El Compañero Bosch habla sobre: La Guerra de la Restauración (7)

  • 01 octubre 1980

Vanguardia del Pueblo
Miércoles 1 de Octubre de 1980

La Gándara había explicado que para el llamado ejército dominicano, que él calificaba de milicia nacional —denominación que se le daba en España a una organización de civiles que debían cumplir funciones militares pero sin llegar a ser militares profesionales— no había con qué pagar dé manera regular a los que le hacían la guerra a Haití y se les compensaba dándoles ascensos, y que en el momento de la Anexión había muchos oficiales que habían sido ascendidos por esas razones; y explicaba él que un sinnúmero de ellos aspiraba a pasar al ejército español con iguales grados que los que les habían sido otorgados por los gobiernos dominicanos, y eso, explicaba La Gándara, era difícil, entre otras razones por lo que él llamaba “la cuestión de raza”. Vamos a repetir sus palabras:

“El soldado raso español no podía darse cuenta de que realmente fuese general o coronel el negro o mulato que detrás de un mostrador le regateaba un objeto de comercio” (obra citada, pág. 233). Y en una nota al pie da cuenta, escandalizado, de que el general Fernando Valerio, “que pertenecía a una familia distinguida”, y había sido jefe de los ejércitos dominicanos, “terminaba una comunicación oficial, dirigida al coronel D. José García de Valdivia, dándole expresiones para un corneta del mismo regimiento con quien había contraído íntima amistad al principio de la anexión”.

En la página 236 La Gándara presenta un cuadro según el cual un general de división dominicano recibiría un sueldo de 60 pesos si figuraba en la lista de los oficiales activos y de 30 si estaba en la de los pasivos; un general de brigada recibía 50 ó 25; un coronel, 40 ó 20; un teniente coronel, 30 ó 15; un capitán, 20 ó 10; un teniente, 15 ó 7.50; un subteniente, 10 ó 5, y explica que “los militares dominicanos siguieron sintiéndose humillados cuando comparaban su situación con la de los militares españoles. El sueldo de éstos era muy superior al de aquéllos, y esa diferencia, mantenida, como no podía menos de serlo,… acrecentó el dualismo existente entre unos y otros, impidiendo que fraternizasen”. Y luego pasaría a decir (pág. 36—39): “Los oficiales y soldados del ejército peninsular (esto es, español, n. de jb) así como los empleados que España mandó a su nueva Antillas, acostumbrados a considerar la raza negra y los mestizos como una especie de gentes inferior, no se recataron en manifestarlo, ni era posible impedirles que lo hiciesen «en las intimidades de la vida social. Aconteció con frecuencia que los blancos desdeñaban el trato de los hombres de color o que repugnaran su compañía. En ocasiones hubo algún blanco de decir a un negro que si estuviera en Cuba o Puerto Rico, sería esclavo y podrían venderlo por una cantidad determinada”.

La Actitud ante Los Negros

Los militares españoles, cualesquiera que fueran sus rangos, venían al país desde Cuba y Puerto Rico, dos islas vecinas que antes del 18 de marzo de 1861 eran los únicos territorios que te quedaban a España de lo que había sido su enorme imperio americano. En esas islas la organización social descansaba en esclavos que producían riquezas para dos minorías de oligarcas blancos, y como los esclavos eran negros africanos la existencia de la esclavitud se justificaba diciendo que los negros y sus descendientes, incluyendo entre éstos los mestizos de blancos y negros, eran seres inferiores que por decisión divina debían ser considerados como animales de carga, y así se les trataba. Esa idea se les predicaba a los militares, desde soldados hasta generales, que se llevaban de España no sólo para que defendieran la unidad del imperio en caso de ataques de enemigos extranjeros sino también para mantener funcionando la organización social que se había establecido en las dos islas, pues desde los años de la revolución de Haití, que había puesto fin a la esclavitud en ese país, y muy especialmente desde que hacia el 1844 se produjo en Cuba la sublevación de esclavos que pasó a la historia con el nombre de Conspiración de la Escalera, la oligarquía esclavista cubana estuvo mucho tiempo viviendo con miedo de un levantamiento general de los esclavos que repitiera en la isla lo que había sucedido en Haití, y a los militares españoles se les preparaba ideológicamente para enfrentarse con esa posibilidad; esto es, se les enseñaba que el negro esclavo era un enemigo peligroso, razón por la cual esos soldados convertían en una unidad amenazante al esclavo y al negro, aunque éste fuera hombre libre.

Al llegar a Santo Domingo, los militares españoles que venían de Cuba y de
Puerto Rico se daban con la presencia de negros y mulatos físicamente parecidos a los que habían visto y conocido en esas dos islas y reaccionaban tal como habían sido enseñados a reaccionar mientras estuvieron allí, donde habían aprendido a respetar y hacer respetar la legitimidad de un orden de cosas según el cual el negro había nacido para ser esclavo y el blanco para ser su amo, y le decían a cualquier negro dominicano, aunque se tratara de uno que había ganado el rango de general en la guerra contra los haitianos, que de estar en Cuba o en Puerto Rico lo habrían vendido como esclavo en tantos pesos; se lo decían con la mayor naturalidad y sin la menor idea de lo que estaban provocando si se trataba de un negro « quien veían destapando barriles, tal vez de bacalao o de macarela, en comercios que generalmente no eran suyos.

El General Juan Suero

Eran muchos los generales, los coroneles, los capitanes dominicanos negros y mulatos —o de color, como les llamaban a estos últimos los españoles— que habían pasado a las filas del ejército peninsular en situación de activos, y entre ellos estaba Juan Suero, cuya biografía escribió el Dr. J. M. Morillas. Esa historia de Suero fue publicada por Emilio Rodríguez Demorizi en Hoja de Servicios del Ejército Dominicano 1844—1865 (Vol. I, Editora del Caribe, Santo Domingo, R.D., 1968, páginas 35—7), y en ella se cuenta un incidente habido entre el general Suero y un acompañante suyo, el general Gregorio Lora, también dominicano, y un capitán español que los insultó a los dos “echándoles en cara la raza a que pertenecían en presencia de algunos jefes y unos cuantos subalternos”.

La gravedad de ese incidente aumentaba debido a que el general Juan Suero era gobernador político y militar de Puerto Plata, lugar donde ocurrió el lamentable episodio, y se multiplicó cuando el segundo jefe del gobierno español en Santo Domingo amonestó al general Suero porque éste le había enviado al capitán general —la primera autoridad del país— una copia del relato del incidente que había elevado ante los jefes militares españoles con la solicitud de que se le hiciera justicia por las ofensas que había recibido. Por último, el capitán que había indultado al general Suero fue sancionado con sólo ocho días de arresto y se le ordenó volver a ocupar el puesto que desempeñaba antes del incidente, todo lo cual le causó tan mala impresión al ofendido que renunció a su posición militar, aunque volvió a ocuparla cuando se produjo el levantamiento de Guayubín, en febrero de 1863.

Para que el lector se dé cuenta de la forma como eran tratados los militares dominicanos negros o mestizos por los oficiales y soldados españoles vamos a darle algunos datos que le permitan saber quién era el general Juan Suero a fin de que por los insultos que se le hicieron se deduzca cómo serían los que sufrirían aquellos que no tenían su prestigio.

En la lengua española se habla del Cid Campeador como del más valeroso de los hombres, y a Juan Suero le llamaban los jefes del ejército español nada menos que el Cid Negro.

De él dijo La Gándara (obra citada. Tomo II, páginas 179—81): “Me refiero al general D. Juan Suero, hombre de color, muy acreditado y muy querido en el ejército español, de que formaba parte, por su valor heroico y por su lealtad…”. “Al recordar aquí la memoria de aquel brillante soldado, que dio su sangre primero y su vida después por nuestra patria, el alma se llena de un gran dolor, pero a la vez la inunda dulce melancolía, porqué-paga un justo y último tributo al compañero perdido para siempre. Suero merece ese tributo”.

Y seguía diciendo:
“Yo, que no he dudado nunca de la existencia de nuestro Cid Campeador, desde que conocí ese Cid negro de la Española, que llamábamos el general Suero, creo que puede pasar a nuestros anales con la fama legendaria del conquistador de Valencia. He conocido pocos hombres tan intrépidos, tan resueltos, tan esforzados, tan verdaderamente valerosos como él. Admiraba verlo sonreír, tranquilo, inalterable, en medio del peligro. La entereza que anima y mantiene el valor, ese estímulo que ennoblece toda lucha, no fue jamás comparable a la calma conservada por Suero en la pelea, que no alteraba nunca la dulce expresión de su semblante, ni la firmeza de su serenidad apacible. Era, en fin, uno de esos soldados que, por privilegio de las condiciones que les adornan, saben inspirar confianza a cuantos les siguen en los trances más comprometidos”.

El mismo autor de esos elogios al general Juan Suero es el que registró en su historia de la Anexión y de la guerra Restauradora los sueldos de miseria que se les daban a los oficiales militares dominicanos, y él se encarga de dejar constancia de que esos sueldos, con todo y lo bajos que eran, no se pagaban con puntualidad, y peor aún, que en muchos casos ni siquiera se pagaban porque no se enviaban a la Capital las listas de aquellos que debían recibirlos, pero ocurría que se daba “el caso de que en los puntos donde esto ocurría, para mayor disgusto de los jefes y oficiales de la milicia indígena” (militares dominicanos, n. de jb) se les pagaba, sin embargo, de manera regular, a los militares españoles”. (Obra citada. Tomo I, pág. 238).

Otras Causas del Desengaño

Había otras causas que explican por qué la población dominicana fue pasando de las ilusiones que le crearon para justificar la Anexión, al desencanto y luego al disgusto y por fin a la cólera que la lanzó a la guerra Restauradora. Por ejemplo, tal como dice La Gándara (obra citada. Tomo I, páginas 238—39), a los que le vendían víveres y otros artículos al gobierno del país no se les pagaba con regularidad, así como tampoco se les pagaba a tiempo “a los dueños de las casas de propiedad particular alquiladas para alojamiento de tropas o para establecimiento de oficinas y dependencias militares y civiles”.

La Gándara (pág. 245) se refiere a “el furor de enviar excesivo número de empleados a Santo Domingo, dotados de grandes sueldos”, y la palabra enviar da una idea clara de que se trataba de empleados que venían de España. Para el historiador español, la administración del país resultaba lujosa y por tanto costosa; según afirma, para pagarla se necesitaban tres millones y medio de pesos y sólo se recaudaba medio millón, de manera que había un déficit que provocaba “el atraso de los pagos primero, y más tarde la falta de pago en absoluto para las reservas”, esto es, para la oficialidad militar dominicana que se hallaba en situación pasiva y por esa razón ganaba la mitad de lo que ganaba la que estaba en la lista de los activos.

Dice La Gándara que sobre el país “llovieron a chaparrón deshecho Intendentes, secretarios, administradores, oficiales, auxiliares” que llegaban de España; cuenta de un pueblo donde sólo había un empleado público dominicano con sueldo de 34 pesos al mes que fue sacado del cargo para poner en él a un español que pasó a ganar 200.

Una situación parecida se dio en el caso del clero, que se vio “poco a poco eliminado de los curatos más importantes y pospuesto a sacerdotes recién venidos de España” (pág. 228). Se persiguió a los masones, se prohibieron los ritos protestantes, que estaban muy extendidos en los sitios donde se establecieron las inmigraciones de antiguos esclavos norteamericanos traídos al país en tiempos de la ocupación haitiana, como Samaná y Puerto Plata; se quiso imponer el matrimonio según los rigores de la Iglesia Católica en un país donde eran muy pocas las personas que se casaban, y ésas pocas lo hacían casi siempre por lo civil, no por lio religioso. Por último, según La Gándara (página 231), el clero dominicano no cobraba sus servicios por una tarifa sino como le fuera posible, y el gobierno colonial lo sujetó “a dotación fija, dando a los curas la de 250 pesetas mensuales (50 pesos, n. de jb), con lo cual aquellos clérigos dominicanos, que habían sido tan fervorosos partidarios de España, se convirtieron en nuestros más ardientes enemigos. Su sola oposición habría bastado a levantar contra nosotros el país”. De “todas esas deficiencias”, dice La Gándara, “iba formándose y creciendo una atmósfera de irritación y descontento, que cuando se desbordó fue torrente formidable de animadversión y antipatías hacia la causa de España” (página 239).

Las autoridades españolas se daban cuenta de que se hallaban sentadas sobre un barril de pólvora, puesto que según informaba el que actuaba como agente comercial de los Estados Unidos en el país, Jonathan Elliott, en comunicación del 3 de octubre de 1862 al secretario de Estado Seward, “En la noche del 30 de septiembre tuvo efecto una reunión de las más altas autoridades españolas en la casa del gobernador general Ribero, y en ella se acordó aconsejarle al general O’Donnell y al gobierno español el abandono de la isla” (Welles, obra citada, página 248).

Los que tomaron ése acuerdo no estaban despistados como lo demostrarían los acontecimientos que iban a verse a partir de cuatro meses después.