Gobierno y Agitación

  • 02 febrero 2015

Gobernar es ordenar, agitar es confundir. El Gobierno regula; el que agita confunde.

La forma de un gobierno está íntimamente relacionada con el tipo de sociedad que rige; no es la misma en la tribu que en la república parlamentaria. Pero la esencia del concepto de gobierno no ha variado; el Gobierno debe su existencia a su capacidad de coerción. En la tribu, el jefe ordena la muerte y el señalado muere; en la república moderna, que tiene congreso, poder judicial y prensa libre, la muerte es ordenada por un juez en virtud de ciertas leyes que aprobó el congreso, y el periodista da la noticia del fusilamiento o del ahorcamiento del reo.

Cuando se habla del concepto Gobierno no puede pensarse en términos actuales ni en características políticas; pues se habla de la sustancia misma del concepto, de lo que es inalterable. Cuando se habla de Hombre no puede pensarse en el hombre blanco, en el hombre negro, en el hombre amarillo; ni en mujer ni en niño de determinadas razas pues se habla de la sustancia misma del concepto Hombre, que se halla presente en el ser humano a través de todas las civilizaciones y en todas las razas. Así, el concepto Gobierno alcanza por igual a fascistas, demócratas, comunistas; a gobiernos bajo los cuales hay ejercicio de la justicia y de la libertad y a aquellos que rigen pueblos in tomar en cuenta ni siquiera la apariencia de la justicia y la libertad.

Ahora bien, en todos los casos el Gobierno ejerce la omnipotencia civil y la ejerce mucho más cuanto más complicada va haciéndose la sociedad. ¿Qué lo autoriza a ejercerla? La esencia misma de su función, que se halla en su poder de coerción. Y es justamente en el poder coercitivo donde se asienta la capacidad de un gobierno revolucionario para ordenar la vida social según los principios de la Revolución. Para los grandes núcleos latinoamericanos, Revolución significa movimiento político de tendencias izquierdistas. Pero Revolución, como concepto, es simplemente acción violenta destinada a transformar las instituciones de un país. En América conocemos la revolución nacional o de independencia, librada en el siglo XIX para transformar las colonias en repúblicas, y la revolución democrática en burguesa, iniciada en nuestros países hacia el 1910 con la de México. Pero en Europa se conocen la revolución democrática burguesa, la comunista y la fascista. Todas estas revoluciones produjeron gobiernos que gobernaban según los principios de los movimientos que les dieron vida. En muchos casos los jefes de tales revoluciones siguieron siendo agitadores después de haber alcanzado el poder; algunos fueron agitadores en el ámbito nacional, otros en el internacional. Todo el mundo conoce el destino que tuvieron Napoleón, Hitler, Mussolini, típicos gobernantes agitadores en el ámbito internacional.

Un arquetipo de revolucionario que supo gobernar fue Lenin. Lenin tenía conciencia clara de que el gobierno revolucionario debe gobernar sobre la totalidad del pueblo, pues en la gran masa revolucionaria solo una minoría conoce los alcances reales de la Revolución, y la mayoría que los desconoce debe ser mantenida en los límites revolucionarios por la autoridad del gobierno.

Arquetipo del agitador en el poder fue Robespierre. Puesto que el agitador confunde, infunde miedo, y el miedo ahuyenta la estabilidad. La sociedad necesita de la estabilidad. Si se le niega la estabilidad del estado anterior a la Revolución, hay que ofrecerle estabilidad revolucionaria. Estabilidad no significa aquí situación inalterable, puesto que nada es inalterable en la historia. Cada forma social tiene su estabilidad, y la Revolución ofrece su estabilidad, que da confianza y seguridad a la parte del pueblo que apoya a la revolución. El ejercicio del poder revolucionario da estabilidad a las masas revolucionarias, en la misma medida en que la agitación les da inquietud y por tanto inseguridad. Robespierre inquietó a todos los grupos sociales de Francia porque era un agitador, no un gobernante; y el resultado es harto conocido: el cuello del Incorruptible fue pasto de la guillotina que él mismo había armado.

En la América nuestra no conocemos Revolución tan drástica como la de Rusia. Pero conocemos la Revolución que dio vida a nuestras repúblicas, y conocemos la democrática burguesa, todavía en marcha.

Entre los creadores de repúblicas americanas, ninguno tuvo la agudeza política de Bolívar. Cuando se lee todo lo que él escribió se ve que a lo largo de su carrera pública estuvo asediado por el miedo a la obra destructora de la agitación. En su Discurso de Angostura dijo el Libertador: “Debemos confesarlo; los más de los hombres desconocen sus verdaderos intereses, y constantemente procuran asaltarlos en las manos de sus depositarios. El individuo pugna contra la masa y la masa contra la autoridad”. Para Bolívar, el gobernante republicano “es un individuo aislado en medio de una sociedad” que tiene que “contener el ímpetu del pueblo hacia la licencia”. Llega a compararlo con “un atleta lanzado contra una multitud de atletas”, y pide facultades especiales para ese gobernante, pues “por lo mismo que ninguna forma de gobierno es tan débil como la democrática, su estructura debe ser la de mayor solidez; y sus instituciones consultarse para la estabilidad”. Si al gobierno se le da estabilidad, dice el Libertador, “contemos con que se establece un ensayo de gobierno, y no un sistema permanente; contemos con una sociedad díscola, tumultuaria y anárquica y no con un establecimiento social donde tengan su imperio la felicidad, la paz y la justicia”.

…Ahora bien, en todos los casos el Gobierno ejerce la omnipotencia civil y la ejerce mucho más cuanto más complicada va haciéndose la sociedad.

La estabilidad del Gobierno es imprescindible para que pueda ejercer la autoridad; la estabilidad del pueblo es imprescindible para que el gobierno pueda realizar su función. Lograr —y mantener— la estabilidad en un régimen revolucionario, que por naturaleza revolucionaria tiene que herir intereses antirrevolucionarios, demanda un ejercicio de la autoridad más fuerte que las situaciones normales. Eso explica por qué los regímenes revolucionarios, sean de derecha o de izquierda, no titubean en aplicar la pena de muerte.

Ahora bien, la condena a muerte de un enemigo no es un acto de agitación; es un acto de gobierno, un ejercicio legítimo de la justicia revolucionaria. Ese acto de gobierno no confunde; aclara. Ejercer la autoridad revolucionaria no es agitar.

Agitar es otra cosa; agitar es mantener en el pueblo un estado permanente de inquietud; es sostener soliviantadas a las masas revolucionarias. La causa más fuerte de agitación en la América Latina, desde Belzú hasta nuestros días, se halla en que algunos jefes revolucionarios llegan al poder con la idea de que realmente el pueblo debe gobernar, y que por tanto ellos tienen que compartir con el pueblo la función de gobernar.

Las masas no gobiernan ni pueden gobernar. El hecho revolucionario determina una delegación de la autoridad, que pasa de la masa a la jefatura de la Revolución; y es ésta quien debe gobernar, no las masas. Como lo dijo Bolívar, la masa pugna contra la autoridad; la autoridad es función exclusiva del Gobierno. Si el Gobierno comparte con las masas el ejercicio del poder, ese poder traspasará sus propios límites, se desbordará y acabará destruido, bien porque en su extralimitación llegará a dejar de ser popular para convertirse en tiránico —caso en el cual habrá desaparecido por haber cambiado su esencia—, bien porque las propias masas, ignorantes de los límites de la Revolución, la conducirán a estado de agotamiento.

Un ejemplo digno de estudio es el de Juan Domingo Perón. En su esencia histórica, la revolución peronista correspondía a la revolución democrática burguesa de la América Latina, y como tal debió ser un movimiento de formas democráticas. Insensiblemente, en poco tiempo y bajo la presión de las masas, la revolución peronista tomó formas políticas fascitoides, el jefe de la revolución devino dictador sin perder por ello su arrraigo en las masas y sin dejar de ser en todo momento un agitador; y al cabo fue echado del poder sin que pudieran evitarlo esas masas a las que él hacía participar en la función de gobernar.

En un artículo anterior (se refiere a “Gobierno y revolución”) decía: “Una vez situada en el mando del Estado, la Revolución tiene que convertir sus doctrinas en funciones de Estado; sus principios deben realizarse en leyes, y por tanto en normas de vida social para toda la ciudadanía”. Más adelante afirmaba: “El fin único —no primordial; o principal, sino único— del gobierno es ordenar la vida del país según los principios de las fuerzas que le han dado origen”.

Si las fuerzas que han dado origen a un gobierno son revolucionarias, ese Gobierno debe organizar la vida social sobre las normas de la Revolución. Para lograrlo debe ejercer su autoridad de gobierno sobre el pueblo. Aplicará la justicia revolucionaria sobre los enemigos de la Revolución. Pero la autoridad debe ser impuesta a todo el conglomerado social. Gobernar es ordenar, regular. Y no es posible ordenar la vida de un pueblo que se halla en estado de agitación.

El que gobierna organiza; el que agita confunde.