Bosch responde discurso presidente de México

Apela a unión de esfuerzos para lograr vivir en paz y prosperidad

  • 01 noviembre 2013

Acaba usted de hablar en lengua tan hermosa para decir ideas de tantas enjundias y expresar tanta generosidad, que yo debería responderle diciendo: no hallo palabras para contestarle.

Nosotros los dominicanos tenemos enterrados en México los huesos de José Núñez de Cáceres el hombre que nos declaró libres de España en 1821. La primera vez que se oyó en el hemisferio el título benemérito de las Américas fue por el acuerdo del Congreso dominicano, en cuyo seno Benito Juárez, campeón sin miedo y sin tacha de la libertad continental, era visto como una reencarnación de Bolívar, San Martín, Hidalgo y Morelos juntos, convocados por los dioses tutelares de América en el cuerpo de un indio mexicano.

En el más lejano recuerdo de mi infancia hay un episodio que por fuerza del sentimiento necesito evocar esta noche:

Cabalgando sobre los palos de escoba que nos servían de corceles un grupo de niños salía todos los días desde mi pequeño pueblo de La Vega hacia el fabuloso Guanajuato de México. ¿Y sabe usted señor Presidente por qué hacíamos cada día varias veces ese viaje increíble e imposible? Porque Guanajuato era mentado en un corrido de la revolución y la revolución mexicana había llegado a la pequeña tierra dominicana y no solo en noticias para los mayores, sino además en la apasionada música de este gran pueblo y la música es un lenguaje para los adultos y para los niños, de manera que a través de los corridos creados por los hombres que aquí luchaban y morían, los latinoamericanos que nacimos por los años de la revolución aprendimos a quererla aun sin sabe ni adivinar siquiera que ella estaba destinada a darle a toda América un impulso gigante en la batalla sin tregua de los hijos de estas tierras contra la injusticia, la explotación y el atraso.

Ahora señor Presidente, con una tardanza de medio siglo, la República Dominicana se acerca a la revolución de México con el beneficio de la perspectiva histórica. De ustedes son los muertos y la sangre y el dolor y las lágrimas de nosotros pueden ser la cosecha que con generosidad de hermano mayor acaba usted de ofrecerle a la República Dominicana.

Debo decirle que me siento conmovido por la intención general de sus palabras y particularmente por esas en que ha afirmado que todo lo que México ha venido acumulando a fuerza de dolor y de voluntad de superarse, está incondicionalmente a disposición de los dominicanos.

Mi pueblo recibirá esa oferta y hará uso de ella con intensidad y sin rubores, porque no nos sentimos humillados sino abrumados. Tenía usted que ser mexicano para invitarme a su hogar, mostrarme cuanto hay en él y decirme luego con la pasmosa sencillez de la gente de su país: de lo que hay aquí lleve lo que le plazca.

Necesitamos la ayuda de México en la capacidad de sus hijos y la experiencia adquirida por ellos mientras se afanaban creando este México de hoy. La necesitamos y la usaremos con naturalidad de hermanos y con gratitud de bien nacidos.

Nuestra patria es pequeña, señor Presidente, pero su voz puede ser ancha y sonora porque estamos dispuestos a hacerla oír desde la altura de la dignidad. Con esa voz afirmamos que hizo bien México cuando propuso junto a Bolivia, Chile, Brasil y Ecuador la desnuclearización de América Latina y que hace mejor cuando reclama la paz en el mundo para los pueblos de buena voluntad. Los más poderosos no tienen derecho a poner en peligro el progreso humano con la amenaza de una guerra nuclear. Precisamente porque son poderosos tienen el deber de usar la energía atómica para beneficio de los hombres y no para su exterminio.

Debido a que América Latina no dispone de la fuerza atómica en este mundo de luchas enconadas, se nos asigna un papel de segundones. Pero frente a la fuerza nuclear que ha aparecido como instrumento de los hombre hace sólo unos años, los latinoamericanos disponemos de la fuerza de la fe y de la fuerza del amor que son poderes eternos, de llegar tal vez en medio siglo tan lejos como otros pueblos en milenios.

A mí me ha tocado ver en mi vida de exilio los cambios operados en todo el continente y a juzgar por lo que hemos alcanzado en las últimas dos décadas no hay a la vista punto final para nuestro desarrollo.

Solo necesitamos que cada uno de nosotros repita en lo profundo del corazón estas palabras: Unamos nuestros esfuerzos para vivir y prosperar juntos.

Señor Presidente, acepto su brindis por la prosperidad del pueblo y del gobierno dominicano, lo acepto en nombre de mi esposa y de los altos funcionarios de mi comitiva y respondo a él diciéndole que los funcionarios, la señora Bosch y yo mismo estamos seguros ya de que nos iremos de México con el sentimiento de quien deja atrás a sus hermanos.

Permítame saludar en nombre de todos ellos a su distinguida esposa y a los miembros de su gobierno que comparten esta mesa y concédame la satisfacción de terminar mis palabras diciendo: para la mayor gloria de América Latina viva México por siempre jamás.