaron a las nueve de la mañana del 16 de agosto. Archambault dirá, sesenta y dos años después de ese día, que esos disparos se hicieron el 17, no el 16. En este detalle nos atenemos a García, quien a la hora de escribir esa parte de su Compendio de la Historia de Santo Domingo aclaró que se basaba en apuntes de uno de los actores de los hechos “que tenemos a la vista”.

Buceta, sigue diciendo García, abandonó el camino de Guayubín y tomó el de Castañuelas con intención de dirigirse a Monte Cristi. Monción y Pimentel, que habían reunido sus fuerzas, lo persiguieron hasta Castañuelas, donde dejaron descansando a la infantería mientras Pimentel seguía la persecución con la caballería valiéndose, cuenta García, de “hachos encendidos para poder ver (en la oscuridad de la noche, n. de jb) las huellas que dejaban” los hombres de Buceta, y cuando se dio cuenta de que Buceta se proponía volver a Guayubín mandó un expreso donde Monción para pedirle que se le uniera, cosa que sucedió a media noche, y al amanecer del día 17 alcanzaron la columna española, la atacaron y la derrotaron, con lo cual, sin darse cuenta de lo que estaban, haciendo, evitaron que las fuerzas de Guayubín, aumentadas con los soldados de Buceta, pudieran resistir la embestida dominicana que iba a tener efecto al día siguiente.

La Guerra se Extiende

Guayubín fue tomado el día 18 por fuerzas del general Juan Antonio Polanco, hermano mayor de Gaspar Polanco, y del coronel Francisco Antonio Gómez en una acción muy reñida que costó las vidas del jefe de la plaza, coronel Sebastián Reyes, y de varios oficiales. Monción y Pimentel proseguían la persecución de Buceta y sus hombres que se dirigían a Santiago. Según García, “Al amanecer del 17 los alcanzaron en Doña Antonia, cuando se desviaban del camino rea!… y rompiéndoles el fuego con viveza, los derrotaron completamente…”. Los españoles “iban dejando el camino sembrado de muertos, heridos, armas y municiones, sin contar el número de prisioneros que caían…”. Cuando “Buceta vino a llegar a Guayacanes, ya no le quedaban sino ocho o diez hombres de a caballo…”.

Por su parte, Santiago Rodríguez y José Cabrera se dirigían a Sabaneta pasando, dice Archambault (páginas 71 y siguientes) “al este de Santiago de la Cruz… siguió por el Corral de los Indios de la loma de Chacuey y pasando por Partido y la Culata atravesó el río Aminilla y ganó el camino real de Sabaneta a Dajabón…”. De ahí pasó al día siguiente a Los Campos, donde le informaron los espías avanzados de la llegada el día 17 del general José Hungría, gobernador de la Línea Noroeste, de Dajabón a Sabaneta… “Al saber esa noticia envió a José Cándido Fanfán, alias Prudón, a espiar las posiciones de Hungría en el Fundo de Manuela, cerca del Pino”. “Al amanecer del día 20 de agosto… sorprendió Rodríguez la columna del Fundo de Manuela y logró desbandaría. Rodríguez llevaba ya una columna de más de mil hombres bien armados”.

Ese mismo día 20 “tuvo el gobernador que batirse en retirada hacia Sabaneta. No pudo entrar a dicha plaza porque los patriotas lo perseguían sin (darle) cuartel… Hungría llegó al Guanal, cerca del pueblo de Sabaneta, y tirándose por los montes… pasó fugazmente por el Ojo de Agua y Los Cercadillos… recobró el camino de Sabaneta a Las Matas” y acabó refugiándose en la Loma del Tabaco, hasta donde lo persiguió Santiago Rodríguez y lo batió. Hungría quiso entrar en San José de Las Matas, pero esa plaza había sido tomada por los restauradores comandados por el general Bartolo Mejía. El general Dionisio Mieses, que mandaba en las Matas a nombre de España, se unió al general Hungría, quien se dirigió en retirada hacia Santiago, donde llegarían el día 26, fecha en que todavía no se tenían noticias de Buceta.

Para que se comprenda mejor la situación del poder español en el país en esos días de agosto de 1863 debemos situarnos en las condiciones de la época;. En toda la región del Nordeste, salvo Samaná y una sección rural llamada Las Cañitas, que años después pasaría a ser la común de Sánchez, no había ningún centro de población importante con la excepción de San Francisco de Macorís y Cotuí. Los lugares poblados en la región del Cibao eran La Vega, Moca, Santiago, Puerto Plata y varios puntos de la Línea Noroeste que tenían guarniciones militares. En la Línea Noroeste era donde se había iniciado, con un vigor extraordinario, la guerra de la Restauración, y para el 26 de agosto, día de la llegada a Santiago de los generales Hungría y Mieses, casi toda la Línea Noroeste había caído en manos dominicanas; en la frontera sólo en Dajabón había tropas españolas pues Monte Cristi había sido tomado el día 20 por fuerzas que mandaban Federico García, José. Alejandro Metz y Alejandro Campos.

Guerra de Liberación y Social

Buceta se había refugiado en la casa del terrateniente Juan Chaves, en Guaya- canes, y en aquellos años un gran propietario tenía una autoridad social tan grande como lo fuera su propiedad. Los españoles que tomaron parte en la Guerra Restauradora y escribieron sobre ella, que fueron La Gándara y González Tablas, dejaron muestras del asombro que les causaba la crueldad con que actuaban los soldados dominicanos, y no se daban cuenta de que esa crueldad era típica de ciertas capas de la población. Esas capas se distinguían por su pobreza, y generalmente estaban compuestas por campesinos. En verdad, lo que se daba en la lucha restauradora era una combinación altamente explosiva de guerra de liberación nacional y de guerra social, pues los dominicanos que participaban en ella frente a España —porque había dominicanos que combatían en las filas españolas —habían sido impulsados a coger las armas porque a su juicio España los había engañado; les había ofrecido un bienestar que les tocaría a todos y a cada uno de ellos, y en vez de mejorar su suerte lo que recibieron fueron leyes y disposiciones que los hicieron más pobres y medidas que los convirtieron en sirvientes de los militares españoles.

En realidad, no fue España; no fueron ni el gobierno ni los funcionarios españoles quienes le ofrecieron al pueblo dominicano villas y castillas. Las ofertas de bienandanzas fueron obra de Santana y sus agentes políticos, que para justificar el desmantelamiento del Estado dominicano y la inserción de sus elementos constitutivos —territorio y población— en el Estado español, se ilusionaron con imágenes puramente abstractas, que sólo tenían vida en sus cerebros, de una República Dominicana que iba a alcanzar rápidamente bajo el poder de España el nivel de adelanto que tenía Cuba. Se ilusionaron con esos sueños y se los transmitieron a las capas más pobres de la población que ignoraban lo que era España y lo que era Cuba pero sabían muy bien, por la práctica constante del género de vida que hacían, qué terrible y doloroso era su estado de miseria, y debido a su extrema ignorancia creyeron con enorme facilidad que el gobierno español podría cambiar su situación casi de un día para otro.

El engaño que les había sido inducido duró poco tiempo y dio paso al desengaño; el desengaño se convirtió en cólera cuando en vez de lo que esperaban empezaron a recibir malos tratos y humillaciones, y la cólera se transformaría a la hora de la guerra en odio terrible que iba a encauzarse en una guerra social debido a que cada dominicano de las capas más pobres quería y necesitaba conseguir en los campos de batalla lo que no le había dado el enemigo contra el cual combatía.

En el caso de los dominicanos ricos o grandes propietarios, como era Juan Chaves, ésos no le habían prometido nada a nadie, y se les seguía respetando como se les respetaba antes de que comenzara esa guerra feroz, que era a la vez de liberación y social.